El suicidio del centro | Columna | Hernando Gómez Buendía

El suicidio del centro

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El centro no desapareció porque hubiera dejado de tener razón. Desapareció porque perdió el tono. En una época de ansiedad, el centro habla en voz baja. Y en una época de rabia, la prudencia parece cobardía.

La derecha quiere orden ya, aunque sea a bolillazos. La izquierda quiere justicia ya, aunque sea a decretazos. El centro, en cambio, insiste en una idea insoportable para los fanáticos: que las cosas complejas necesitan tiempo, reglas, acuerdos y límites. 

Ese, precisamente, es el camino de la civilización: ley en vez de caudillo, libertad en vez de tribu, mercado regulado en vez de botín, reformas graduales en vez de saltos al vacío. Pero resulta que la civilización no emociona. 

Por eso Sergio Fajardo y Claudia López parecen condenados a representar una minoría: los que todavía creen que el país puede arreglarse sin incendiarlo primero.

Sergio Fajardo representa la centroderecha moderna: seguridad sin brutalidad, mercado sin motosierra, Estado sin clientelismo. Habla de educación, de ciencia, de déficit fiscal, de cuidar la Constitución y de barrer la corrupción. Cree que el país necesita menos mesías y más gerentes. Y tiene razón. Pero también tiene el defecto fatal del centro: habla como profesor en un país que está pidiendo un vengador.

Frente a un Cepeda que promete redención, un Abelardo que promete venganza y una Paloma que promete nostalgia, Fajardo ofrece algo infinitamente menos sexy: instituciones.

Claudia López representa la centroizquierda moderna: igualdad sin resentimiento, Estado social sin populismo, seguridad sin alcahueterías. Habla de empleo formal, de educación, de feminismo y de una socialdemocracia colombiana. Cree que el país necesita proteger a los nadies, pero sin convertir la economía en una piñata ni la justicia en una asamblea permanente.

Claudia entiende algo que Gustavo Petro nunca entendió: que gobernar no es insultar. Y entiende algo que Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella tampoco entienden: que el orden no sirve si deja intacta la desigualdad. Pero ella también carga con el pecado del centro: cree que los ciudadanos quieren oír una explicación, cuando en realidad quieren una promesa o una vuelta al pasado. 

Por eso la centroderecha de Fajardo se ahoga ante la ansiedad de la derecha y la centroizquierda de Claudia se ahoga ante la impaciencia de la izquierda. Los primeros quieren un Bukele o un Uribe; los segundos, un Petro sin Benedetti. El centro les ofrece algo mucho menos seductor: un país normal.

Y un país normal, hoy, parece poca cosa. Parece burocrático, aburrido, casi ridículo. La civilización no promete redenciones ni venganzas. Apenas promete que las instituciones funcionen. 

Y ahí está la tragedia. El centro representa lo único que de verdad ha servido en la historia moderna: el difícil equilibrio entre libertad y autoridad, entre mercado y solidaridad, entre cambio y prudencia. Representa la idea escandalosa de que nadie tiene toda la razón y de que por eso necesitamos reglas.

La izquierda lo llama neoliberalismo. La derecha lo llama tibieza. Yo lo llamo civilización.

Acerca del autor

Hernando Gómez Buendía
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* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.

3 comentarios

Hernando Gómez Buendía

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Hernando Gómez Buendía

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3 comentarios de “El suicidio del centro

  1. El suicidio del centro, es una excelente radiografía de la situación del centro en estas elecciones. Un centro que tiene razón pero no enamora es estas épocas de polarización

  2. Pero el centro no visualizo que para gobernar necesita ganar elecciones y no tomo en serio la necesidad de hacer alianzas. Se ensimismaron sobre todo Fajardo

  3. «El pecado del centro: cree que los ciudadanos quieren oír una explicación, cuando en realidad quieren una promesa o una vuelta al pasado. » excelente frase.

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