
Quitándose la máscara
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Foto: X: Benjamin Netanyahu
Es el único plan posible, que sin embargo no funcionará. Y mientras tanto sigue la masacre.
Hernando Gómez Buendía*
El plan comienza por demoler las construcciones en un kilómetro de la franja de Gaza que colinda con Israel. Este país ejercería el control militar por tierra, mar y aire de la franja y también del territorio al este del Jordán; sus fuerzas armadas tendrían libertad para actuar en el lugar y momento que deseen; el porte de armas estaría prohibido y la policía tendría acceso restringido; la frontera con Egipto sería “clausurada” para evitar el paso directo o bajo tierra; las mezquitas, iglesias y escuelas adelantarían programas masivos de “desradicalización”; un gobierno “tecnocrático” distinto de la actual Autoridad Palestina se encargaría de los servicios públicos; la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos sería desmantelada, y los gobiernos de países árabes autorizados por Israel financiarían la reconstrucción de Gaza.
Una tragedia de proporciones bíblicas, un genocidio transmitido por televisión, una tragedia que se suma a la complicidad, el cinismo, el silencio, las evasivas y los gestos inútiles de todos los poderes.
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El ataque criminal de Hamas donde murieron 1.213 personas inocentes y otras 135 permanecen secuestradas (cifras oficiales) fue un producto de la desesperación: desesperación porque desde el 2007 Gaza es la cárcel más grande del mundo, porque el año pasado y hasta antes del ataque los colonos y el ejército habían asesinado más de 200 residentes al este del Jordán (incluyendo 38 niños), y —sobre todo— porque Trump y su proceso “de Abraham” para reconciliar los países del Golfo con Israel habría sido el último tornillo en el ataúd del pueblo palestino.
El plan de Netanyahu no puede funcionar, y sus acciones antes o además son una bofetada a la moral judeocristiana y al derecho internacional: 29.000 bombas sobre la ciudad más densamente poblada del planeta (cifra del Pentágono), 33.035 muertos, 10.500 niños, 1,8 millones de personas desplazadas y encerradas, hospitales destruidos, la hambruna más acelerada de que se tenga noticia (cifras de la ONU), camiones de alimentos saqueados en medio de disparos de Israel… y el ataque que viene contra Rafah donde se apiñan dos millones de civiles sin que aparezca un plan de evacuación.
El plan de Netanyahu no puede funcionar, y sus acciones antes o además son una bofetada a la moral judeocristiana y al derecho internacional
La tragedia del pueblo palestino en extinción, la tragedia de Israel que no tendrá seguridad, la tragedia del pueblo judío que así está renunciado a lo que le hizo un pueblo excepcional.
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Acerca del autor
Hernando Gómez Buendía
* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
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