Ana Maria Cadena Silva, autor en Razón Pública

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Flores las del jardín, las que compro en una esquina para hacer el florero, las de la mata que sembré y miro todos los días a ver si sale una nueva flor, las que están pintadas en un cuadro, las que miro en el protector de pantalla o las de la blusa que tengo puesta. Siempre flores para celebrar la vida, la luz y el color.

Las muletas en el altillo, hacen pensar en otro momento en el que se necesitaron. Fueron indispensables y ahora como muchos otros objetos fueron a parar al altillo (por bien que les haya ido). Nadie las mira, son corridas para abrir espacio cuando se bajan las maletas o se suben, para más nada. Quedan ahí como tantas cosas…por si acaso se vuelven a necesitar… ¡Con lo caras que están y alquilarlas todavía cuesta más! Así se llena una casa de objetos que nunca más se vuelven a usar, y solo se es consciente de ellos cuando hay que desocupar el espacio, bien sea porque se vende, arrienda o alguien se muere. Los objetos acumulados como evidencias de una personalidad saliente o ya afuera de un cuerpo, terminan en un camión de reciclaje al que hay que pagarle para que se los lleve.

Esas colecciones hacen parte de la construcción del “yo” y cuando éste pierde su memoria, o se deja de ser ese “yo” todos esos objetos parecen inútiles pues carecen de significado alguno para otros.

Al ver la película: La Memoria infinita (dirigida por Maite Alberdi en 2023) pienso en lo paradójico que es la construcción de una identidad y lo esencial del ser. Lo que queda de uno cuando el “yo” nos abandona, con sus recuerdos, sus imaginarios, sus posturas. El terror de no saber con quién se está, de no reconocer dónde se levanta, de no comprender nada. Pasamos toda la vida construyendo ese “yo” lo que opina, lo que cree, lo que piensa; como lo hizo Augusto Góngora y bien lo muestra Paulina Urrutia en este hermoso documental, que vale la pena ver y llorar de amor. Conmoverse profundamente con el dolor de la verdad de la vida más allá de las ideas, en el diario vivir y morir lento de algunos. Como si fueran dejando poco a poco su vestido, su identidad, sus posturas. Como si nos fueran abandonando de a poquitos.

Truena y no llueve. No se suelta la ira o mejor; la tristeza de las nubes. Resuena y asusta pero no revienta aún. En la sequía se teme y ahora ese temor se ahoga en ríos sin fondo de agua lluvia. Los extremos del universo y su impacto en la estabilidad de la humanidad. Lo que me lleva a pensar en el impacto de la bomba atómica en su momento y ahora el de la Inteligencia artificial en la sociedad que hemos construido.

La inteligencia artificial, nos enfrenta a la esencia del ser. El saber, lo tienen las máquinas, el hombre las ha alimentado de conocimiento y potencia, más no son por si mismas. La esencia del ser reducida al producto, sin importar el cómo se hizo. Quien no produce o produjo, no existe o meramente sobrevive marginado del sistema productivo. Esta realidad es inevitable, la inteligencia artificial como una especie artificial con códigos de operación abiertos, está aquí para quedarse. Max Tegmark hace referencia al término Homosapiens de Carl Von Lynne, y añade que ahora ya no somos los más listos, sino que el hecho de ser sensibles es lo que nos hace diferentes, el habla del Homocentiens como nuestra nueva especie humana.

El caucho parece renacer de sus ramas, estas vuelven y se entierran, como si se confundieran o se encontraran más a gusto bajo tierra. La raíz se mezcla con las ramas. Quizás esta sea una metáfora para hablar del hombre y sus creaciones. Los artificios terminan siendo pilares del ser, en un principio solo son vistos como herramientas o extensiones, pero cada vez adquieren más elementos del ser, hasta que lo que pueden hacer se confunde con lo que el ser haría. El ser se acostumbra a todo, se adapta o desaparece como especie.

Entonces resuena el arte para paliar la vida y sus avatares, se hace más necesario que nunca, más vital e indispensable. Para salirnos de lo promedio, sorprendernos, cuestionarnos, dudar, equivocarnos y volver a empezar, para ser humanos, para sentir.

Lo jamás visto (no como lo experimentan quienes tienen Alzhéimer) se verá, como lo han dicho filósofos, científicos y ya hemos visto en comics y en películas de ciencia ficción. Pienso en los Supersónicos -originalmente llamados The Jetsons en 1962 – con sus carros voladores y sistemas de comunicación, en películas como Blade Runner, basada en el libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? escrito en 1968, en el filme 1984 , inspirada en la novela que lleva su mismo nombre del año 1947 y en Metrópolis de 1927; donde temas como los sistemas de vigilancia usados para control social, la especie artificial que supera al humano quedando libre, al parecer sin control y la obsesión por prolongar la vida a costa de todo, se ven reflejados y están vigentes hoy día más que nunca.

El panorama actual es el de una novela distópica que no solo vivimos, sino observamos en vivo y en directo, en la cual compartimos protagonismo con una nueva especie artificial.

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Ana Maria Cadena Silva

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Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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Wiñaypacha me impresionó. Una fiesta de paisajes, personajes auténticos mensajes sencillos básicos y profundos. La vida contenida en una caja de fósforos. Se van acabando y la vida se vuelve peligrosa, al filo del fin. El viaje se acorta y los días se vuelven eternos. La lluvia, el frio, la montaña abruman. La vida en aislamiento de una pareja y su vejez.

El espacio se modifica (al menos su percepción) en tanto el tiempo para recorrerlo aumenta o se reduce. La distancia entre dos puntos, es más lejana si la forma de desplazarnos es lenta. Es decir si pensamos en viajar a pie, el espacio que hay entre dos puntos parece enorme, si se usa la bicicleta el espacio parecerá encogerse y si se toma un avión, la distancia deja de percibirse como una circunstancia, un reto a resolver. Una vez resuelta la distancia, surge una nueva incógnita. La manera en que este nuevo espacio nos acogerá, sus personajes, sus dinámicas, sus aromas, sus sabores.

No sobra decirlo, regresó el invierno (eso pensé). Así el paisaje sabanero varía; a veces como metidos entre un cuadro del Maestro Ariza y sus tonos “neblinos” y otras veces somos parte de un escenario de Grau en tonos de calor que agotan.

El misterio de las medias que se pierden en la lavadora o las prendas en las sábanas, y la libreta para notas junto a la cama. Cuando se despierta con el sueño vívido, a flor de piel, las imágenes parecen claras, están vivas y completas de sentido. Unas horas después, las notas sirven de guía para la descripción de las impresiones (eso creo al menos).

El día está gris como es tradición en los días festivos de semana santa. Los santos lloran sobre los monumentos, pero este año no es así. Yo piso cada letra con dificultad. Las ideas no ruedan, el agua tampoco. Apenas si hay un esboso de lluvia, pero pasa rápidamente. No se alcanza a sacar el paraguas ni el impermeable.

Regreso a Bogotá y los cables desordenados me saludan. Esta esquina, mi esquina, la esquina que veo en silencio. El ocio es alimento para la palabra. Quiero ignorar tanto para ser sorprendida, como un niño que comienza a descubrir el mundo y lo nombra a su manera. Oigo voces de guerra y me pregunto si alguna vez se callarán.

Quizás mi cabeza se desocupó y tengo que comenzar de cero a alimentarla. La belleza parece lejana y pasa junto a mí. La vida pasa entre las horas, y yo como viendo pasar el tren me quedo inmóvil en el paradero.

Después de la semana viene el sábado y luego el domingo. Llegó un momento en que los días ya no tienen nombre, las horas no tienen final y los meses se saltan unos a otros. El año perdió sus dígitos y todo después de la Pandemia tiene otro ritmo. Quizás un ritmo más interno determinado por nuestro ser profundo y no tanto por el hacer continuo. Los insectos perdieron sus escondites y el ser humano también. Nos enfrentamos a los que nos preocupaba, nos aterraba nos paralizaba de nosotros mismos, nos vimos acorralados entre los límites del espacio físico, lo cual nos obligó a volar mentalmente. Quienes lo hicimos pudimos sobrevivir, otros se quedaron atrapados en sus mentes. Aquellos que se soltaron encontraron en el confinamiento el divertimento mental. Como una monja en su clausura, un preso en su condena, un vicioso en su paraíso.

Disfruto del silencio que se cuela entre los espacios blancos de la página y sé que si puedo pasar sin tanto dolor el tiempo del silencio y la nada, puedo hacer cualquier cosa. Como quien descubre el hielo o que el agua no solo moja sino que empapa.

Llueve al fin.

Se acorta el tiempo para escribir. Gran responsabilidad tener algo que escribir que valga la pena leer. Es el temor y reto cada vez que inicio un nuevo texto.

La música parece adormecer nuestra razón y solamente oímos lo que nos mece. Al parecer yo estoy siendo, me extraño, casi puedo sentir la nada, un gran vacío, un espacio entre palabra y palabra. Sin sentido, lo que veo me ve y yo me siento transparente. La vida me atraviesa. Siento calor de repente y puedo ver cómo me rodea y la piel se recalienta. Luego me deja y quedo fría, pues el sudor me ha enfriado. Igual en la noche que en el día. No deseo conversar, las palabras no se me acercan. No pienso nada o muy poco.

Es hora de almuerzo y los empleados se acercan a la cafetería. Hacen fila y alistan bandejas. Por otro lado las mesas se alistan, las dejan limpias. Veo un joven con su gorro de panadero y tapabocas. No sé si está feliz o aburrido, pero por su forma de caminar, creo que se siente satisfecho del pan del día.

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Ana Maria Cadena Silva

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Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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El cuerpo nos lleva y nos trae, hasta que un día deja de llevarnos o nos deja allá botados. 

Se detiene, nos asusta, nos desborona. Allá entre las boronas nos encontramos vulnerables, frágiles e impotentes. Enfrentamos la verdad del descontrol, el caos y la entrega con resignación a un posible fin sin posibilidad de elección. En ese lugar, en nuestro primer hogar el cascarón primigenio: nuestro cuerpo; nos encontramos insignificantes y al mismo tiempo poderosos. Como el cangrejo ermitaño, buscamos siempre un refugio propio o heredado. Cambiamos el lugar de las cosas en el espacio, para sentir que la novedad se apodera del mismo, para hacerle el quite al tedio, a la costumbre a la inevitable rutina. Para sentir fascinante lo que se conoce y finalmente poderlo amar.  Dejarse tocar por el viento fresco rozando nuestros cachetes y sorprender por el sol picante de la sabana, aunque a altura de páramo. 

Viajamos para dejar atrás lo conocido y descubrir lo inédito, como quien abre un nuevo libro y se sumerge en una realidad creada por otro. Esta realidad que es de otros. En el viaje; es de los raizales y al interesarnos por su forma y fondo, nos parece que hacemos parte de alguna manera de esa realidad, aunque sabemos que no es nuestra, ni lo será. Como prestada, la devolvemos cuando nos vamos del lugar y dejamos lo que encontramos más o menos igual a como estaba. Se acabó el viaje, debemos regresar hacer maletas y retomar lo que quedó pendiente de donde salimos.  Esa nostalgia que nos permite viajar en el tiempo a donde no vamos a volver en físico. Ese viaje mental en forma de bucle o de espiral ascendente, que nos lleva al no tiempo del reloj cucú colgado en la pared de agua.  

Estúpidos e insípidos como de alguna forma nos hace pensar Pedro Friedeberg, somos los artistas, los seres humanos. Su obra nos lleva a las profundidades de la magia natural y nos trae a la crudeza de la realidad, montados en su cáustico y fascinante sentido del humor. Somos y ya no. Impermanencia inminente cambio infinito, eso somos. 

Como quien descubre una amonita en una piedra enorme (hago referencia a la película Ammonite de Francis Lee del 2020) haciendo caso de una pequeña mancha sobre la superficie, que para quien sabe significa la clave certera del descubrimiento de un nuevo mundo. 

En el circo (de los de antes) se estaba fuera del ruedo, desde allí se podía ver el espectáculo que daban tigres y panteras entre otros personajes. No hay miedo, no pueden atacar sino al domador. En las graderías, se está lo suficientemente cerca para ver lo que pasa y al mismo tiempo lejos para sentirse seguro entre el público. Como cuando se prende la televisión y se miran las noticias, lo que pasa en el país, el mundo y las galaxias. Me aterro y a la vez no tengo miedo, puedo mirar sin que la neblina me apabulle, como si me disociara de mi propia piel, de mi temperatura, de mi geografía. 

El olor a Palosanto, me recuerda la entrada de la Catedral de Barichara. Cuando conocí ese olor, había unas monjas con una mesa a la entrada vendiendo paquetes de palosanto y yo compré uno. Me acuerdo que fue uno de esos olores reveladores, así como el perfume de Madame Verdun, la señora de la familia donde viví y trabajé como profesora de español en Paris. 

Los caballos relinchan y explotan al máximo el pasto que encuentran. Las abejas llegan y colonizan, las arañas también. Yo voy y vengo a la ciudad. Como un hámster en una rueda que da vueltas, sin afán. Ya no hay prisa. Las cosas que pasan tienen un ritmo y es distinto bailar con ellas que estar en su contra luchando.

El viaje perfecto con la maleta ligera sin tiquete de regreso. 

La loca de la casa -pensando en Santa Teresa de Jesús- se ocupa de esculcar los bolsillos del alma y desconcertar. Como pasa la noche anterior a un viaje, el alma se desconcierta y no nos deja dormir. La loca de la casa está al acecho y no pierde oportunidad de hacer ruido. No se duerme contando ovejas, de hecho, ella nos las cuenta mal.  

El agua rueda por el vidrio y los caballos saltan de alegría. Las plantas se alegran también. Llueve como hace meses no pasaba. Se poda el papiro y las flores del mandarino se asoman blancas,  esferas verdes y de color anaranjado. 

Peregrina en mis textos, no encuentro mi voz. Recurro a Anaïs Nin para inspirarme. Extraño sentimiento al dejar lo propio al verse obligada y buscar nuevas geografías. Extranjera en su cuerpo, recordando piel e historias. La geografía que me pierde, el horizonte que delimitan la luz del pueblo cercano, los vecinos con sus fiestas y hace más frio esta noche. 

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Ana Maria Cadena Silva

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Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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A través de la persiana de la sala comedor, alcanzo a ver como pega el sol tempranero de Enero sobre la pared de ladrillo del edificio de enfrente. Muchos letreros de se vende en las ventanas de los edificios de la cuadra. La calle está limpia, el andén también. 

A comienzo de año, los gimnasios están llenos. La lista de metas para el nuevo año tiene vigencia a duras penas durante las cabañuelas. Luego del día 12 del mes de Enero, en el que supuestamente se vive lo que ocurrirá en Diciembre, todo vuelve a como lo dejamos el año pasado con algo de olor a rancio. Es necesario abrir ventanas, voltear colchones, lavar tapetes, ordenar armarios, botar cosas y regalar otras. El comienzo de año ya no titila, se siente caliente como la mayoría de eneros en Bogotá. Cielo color azul hortensia, en la sombra hace frio el viento es helado. 

Yo regreso a mis palabras. Algo fuera de práctica después de un mes de otras cosas y palabras dichas no escritas. 

En estos días miraba un cartucho blanco y pensaba en la obra de Georgia O´Keeffe (1887-1986) y la influencia importante de Arthur Wesley Dow sobre su obra. Wesley tenía una manera revolucionaria de comprender, hacer y enseñar Arte: sostenía que no era un asunto ornamental sino uno vital, donde utilizando el punto, la línea, el volumen y el color en el espacio pictórico, las personas podían hablar de su vida y crear artísticamente.  Así que esto inspiró a O´Keeffe a dejar a un lado la representación realista de la naturaleza e imprimirle su sello, creando así un lenguaje propio cuyo legado ha inspirado sin duda alguna, a las siguientes generaciones de artistas. Su obra es tan poderosa como sutil y orgánica, se siente como el paso de una seda sobre nuestra piel recién hecha, rosadamente expuesta.  Cuando pienso en su colección de piedras, huesos y maderas imagino un gran museo con restos de la humanidad y lo que cada ser colecciona, como una evidencia de lo que considera esencial cargar por el camino. Un camino a veces desolado, desértico, frio y árido. Otras veces florido, exuberante, rebosante de verde y húmedo colorido. La obra de O´Keeffe es una muestra de lo fina que es la línea que separa la vida del arte. Los paisajes contemplados, terminan siendo una abstracción de nuestra geografía corpórea. El afuera como un reflejo del adentro, espejos a veces casi imperceptibles, pero contundentes. 

El mismo cartucho, ahora seco y sus hojas no verdes sino cafés por la sequía, me recuerda la aridez, quietud y el misterio de la obra de Giorgio de Chirico. Plazas urbanas, maniquíes y objetos encontrados, descontextualizados.  Inteligencia artificial dueña de espacios una vez habitados por humanos. Autómatas hechos de ruinas, columnas, trozos de metal y madera yuxtapuestos, escenarios de Pandemia, ciudades desiertas habitadas por seres sin intestinos. 

El arte como una forma de escapar a la realidad, al ruido a la violencia al hambre, o una forma de mirarlas. Una manera de ser en la realidad colgándose de la belleza y la esperanza, pues siempre hay algo que merece la pena ser contemplado, oído, tocado. Vale la pena vivir y también mirar a los otros mientras viven. Ser actor y espectador para oír las conversaciones de la mesa vecina en el café de la esquina. Vivir y vibrar con otros, en la piel de otros. Imaginar las historias de ellos y pensar porque dicen o hacen lo que hacen y dejan de hacer lo que pueden y quieren. Decidir y entregarse a la marea de la vida. Y si hay turbulencia fluir con ella. No resistirse para no quebrarse. Soltarse para no perderse de sí. Levar anclas para encontrar cada vez más su centro, su esencia, su sabor sin seguir al pie de la letra la receta. Ser consientes para disfrutar aún más la subconsciencia soñada.    

El escenario onírico al que se es sometido bajo el calor de las cobijas, nos revuelca y hace dudar al abrir los ojos: ¿Es esta maleta roja la misma del sueño o la realidad la transformó en magia y posibilidad infinita de ser, cosida en cuero y teñida de rojo? ¿Si fuéramos nómadas que llevaríamos en el morral que cargaríamos a nuestras espaldas? 

Los gallos cantan a toda hora. ¿No se suponía que solo cantaban al amanecer? Ellos también se confunden con la luz artificial y han perdido la noción del alba. 

De regreso a la Bogotá, gris, nublada lluviosa. Comienza febrero, el geranio floreció y se robaron las bicicletas del garaje. Nos mandaron el video del robo por chat ¿De qué sirve verlo?  No de mucho la verdad. Supuestamente tener cámaras es una medida de seguridad. ¿Aun si estuviera viendo el robo en vivo, cómo lo detendría? En realidad, nadie sabe su reacción ante un suceso imprevisto. Somos y actuamos de formas inesperadas. Si la vida fuera un guion, lo aprenderíamos en el colegio y nos lo leerían nuestros papas noche a noche. Sería fácil y aburrido vivir. Predecible y obvio nuestro actuar. La vida con incendios e inundaciones, fuera y dentro de nosotros. El camino con sus subidas y bajadas, y sus huecos sorpresivos también. Lo imprevisto, el robo, el engaño el premio, la recompensa y la verdad. La paz y la guerra, el amor y la tusa. El dulce y la sal. Adentro y afuera. Vivir y morirse un poco cada día que pasa. Renacer por la mañana y cantar con el gallo a destiempo. Hablar y callar. Dudar y conocer. Escribir y leer. Ser y dejar de serlo. Dudar y continuar sin remedio, sin atajos sin certezas. A un clic del desatino como al escribir. 

Dejó de llover, no oigo los gallos sino alarmas y pitos, el paso de las llantas sobre el pavimento humedecido. Vuelvo a la ciudad, la misma que me llama y me expulsa cada rato. Como el teclado y mis ideas, mis preguntas mis dudas y mis miedos. Vuelvo a mí y me dejo.     

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Ana Maria Cadena Silva

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Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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Una vez más la casa se desocupa. Llega esa época del año en que las ventanas se iluminan y todo parece titilar. El dolor de cabeza aumenta, el tráfico el papel de regalo en rollos y los moños de cintas brillantes también.

Yo debo escribir algo que le hable a quién lo lea. ¡Qué pretensión creer que puedo lograrlo! Escribir es un placer tal, que siempre está ahí esperándome. Dejo todo listo en mi puesto de trabajo (que es el mismo comedor) para que simplemente cuando pase por ahí y tenga la tentación de escribir, pueda hacerlo.

Pensé en el tema, y recordé que descubrieron una obra de Botticelli. Ese puede ser… Pero hoy, creo que no. También leí que descubrieron unos petroglifos antiquísimos en una cueva en el Amazonas Colombiano, interesante… Luego me enteré que encontraron unos huesos mientras hacían una obra monumental en Usaquén, así que podría investigar para luego escribir de eso. De igual manera comienzo a escribir, y sé que lo que escriba mutará muchas veces hasta que ustedes lo lean, y que lo importante es empezar por algún lugar. Yo comienzo por acá, por mi lugar en el mundo. Mi comedor, mis dudas mis angustias mis sonidos y mi hoja en blanco.

Hoy no están podando el prado en la vecindad -y menos mal pienso- me como unas almendras y tomo un poco de agua caliente, que me ayuda a conectarme con mis entrañas (aunque suene absurdo). Cada cual va creando su ritual alrededor de la escritura, entiendo que Hemingway (y no es por igualada que lo digo) escribía de pie y descalzo. Yo tengo mis manías, cada quien lo propio. Y de qué se va a tratar la columna de Enero…aún no sé, de muchas cosas y de nada en particular. Así va la cosa.

Navidad, celebración de nacimiento, duelo de muertes. Por alguna razón – y estoy segura que no soy la única a la que le pasa – en estas fechas uno recuerda más intensamente a los muertos, a los propios. Yo los recuerdo y los extraño. En esta época la sensibilidad aflora y no todas las relaciones sobreviven. Hermanos se pelean antes de Navidad, novios terminan el día de las velitas, matrimonios se separan en víspera de año nuevo. La felicidad que venden los comerciales de Coca Cola, no se compra en ninguna tienda. La alegría y euforia de estar en familia reunidos, no siempre se da. Se nace y se muere un poco cada año que pasa.

Si usted que me está leyendo, siente empalagoso y cursi este relato, lo entiendo totalmente. A veces se sale ese lado nostálgico, que se alimenta no propiamente de ver los noticieros.

De manera cobarde he dejado de ver los noticieros, para no tener pesadillas ni andar mirando a mis espaldas cuando camino por la calle. Un día – pensé – si me van a atracar, prefiero que me cojan por sorpresa y no con miedo.

El miedo como el del Grito de Munch paraliza. El artista cuenta al referirse a su obra; cómo  mientras recorría con una pareja de amigos, un sendero por la colina de Ekeberg -a las afueras de Oslo- quedó inmovilizado, se agarró de la baranda del puente, buscando un “polo a tierra” mientras tenía lo que hoy llamaríamos: un ataque de pánico. A cualquiera le puede pasar, pero  pocos logran comunicar como él lo hizo, sus sentimientos, su angustia su pánico su grito.

Horas y hasta días antes de subir a un escenario a actuar o posar para una sesión de fotos, me lleno de miedo. Un día oí a la actriz Alejandra Borrero, diciendo que a pesar de llevar tantos años actuando, antes de hacerlo siempre sentía ese “pánico escénico”. Ella explicaba, que era una forma natural de manifestar el respeto y la responsabilidad que sentía hacia el público, y por ello siempre estaba presente antes de iniciar una función. A mí me pareció no solo lógica sino muy ética esa explicación.

Así que ese conjunto de emociones y pensamientos que me recorren antes de actuar, que van desde: ¡No voy a ser capaz! ¿Qué tal si a nadie le gusta lo que hago, o si soy mala en esto y nadie me lo ha dicho?… hasta esa sensación de dejarme ir, de vivir lo que creé para y por este nuevo personaje que vivirá a través mío, todo esto se acuna en mí, sobrevive y se hace sentir, dejándome tranquila en la realidad del escenario.  Una vez pongo un pie ahí, el miedo desaparece, es realmente mágico, solo existe esa realidad que creé con trabajo, creatividad y pasión. Me dejo llevar y de repente me doy cuenta que estoy al final del texto. Sé que debo terminar y luego enfrentar el juicio del mundo real. Mientras estoy en la ficción que he creado, no hay juicios, solo acción y reacción. Es una dinámica que aunque real porque ocurre, no está supeditada a infinidad de conceptos e ideas que nosotros mismos-nuestros peores verdugos- ponemos a lo que hacemos, limitándonos ciega o claramente.

Las calles de la ciudad se empiezan a desocupar, algunas casas se llenan otras se desocupan, unos viajan para un lado y otros regresan. Y en Enero volveremos a las casas, las calles se repletarán y como al bajar del escenario, estaremos de nuevo en el ruedo preguntándonos sobre lo que sigue, cuando solo queda el paso a paso paciente, así como la casa acepta que a veces está llena y otras veces vacía.

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Ana Maria Cadena Silva

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Ana Maria Cadena Silva

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Si se imagina un cuadrilátero vital con dos personajes: en una esquina “el guerra” y en la otra “la arte” (los artículos los puse así a propósito) podríamos estar presenciando un imponente round donde “la vida” es la entrenadora de ambos contrincantes y “la humanidad”… la patrocinadora del espectáculo.

Algunos miramos la guerra, mientras que otros sin opción la viven: son en ella, están en ella, hacen en ella. Yo la miro desde la ventana, ajena pero al mismo tiempo soy causa, evidencia y producto.

Un habitante de calle camina por el andén de una calle de Bogotá, cubierto en mugre de meses se acerca a una terraza de un restaurante. Saluda a uno de los comensales, lo toma desprevenido, pues está comiendo sentado en la terraza. El comensal le dice que no tiene efectivo, sobre la mesa está su teléfono celular y billetera. El transeúnte insiste en pedirle plata, el comensal le dice: tengo algo en monedas —esculcando su bolsillo— las saca y se las da en la mano (ésta se asoma al final de un vidrio que separa la terraza del andén). De esta manera, ni el habitante de calle ha vivido la experiencia de estar comiendo confortablemente en el restaurante de la terraza, ni el comensal ha vivido la experiencia de estar caminando por el andén cubierto en mugre de meses, con hambre, síndrome de abstinencia, frío y rabia.  Si uno de ellos fuera a escribir una columna de opinión sobre el otro y su realidad, no podría. Simplemente no conoce ni ha vivido la experiencia del otro. Tendría que disponerse para entrar en el mundo del otro y compartir su experiencia, que aunque solo fuera aquella de un visitante, un extranjero en la vida del otro, podría acercarse y permitirle sentir un poco —y solo un poco— como vive el otro. En este momento se aventuraría a escribir algo.

No es mi caso, no voy a inscribirme en una experiencia de guerra, aunque de cierta forma nací inmersa en ella sin pedirlo o habiéndolo pedido. En 1972, año en que nací: 56.000 soldados gringos habían muerto en Vietnam, el UPAC se quiebra, cae la reforma agraria, nace el Teatro Libre de Bogotá, Gustavo Álvarez Gardeazábal escribe Cóndores no entierran todos los días y  Antonio Cervantes (Kid Pambelé) en Ciudad de Panamá ganó por Colombia, el título mundial de boxeo el 8 de Octubre (después de 8 intentos fallidos) entre muchas otras cosas que sucedieron en nuestro país y el mundo (sin hablar de lo que ocurrió en el Universo y las Galaxias).

Mirando noticias pensé: ¿Cuál es hoy mi posición como artista frente a la guerra? Esta guerra y las otras, las que conviven con la vida junto a todos mientras la historia se construye y se destruye a balazos, se desangra en heridas y golpes que quedan tatuados en la piel y memoria.

Si los artistas somos el reflejo de una época, en la esfera pública el arte se ve como una evidencia. Una denuncia como lo hizo Picasso en El Güernica, o La noche estrellada de Van Gogh, donde se ve una guerra pero interna. Se ve una oscuridad titilante y se siente un vacío intermitente, hay destellos de alegría que encandelillan, creando una soledad insolente, que atraviesa nuestros huesos dejándolos helados a los pies de esa noche, inmortalizada en un lienzo enmarcado y colgado en el MOMA.

Los robos, atracos, asesinatos, secuestros que ocurren a diario en otras calles o en la esquina, me llevan a la orilla del temor. Como en una guarida, sin asomar la nariz, presa de mi propia levedad y pesadez, a la vez me recojo y trato de escribir, temo no poderlo hacer. Aun así me aventuro.

La guerra siempre existe en algún lugar, es imposible luchar desde todos los lugares, solo se lucha y se escribe desde un cuerpo, desde donde se vive, como se vive.  Para el artista, muchas veces el campo de batalla es su propia mente y ésta; es a la vez cárcel y paraíso. Se libra una lucha interna entre el ego que quiere alimentarse —habla, opina y argumenta— y el ser, que busca solo dejarse llevar por la vida, vivir. Tiene lugar la guerra vital y el artista vive y es asesinado por la vida. En cada obra se muere dejando todo ahí, y renace en su siguiente creación.

Mal haría al hablar o escribir sobre la guerra, no la he vivido de cerca. Hablo y escribo sobre lo que mi piel conoce. Solo así, puedo abrirme y dejar que ustedes me hurguen. ¿Lectores, han vivido la guerra en carne propia?

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Ana Maria Cadena Silva

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Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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Olympe de Gouges desde su tumba nos mira y… ¿qué nos diría?

  • Olympe: 230 años después de mi degollamiento en la Place de la Concorde, morí al servicio de los derechos de las mujeres y ¡ahí están pintadas! ¿Dónde están, que se hicieron? ¿Fueron transformadas en demoníacas, decrépitas y monstruosas, dejaron de ser humanas para convertirse en mitad animales mitad mujeres? ¡Ahí están, ya las vi: desfiguradas, famélicas, violentas, agresivas, sanguinolentas, devoradoras, vampiras y fantasmagóricas! ¡Por mí por todas! ¡Ya pueden salir de sus escondites!

Buscando me encontré con estos personajes: Leonarda Chanchulli (1930) quien hirvió a sus vecinos que sacrificó y los convirtió en jabones, Mary Ann Cotton y Lizie Borden (1892) ambas inspiraron macabras canciones de cuna, María I de Inglaterra conocida como Blody Mary o la condesa sangrienta (1553), inspirada al parecer en Elizabeth Bathory y ahora, les pregunto a ustedes: ¿Estas monstruosas féminas engendros de la humanidad, qué nos dicen hoy día?

Pienso en personajes que han sido caracterizados de manera magistral como Blanca por Teresa Gutiérrez, la mamá de Eliseo el protagonista en Satanás, inspirada en la tragedia de Pozetto. Esta madre dura, fría, crítica, indolente y a la vez sobre protectora, evoca complejos ampliamente estudiados por la psicología (Edipo y Electra) que cuestionan eso del instinto maternal.

Claire Underwood (representada por Robin Wright) la protagonista de la serie “House of cards” con su astucia y habilidad maquiavélica, nos seduce y nos lleva al odio, al hastío mismo; al rechazo.

Ahí están pintadas las musas, las diosas y las brujas en obras de pintores como Goya, El Bosco y Brueghel (yo incluiría a Arcimboldo entre los pintores brujescos). En sus obras se encuentran representaciones visuales de brujas que rayan con lo aterrador, esperpéntico y rimbombante. Mujeres, que al parecer más que tener poderes, los han perdido, como si el hecho de saber cosas, intuirlas y expresarlas, las hubiera convertido en seres repugnantes poseídos por la fealdad, que inspiran pesar y asco, conduciéndolas a la caldera o hasta la horca misma.

Me deleito con las representaciones que encuentro en pintoras como Remedios Varo, quien parece tener la vocería de un aquelarre y llevarla al conjuro supremo que impone la fantasía sobre el espectador que contempla su obra. Como un hechizo se expande la onda pictórica desde el lienzo y tal como pasa en la película “La rosa púrpura del Cairo” los personajes salen del lienzo y nos seducen con su magia, nos empapan, nos invaden la vida con su propia realidad, se entrometen en nuestros pensamientos, nos hacen preguntas y nos dejan distintos a como nos encontraron antes de estimularnos.

Sí; eso hacen estos personajes que se dejan observar, contemplar, oír y sentir donde quiera que se encuentren. Como atrapados en Cajas de Pandora o Caballos de Troya, salen desbocados a nuestro encuentro apenas nosotros como espectadores, nos permitimos ser vulnerados por su humanidad, su honestidad, su esencia. Saltan y caen donde menos lo imaginamos, nos tocan fibras que ni siquiera reconocemos -pues se han escondido en nuestro inconsciente- tan bien se ocultan que ni se dejan ver en los más profundos sueños. Y ocurre en ese instante, en que nos conectamos a través de un personaje externo con nuestros sentimientos y emociones, como quien se mira en el agua y se reconoce aunque distinto; así nos identificamos con creaciones plasmadas en obras de arte.

Al ver actrices como Meryl Streep en la película El diablo se viste de Prada, Emma Stone como Cruella de Vil o Miranda Richardson en Blanca Nieves, me pregunto: ¿Qué de mí reconozco en esas brujas?  Esta pesquisa se las dejo a ustedes también.

Ahí estamos pintadas, en cuerpos humanos frágiles y corruptibles, enfermizos y postrados como el de la Khalo y eternos como Gala en las obras de Dalí. Delicados y puros como la Venus de Botichelli, robustos y cálidos como las damas de Rubens, delgados y filudos como las mujeres del Greco y Modigliani. Hermosos, cándidos y tiernos como Marie Clementine Valadon (quien fue modelo y artista) musa de Degas, Renoir y Toulousse Lautrec.

Enanas acondroplásicas inmortalizadas por Velázquez, las sirvientas iluminadas en medio de la cotidianeidad doméstica de Vermeer, madres, hijas, hermanas, sobrinas, tías, amigas, amantes y esposas todas representadas, pintadas, inmortalizadas en lienzos, mármol, celuloide o “vivitas y coliando” de carne y hueso encendiendo escenarios.

En las tragedias -griegas o romanas, humanas todas por igual- las diosas, las musas, las emperatrices, las esclavas, las monjas, las heroínas, las guerreras y las víctimas. Las damas, las fieras, las mojigatas, las prostitutas, las beatas, las damas de hierro y las de azúcar; todas han sido objeto de contemplación y de estudio, adoración y odio, indiferencia y envidia…todas sin falta: ¡ahí están pintadas!

¿Dónde está nuestra mujer biónica o maravilla? ¿Qué significa ser en el cuerpo que se habita? ¿Dónde está la espinaca de la Olivia de hoy? ¿Será Alexa o Barbie la heroína de nuestros tiempos? ¿Cómo nos vemos representadas?

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Ana Maria Cadena Silva

Escrito por:

Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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Según su hija Lina, antes de morir Botero pintó a una pareja bailando… quizás soñaba con un baile final, encuentro que se queda en la piel. El Maestro imaginaba ese momento, que se haría posible 4 meses después de la muerte de su esposa.

Antes de morir; su obra más cara fue “Hombre a caballo” subastada por Christies el 11 de Marzo de 2022 por US$4.3 millones. Después de su muerte según Óscar Mauricio Ochoa (Marchante de Arte) su obra puede aumentar de precio en un 20 o 25%, la historia lo revelará. ¿Entonces, el valor de su postulado estético se incrementará? ¿Trascenderá espacio y tiempo?

No existe una única verdad tras el arte. El arte como expresión libre del ser, presenta la posibilidad infinita de ser leído y por lo tanto el gusto y la valoración de una obra de arte es una postura subjetiva y hasta caprichosa. Las obras de arte se han convertido en bienes posicionales como expresión de estatus; especialmente cuando el precio de las mismas está lleno de ceros.

En 1958 el Salón Nacional de Artistas rechazó a Botero, y Marta Traba defendió su obra “La camera degli sposi” con la que participó y ganó. La obra de arte media entre el artista y el espectador, cuando éste deja de existir, su obra queda y nos habla. Nos resuena de forma inusitada, probablemente distinta. Podemos ver las entrevistas en vida del artista, leer sus diarios, hablar con sus hijos, contemplar sus obras; pero al artista de carne y hueso, no lo tendremos.

Hace unos años, conversaba con algunos colegas artistas, y mi opinión sobre Botero era algo así: Es sin duda un gran artista, ha creado un bien de lujo, una marca propia y la ha sabido vender mundialmente. Hoy, teniendo en cuenta que no habrá más obras nuevas suyas, es natural que el prisma a través del cual miro su obra sea diferente. Veo con relevancia la forma en que utiliza los cuerpos para conversar de manera irónica sobre nuestras realezas, costumbres, dolores y heridas, nuestro ayer y el hoy de siempre por los rincones de cualquier pueblo colombiano. El cuerpo como ese “debajo de la cama” donde se esconde lo que no se quiere mostrar, ese gran miedo a ser comparado con lo aparentemente perfecto, los modelos clásicos, los cánones estéticos. Mostrarnos y no intentar tapar nuestras imperfecciones tras el maquillaje, las cirugías, los trajes de fiesta, la faja o el corsé para que no se noten las medias nueves que nos comimos a destiempo o el helado con el que pecamos un martes por la tarde a la salida del cine.

En su obra el cuerpo, grandilocuente por el volumen ocupado en el espacio (tanto pictórico como escultórico) nos permite cuestionarnos sobre ¿Qué tanto más podemos aguantar? ¿Cuánto más podemos devorar? ¿Hasta dónde resisten nuestra mente y cuerpo en esta sociedad del continuo y seductor estímulo?

Su obra me habla hoy, de un gran temor vencido. El temor a ser auténticamente imperfectos, originalmente feos, únicamente grotescos. La belleza no siempre se encuentra en la cercanía al equilibrio, a los puntos de referencia previamente validados y posicionados como admirables por la mayoría. A veces la belleza está en eso que con amor y sencillez nos habla de nuestras vidas, de lo cotidiano, de lo no trascendental, y creo que esa es precisamente la grandeza de Botero, enfrentarnos como él lo hizo al desafío de ser auténticos.

Si el cuerpo es como una casa, y la casa está llena -de flores, de comida, de amor- el cuerpo se ve completo, perfectamente copado.

El cuerpo es sujeto y objeto, de observación de consumo, de inspiración y de abandono. ¿Qué es lo que comunicamos con nuestro cuerpo?

Se necesita coraje para habitar un cuerpo.

Llenar todo el espacio que deja la piel, sentir trozos que rozan y verlos, requiere coraje, amor propio y grandeza. No medir lo que sobra o añorar lo que podría ser, no compararse y liberarse, soltarse a la vida. Como dijo Juan Carlos Botero citando a su padre: “Vivir enamorados de la vida” y dejarse sorprender por ella en el último baile.

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Ana Maria Cadena Silva

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Ana Maria Cadena Silva

Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.

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