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Hemos caído muy bajo

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

hernando gomez buendiaLos diez horrores escondidos bajo el nombre inocente de un “falso positivo” 

Hernando Gómez Buendía*

Hasta hoy se han denunciado 1.122 casos. Uno de ellos es o era Jonathan Soto. Tenía 17 años y parece que andaba en malos pasos. Le ofrecieron un trabajito en Ocaña. Lo llevaron. Lo mataron. Le pusieron un vestido de las Farc. Lo anotaron como baja en combate. Lo enterraron bajo cualquier N.N.

Una barbarie como tantas que hemos visto en sesenta años. Como las pipetas de gas, las motosierras, los sicarios en moto, los secuestros, las violaciones y los incendios. Como la larga cadena de barbaries que son la historia oscura de la humanidad. Como la guerra química, las torturas, las ciudades bombardeadas y los campos de concentración en Europa y en Asia y en África y aquí.

O tal vez no es para tanto. Al fin y al cabo estamos hablando de unos pocos muertos, de un único balazo, de sujetos "desechables", de un exceso de celo en guerra justa, de que ya hay detenidos y juzgados.

O tal vez sí es para tanto, porque los hechos que queremos esconder bajo el nombre  anodino de "falsos positivos" son un capítulo inédito y horrible en la historia terrible de la barbarie humana:

-Primero y más asombroso, porque este acto de barbarie no recae sobre el enemigo y no se propone destruirlo o afectarlo. Su víctima no es el soldado extranjero, el adversario político,  el sospechoso, el de la raza inferior o la persona que odiamos. Es un crimen de guerra por fuera de la guerra.

-Segundo y más aberrante, por la falta del motivo. En la guerra se mata o se violenta para defenderse, para forzar la rendición del enemigo, para obtener información u otro recurso, por mandar un mensaje de terror o por satisfacer un odio visceral. Repáselas Usted: a Jonathan Soto no lo mataron por ninguna de estas causas.

-Tercero por el cúmulo de infamias: concierto para delinquir, desaparición forzada, trata de personas, asesinato, falsificación de documentos y fraude amontonados en cosa de unos días.

-Cuarto, por la no-identidad de la víctima. Es una persona escogida con cuidado que sin embargo no existe sino como un cadáver al cual ponerle un informe. Es el sujeto convertido en puro objeto. Alguien que sirve sólo si no es nadie.

-Quinto, por  la identidad de los victimarios. No son hampones ni terroristas ni guerrilleros ni enfermos mentales.  Son 315 soldados y oficiales de las Fuerzas Armadas de Colombia que han sido o están siendo juzgados, más cerca de otros mil que se están investigando.

-Sexto, por lo hondo que apunta. El acto es demasiado deliberado para ser producto de un impulso, necesita demasiados cómplices para ser un secreto y se ha repetido demasiadas veces para tratarse de unos "casos aislados".

-Séptimo, por lo alto que apunta. Hay coroneles y comandantes de varias guarniciones en muy distintos puntos del país que han sido capturados por el CTI. Hay la huella evidente de una brutal cultura de cuartel. Y hay un incentivo lo bastante fuerte para que 315 o 1.315 oficiales y soldados asesinen a 1.122 jóvenes, con el único fin de ganarse una palmada en el hombro y unos días de licencia.                         

-Octavo, por la pasividad de arriba. No basta con no haber dado la orden, ni con nombrar una comisión interna después de varios años de denuncias, ni con abstenerse de estorbar a los jueces. El Presidente y su ministro habrían de repudiar la cultura cuartelaría, desmontar los incentivos que causaron esos hechos y poner ellos mismos las denuncias.      

-Noveno, porque no hay responsable político. Ningún destituido por los incentivos. Ninguna renuncia porque tales horrores se produjeron cuando uno estaba al mando, pero renuncia en cambio para aspirar a ser el Presidente próximo.  

-Y décimo, porque no hay ciudadanos. Ni la indignación masiva, ni la repugnancia masiva, ni los seis  u ocho millones de personas en las calles que protestamos contra las Farc.

Los "falsos positivos" son otro record mundial de Colombia. Sólo que a veces no se siente orgullo de ser colombiano. 

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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