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McCain, Obama y Colombia

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

hernando gomez buendia

Con el triunfo de Obama la próxima semana, nuestra relación con Estados Unidos será muy distinta de la que seguiría con McCain y Bush, según este análisis del Director de Razón Pública. 

Hernando Gómez Buendía*

Se acabó la química

John McCain ha estado varias veces en Colombia, es un admirador declarado de Uribe, y en los temas cruciales – Seguridad Democrática y TLC- es una aliado firme de nuestro gobierno. Barak Obama en cambio no ha viajado a América Latina, y en esos temas decisivos ha sido hostil o crítico de Uribe.

Según todas las encuestas, el próximo Presidente no es McCain sino Obama, de manera que este 4 de noviembre el gobierno de Uribe va a sufrir un revés bastante duro.

Y es que Uribe en efecto se la jugó del lado equivocado. Durante los 6 últimos años le apostó al padrinazgo del Presidente Bush,  a quien lo acercan su visión del mundo y sus talantes igualmente prácticos, finqueros, guerreristas. La simpatía personal y la lealtad milimétrica hacia Bush le abrieron a Uribe muchas puertas en Washington (y en el mundo entero) pero por eso mismo fueron enfriando sus relaciones con el Partido Demócrata, cada vez más combativamente opuesto a Bush y a sus amigos.

Las buenas relaciones  personales no son todo pero cuentan, y cuentan más cuando se asientan sobre la coincidencia de valores y prejuicios entre los jefes de los dos Estados. Por eso, tras el triunfo previsible de Obama, y para decirlo con los modismos de la Casa Blanca, Uribe dejará de ser "nuestro amigo corajudo" (our courageous friend) y en adelante será un "amigo al que debemos vigilar" (a friend to keep an eye on).        

Esta hipótesis inicial sobre el futuro parece confirmarse si, más allá de la "química" personal, mira uno a la agenda sustantiva de las relaciones entre Colombia y los Estados Unidos: TLC e -infortunadamente- drogas, conflicto armado y derechos humanos.

Narcotráfico: ¿una oportunidad perdida de revisar la política?

McCain es duro en materia de drogas. Más duro aún que Bush. Por eso habla de "escalar la guerra contra la droga" y pide endurecer los controles fronterizos.  Por eso propuso la pena de muerte para los capos y más años de cárcel para los "pushers", en tanto que se ha opuesto al uso médico de la marihuana y al de la metadona para curar la drogadicción.

Obama admite que de joven consumió drogas, pero también votó contra la marihuana para uso médico. Por el patrón de los políticos norteamericanos, sin embargo, su actitud respecto de los usuarios de la droga es bastante tolerante. En distintos momentos y contextos, ha propuesto o respaldado seis medidas específicas:

-Eliminar la sentencia mínima obligatoria que los republicanos impusieron para obligar a los jueces a ser muy severos con los drogadictos;

-Rebajar las penas para los narco-infractores que no hayan incurrido en conductas violentas;

-Distinguir entre la venta de crack y la de cocaína, pues el uno es mucho más dañino que la otra;

-Prohibir el "racial profiling" o uso del color de la piel como indicio de peligrosidad en las redadas policiales;

-Programas de rehabilitación en vez de cárcel para quienes narco-delinquen por primera vez, y

-Suministro estatal de jeringas a los drogadictos para evitar el contagio de enfermedades.       

Así pues, frente al moralismo a rajatabla de McCain, Obama intentaría evitar el encarcelamiento masivo y la epidemia del SIDA entre los pobres – y más especialmente  entre los negros- que resultan de esta "guerra" inganable contra las drogas.

La actitud más racional y pragmática de Obama podría quizás facilitar un nuevo diálogo con los países productores de narcóticos, y acelerar el necesario cambio de una política obtusa que se obstina en prohibir que haya viciosos, por estrategias sensatas que minimicen los daños sociales derivados de ese vicio.

Pero resulta que el Presidente Uribe es más papista que el Papa. Sabemos de sus intentos de reformar la Constitución para penalizar la llamada "dosis personal". Y hace un mes promovió la infortunada "Declaración de Cartagena" donde los gobiernos de América Latina ratifican y ahondan su adhesión a la línea moralista, cuando para mediados del próximo año está prevista una Asamblea especial de la ONU para replantear la estrategia mundial contra la droga (Francisco Thoumi explicó con detalle esta "pifia" en un artículo para Razón Pública).      

El TLC -o la pérdida de preferencias arancelarias-

McCain defiende el Tratado de Libre Comercio con Colombia y ha votado a favor de los demás tratados: el Nafta con Canadá y México, el Cafta con América Central, el de Singapur, el de Chile, el de Jordania… Obama votó en contra del Cafta, se opone a los acuerdos con Panamá, Corea del Sur (y por supuesto Colombia) se abstuvo de votar el de Perú y en su campaña la ha emprendido contra el Nafta.

No cabe duda pues de que Obama es un proteccionista mientras McCain es un librecambista. Ni hay duda de que el Tratado con Colombia será más difícil con Obama de lo que hubiera sido con McCain. Es más: el instinto proteccionista de Obama podría resultar  sencillamente desastroso en medio de la actual crisis mundial.

Pero en lo que atañe a Colombia no es tan cierto que un TLC sería la panacea. El mismo Departamento Nacional de Planeación estimó en su momento que las ganancias netas para el país no llegarían a un dos por ciento del Producto Interno Bruto, y por supuesto sabemos que al Tratado se oponen los avicultores, ciertos gremios agrícolas, la industria farmacéutica y otros varios sectores afectados.

En términos económicos, el TLC se necesita por una razón distinta y apremiante: porque países parecidos a nosotros ya firmaron, y ello implica que sus exportaciones desplazarán a las nuestras en el mercado norteamericano. Este peligro explica las repetidas visitas y rogativas del Presidente Uribe al Congreso de los Estados Unidos. Y explica inclusive los retrocesos o concesiones adicionales que ha hecho Colombia después del acuerdo inicial, en materia de medio ambiente, de régimen laboral y de mecanismos para resolver las disputas.

Pero aquí entramos en una segunda paradoja. Firmar el TLC original era mejor que no firmarlo. Formar el TLC desmejorado que hoy está en el Congreso americano es menos bueno que firmar el texto original. Y ninguno de los dos es tan bueno como el negocio que teníamos antes de comenzar a hablar de un TLC: teníamos un sistema unilateral de preferencias bajo el cual nuestras exportaciones no pagaban impuestos pero las exportaciones de Estados Unidos a Colombia sí pagaban.

Y regresamos al desenfoque básico de nuestra relación con Estados Unidos. Colombia cayó en el juego de cambiar un diálogo político por un diálogo comercial, de pasar del Departamento de Estado al Departamento de Comercio, de perder un pago que recibía por sus esfuerzos contra la droga – las preferencias arancelarias- por la esperanza (además, frustrada) de competir en igualdad de condiciones económicas por un pedazo del mercado americano.                

Paramilitarismo y derechos humanos

El Departamento de Estado bajo Bush  – y siempre con el acuerdo de McCain- ha expedido todas las "certificaciones" y tramitado los "waivers" que el Congreso establece para otorgar ayudas a Colombia. El Plan Patriota, los programas de fumigación y la desmovilización de las AUC – los tres pilares de la "Seguridad Democrática" – han tenido pues el apoyo irrestricto de los republicanos. Y las cosas seguirían como vienen si McCain fuera elegido la próxima semana.

"Las cosas como vienen" por supuesto implican seguir disminuyendo el gasto y la presencia militar de Estados Unidos en Colombia, como se había previsto hace dos años. Pero el gobierno Obama – y lo que es más, la "supermayoría" en el Congreso que los  demócratas podrían lograr el 4 de noviembre- le añadirían a este marchitarse el irritante de una presión mayor en lo tocante a los derechos humanos.

Recordemos que en  septiembre de 2003, Obama  declaró su acuerdo con la carta de 57 representantes norteamericanos al Presidente Uribe, donde expresaban su protesta porque Colombia "estuviera considerando seriamente una palmada en la mano y un cheque de gerencia como sustituto de una justicia real y completa" para los jefes de las AUC.  Y el 18 de noviembre de 2007, él mismo firmó una carta con otros 10 senadores, censurando a Uribe por sus "ataques repetidos a las autoridades judiciales, periodistas, sindicalistas y defensores de Derechos Humanos".

Con tales antecedentes, no es extraño que para Obama Uribe sea "a friend to keep an eye on" en materia de derechos humanos. Pero esto a  su vez nos trae al más reciente -y el más notorio- de los desacuerdos entre McCain y Obama respecto de Colombia.

La controversia por televisión

Parece que Colombia no irá al Mundial de Fútbol, pero ya nos ganamos otro campeonato: el de país extranjero más nombrado en el debate final y decisivo entre los dos candidatos a la Presidencia de Estados Unidos. Trascribo lo que cada uno dijo, porque ambos textos son muy interesantes:   

John McCain: "Nuestras empresas pagan millones de dólares en impuestos por los  productos que exportamos a Colombia. Pero… los productos que Colombia nos exporta entran libres de impuestos.  El Senador Obama, que nunca ha ido a América Latina, se opone al TLC con Colombia. Con el mismo país que nos ayuda a comnatir el tráfico de drogas que están matando a nuestros jóvenes. El país que acaba de liberar a tres norteamericanos, y que nos ayudaría a crear empleos por ser un mercado para nuestras exportaciones sin que tengamos que pagar más millones de los que ya hemos pagado. Este no es un asunto difícil de entender; el Senador Obama quizá lo entendería si visitara a Colombia".

Barak Obama: "Yo lo entiendo perfectamente. En Colombia los líderes sindicales están siendo asesinados con frecuencia y los culpables no están siendo juzgados. Yo he dicho que los TLC deben cumplir estándares laborales y ambientales, y he dicho que debemos defender los derechos humanos e impedir que se use la violencia contra los trabajadores por el simple hecho de querer organizarse. Lo importante es elegir a un Presidente que defienda el libre comercio pero se oponga a los Tratados desfavorables y  sea capaz de decirle "no" a otros países".

Estos dos textos dicen todo lo contrario y sin embargo dicen exactamente lo mismo: que nuestras relaciones con Estados Unidos están montadas sobre ideas falsas y discursos huecos.

McCain habría podido decir sencillamente: "yo apoyo el TLC porque así gano puntos con los empresarios y los inversionistas que están interesados en Colombia". Y Obama ha podido contestar directamente: "pues yo me opongo porque no quiero perder los votos de los obreros que perderían sus puestos si dejamos entrar más productos de Colombia".

 

Pero no. McCain decidió enredarse con el cuento de que el TLC es un favor que Estados Unidos debe hacer como pago por nuestros muertos en la lucha contra la droga y por la liberación de los tres rehenes (el "pago" que, recordemos, se hacía por medio de preferencias arancelarias). Y Obama le contestó con el cuento de que no firmar un Tratado que crea puestos en Colombia es la mejor manera de evitar que los sindicalistas sigan siendo asesinados en Colombia.

Como cada candidato quiso decir una verdad y al mismo tiempo quiso decir una mentira, la explicación de cada uno se contradice a sí misma. McCain quiere pagarle el favor a Colombia…. creando empleos para los norteamericanos. Y Obama quiere defender a los sindicalistas de Colombia…  al no firmar un tratado desfavorable para los trabajadores de Estados Unidos – o sea favorable para los sindicalistas de Colombia-.

Este doble discurso (mejor dicho este doble-doble discurso) resulta de un hecho capital dentro de la política exterior de Estados Unidos: a los gringos por supuesto les gusta actuar por puro imperialismo, pero les gusta creer que es por puro altruismo. Por eso en este caso firman el TLC con Colombia por el bien de Colombia (McCain). O no firman el TLC  con Colombia por el bien de Colombia (Obama).

Pobre Colombia. Pobre, porque los presidentes de Estados Unidos dicen que nos ayudan cuando están ayudándose a ellos mismos. Y pobre, más que todo, porque los presidentes de Colombia les ayudan a los de Estados Unidos:

-El Presidente de Colombia hace creíble el cuento de McCain con cada vez que viaja a rogarle a Washington para que Washington se haga de rogar: El TLC es un favor de Washington.

-Y el Presidente de Colombia hace creíble el cuento de Obama cuando le aclara que las condenas por asesinatos de sindicalistas se han multiplicado desde que el TLC se enredó en Washington: Colombia necesita la presión de Washington para defender a los sindicalistas.   

En conclusión

El balance no es muy consolador. Dos presidentes que no serán muy amigos. Una oportunidad perdida de enderezar la fallida política mundial contra el tráfico de drogas. Un Tratado de comercio dudoso que además va a quedarse embolatado. Y el fantasma de connivencia o tolerancia del gobierno de Colombia con los crímenes de los paramilitares rondado en la Casa Blanca y en el Congreso norteamericano.

Y entonces ¿qué se sigue? En ausencia de química entre los dos gobernantes y con la posibilidad del TLC disminuida por el triunfo de Obama, es previsible que nuestras relaciones con Estados Unidos vuelvan al eje duro de drogas y conflicto, con la opción de replantear la estrategia anti-drogas bloqueada por Uribe y la opción de aplicar más mano dura estorbada por Obama. Es el costo de que Estados Unidos dialogue desde verdades a medias y Colombia no se atreva a dialogar desde sus intereses verdaderos.

*Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.

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