El año que ya pasó - Razón Pública
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El año que ya pasó

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

hernando gomez buendiaEn el primer aniversario de la revista, el Director hace un recuento de lo que hemos visto, ensaya una interpretación de lo que pasó en Colombia y analiza el papel de Razón Pública.

Hernando Gómez Buendía*

El balance y las gracias

Hoy hace 52 semanas salió a la luz Razón Pública. En este tiempo hemos publicado 52 artículos centrales y otros 136 textos de análisis, 48 columnas de opinión y 31 entregas del Lexicón, además de los Recomendados y de las perlas que califican para la Caza de Citas. Una cosecha encomiable, dada, más todavía, la calidad que se habrá constatado o se podrá constatar en cada uno de nuestros escritos.

Ese balance no habría sido posible sin la generosidad de las lectoras y los lectores que por distintos medios nos han dado a conocer su interés en proseguir el diálogo razonado acerca de lo público y en acompañar el ejercicio de ciudadanía que bautizamos como "Razón Pública".

El balance tampoco habría sido posible sin la dedicación de las 33 personas que decidieron  reunirse para crear la Fundación Razón Pública y de los 46 autores y autoras que, además de los fundadores, han contribuido sus escritos para alimentar una conversación que muchos de Ustedes -las lectoras y los lectores –  y nosotros todos -las autoras y los autores – encontramos fascinante.

Gracias de las autoras y los autores a sus lectores, y gracias de las lectoras y los lectores a sus autores. Gracias a ambos por parte de la revista, porque Ustedes, autores y lectores, nos han demostrado en este año que en Colombia sí hay lugar para la razón pública.

La noticia y algo más

Razón Pública es una revista de actualidad. Cada semana del año que hoy cumplimos hemos tratado de ayudar a que se "entienda en serio lo que pasa en Colombia". Desde la Operación Jaque hasta el debate sobre si hay recesión y desde la quiebra de las "pirámides" hasta la reunión de Uribe con Obama, pasando por el virus H1N1 y por la sucesión de "rounds" con el Ecuador, por el aumento del desempleo y las cifras sobre secuestros, por las chuzadas del DAS y los "falsos positivos", por los líos de la salud y las vueltas de la "silla vacía", por los altibajos del referendo y las peleas con la Corte Suprema, por la crisis financiera mundial o por el "pico y placa" en Bogotá, por las extradiciones o por el paro judicial, por el impuesto para la seguridad y por el salario mínimo, por la dosis personal y por las relaciones con Chávez, por la modernización del Ejército y por el cambio climático, por los negocios de Tomás y Jerónimo o por las cartas de las Farc, todo, en fin, lo que fue siendo noticia fue siendo analizado en la revista.    

A veces el análisis implicó señalar o denunciar hechos que merecían ser noticia y que los medios masivos no cubrían, como ciertas maromas de DMG o como los números reales sobre fumigación y cultivos de coca en Colombia. A veces recogimos noticias sueltas que al ponerse juntas nos dieron una imagen más exacta que el fluir espasmódico de "la realidad" según iba siendo registrada – construida – por los medios (por ejemplo en los textos sobre los recovecos de la reforma política o acerca de la crisis humanitaria). También a veces recabamos en la historia nacional para apreciar mejor la dimensión de la noticia -como al leer los logros de la "seguridad democrática" desde la perspectiva de medio siglo de homicidios, o al escuchar las chuzadas del DAS desde el palacio presidencial en 1950.

Pero en Razón Pública se trata de ir más allá de la noticia, de ver lo que hay debajo, alrededor y por encima de lo que muestran y esconden las noticias. Nuestra intención no es -o no es apenas-  relatar lo que pasó ni hacer la crónica de cómo pasó,  porque esta es la tarea de los medios de comunicación que para eso se declaran "masivos". El propósito del ejercicio de ciudadanía que practicamos desde Razón Pública es ayudar a entender porqué pasó lo que pasó, darle un contexto más allá de las anécdotas, examinar lo que el suceso anuncia para el futuro y sopesar lo que implica para el bienestar colectivo o para el bien público en Colombia.

Lo que vimos este año

Siguiendo el pulso de las noticias semanales, en la revista han aparecido 38 artículos  centrales o de análisis en "política y gobierno", 36 en "economía y sociedad", 39 en "conflicto, drogas y paz" y 21 en "internacional". No tiene caso ni sentido venir ahora a resumir – y empobrecer- esos textos polifónicos y redactados cada uno con tantísimo cuidado. También es cierto que un año, cualquier año y con cualquier fecha de corte, es un período demasiado corto o demasiado largo para que en él hubiese transcurrido alguna "historia" coherente (si es que la historia, para empezar, alguna vez es coherente). Y sin embargo al repasar lo que se ha escrito en Razón Pública creo entrever una "historia" cuyas pinceladas me arriesgo a compartir con los amables lectores y lectoras.

Un tiempo congelado

La historia es algo extraña porque transcurre en un tiempo distinto del tiempo que está viviendo el mundo por fuera de Colombia. Y es extraña además porque la historia de Colombia en este año ha dependido de un factor que no existe – que oficialmente no existe – y al cual paradójicamente se dirigen todos los esfuerzos oficiales. Ese factor es el conflicto armado que "no existe en Colombia" y sin el cual no se puede entender ni explicar casi ninguna de las cosas que figuran como la vida pública en Colombia.

El tiempo del conflicto es muy distinto del que se vive en la aldea global y en realidad también es muy distinto del tiempo en que discurren las vidas privadas de la gran mayoría de los colombianos. El tiempo que rige nuestra vida pública y por lo mismo el tiempo desde donde se deciden las noticias, es el tiempo de la guerra con las Farc. Un tiempo de colonos, de zonas apartadas, de problemas de tierras no resueltos, de pacificación por vía militar, de un siglo XIX que se quedó en el XX y que sigue rebotando en el XXI.

Desde ese tiempo congelado se nos imponen las agendas y los tiempos de lo público, y esto se ve con claridad alucinada en lo que con razón se tilda de "fenómeno": Uribe. El presidente caudillo es un producto de las Farc, y sin las Farc Uribe no sería caudillo ni presidente. Al escoger y al apostarle abrumadoramente a Uribe, Colombia entró en el tiempo congelado de las Farc, y  fue así como un país urbano se embarcó con pasión – con rabia, yo diría- en un proyecto de país ganadero.            

La esfera de lo público está entonces atrapada por un anacronismo, el de una sociedad de clases medias que viven en ciudades donde el tiempo privado ya es moderno, que sin embargo está empeñada en resolver a las malas el problema que no resolvió por las buenas ni las malas esa misma sociedad cuando era campesina y pre-moderna.

Agendas derivadas

La figura de Uribe llenó casi todo el espacio de las noticias que Colombia produjo durante el año que vengo recontando. Y la seguridad democrática llena casi toda la agenda del Presidente Uribe. Las demás cuestiones públicas estuvieron entre paréntesis o están subordinadas a la necesidad del triunfo militar en el conflicto que no existe. Para verlo bastará con mencionar en unas líneas los temas y procesos que en estas 52 semanas han requerido más atención por parte de nuestros articulistas:

-En "política y gobierno", la historia giró en torno de la nueva reelección del caudillo presidente, seguida por sus (otras) propuestas de reformar la Constitución para sortear este o aquel obstáculo coyuntural, por sus choques con los jueces a raíz de la para-política y de la primera reelección, por su relación con las bancadas y los precandidatos del uribismo, por los manejos del DAS y por las peripecias del PDA y del liberalismo, todos los cuales a su vez giraron alrededor de la seguridad democrática.

– En "conflicto, drogas y paz" no hay para qué decir que el eje de la historia fue la seguridad democrática en sus ramificaciones sobre el rescate o la liberación de los rehenes, los golpes militares a las Farc, la extradición de ex comandantes de las AUC, el avance  perezoso de "justicia y paz", el escándalo por los "falsos positivos" y el prohibicionismo a ultranza en materia de narcóticos.

-En lo "internacional" no hay que hilar muy delgado para notar que la seguridad democrática fue la causa de las turbulencias con Correa y con Chávez, de la medalla que Uribe recibió de Bush y de lo que piadosamente se describe como una "falta de química" entre Uribe y Obama.

– En "economía y sociedad", las noticias centrales fueron el derrumbe (previsible y cantado) de las pirámides, la crisis financiera internacional, la recesión subsiguiente y los asomos de recuperación. Pero aquí en la economía, donde transcurre la vida real de la gente real, el gobierno si acaso jugó a la defensiva y la seguridad democrática no tuvo casi incidencia. O incidencia distinta de la que vimos en las demás noticias económicas del año: impuestos, exenciones y licitaciones que sin ir muy lejos beneficiaron sobre todo a los que en otro tiempo llamaban los "cacaos".

La tensión, ¿la inflexión?

El silencio relativo del gobierno en la sección de "economía y sociedad" se debe a que en la economía es donde la mayoría de la gente vive su vida y esta vida no puede transcurrir en el tiempo congelado y en las zonas apartadas donde la seguridad democrática da su batalla real contra las Farc. El trabajo, el ingreso y el bienestar material de la gente se juegan en otro tiempo y en otro espacio, el tiempo de la economía mundializada y el espacio de la aldea global.

El anacronismo del "fenómeno Uribe" se pone de presente en este punto y de aquí nace la tensión difícilmente negociable entre el proyecto de país ganadero y un país que en realidad no vive ni podría vivir de la ganadería. Y la pregunta es si la tensión está empezando a reventar la cuerda o si la cuerda da para aguantar la tensión.

Hasta ahora la cuerda no se ha roto porque Uribe la amarra de ambos lados, porque él encarna realmente el proyecto ganadero y emocionalmente encarna el voto urbano, porque recoge y suma los intereses tangibles del hacendado con la rabia tangible de la opinión urbana. Esta capacidad de anular u ocultar la tensión entre "las dos Colombias" en mi opinión explica porqué Uribe es un "fenómeno" sin precedentes en la historia nacional. Y también de inmediato plantea la cuestión del sucesor, porque parece que nadie más que Uribe podría lograr la confianza del "uribismo urbano" y el "uribismo rural" en forma simultánea.

Que Uribe tenga o no tenga sustitutos, podría ser que el anacronismo del proyecto para el cual Colombia lo escogió por inmensa mayoría esté empezando sin embargo a saturarnos. Tal vez el uribismo pasó ya por su punto de inflexión en el año que acaba de cumplirse:

– Por una parte vimos crecer la desconfianza entre los uribistas urbanos y los rurales, entre la clase alta y los recién llegados, entre los políticos de periódico y los  para-políticos. Vimos también a los pre-candidatos uribistas que abiertamente o haciéndose los santos han venido trabajando contra Uribe. 

-Por otra parte los golpes de la vida real parecerían haber afectado o podrían afectar la credibilidad del proyecto ganadero. Me refiero al deterioro de la imagen presidencial que mostraron las encuestas en el momento de caerse las pirámides y al desencanto del votante urbano con la desaceleración y la caída proyectada de la economía.

-En tercer lugar está el cambio de aire desde Estados Unidos, donde Bush aplaudía y Obama critica, no por olfato sino por convicciones, y porque a él lo eligieron para hacer lo contrario de lo que Bush hacía.

-Y está el mal olor, en esto sí, de los escándalos que a lo largo del año se fueron acumulando alrededor del presidente, de sus allegados y de su estilo de gobierno, escándalos que en una democracia razonada habrían causado no una sino varias crisis de gobernabilidad severas, cuando no terminales. Pero con esto volvemos a la rabia que los colombianos sentimos en contra de las Farc.      

El poder del discurso

Con eso, mejor dicho, entramos en el plano de las ideologías. Y es porque el "uribismo" antes que todo es una ideología cuyo papel en cuanto tal consiste en ocultar la tensión y en aplazar la inflexión entre el tiempo congelado del conflicto y el tiempo cotidiano de las ciudades, entre la realidad de un proyecto ganadero y el imaginario de un proyecto nacional.

Y esto se logra porque la seguridad democrática cuya guerra real se da en el tiempo y el espacio de las Farc, al mismo tiempo y sin embargo es la guerra emocional que se alimenta de la rabia del "país nacional" contra las Farc.         

El concepto de "ideología" y la larga controversia sobre los usos sociales de la misma son asuntos que por supuesto rebasan estas notas. Pero debo traer a colación dos de mis definiciones favoritas por lo breves: "Ideología es la intersección entre el discurso y el poder", e  "ideología es la cerrazón semiótica". Lo primero en castellano significa que las ideas se vuelven ideología cuando se ponen al servicio del poder; lo segundo significa que las ideologías sirven para no ver lo que no es conveniente que se vea.

De suerte que en Colombia el uribismo es la visión del mundo que le sirve al poder, la que no deja ver el anacronismo del proyecto "nacional", la que convierte una guerra real del siglo XIX en guerra imaginada para el siglo XXI, la que embota el sentido crítico de la ciudadanía frente a los escándalos de Palacio y a los pocos resultados del gobierno en materia económica y social.

Se dijo alguna vez, maravillosamente, que ideología es lo que hace que unas personas vean a otras "como dioses o como gusanos", que el mundo para ellas se divida entre los absolutamente buenos y los absolutamente malos. Una ideología es una certeza y el choque entre certezas es la guerra. La guerra, en este caso, que durante casi medio siglo las Farc trataron de plantear y que apenas con Uribe escogió librar Colombia.

Habemus ideología. Por eso existe y en eso consiste el "fenómeno Uribe". La mayoría tiene ahora una certeza, una certeza que nació de la rabia y que alimenta la guerra al mismo tiempo que sostiene el poder establecido y que oculta las faltas de ese "dios" que levantamos para extirpar esta vez sí a los "gusanos".

Razonar sobre lo público

Las ideologías nos sirven para simplificar la realidad del orden social complejo y de la vida enredada que cada uno de nosotros vive. Las ideologías nos sirven para odiar y para sentirnos buenos porque el otro es malo. Por esta doble función – la cognitiva y la emocional- la ideología es casi impenetrable y no se puede razonar con ella.

Pero sí se puede razonar sobre ella. Y aquí es, en mi opinión, donde Colombia necesita de los intelectuales:

El uribismo tiene intelectuales, aunque hay que ser ingenuo y anticuado para creer de veras en la ganadería de grandes pastizales como el proyecto nacional para el siglo XXI. Su oficio es producir los imaginarios que va pidiendo la guerra, tapar las grietas que se asoman como efecto de la tensión y la inflexión en ciernes del uribismo, y demostrar que el interés nacional es el mismo interés de los "cacaos". "Seguridad democrática y estabilidad de las inversiones" es la receta de los intelectuales de Palacio. Y es fácil de vender porque los medios se han encargado de empacarla dentro de las noticias.

Del otro lado están los intelectuales de las Farc. No en el sentido retórico que el uribismo invoca para descalificar a los críticos, sino en el sentido real de los propagandistas de la vieja izquierda que todavía subsisten en los güetos de la universidad o en la burocracia  de los sindicatos. El suyo es un discurso acartonado y sectario cuyos referentes son también ingenuos y anticuados porque son los contra-referentes de la guerra anticuada que seguimos teniendo.

Quedan los intelectuales sin consignas, cuya tarea creo yo que consiste en escarbar debajo de las simplificaciones o simplezas que nos vienen machacando desde un tiempo y un espacio que ya no tienen por qué ser los de Colombia.

Las ideologías no son falsas: son parciales. Casi siempre tienen razón en lo que dicen, pero no tienen razón en lo que callan. El oficio del intelectual no es negar las verdades que dice el ideólogo porque eso lo convierte en ideólogo del otro bando. El oficio es buscar las verdades que se callan, es poner de presente las otras caras del mundo, es revisar con lupa los supuestos que no revisa el ideólogo, es aceptar la complejidad de los hechos  y tratar de captarla en pensamiento complejo, es no tener certezas, es negarse a creer que el mundo está hecho de dioses y gusanos, es respetar a los demás en serio, es someterse a la fuerza del mejor argumento y es oponerse a la fuerza del poder porque sí, es atreverse a ser libre y apostarse a que todos sean libres porque sin libertad no se puede razonar y sin razonar no se puede ser libre.

Cuando digo "intelectuales" no me refiero sólo ni principalmente a quienes escribimos  cosas largas y en un lenguaje bastante complicado. Me refiero a las personas que manejan símbolos y que navegan el mundo de los símbolos; me refiero a quienes hemos pasado o pasan buena parte de su vida en las aulas y entre libros. Son estas las personas y es entre estas personas donde tiene sentido y validez el ejercicio de razonar sobre lo público. Son los lectores y los interlocutores que quisiéramos tener en Razón Pública.

Nuestra oferta modesta es tratar de que esta revista sea más útil y mejor cada día.

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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