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La corrupción como bandera electoral: una pelea perdida

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Coalición entre Claudia López, Jorge Enrique Robledo, y Sergio Fajardo.

Coalición entre Claudia López, Jorge Enrique Robledo, y Sergio Fajardo.

Hernando Gomez BuendiaEl debate “sobre Odebrecht” en el Congreso podría ser el despegue de la campaña presidencial con la bandera de la anti-corrupción. Pero esta batalla necesaria y urgente es mucho más complicada de lo que parece.  Aquí están las razones.   

Hernando Gómez Buendía*

Una asunto con dos caras

En el sonado debate de este martes (17 de octubre) en el Congreso, los senadores Jorge Enrique Robledo y Claudia López recapitularon el prontuario y los cargos de corrupción pendientes contra un buen número de congresistas, políticos, jueces, funcionarios y directivos de las dos últimas campañas presidenciales, con énfasis especial en la persona y los amigos de Germán Vargas Lleras, e incluyendo al fiscal Néstor Humberto Martínez.

Después tomaron la palabra algunos de los acusados, los voceros de los otros partidos y el ministro del Interior para afirmar la inocencia de cada uno de los afectados y señalar la corrupción de integrantes del Polo Democrático y la Alianza Verde (incluyendo dos cargos triviales contra López -una sanción menor de la Contraloría y una queja menor contra su padrastro-).

Es obvio que “no están todos los que son ni son todos los que están”.

Este simple resumen del debate pone en evidencia la ambigüedad esencial del discurso de la anticorrupción y la dificultad de izar esta bandera:   

  • Por una parte la corrupción se concreta en delitos (i) perpetrados por personas  específicas, (ii) que se dirimen en las instancias judiciales, y (iii) que acarrean sanciones penales.
  • Pero por otra parte la corrupción como bandera electoral (i) no se reduce ni depende apenas de lo que digan los jueces, (ii) tiene que aludir  al “régimen”, a la “clase política”,  al Gobierno de turno o a una personalidad de relieve suficiente como para (iii) atraer masivamente a los votantes.

Por eso en el debate del Senado se produjo un revuelto o confusión irremediable entre lo individual, lo  colectivo, lo judicial y lo político: la evidencia judicial contra individuos (más las “pruebas” filtradas a los medios) se utilizó para inferir que “todos ustedes son corruptos” o para contestar que “yo no soy corrupto” y/o que “ustedes también son corruptos”.  

Bandera con tres boquetes

Corrupción
Corrupción
Foto:  Razón Pública

Pero de aquí no se sigue que el debate haya quedado en tablas. A juzgar por el número de pícaros y por la gravedad de los delitos comprobados, Robledo y López salieron victoriosos, aunque la confusión que mencioné antes les dejó un boquete obvio y otros dos boquetes menos obvios:

  1. Es obvio que “no están todos los que son ni son todos los que están”. Por una parte la Alianza Verde -y aún más el Polo Democrático- tiene algunos políticos corruptos, y esto le quita autoridad moral al candidato o candidata de la anticorrupción. Por otra parte en el Gobierno y en los demás partidos hay por supuesto mucha gente honrada, y esto dará pie a confusión de la ciudadanía y a controversias perdedoras para ese candidato o candidata (de hecho López  ya tuvo que retractarse de sus acusaciones contra un exministro cercano a Vargas Lleras).
  2. Los afectados pueden entonces decir – con mucha o poca razón- que ellos han sido  adalides de la lucha contra ese flagelo. Ordóñez sancionó nada menos que a 2.887  funcionarios deshonestos, De la Calle coescribió la Constitución “contra la clase política”, Uribe mismo intentó un referendo “contra la politiquería y la corrupción”, Vargas Lleras fue el padrino del Estatuto Anticorrupción…¿Por qué creer en las propuestas de López – que además son “refritos”, de dudosa eficacia o ya están consagradas en la ley?    
  3. Dicho en forma más amplia, la eficacia de una bandera electoral depende de su capacidad para deslindar los amigos de los enemigos. Y el debate sirvió para desnudar la dificultad de la coalición Fajardo-López-Robledo para precisar quién es el enemigo:   
  • No pueden decir que sea el Gobierno actual porque López y Fajardo apoyaron a  Santos, porque no saben si les conviene pelear con Santos, y porque no existen  acusaciones públicas creíbles sobre algún negociado del presidente Santos.  Esta es la dificultad estratégica de la coalición, porque le quita la fuerza que tendría la campaña contra un presidente personalmente acusado de ladrón.        
  • No pueden decir que sea el Gobierno como tal, porque a su cabeza han estado  presidentes y ministros que en su inmensa mayoría han sido honrados.  Esta es la dificultad instrumental  de la coalición: no basta con que el alto Gobierno sea  honrado para frenar la corrupción – y por tanto no es claro que un gobierno de Robledo, López o Fajardo cambie mucho el panorama-.   
  • El enemigo entonces son los clientelistas o quizá los políticos “tradicionales”. Pero como López aspira a la Presidencia, tuvo que re-orientar el debate hacia el candidato que está más cercano de aquellos políticos, y lo pintó como el corrupto que ella debe frenar a toda costa. Esta es la opción táctica que le conviene a López pero no necesariamente a Fajardo o a Robledo, que paradójicamente ayuda a convertir a Vargas en el protagonista de una campaña hasta ahora difusa, y que además o en todo caso simplifica, deforma y reduce a táctica electoral un problema tan complejo como la corrupción.               
Recolección de firmas para la candidatura de Germán Vargas Lleras.
Recolección de firmas para la candidatura de Germán Vargas Lleras.
Foto: Facebook Germán Vargas Lleras

La batalla que sí es

Ese problema complejo tiene muchas expresiones y raíces, pero la corrupción más peculiar y repudiada de Colombia se centra en el Congreso y en las demás corporaciones públicas, con sus nexos o metástasis entre contratistas y agencias del Estado (incluyendo en estos tiempos a las Cortes y organismos de control).

Por eso-y aunque su objetivo básico sea la Presidencia- Fajardo, Robledo y López acordaron además listas conjuntas para el Congreso. Esta posibilidad depende de la reforma política, pero reemplazar a los corruptos por personas honestas sería el golpe maestro del movimiento nacional que muchos deseamos. Solo que no es posible que el movimiento logre el control o siquiera una fuerza decisiva en las corporaciones públicas. 

Lo diré en una frase: existen muchos políticos corruptos porque la gente vota por políticos corruptos.         

– Esto tiende a ser así en todas partes del mundo por tres razones básicas: (i) La política no es solo ni principalmente una cuestión de ideas o de símbolos, sino de atender necesidades materiales y concretas del votante; (ii) Toda decisión del Estado beneficia a alguien en perjuicio de alguien (y esto crea un incentivo para sobornar al funcionario), y (iii) La honradez no es el único y casi nunca es el principal criterio para votar por alguien.

La eficacia de una bandera electoral depende de su capacidad para deslindar los amigos de los enemigos. 

-Y, sobre todo, en el caso de Colombia la corrupción es una forma de gobierno, un ingrediente esencial del sistema político, o un “sobrecosto” casi obligatorio de la articulación entre el votante, el congresista y el Estado:

  • Primero está la pobreza extendida, que realza el valor del subsidio del Estado a la persona y realza también la utilidad económica de su derecho al voto.
  • También está el abandono de regiones y barrios, que realza el papel del político como mediador o “embajador” ante el Estado (y por eso desde el siglo XIX los partidos fueron el principal tejedor de la unidad nacional e Colombia).
  • Después está la casi nula importancia de las ideologías o programas (atribuible en mucho a los pactos entre elites para frenar la violencia). De aquí que la “gobernabilidad” o mayoría en el Congreso o en las corporaciones públicas tenga que hacerse a base de repartir cargos de gobierno y “mermelada”, que les sirven al político para ser “embajador” de su región o su barrio y volver a ganar las elecciones.    
  • Y de remate está la competencia electoral: si Usted no invierte más que su rival en propaganda -o en compra de votos-…pues no puede ganar. Así que los políticos dependen de los contratistas, y los que tienen éxito tienen que ser ladrones que invierten lo robado en lo que ellos creen una buena causa: su propia reelección. Y, claro, de pasada, el político del caso se queda con una “comisión”.

Así se cierra el círculo de hierro que amarra el voto de los pobres, el de las regiones y barrios de Colombia – es decir, el voto de Colombia- con el afán de “servicio” y la ambición vanidosa del político, con el Gobierno local y nacional y las demás ramas del pomposo Estado que tenemos.

Contra ese círculo de hierro la alianza López- Robledo- Fajardo solo tiene el discurso de la ética, que en ese caso es también moralista y elitista en tanto subestima el peso y no propone un remedio alternativo para la pobreza o el atraso local, la ausencia de ideología y los demás factores que alimentan ese círculo vicioso. Dicho de otra manera: 

  • Además de las sanciones penales, la  pedagogía ciudadana y el diseño institucional, la lucha contra la corrupción en Colombia implica cambios de fondo en el sistema político y en las relaciones sociales que lo sustentan;
  • Mientras el cambio no se produzca, la mayoría de la gente seguirá votando por los  clientelistas. Por eso la alianza contra la corrupción elegirá muy pocos congresistas – o peor, se quedaría en reemplazar los clientelistas por otros clientelistas-.

*Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

 

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