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La elección, en perspectiva

Escrito por Hernando Gómez Buendía

Una interpretación resumida, franca y controversial sobre el significado de estas elecciones en el tramado más largo de la historia. Qué estaba en juego, qué cambió  en Colombia, qué podemos esperar de Santos II, y a dónde llevaría este camino.

Hernando Gómez Buendía*

Comienzo del fin  

Este 15 de junio se decidió una cosa: continuar sin condiciones previas las negociaciones de La Habana, que probablemente llevarán en unos meses a la firma del acuerdo para la desmovilización de una guerrilla comunista que todavía tiene 8 mil efectivos.    

El preacuerdo con la otra guerrilla (de unos mil efectivos) apenas está en ciernes y tiene  obstáculos propios, pero también se facilita a medida que avanza el proceso de La Habana.    

La desmovilización de las FARC (y el ELN) no significaría el fin de la violencia, y ni siquiera una caída grande de los homicidios: quedarían los frentes disidentes, los “señores de la guerra” en las regiones y la violencia urbana en sus muchas facetas.

Pero esa desmovilización sí significaría el fin de la violencia guerrillera es decir, del intento de tomarse el poder y hacer la revolución por medio de las armas. Ya en el mundo pasó la hora de las guerrillas comunistas, y en Colombia no se repetirán las circunstancias que hace 50 y más años dieron origen a esta pesadilla.   

Santos cometió el gran error de su campaña: no explicar con claridad por qué debemos seguir  negociando en medio del conflicto.

El principal efecto del fin de la guerrilla sobre el sistema político será acabar con el remedio que resultó tan malo -o en efecto, peor- que la enfermedad: el paramilitarismo, la parapolítica y la criminalización de las luchas sociales. Digo peor, no solo porque el “remedio” ha ocasionado más muertos que la enfermedad, sino porque ha penetrado – y por momentos ha dominado- las instituciones del Estado.

La transición será larga y difícil, pero del otro lado nos aguarda la normalización (casi diría que el descubrimiento) de la política esto es, la competencia por el poder sin matar a la gente. Entonces habrá espacio para la derecha civilista, para la izquierda democrática y para el centro pragmático, mientras que ambos extremos pierden protagonismo.

Y entonces los problemas reales de la gente – empleo, educación, nivel de vida y oportunidades- serán el eje de las elecciones, los debates nacionales y las políticas de Estado.

Será el fin de lo que bien podría llamarse “la prolongada anomalía colombiana”. 


El ex-candidato presidencial Oscar Iván Zuluaga.
Foto: Politécnico Grancolombiano

Lo escogencia

Continuar el proceso de La Habana no era -ni es- el único camino para  poner fin a la violencia guerrillera. Las elecciones en realidad versaron sobre tres modos de lograr ese objetivo:

· La vía Santos, de negociar sin condiciones previas los dos puntos que faltan en la agenda;

· La vía Ramírez, de poner condiciones a las FARC para seguir negociando, y

· La vía Uribe, de romper el diálogo y mantener la ofensiva militar hasta lograr el “sometimiento a la justicia” (tal vez rebaja de penas, pero no negociación de las reformas).

El punto de inflexión –y confusión– fue introducido por la “vía Ramírez”. No son muchos los colombianos que desean en realidad la guerra, pero todos deseamos que cesen ya los actos criminales de las FARC: por eso la “humanización” inmediata del conflicto tenía tanto atractivo electoral.  

Ramírez escogió irse con Zuluaga, y Juan Manuel Santos cometió el gran error de su campaña: no explicar con claridad por qué debemos seguir  negociando en medio del conflicto es decir, por qué las FARC siguen delinquiendo mientras hablan en La Habana.

La explicación es simple: condicionar las negociaciones a que las FARC no delincan es permitir que cualquier hecho violento realizado o achacado a las guerrillas ponga fin inmediato a los diálogos. Fue exactamente lo que pasó en el Caguán (2002) y en La Uribe (1984) –los dos grandes fracasos anteriores-, y tanto así que el proceso de La Habana ha funcionado precisamente porque no está sujeto a condición alguna.

Santos dejó que los (muchos) amigos de la vía Ramírez acabaran sumándose a Zuluaga. Pero además hay que decir que en la práctica esta vía habría acabado en lo mismo de Uribe: parece un imposible que las FARC acepten la “humanización” unilateral del conflicto, si la aceptan es probable que no cumplan, y si cumplen no hay quien lo verifique a no ser que pidamos soldados de la ONU que tardarían años en llegar.

En la práctica entonces, los dos caminos sí eran los de Santos y Uribe: tratar de negociar los dos puntos que faltan en medio del conflicto, o no seguir hablando y proseguir la guerra. Por razones de factibilidad, de beneficio-costo y de valores éticos, la vía Santos es más probable (o menos improbable), más corta y menos mala que la vía Uribe. Y en todo caso es la vía que escogimos.

La campaña

Esta fue la campaña electoral más reñida y más polarizada de Colombia después de 1946. Y sin embargo no tenía por qué serlo:

– El presidente-candidato ha debido ganar muy fácilmente. Con el poder, la mermelada, el Congreso, la maquinaria, la prensa, la economía boyante y la paz “al alcance de la mano”, la re-elección parecía un hecho consumado.

Y sin embargo Santos fue víctima de la ambigüedad e inconsistencia que han marcado su carrera y su gobierno: (i) en un país que detesta a las guerrillas, se dejó definir como el amigo o el “menos enemigo” de las FARC; (ii) cuando la gente en la calle tiene hambre, Santos pintó las maravillas sociales que ha hecho su gobierno, y (iii) cuando Santos es el producto más exitoso de Uribe, se presentó como el anti-Uribe.

Santos se debe a Uribe y Uribe se debe a las FARC: en esto se resumen y se agotan  doce años de la vida nacional.

– La polarización tampoco era inevitable, porque la gran mayoría de los colombianos no quiere la guerra y el gobierno hubiera podido explicar por qué hay que negociar en medio del conflicto. Pero además las fuerzas detrás de cada candidato no eran bloques monolíticos:

· Zuluaga sí era Uribe, pero era más que el “furibismo”: tuvo el 45 por ciento de los votos, cuando su jefe tuvo el 19 por ciento hace tres meses. El candidato de oposición atrajo a muchos “ramiristas”, a muchos que quisieran acabar ya la violencia de las FARC, y a otros muchos que no quieren a Santos por múltiples razones.

· Del otro lado estaban el coctel de la Unidad Nacional, los barones del Partido Conservador, la franja independiente, la izquierda dura y suave, los movimientos sociales, los empresarios “progre” y otros muchos que conocen a Uribe y no lo quieren.

Y en efecto: bajo el eslogan confuso de la paz, esta campaña en realidad fue la batalla decisiva entre uribismo y antiuribismo.

El domingo se dio el paso crucial en el proceso de acabar de digerir el “fenómeno Uribe”: 45 por ciento del país añora la autoridad y la seguridad que proyectó ese gobierno, mientras que otro 51 por ciento siente que es hora de pasar la página. Por eso la elección fue tan reñida y tan apasionada.          


El Presidente Santos acompañado del empresario
Luis Carlos Sarmiento Angulo.
Foto: Presidencia de la República

El derrotado

Los historiadores dirán entonces que el fenómeno Uribe se extendió desde el 20 de febrero de 2002 (ruptura de los diálogos del Cagúan) hasta el 15 de junio de 2014 (derrota decisiva del caudillo).  

Santos se debe a Uribe y Uribe se debe a las FARC: en esto se resumen y se agotan  doce años de la vida nacional. La decisión (con medio siglo atraso) de derrotar a las guerrillas, la ofensiva militar hasta obligarlas a sentarse a negociar, y la elección de un presidente contra Uribe este domingo: ninguna otra cosa sucedió en estos doce años.

La campaña fue una batalla personal entre Uribe y Santos II, pero ante todo una batalla social que estaba escrita desde que Uribe llegó al poder para acabar con las FARC: igual que hacen los dueños de las fincas, los colombianos escogieron al duro que ofrecía librarlos del flagelo, y cerraron los ojos a sus métodos hasta que el duro hizo su tarea. Pero igual que en las fincas, los dueños regresaron, se lavaron las manos y siguieron mandando: eso fue Santos I, y con más veras lo será Santos II.

La bancada uribista en el Senado podría ser la oposición constructiva-  comenzado por impedir la impunidad de los ex guerrilleros-. Pero a Uribe le basta con el twitter, su vida es insultar y tiene al lado intereses tan duros como oscuros: seguirá en la oposición hecha de hiel, mientras los medios le bajan el volumen y siguen avanzando los procesos penales en su contra.     

Santos II

El candidato-presidente prometió muchas cosas, llamó a muchos aliados, y a la victoria siempre le salen muchos padres. Por eso se discute quién puso cada voto, hay tantas cábalas sobre el nuevo gabinete y tanta expectativa sobre las reformas.

Con el apoyo de Petro y de Luis Carlos Sarmiento, el de Mockus y el de los Noño-Musa, diría yo que Santos no va a hacer reformas sino apenas discursos, mientras estira y re-parte el presupuesto y los puestos oficiales de una manera más o menos distinta de la que traía (más un par, esperemos, de notas refrescantes).

En justicia con Santos debo decir que esto no es nada nuevo: los presidentes de Colombia nunca han hecho nada ni reformado nada porque el poder está en otras manos. Uribe sí hizo algo porque esos otros poderes lo quisieron; pero con esta excepción, cada gobierno se limita a sufrir o a disfrutar los coletazos de  la economía mundial sobre la vida de los colombianos.

En materia económica y social, gracias a China, Santos ha sido y seguirá pues siendo el hombre de las regalías: subsidios para los pobres y subsidios para los ricos. Nada más…y nada menos.  

Con Santos no cambiará el modelo económico ni habrá reformas sociales. Su compromiso, su voluntad y su tarea esencial es poner fin a la larga anomalía colombiana. Por eso en su segundo gobierno, el  presidente hará todo  lo necesario y solo lo necesario para lograr la desmovilización de las guerrillas: todo, porque es su sitio en la historia; solo, porque ni tiene más poder ni le interesan las reformas de fondo.

Para firmar el acuerdo

Asegurar la desmovilización de las guerrillas implica en primer lugar que Santos  mantendrá o aun aumentará la presión militar para contrarrestar el mensaje que las FARC recibieron el domingo: que el gobierno ya no puede levantarse de la mesa. Y además para obligarlas a acelerar la negociación sobre los temas que faltan: víctimas y justicia para los ex guerrilleros.

Con este corolario: mantener la ofensiva militar es negociar en medio del conflicto, o sea que no habrá condiciones hasta firmar el acuerdo.    

Los dos temas pendientes son también los más duros. Dolorosa y paradójicamente, los tres primeros temas acabaron en acuerdos para los cuales no habrían hecho falta tantas muertes, a saber: (1) Recuperar las tierras que les robaron a los campesinos y al Estado; (2) Limpiar la política y recibir algunos ex guerrilleros en la Cámara, y (3) Seguir la lucha contra el narcotráfico sin maltratar tanto a los campesinos y los consumidores. ¡Solo Colombia no se escandaliza cuando su presidente dice y repite que las reformas acordadas con la guerrilla deben hacerse aunque no hubiera guerrilla!

Con Santos no cambiará el modelo económico ni habrá reformas sociales. ​

Por su parte el preacuerdo sobre víctimas es tan bueno que parece redactado por las víctimas. Creo yo que se logró porque cada quién pensó solo en “sus” víctimas, digamos en “sus” 27.023 secuestrados o en “sus” 25.007 desparecidos. Esta  intachable “declaración de principios” será no obstante muy difícil de cumplir porque los autores  y los cómplices de estas atrocidades están vivos y no van a permitirlo.

Y queda el hueso más duro de roer: rebaja de penas para los ex guerrilleros. De un lado están el derecho de las víctimas –ahora reconocido-, los tratados internacionales y el clamor mayoritario de “paz sin impunidad”; del otro lado están el Marco Jurídico para la Paz, el perdón – también- para los militares, y el hecho mismo de pactar la paz. En un país que ha extendido 26 amnistías  (incluyendo la de Uribe), este sería un trago especialmente amargo, pero no un imposible de tragar: el propio candidato del uribismo reiteró que aceptaría “seis años de prisión”.

Porque la otra opción para Colombia es la guerra indefinida y la otra opción para las FARC (y el ELN) es la derrota absoluta y humillante, es posible que el proceso culmine en los acuerdos para la desmovilización oficial de la guerrilla.

Y más allá

Pero la  historia no se acaba allí.

Santos en su campaña se la jugó – y se resguardó- tras una tesis popular (y populista) que había sido discutida en La Habana y que las FARC recibieron con recelo: la ratificación de todos los acuerdos mediante el voto del pueblo soberano. Sin entusiasmo oficial ni mermelada,  en ese referendo podría ganar el no. ¿Será que no hay ratificación de los acuerdos o hay otro modo de hacerlo? ¿Será que las FARC se desmovilizan antes del referendo? ¿Será que los independientes y la izquierda logran que gane el sí?

Con todo eso – y sin hablar del ELN- por fin habríamos “terminado el conflicto”, y quedaría pendiente la tarea de “construir la paz”. Llevar a cabo las reformas y acuerdos en materia agraria, política, de drogas, de víctimas y de justicia transicional. Erradicar la violencia social o criminal de los señores de la guerra y las bandas urbanas. Disminuir el gasto militar, redefinir los papeles de Ejército y Policía. Curar las cicatrices de una historia de barbarie para tener diferencias y acuerdos sobre el qué y sobre el cómo de sueños colectivos.

La izquierda desarmada, la derecha democrática y el centro con principios tienen lugares y responsabilidades enormes desde ahora y a lo largo de este camino tan largo. Pero Santos por su parte habrá cumplido cuando se desmovilicen las guerrillas en Colombia.   

 

*Director y editor general de Razón Publica. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

 

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