El gobierno Santos: entre las indecisiones, las protestas sociales y el acoso de Uribe - Razón Pública
Javier Duque

El gobierno Santos: entre las indecisiones, las protestas sociales y el acoso de Uribe

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Javier DuqueHernando Gómez Buendía

2013 no fue un año fácil para el presidente. A los problemas derivados de su ambigüedad y su talante calculador se les sumaron la ola de protestas sociales y la cerrada oposición de su antiguo mentor. Y sin embargo va a ser reelegido.

Javier Duque Daza* – Hernando Gómez Buendía**

presidente Juan Manuel Santos

El hombre

Durante esta fase final de su (primer) período de gobierno, Juan Manuel Santos ha confirmado ser un presidente pragmático y mesurado, sin dogmas ni odios cerriles, a quien le gusta estar bien con todo mundo, que amaga de lado y lado pero no queda en ninguno, que avanza con retrocesos, que retrocede avanzando y que no inspira entusiasmo pero tampoco rencores. Este estilo de gobierno parecería deberse a tres factores:

  • En parte, es la consecuencia del temperamento y la trayectoria personal de Santos, un consentido del poder y un profesional del poder, el jugador de póker que se las sabe todas o las calcula todas.
  • En parte sería el reflejo de su ideario político “centrista”, del republicanismo que heredó de su abuelo, de la “tercera vía” que aprendió en Inglaterra, o del “rabioso centro” que aprendió de su también cambiante hermano Enrique.  
  • Y en parte sería el contraste con el estilo de su antecesor Álvaro Uribe, que en ocho años nos había acostumbrado a la pasión, a la agresión y a los extremos como formas de gobierno.

Antes de ser presidente, Santos no había sido elegido por votación popular: becario de universidades elitistas, nueve años en Londres por cuenta de los cafeteros, subdirector-propietario de El Tiempo, ministro de Comercio Exterior y Designado a la Presidencia con Gaviria, ministro de Hacienda con Pastrana y de Defensa con Uribe. Como dirían los ingleses, “un hombre de todas las estaciones”.    

Tras oponerse a la elección de Uribe, Santos saltó a defender su reelección, del centro a la derecha y a ministro estrella de la línea dura, a creador de un partido-adulación (la “U”) y a candidato oficialista por descarte del jefe y sus alfiles. Fue un matrimonio de convivencia, cuyo final no podía sorprender a nadie – aunque en Colombia todos se dieran por sorprendidos-.  

Para justificar sus marchas y contramarchas, Santos tomó de Kant la frase de que “solo un imbécil no cambia cuando cambian los hechos”, y desde el 7 de agosto de 2010 comenzó su (segunda) voltereta frente a Uribe. La voltereta estuvo bien calculada. Para hacer frente a la estruendosa popularidad de su exjefe, había que tejer el apoyo de los ricos, los Estados Unidos y los medios  (que era fácil para Santos) y sumarle la adhesión de una clase política díscola pero angurrienta: es la macro-coalición de Unidad Nacional que a punta de prebendas suma un 80 por ciento del Congreso, que tramita los proyectos oficiales y que ofrece un escudo protector frente a la oposición feroz de su ex aliado.

Esta combinación de líder dubitativo, cambiante, con poco carisma, pero pragmático, oportunista y capaz de cooptar apoyos de todos lados, explica en gran medida las actuaciones del presidente Santos durante el año pasado.


Doctores y estudiantes de medicina protestan por la
reforma a la salud, uno de los temas pendientes en
la agenda del Presidente Santos.
Foto: MARCHA PATRIÓTICA

La  paz: continuidad y ruptura

La paz ha sido la gran apuesta del gobierno Santos y al mismo tiempo ha sido el punto donde se han hecho más visibles su ambivalencia y su confusa deuda con Uribe: su política ha sido ha sido una continuación y una ruptura de las políticas de su antecesor.    

Santos mantuvo la Seguridad Democrática, aunque rebautizada como “Seguridad y defensa para la prosperidad”. El presupuesto de las fuerzas armadas, las acciones contra los grupos ilegales y un discurso fuerte de su ministro de Defensa tienen rasgos comunes con el gobierno Uribe. El gobierno Santos dio los mayores golpes a las FARC con las muertes del “Mono Jojoy” y de “Alfonso Cano”, aunadas  a la presión militar en sus zonas de retaguardia y al aumento de las deserciones.

Pero el pragmatismo y el cálculo político aparecieron con la propuesta de paz, que a su manera era previsible: era el momento de iniciar las negociaciones con una guerrilla debilitada. Las FARC aceptaron, y el proceso ha venido dando  frutos. Aunque no se cumplió la expectativa inicial de un proceso de un año, se ha avanzado a acuerdos sin precedentes y muy lejanos del maximalismo que en otras ocasiones exigieran las FARC.

El presidente ha recibido el apoyo internacional, de los partidos de gobierno y de izquierda como el PDA. Sólo un sector encabezado por Uribe, algunos gremios como Fedegán y el procurador Ordoñez se oponen a las negociaciones.

Aunque Uribe habría podido reclamar el mérito de golpear a las FARC hasta el punto de hacerlas negociar, prefirió endurecer su posición sobre una paz de vencedores. Pudieron más sus odios y sus lealtades con los sectores más recalcitrantes. Y así, aunque la paz negociada tenga fuertes opositores, la opinión es ampliamente favorable a la salida negociada.

Protestas sociales y salidas en falso

El 2013 fue un año de protestas sociales y el gobierno actuó de forma errática: también aquí se hicieron evidentes la indecisión del presidente y el afán de quedar bien con casi todos.

un consentido del poder y un profesional del poder, el jugador de póker que se las sabe todas o las calcula todas. 

Las acciones colectivas incluyeron las movilizaciones de los estudiantes y profesores universitarios en reacción a la propuesta de reforma. La mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) mantuvo sus demandas; varias universidades públicas cerraron sus puertas durante semanas, y algunas cancelaron sus semestres.

Hubo protestas ruidosas en el Catatumbo. Durante casi dos meses los pobladores exigieron una zona de reserva campesina, financiación para un plan de desarrollo, suspender la erradicación de hoja de coca y los planes minero-energéticos.

De allí pasamos al paro nacional agrario: los paperos, paneleros, arroceros, cafeteros, cacaoteros….hicieron que Colombia se enterara de que (o recordara) que tenía campesinos, y estos protestaron por los TLC, por los altos costos de los insumos, por  el avance de la minería ilegal y legal.

Las respuestas del gobierno fueron erráticas:

· En el caso de la educación superior, no presentó el nuevo proyecto de reforma, después de que en noviembre de 2011 retiró el que había radicado y que fue la raíz de las protestas. A mediados del año se anunció que el Consejo Nacional de Educación Superior (CESU) tendría lista la propuesta en diciembre, pero luego la ministra declaró que la “esperaba” para enero de 2014.

· En el caso del Catatumbo se firmó un acuerdo de varios puntos: subsidios de desempleo durante seis meses y asistencia alimentaria para 400 familias, formulación y ejecución de un proyecto productivo.  La Zona de Reserva Campesina sigue siendo discutida.

· El presidente trató primero de minimizar el extendido paro campesino (“el tal paro agrario no existe”) y de descalificarlo como una “infiltración de las extremas derecha e izquierda que tratan de generar miedo en el país” . Tras los disturbios en Bogotá  ordenó la salida de 50.000 efectivos militares a las calles  de la ciudad y a las vías del país. Decidió aceptar que el paso si existía y se mantuvo la Mesa Nacional Agropecuaria de Interlocución y Acuerdos (MIA). En el pacto final participaron gobernadores, el vicepresidente Garzón y hasta representantes de Naciones Unidas. Hubo subsidios, la promesa de un mayor presupuesto para el campo y el Congreso prolongó la vigencia del impuesto del cuatro mil  para financiarlo.

Una larga lista de pendientes

Después de un primer año de gran ímpetu legislativo y de reformas que preparaban el camino de los futuros acuerdos con las FARC, el gobierno entró en un segundo tiempo caracterizado por muchos anuncios y pocas concreciones.

Aunque el ministro del Interior defiende el balance del gobierno en el Congreso, las 284 leyes aprobadas no corresponden o no saldan la larga lista de asignaturas pendientes, como fruto –otra vez- de las indecisiones y la dificultad de tomar partido claro frente a las exigencias contrapuestas del establecimiento y de los sectores populares que se han venido movilizando.

Estas son algunas de las asignaturas pendientes:

· Reforma a la justicia. Ante el fiasco del texto que adoptó el Congreso con el visto bueno del gobierno -y en un intento de quedar bien con la opinión- el presidente violó la Constitución y se negó a sancionar una reforma que había sido aprobada. Aún no se presenta un nuevo proyecto.

· Reforma a la salud. Después de muchas vueltas y revueltas (incluidas las de los médicos y estudiantes de medicina en las universidades públicas) el gobierno anunció que en el 2014 habrá reforma a la salud. El Congreso ha sido un mal aliado, y los vínculos de muchos congresistas con EPS que financiaron sus campañas han resultado en numerosos impedimentos. Desde el Congreso sin embargo se anunció que la reforma sería discutida el próximo año, mientras que la Asociación Sindical Médica Colombiana (ASMEDAS) reivindica el aplazamiento como un triunfo de su parte.

· Reforma a la educación superior. Hasta el momento solo anuncios. Además del proyecto que prepara el gobierno, hay otro de la MANE y uno tercero de los rectores y profesores universitarios: no será fácil aprobar una ley antes de acabar este cuatrienio.

Pero el pragmatismo y el cálculo político aparecieron con la propuesta de paz, que a su manera era previsible

· Reforma política. El Ministro del Interior anunció que el gobierno prepara un proyecto que incluiría el cambio de la circunscripción nacional para Senado, el   estatuto de la oposición y tal vez también cambios en materia de  reelección y  periodos del presidente, de alcaldes y gobernadores.  La posible traducción es un acuerdo entre los miembros de la segunda parte de la “Unidad nacional”, si hay reelección.

· Baldíos. Otra salida en falso. Después de aprobar la Ley de restitución de tierras y de avanzar en el acuerdo con las FARC sobre este asunto, el presidente designó como ministro del ramo a un empresario que fue gerente de Indupalma durante casi dos décadas y que resultó acusado de una presunta apropiación indebida de baldíos. El proyecto de Ley de Baldíos que radicó el ministro fue retirado con el argumento de que no había sido revisado por el presidente. Y sin embargo el ministro se mantuvo en el cargo.

· Nicaragua. Están pendientes los recursos que interpondría Colombia y las  medidas legales ante la pérdida de mar y ante las nuevas pretensiones de Nicaragua. Aunque el problema se heredó de gobiernos anteriores, que aceptaron el arbitraje de la Corte de La Haya, el gobierno fracasó en sus intentos de movilizar la solidaridad internacional y –para complacer la opinión y aplacar a los isleños-  sigue empeñado en la tesis de que el fallo “no es aplicable”,   lo cual es por supuesto insostenible ante terceros.

¿Si no es Santos quién?

Hace apenas dos meses, cuando tenía que pre-anunciar su candidatura, la impopularidad de Santos hizo creer a muchos que el gobierno tendría que buscarse su “plan B” (Vargas Lleras se asomó en ese momento) o que al menos estaríamos ante una elección reñida. Pero el bajón duró tan poco como el paro nacional agrario, y el presidente – tal vez por el segundo acuerdo con las FARC- recuperó casi todo el espacio perdido en las encuestas (gráfico 1).      

 

Y en todo caso, como diría López Michlesen, “si no es Santos, quién?”. Es casi un hecho que Santos será reelegido, más por la debilidad de los otros candidatos que por sus cualidades como líder o por los logros de un gobierno caracterizado por la ambigüedad y las dudas, por la abundancia en promesas y anuncios y los magros resultados.

Esta combinación de líder dubitativo, cambiante, con poco carisma, pero pragmático, oportunista y capaz de cooptar apoyos de todos lados, explica en gran medida las actuaciones del presidente Santos durante el año pasado.

Si se mantiene la Unidad Nacional, resulta muy difícil que cualquiera de los otros candidatos pueda competirle de veras.

En las actuales condiciones y teniendo en cuenta el avance en las negociaciones de paz, tal vez resulte ser la menos mala de las opciones. Al menos frente a una fuerza política como el “Uribe Centro Democrático” que representa el lado más oscuro y regresivo de la política colombiana.

 

* Politólogo, Ph.D. en Ciencia Política y profesor de la Universidad del Valle

*Director y editor General de Razón Pública; para ver el perfil del autor haga click en este enlace

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* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.

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