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Santos y la legalización de la droga

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

hernando gomez buendiaHay algo probable, algo seguro y algo deseable. Lo probable: que la declaración del presidente en Londres no tenga ningún efecto. Lo seguro: que el hecho mismo de la declaración significa y confirma que la imagen de Colombia ha cambiado radicalmente en el mundo. Lo deseable: que Santos tenga eco para iniciar un giro que necesita el mundo y que Colombia necesita más que el mundo.

Hernando Gómez Buendía *

Un tabú que se rompe

Unos no podían hablar porque tenían rabo de paja: acusados abiertamente o expuestos a rumores, digamos, no del todo gratuitos, de haber tenido nexos con los narcotraficantes, los presidentes de turno tenían que ser muy duros contra la droga. Y además, mientras su apoyo militar fue decisivo para poder derrotar a la guerrilla, los presidentes de Colombia no podían criticar la política oficial de Estados Unidos.

Por eso, desde que Belisario Betancur declaró la guerra contra la droga el primero de mayo de 1984, los presidentes habían sido inequívoca y radicalmente prohibicionistas: Barco, Gaviria, Samper y Pastrana compitieron por obtener el record de extradiciones, decomisos, fumigaciones y operativos policiales, y Uribe les encimó su insistencia en acabar con la “dosis personal”, que culminó en el texto tragicómico del Acto Legislativo 02 de 2009.

De allí la enorme importancia de las declaraciones de Juan Manuel Santos para la prensa inglesa sobre la descriminalización del cannabis y de la cocaína. Lo traduzco textualmente: “si (acabar con la violencia del narcotráfico) significa legalizar, y el mundo piensa que esa es la solución, yo le doy la bienvenida; yo no estoy contra eso” [1].  

La nueva Colombia

El presidente Juan Manuel Santos sabía –como sabemos todos– que su declaración no servía para nada ni va a cambiar nada. Pero atreverse a hablar de legalización significa que Colombia –el presidente de Colombia– no se resigna más al INRI o a la categoría vergonzante de narco-país que habíamos tenido durante tantos años.

Los hechos básicos sustentan ese rechazo al INRI que traíamos. De entrada, Santos es un presidente que no tiene rabo de paja. Y el peso relativo de Colombia, tanto en la siembra de coca como en la exportación de cocaína, ha venido disminuyendo mientras crece, por un lado, la importancia de Perú y Bolivia, y por el otro lado los carteles y “la guerra” se trasladan a México y Guatemala.

Para redondear esta pintura optimista, el presidente Santos apeló a la tesis de que “las FARC son el último cartel”, de suerte que su derrota cantada vendría a ser el fin del narcotráfico en Colombia. Esto, claro, no es verdad –o por lo menos es bastante más complejo–; pero después de ocho años de machacarle el “narco-terrorismo”, la opinión internacional no distingue lo uno de lo otro.

De modo pues que sin guerrillas ni capos de renombre, Colombia tiene hoy una imagen muy distinta frente al mundo: para Wall Street y para la gran prensa mundial, el “Estado fallido” de ayer es ahora un país emergente, “donde la seguridad ha sido recobrada y hay un futuro económico boyante [2]”. La declaración de Santos sobre la droga es la prueba y al mismo tiempo la consagración de ese cambio de imagen ante el mundo. La prueba porque se atreve, y la confirmación porque rompe el tabú sin que nadie haya salido a regañarlo.

Más críticas, sin cambios

Más todavía, también el mundo ha cambiado en sus percepciones sobre la lucha en contra de las drogas. Después de 50 años de fracasos insistentes, los llamados a revisar la política mundial han venido en aumento. En América Latina, Cardoso, Zedillo y Gaviria se pronunciaron hace un par de años. En julio pasado fueron Kofi Annan y sus colegas de la Comisión Mundial sobre la Droga. Hace un mes el turno fue para Vicente Fox, que levantó ampollas en México. Y el propio Obama ha mencionado un par de veces la posibilidad de abrir ese debate. Así que el presidente Santos no está solo en su discurso.

Pero en los hechos no hay ningún avance: Obama sigue, y Santos sigue, y el mundo entero sigue aferrado a las políticas prohibicionistas de siempre. Es más, al Plan Colombia y al Plan Mérida se le agregó ahora la Iniciativa para América Central, la DEA relanzó recientemente sus operativos militares en Afganistán, Haití, Honduras, Guatemala y Belice, en Estados Unidos este año se arrestarán 1.633.582 personas por consumir drogas y se gastarán más de 40 mil millones de dólares (casi la mitad del producto total de Colombia) en combatirlas, las convenciones siguen siendo inmutables (ni siquiera prosperó la solicitud de Bolivia para permitir el “mambeo” de la coca) y este mismo domingo El Tiempo informa que “por segundo año consecutivo, tanto la producción potencial de coca de Colombia como el número de hectáreas cultivadas registraron un descenso”.

Como el cangrejo

Sólo se asoman dos cambios: legalizar la venta de marihuana (lo que intentó California) y despenalizar el consumo de algunas drogas “duras” (lo que están ensayando Holanda, Portugal o la República Checa). Pero Colombia o México no exportan marihuana, y permitir el consumo, pero no la producción de cocaína, sería el gran “papayazo” para los narcotraficantes.

Así que bien porque Colombia se está lavando la cara, pero mal porque el presidente de Colombia no moverá un dedo para cambiar el rumbo que él sabe y dice públicamente que no nos llevará a ninguna parte. Haciendo honor al dicho de su tierra, el señor Santos mató el tigre y se asustó con el cuero: “Lo que no haré es convertirme en la vanguardia de ese movimiento (pro-legalización) porque si lo hago sería crucificado” [3].

¿Y si de pronto?

Escribí esta nota antes de editar el excelente artículo de Francisco Thoumi que hoy mismo publicamos en esta revista. Su “hoja de ruta” me hizo re-buscar algún resquicio para el optimismo en las declaraciones del presidente Santos. Tal vez ese resquicio esté en la frase que siguió a aquella de no ser crucificado: “Pero con gusto participaría en esas discusiones, porque somos el país que sufre todavía e históricamente más ha sufrido con el alto consumo del Reino Unido, de Estados Unidos y de Europa en general” [4].

¿Querrá decir esto que si otro gobernante (por ejemplo Evo Morales) “lidera el movimiento” (y apecha con el INRI) o si más simplemente se echa al agua y acompaña a Santos, el presidente de Colombia podría, digamos, ingresar a la Comisión Mundial sobre Droga para ponerse en la ruta que le sugiere el profesor Thoumi?

¿Será posible que a estas alturas Santos “participe” sin que lo crucifiquen por estar “a la vanguardia” de un movimiento que sin duda el mundo necesita y que Colombia necesita aún más que el mundo? 

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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