De Washington al Caguán: por qué fallaron las cosas - Razón Pública
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De Washington al Caguán: por qué fallaron las cosas

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

hernando gomez buendiaUna explicación alternativa pero bien fundamentada sobre lo que pasó y como pasó, porque aún hoy sufrimos las consecuencias del fracaso del Caguán.

Hernando Gómez Buendía *

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Preferimos olvidar

La prensa apenas mencionó la fecha como un recuerdo que es mejor no tener: el 21de febrero de 2002, Andrés Pastrana abolió la zona de distensión y puso fin a 39 meses de diálogos inútiles. A la generosidad y a la buena fe de un presidente y de un país entero, las guerrillas habían respondido con engaños y secuestros, hasta la toma del avión de Aires que fue la gota que rebasó la copa: las FARC no nos dejaron sino la opción de aniquilarlas por la fuerza…y es lo que estamos haciendo desde entonces.

De modo pues que seguimos viviendo del fracaso del Caguán, y por eso la fecha no debió pasar de agache. Mejor dicho: la pasamos de agache para evitarnos preguntas bien incómodas sobre lo que pasó entonces y lo que sigue pasando hasta hoy en día.

Para empezar, esta no es una guerra internacional sino un “conflicto interno”. De esta manera los engaños de las FARC habrían servido para justificar una escalada militar cuyos costos y daños no los sufren sólo ellas, sino muchas otras personas en Colombia: para un Estado responsable, la cosa no era tan simple como si me engañaron o si no me engañaron. Y por supuesto daría grima pensar que un presidente y un país entero se hayan dejado engañar así de fácil.

Y el gringo ahí

Por eso pienso que la historia es más compleja. Contrariamente a lo que suele decirse, la idea de negociar con las FARC no fue una simple ocurrencia de campaña electoral, porque la paz en ese entonces no era popular (aunque el espectáculo mismo del Caguán se encargaría de hacerla popular). La idea en realidad no fue de Andrés, sino de Clinton y sus asesores. Recordemos:

  • La Guerra Fría había terminado y la Unión Soviética ya no estaba detrás de las guerrillas. En cambio aparecían “las nuevas amenazas de seguridad” para Estados Unidos, y el narcotráfico era una de ellas. Las FARC en esto sí contaban, porque vivían en zonas de cultivos – y los gringos por fin habían logrado disminuir las siembras en Bolivia y Perú. De aquí el garrote, que se llamó “Plan Colombia”. Y de aquí la zanahoria, que habrían de ser los diálogos de paz.
  • Y Pastrana, además, no fue elegido precisamente pos sus dotes de estadista sino porque tenía la visa que Serpa había perdido por culpa de Samper. Su mandato por tanto consistía en “mejorar la imagen de Colombia” esto es, en darle gusto a Clinton al lograr que las FARC no impidieran acabar los cultivos de coca. Y Andrés trato de hacerlo, pero era un tipo light

Historia inverosímil

Esta sencilla hipótesis en mi opinión explica las rarezas de un proceso que de otro modo habría sido cosa de niños o de locos.

Andres PastranaPastrana llegó de Washington y se fue al monte a conversar con Marulanda sin haberse preparado y –sobre todo– sin preguntarlea nadie aquí en Colombia.

Explica en primer lugar por qué Pastrana llegó de Washington y se fue al monte a conversar con Marulanda sin haberse preparado y –sobre todo– sin preguntarle a nadie aquí en Colombia. Andrés no tenía idea (y nunca tuvo idea) de las reformas susceptibles de negociación, así que Marulanda le pidió lo que podía pedir un viejo campesino desplazado: un pedazo de tierra donde el Ejército no los molestara.

Fue la famosa “zona de distensión”. De un plumazo y sin consulta previa con el Congreso, la Corte o los mandos militares, el presidente retiró la Fuerza Pública de cinco extensos municipios. Esta concesión se hizo sin exigir nada a cambio, y por supuesto sin pedirles a las FARC que respetaran, dentro del Caguán, las mismas leyes que violaban en el resto del territorio nacional.

Es más: la concesión se convirtió en condición para que el diálogo pudiera proseguir, de manera que el proceso no dependía de los acuerdos sustantivos sino de que la zona de distensión se mantuviera.

De modo pues que, aunque suene inverosímil, con Pastrana no hubo un "proceso de paz". Hubo un largo forcejeo en torno a la zona de distensión.

Y el proceso de paz no comenzó porque, recuerden, a pocos días de la ceremonia inaugural, el guerrillero “Grannobles” secuestró a los tres indigenistas norteamericanos, de modo que la DEA interrumpió las conversaciones iniciales que venían avanzando en Costa Rica.

Un acierto, cuatro errores

El resultado neto del proceso del Caguán podría resumirse con dos frases: mucha audacia para iniciar las negociaciones y mucha torpeza para adelantarlas.

San vicente del CaguánSan Vicente del Caguán, el municipio que se convirtió en capital de la famosa “zona de distensión”.

La audacia consistió en visitar personalmente a Marulanda y en retirar las tropas del Caguán. Por fin un presidente tomaba en serio a la guerrilla y le ofrecía una cuota inicial muy generosa. Con el candor que produce la ignorancia, Andrés creyó vencer así la desconfianza campesina y crear la “química” famosa entre él y el comandante de las FARC (pero también recuerden que Marulanda dejó vacía la silla en el momento de inaugurarse el diálogo).

Pero ese arranque espectacular escondió cuatro errores garrafales.

  • Primero, entregar 42 mil hectáreas sin imponer ninguna restricción ni condición.
  • Segundo, no haber pedido ni acordado el minimo minimorum de cualquier negociación: reglas de juego y árbitros que aseguren el avance.
  • Tercero, negociar como gobierno y no como país: no hubo acuerdo político ni de Estado sobre la zona de distensión, menos aún sobre la agenda o sobre las reformas.
  • Y cuarto, no haber “sincerado” el punto decisivo de la agenda: la droga y el papel de Estados Unidos en el proceso.

Mar de babas

Así que el diálogo se fue diluyendo en nuestro mar de babas.

  • En vez de un acuerdo siquiera con las FARC, los funcionarios del Estado tuvieron mil peleas entre ellos acerca de El Caguán. Desde el retiro o no retiro del batallón Cazadores (de soldados desarmados) a pocos días de iniciarse el proceso, hasta el fallo anunciado de la Corte diciendo que la ley debía regir en todo el territorio, pasando por Comisiones abortadas de verificación, renuncias, contra-proyectos de ley y todo tipo de resistencias sordas o ruidosas, los 39 meses se nos fueron en debates dentro del establecimiento y no en que los voceros del Estado hablaran con las FARC. Debates, para peor, no acerca de las reformas o de las condiciones para la paz, sino acerca de una cuestión bizantina: pretender que las FARC acataran y aplicaran las leyes del Estado contra el cual estaban combatiendo.
    Mejor dicho: el proceso nació muerto. Con razón o sin razón, la clase dirigente no aceptó ni siquiera la existencia de una zona desmilitarizada, y el gobierno de Pastrana se gastó en mantener su decisión inicial en lugar de avanzar en el camino hacia la paz negociada.
  • En vez de puntos para negociar tuvimos una “agenda común” de 12 temas tan sencillos como “estructura económica y social” o “política agraria integral”, desagregados, eso sí, en 107 asuntos más precisos como “redistribución de la tierra improductiva” o “políticas de distribución del ingreso”. Esto dio pie a las sonadas “audiencias públicas” del Caguán, donde los técnicos de Planeación Nacional presentaban sus ecuaciones, los comandantes de las FARC les contestaban con peroratas y la pobre gente presentaba sus quejas. Un extraño encuentro entre los populismos de derecha y de izquierda, que por supuesto no podía llevarnos a ninguna parte.

Y mientras tanto se evadieron los temas que han debido ser el centro de las conversaciones: la erradicación de cultivos y el Plan Colombia; las condiciones que la guerrilla necesita para pasarse a la política y luchar por sus reformas sustantivas desde las urnas y no desde las balas; las garantías y los garantes de los acuerdos; los plazos y condiciones para desmovilizarse y para desarmarse.

La contraparte

Mientras en Bolivia y en Perú, como dije, la DEA hacía progresos contra las siembras de coca, en Colombia los cultivos aumentaban y las FARC cabalgaban sobre ellos. Por eso a partir del bombardeo de “Casa Verde” en 1990 y durante toda esa década, las FARC crecieron, se expandieron a nuevos territorios y casi logran convertirse en un “ejército” que bajo el mando del “Mono Jojoy” propinó los golpes más fuertes de su historia a las Fuerzas Armadas.

De aquí surgió la idea de Clinton de negociar con las FARC. Pero también surgió (o se reconfirmó) la pretensión de las FARC para lograr una “revolución por contrato” (la frase es de Alfonso López). En esta misma edición de Razón PúblicaJaime Zuluaga recuerda que entonces aspiraban nada menos que al “50 por ciento” de un gobierno que sería el “de transición”, mientras se procedía a convocar una Asamblea para cambiar del todo la Constitución.

Esta creencia lunática se reflejó en la lista de 107 puntos de la agenda oficial y sobre todo en la incapacidad inverosímil de ver la realidad. Las FARC no hicieron nada para avanzar y ni siquiera para dar comienzo a las negociaciones: el secuestro o las minas antipersonal podrían haber sido –y siguen siendo- objeto de los acuerdos iniciales, como demuestra el comunicado que hoy mismo divulgaron los medios, donde los jefes de este guerrilla anuncian “que a partir de la fecha proscribimos la práctica del secuestro extorsivo en nuestra actuación revolucionaria

Dentro y fuera del Caguán siguieron atacando, traficando con drogas y cometiendo atrocidades  como la toma del edificio Miraflores en Neiva, que tanto dañó su imagen. De hecho utilizaron la zona de distensión como un santuario para fortalecer su proyecto militar y no como un espacio para sentarse a negociar en serio.

Hasta que vino el 11 de septiembre, y ya sin Clinton, Bush decidió que no podíamos negociar con “terroristas” y Andrés cerró la zona definitivamente. El resultado político fue la elección de Uribe y estos diez años de golpes contundentes a las FARC. Perdieron ellas.

Pero diez años y muchos muertos después, el balance del Caguán está bien claro: fue un mal comienzo y un peor final, que además enterró por mucho tiempo la única salida donde no perdemos todos.

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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