Colombia ante el desafío de la reconstrucción: rezago económico y deterioro de la infraestructura

Colombia ante el desafío de la reconstrucción: rezago económico y deterioro de la infraestructura

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Mientras el país anuncia billones, las carreteras, puentes y proyectos siguen esperando años para convertirse en obras. La verdadera crisis de infraestructura no es cuánto invertimos, sino cuánto tardamos en construir.

El terremoto de magnitud 7,4 que sacudió a Colombia el 10 de agosto de 2026 no creó el rezago de la infraestructura nacional. Solo hizo visible, de la manera más dolorosa posible, un problema que las cifras oficiales llevan años anunciando: Colombia perdió la capacidad de convertir decisiones, recursos y proyectos en obras terminadas al ritmo que el país necesita.

Una carretera no empieza a fallar cuando aparece un hueco, sino mucho antes: cuando un proyecto permanece años en estructuración, cuando una obra adjudicada no arranca, o cuando una generación de proyectos termina y la siguiente todavía no está lista. La pregunta que debería ordenar la discusión pública no es cuánto dinero se ha anunciado, sino algo más incómodo: ¿cuánto tarda Colombia en convertir una necesidad en un servicio? Las cifras de DANE y Corficolombiana permiten medirlo con precisión.

Un ciclo que se rompió: de motor de la economía a lastre

Colombia ya demostró que sabe construir. Entre 2005 y 2019, mientras el PIB avanzó a una tasa promedio anual de 4%, el sector de infraestructura creció 8,3% al año, duplicando el ritmo de la economía (Corficolombiana, 2026a). Ese ciclo, sostenido por las concesiones 3G y 4G, se quebró después de la pandemia: entre 2020 y 2025 el PIB creció en promedio 2,7% anual, pero las obras civiles se contrajeron cerca de 6% cada año (Corficolombiana, 2026a). El sector que jalaba el crecimiento pasó a restarle dinamismo (Gráfico 1).

El resultado es un deterioro sin precedentes en tres décadas: a abril de 2026 las obras civiles estaban cerca de 36% por debajo de su nivel prepandemia (Corficolombiana, 2026a), y a octubre de 2025 las carreteras y calles —cerca de la mitad del sector— seguían 43,8% por debajo del nivel de 2019 (Corficolombiana, 2025). No fue un mal año: fue un ciclo completo de inversión que el país perdió (Gráfico 2).

Crecer rápido no es lo mismo que recuperar lo perdido

Los datos recientes traen una noticia positiva, pero engañosa sin contexto. En el segundo trimestre de 2026 la producción de obras civiles creció 17,1%; carreteras, puentes y túneles crecieron 18,7% (DANE, 2026a). Eso ayudó a que la construcción saliera de casi doce trimestres en rojo, con 2,2% de crecimiento y 10,3 billones de pesos de valor agregado (DANE, 2026b), en un semestre con el PIB creciendo 3,5% en el trimestre y 2,9% acumulado (DANE, 2026c) (Gráfico 3).

Pero crecer 17% después de años de caída no cierra la brecha: una economía que además arrastra una caída acumulada necesita crecer más rápido que esa brecha para superarla. El diagnóstico se agrava con la inversión total: en el primer trimestre de 2026 cayó a 16% del PIB, su nivel más bajo en 60 años (Corficolombiana, 2026b), señal de que el rezago de infraestructura es síntoma de un problema más amplio de formación de capital.

El tiempo también se paga

Una obra que se demora no queda congelada: se encarece. El ICOCIV del DANE registró, entre enero y marzo de 2026, un incremento acumulado de 13,86% en mano de obra y de 5,44% en el grupo de carreteras y puentes (DANE, 2026d). El IPC, por su parte, marcó una inflación anual de 6,03% en julio de 2026 (DANE, 2026e). Ambos índices miden cosas distintas, pero juntos recuerdan que cambian los precios, las tasas de financiación y las condiciones contractuales mientras un proyecto espera. Una demora se convierte en sobrecosto; el sobrecosto, en nueva necesidad de financiación; y la nueva financiación, en un nuevo retraso.

El vacío entre generaciones: la lección de las 4G y las 5G

Ningún dato ilustra mejor la pérdida de velocidad que el relevo entre 4G y 5G. Los proyectos 4G en operación o construcción alcanzan una ejecución promedio de 92,7% (Corficolombiana, 2026a); para 2025 solo cuatro proyectos 5G habían entrado en construcción, con una inversión estimada de 10,7 billones de pesos, de los cuales apenas se habían ejecutado 2,4 billones cerca de 22% (Corficolombiana, 2025, 2026a) (Gráfico 4). El problema nunca fue la falta de proyectos en el papel, sino el vacío entre una generación y la siguiente. El patrón se repite en lo multimodal: a octubre de 2025 el avance de las metas era de apenas 47%, con 28,9% de las vías férreas adjudicadas y 6,7% de las mejoras aeroportuarias no concesionadas, sin que ninguna obra multimodal 5G hubiera iniciado construcción (Corficolombiana, 2025). Colombia no necesita escoger un modo de transporte: necesita construir una red.

Cuando el presupuesto no se convierte en obra

Hay una cifra que debería preocupar más que el monto presupuestado: cuánto de él se convierte en kilómetros terminados. Entre 2022 y 2025, la ejecución promedio del Invías estuvo cerca de 50% (Corficolombiana, 2025). El programa Caminos Comunitarios de la Paz Total, que planteaba 33.000 kilómetros de vías terciarias con 8 billones de pesos, había construido 8.600 kilómetros a octubre de 2025: apenas 26% de la meta (Corficolombiana, 2025). Asignar recursos no es ejecutarlos, y ejecutarlos no es construir: el resultado existe cuando la obra termina. Colombia debería evaluar su política de infraestructura menos por ejecución presupuestal y más por resultado: días de estructuración a inicio de obra, años de adjudicación a operación, kilómetros terminados, sobrecostos y retrasos.

El terremoto fue la última gota

El 10 de agosto de 2026, un sismo de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar (Chocó) se sintió en Ecuador, Panamá y Venezuela. El balance oficial reportó centenares de fallecidos, miles de heridos, más de 30.000 viviendas destruidas y cerca de 164.000 con daños, además de 467 edificaciones colapsadas, concentradas en Cali y Pereira (UNGRD, 2026). Cerca de 435 vías presentaron afectaciones, sobre todo en Chocó, Risaralda y Valle del Cauca, y aeropuertos como los de Pereira y Popayán debieron cerrar (UNGRD, 2026). El terremoto no debe convertirse en la explicación del rezago: encontró un país que ya arrastraba una brecha de 36% en obras civiles, una transición incompleta entre 4G y 5G y proyectos multimodales sin iniciar. El terremoto no creó el vaso lleno; solo hizo que el agua se derramara. La lección no es solo reconstruir lo dañado, sino construir mejor —más resiliente, con mantenimiento permanente y redes redundantes— antes de la próxima emergencia.

Lo que otros países han aprendido

Sudáfrica enfrenta sus propios problemas y no es un modelo perfecto, pero su experiencia deja una lección: la infraestructura puede ser política de Estado ligada a productividad y transformación productiva. Su Plan Nacional de Infraestructura 2050 articula transporte, energía, agua y conectividad digital en el largo plazo, y para 2023 ya había implementado   88 proyectos estratégicos (OCDE, 2025). La pregunta útil no es quién construye más rápido, sino quién sostiene una cartera de proyectos, financiación y reglas el tiempo suficiente para que las obras sobrevivan a los ciclos políticos. Colombia no necesita copiar a Sudáfrica; necesita dejar de empezar de cero cada cuatro años.

Una política de velocidad, no una lista de anuncios

Colombia necesita una agenda integral de infraestructura con un objetivo explícito: reducir el tiempo entre decidir y construir. Primero, una cartera nacional de proyectos que sobreviva a los gobiernos, con la siguiente generación estructurada antes de que termine la anterior. Segundo, cronogramas públicos con hitos verificables —estructuración, permisos, cierre financiero, inicio, operación— para cada proyecto. Tercero, evaluar la ejecución física, no solo la financiera: un presupuesto ejecutado no es una carretera terminada. Cuarto, recuperar la estabilidad contractual de las APP: las 4G demostraron que ese mecanismo moviliza inversión privada, pero la incertidumbre sobre vigencias futuras eleva el riesgo y encarece la financiación (Corficolombiana, 2026a). Y quinto, crear el indicador que hoy falta: el tiempo total de infraestructura, los meses entre identificar una necesidad y poner una obra en servicio. Esa cifra diría más sobre la capacidad del Estado que cualquier anuncio en billones de pesos.

No necesitamos prometer más. Necesitamos terminar

Colombia lleva años preguntándose cuánto debe invertir en infraestructura. Tal vez estamos haciendo la pregunta equivocada. La pregunta que debería obsesionarnos es otra: ¿cuánto tarda el Estado en convertir una necesidad en un servicio? Porque mientras una carretera espera permisos, un proyecto espera financiación y una obra espera decisiones, también esperan las personas que dependen de ella. El costo de construir tarde no aparece completo en ningún presupuesto: está en el camión que no llega, en la empresa que no invierte, en la región que permanece aislada y en la emergencia que encuentra una red frágil. El terremoto no creó nuestro rezago; simplemente nos mostró cuánto tiempo llevábamos acumulándolo. Colombia no necesita otro gran anuncio de infraestructura. Necesita una nueva unidad de medida: no los billones presupuestados, sino los días que faltan para que una obra exista. Porque el desarrollo que llega tarde también es desarrollo perdido.

Le recomendamos: Después del terremoto: estamos repitiendo errores del pasado.

Acerca del autor

Tatiana Gélvez
tgelvez@razonpublica.org.co |  + posts

*Docente e investigadora de la Facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia. Doctora en Gobierno en la Universidad de Essex, Magíster en Política Internacional Comparada de la Universidad de Southampton, Economista de la Universidad Externado de Colombia.
tatiana.gelvez@uexternado.edu.co

Juan David Castellanos Oñate

*Estudiante de pregrado de octavo semestre, facultad de Economía, Universidad Externado de Colombia. Correo electrónico: juan.castellanos4@est.uexternado.edu.co

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