
La ira como política
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Por qué en Gaza e Israel nos jugamos mucho más que Gaza e Israel.
Hernando Gómez Buendía*
En efecto: el edificio entero de la civilización se levanta sobre la base de unos supuestos que son falsos y sabemos que son falsos, pero son necesarios para la convivencia. Basta desnudar estos supuestos para que retrocedamos a la barbarie, o más precisamente, a la brutalidad.
A partir del siglo XVII, el orden internacional se ha basado en la figura del Estado-nación soberano, cuyo supuesto es que la comunidad que ocupa un territorio tiene el derecho de ocuparlo y defenderlo de invasores extranjeros. El problema con este supuesto es que todos los pueblos, desde la prehistoria, se han desplazado a tierras que no eran suyas o que otros también reclamaban, de manera que tuvimos que escoger un momento arbitrario, una especie de “año cero”, a partir del cual se estableció quién era el dueño legítimo del respectivo territorio.
Basta desnudar estos supuestos para que retrocedamos a la barbarie, o más precisamente, a la brutalidad.
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Desde entonces hemos vivido un proceso de expansión territorial de Israel y éxodo de palestinos, en una guerra con escaladas, periodos de baja intensidad, negociaciones fallidas y cada vez más asimétrica: el poderío de Israel es aplastante.
Entre los palestinos, cada vez más aplastados, surgieron alas radicales, como Hamas, que utilizan esa arma inmunda que es el último recurso de los desesperados: el terrorismo que vimos el 7 de octubre, una expresión suicida de la ira, la Yihad, la ira santa de Alá, la que obliga al adversario a perder todo el pudor, la misma que le ha hecho perder a Israel el arma que los judíos habían utilizado durante siglos de persecución: el arma de la superioridad moral.
El derecho internacional y el derecho humanitario, que son una parte frágil de la frágil civilización, son los ausentes de ese choque brutal y asimétrico entre las iras santas de dos pueblos
El derecho internacional y el derecho humanitario, que son una parte frágil de la frágil civilización, son los ausentes de ese choque brutal y asimétrico entre las iras santas de dos pueblos que reclaman su derecho sagrado a una tierra a la cual los demás habitantes de la Tierra le debemos el regalo de la civilización.
Y no hay poder, ni hay ONU, ni hay autoridad moral alguna en el mundo que pueda detener este derrumbe. Es muy frágil nuestro mundo.
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Acerca del autor
Hernando Gómez Buendía
* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
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