
No es la nariz: es la cabeza
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Atribuirle a la droga las malas decisiones de Gustavo Petro es defender al gobierno de Gustavo Petro. Este es el por qué.
El rumor que renace
No es la primera vez que alguien insinúa que el presidente Petro consume drogas. El rumor viene circulando desde el comienzo del gobierno, pero volvió a cobrar vida esta semana cuando Álvaro Leyva —excanciller, aliado de la primera hora y hoy desencantado— publicó su ya célebre carta Por qué me callé. En ella, Leyva no acusa, pero sugiere. Se pregunta, con dramatismo calculado: “¿Es un enfermo? ¿Está intoxicado? ¿Por qué no permitir una revisión médica profesional y responsable que le devuelva la tranquilidad a quienes han perdido la esperanza?”
A estas insinuaciones se suman otras: las que en su momento deslizó Armando Benedetti, tras caer en desgracia por el escándalo de financiación de campaña, o las de María Jimena Duzán, que insinuó lo mismo en entrevistas y columnas sin afirmarlo de manera categórica.
Y sí: es posible que Petro use drogas psicoactivas (cocaína, se supone). Es posible que en París se haya ido de fiesta con sus viejos amigos del movimiento estudiantil, como habría ocurrido en 2023, cuando prolongó un viaje oficial y se quedó varios días más en Francia sin explicaciones claras.
Desplazamiento del debate
Leyva, Benedetti y Duzán vienen del círculo íntimo o son cercanos al presidente Petro. Por eso el rumor suena con fuerza. Pero no hay ningún testimonio directo, nadie que diga que estuvo presente, no hay ni una sola prueba toxicológica, médica o fotográfica de la presunta adicción de Petro.
Y sin embargo, mucha gente ha tomado la sospecha como certeza. ¿Por qué? Porque es cómoda. Porque es útil. Porque reemplaza una discusión incómoda —la discusión sobre el rumbo del país— por una explicación clínica o moral. No se trata ya de preguntar por qué Petro hace lo que hace, sino qué se metió esta vez.
Eso no es nuevo. Lo vimos con Trump, con Bolsonaro, con Evo Morales, inclusive con Chávez. La tentación de reducir al adversario a una patología es muy humana: nos evita el esfuerzo de argumentar, de contrastar ideas, de aceptar que el otro puede tener razones, aunque nos disgusten.
En Colombia también pasamos por esto. Durante el proceso 8.000, lo que se discutía no era si Ernesto Samper tenía adicciones o desequilibrios personales. Lo que estaba en juego era si su campaña había sido financiada por el narcotráfico, y por tanto si su mandato era legítimo. Nadie lo acusó de estar enfermo ni de ser incapaz: se le exigían explicaciones sobre un hecho político grave, con implicaciones jurídicas y éticas.
Tampoco se acusó a Álvaro Uribe de estar loco, aunque su lenguaje incendiario y su relación con sectores armados fueran objeto de crítica constante. Y nadie sugirió que Juan Manuel Santos tuviera un trastorno psicológico, aunque muchas de sus decisiones fueran impopulares o erráticas. El debate, como debe ser, se mantuvo en el plano político: las ideas, los actos, los resultados.
Con Petro, en cambio, se está cruzando una línea preocupante: del desacuerdo ideológico pasamos al rumor personal; del análisis político, al diagnóstico de pasillo. Se pretende resolver el fracaso de su gobierno con una hipótesis médica, como si bastara con declararlo “enfermo” para no tener que discutir lo que ha hecho —y lo que representa.
La falacia
Como nadie ha presentado pruebas sólidas, la gente ha optado por la trampa circular: Petro gobierna mal, luego debe estar drogado. O peor: su forma de hablar, sus pausas, sus gestos… “son de adicto”. Es decir, como no hay pruebas, se decide que cualquier cosa es la prueba.
Es más: muchos de quienes lo acusan de drogarse también lo acusan de no hacer nada, de dormir en el cargo, de estar ausente o agotado. Es decir, Petro sería al mismo tiempo un consumidor hiperactivo y un presidente dormido. O no entendemos cómo funciona la cocaína, o no entendemos cómo funciona la lógica.
Quienes detestan a Petro están dispuestos a creer cualquier cosa mala que se diga de él —que siendo niño le pegó al papá, que se robó tal cosa, que vive drogado—. Quienes lo apoyan no están dispuestos a creer nada malo. La ceguera es simétrica.
Costos de un falso debate
Atribuir a la droga los errores de Petro es cómodo, funcional y peligroso.
- Cómodo, porque evita enfrentar el verdadero problema: su ideología. Un pensamiento cerrado, obsesivo, que reduce la política a una lucha entre él y las élites, entre el pueblo puro y los enemigos del cambio. Esa visión simplista y maniquea ha sido la base de sus discursos, sus intervenciones en los consejos de ministros, sus tuits, sus proyectos legislativos, sus actos administrativos. Y eso —no la droga— explica por qué ha fracasado.
- Funcional, porque satisface nuestra necesidad de sentirnos moralmente superiores. Según ha confirmado la psicología social, este es uno de los sesgos más comunes: creemos que nuestras motivaciones son nobles, mientras que las del otro deben deberse a resentimiento, ignorancia… o drogas. El adversario no se equivoca: está enfermo. No se le combate: se le desprecia. Esa superioridad moral nos da tranquilidad —nosotros estamos bien—, pero nos impide entender por qué el otro llegó al poder y por qué podría volver.
- Y peligroso, porque convierte a Petro en una anomalía biográfica, no en el síntoma de un malestar social. Si todo se explica por su carácter, no hay nada que corregir en el sistema. Si fue un accidente, no habrá consecuencias. Pero Petro no cayó del cielo: lo eligió una mayoría harta de los mismos partidos, los mismos escándalos, los mismos de siempre.

Inevitable y dañino
Cualquiera que haya hojeado un manual de periodismo sabe bien que los medios viven de los escándalos. Es pues muy comprensible que las “mesas de trabajo” de todos los noticieros se hayan dedicado a examinar, conjeturar, exagerar, minimizar o disculpar cada detalle de unos episodios sobre los cuales en realidad no se sabe casi nada.
Hubo una época en que la vida privada de los presidentes era privada. Tal vez porque no había periodistas de oficio, como en los tiempos de las Ibáñez o los de Soledad Román; tal vez porque no se acostumbraba divulgar los escándalos, como en tiempos de Valencia o de Turbay; tal vez porque los presidentes eran dueños o los dueños de los medios eran amigos del presidente, tal vez – aunque parezca increíble—por pudor.
Pero las cosas han cambiado. Y han cambiado para bien: los periodistas averiguan y divulgan cuantas cosas se refieran a los gobernantes, porque la gente tiene el derecho de estar informada y porque así debe ser en una democracia.
Con esta sola condición: que los hechos estén comprobados. La especulación no es periodismo, y el rumor no reemplaza a la prueba.
Cuando ese límite se cruza —cuando la insinuación reemplaza a la investigación, cuando se editorializa en vez de informar— los medios dejan de ser fiscalizadores y se convierten en cómplices de una operación política: desplazar el debate real, trivializar los fracasos del gobierno y perpetuar la polarización que tanto daño le ha hecho a Colombia.
Lo que sí inhabilita
¿Petro ha sido incoherente? Sí. ¿Ha improvisado? También. ¿Ha confundido al país con ausencias, insultos, silencios, rabietas y contradicciones? Por supuesto. ¿Ha tomado decisiones desastrosas? No lo dudo.
Pero eso no lo distingue de otros presidentes. Y no prueba que sea un yonqui. Si ese fuera el criterio, medio Congreso y buena parte de la élite deberían pasar primero por el examen toxicológico.
Y si vamos a hablar del pasado, hay un antecedente que sí pesa: Petro fue parte de una organización que utilizó la violencia para imponer sus ideas, de un movimiento armado que mató, secuestró, robó armas y atacó instituciones. Y ni siquiera se arrepiente de ese hecho imperdonable: se enorgullece de él y nos los restrega en la cara cada vez que se presenta la ocasión.
Petro es corresponsable del desangre que vivimos los colombianos. Fue amnistiado de acuerdo con la ley, y por eso no tiene cuentas pendientes con la ley; por eso pudo reintegrarse a la sociedad, por eso tiene todo el derecho a disfrutar de sus derechos ciudadanos, incluyendo sus derechos políticos.
Pero una cosa es perdonar los delitos de Petro y otra cosa era votar por Petro. Su pasado fue —y sigue siendo— una razón válida para no votar por él. Fue mi razón para no votar por él.
Ese hecho era público, y Petro sin embargo fue elegido. Si alguien es responsable de haber llevado al poder a una persona indigna de representar, peor aún, de dirigir a sus compatriotas, ese alguien son los colombianos que votaron por él. El gobierno de Petro es legítimo porque así lo quiso el pueblo, y la democracia también consiste en aceptar los resultados, inclusive cuando no nos gustan.
Enseñar con el ejemplo
Claro que es deseable que un presidente dé buen ejemplo. Y claro que muchos colombianos no admiramos la vida personal o familiar de Petro, que no lo vemos como un dechado de virtudes morales.
En una democracia, los líderes no solo toman decisiones: también modelan comportamientos, fijan el tono del debate público y marcan los límites de lo aceptable. Un presidente debería llevar una vida ordenada, inspirar confianza, actuar con mesura, respetar las reglas, tender puentes.
Pero la historia demuestra que muy pocos presidentes —ni aquí ni en ninguna parte— han cumplido con ese ideal. Algunos gobernaron bien siendo autoritarios; otros gobernaron mal siendo pulcros, los de más allá han tenido toda suerte de vicios o actuaciones privadas reprensibles.
La sobriedad personal no garantiza el buen gobierno, así como la extravagancia no implica necesariamente incapacidad. Más importante que dar ejemplo es respetar las leyes, honrar los compromisos, administrar el Estado de manera justa y eficaz.
Y, en cualquier caso, el “buen ejemplo” no es un requisito legal ni una política pública: es apenas una expectativa ética, válida pero subjetiva, que suele aplicarse con doble rasero —exigiéndosela a unos, pero olvidándola para otros—.
Una adicción peor
Debajo de este escándalo hay otra adicción: la adicción a destruir al adversario. Desde que Petro llegó al poder, la oposición ha querido deslegitimarlo por cualquier medio: si el plan no sirve, que sea por ignorante; si viaja, por megalómano; si improvisa, por loco; si trina a las tres de la mañana, por drogado.
Y también vale lo contrario: quienes lo apoyan no están dispuestos a reconocer que se ha equivocado, que ha perdido el rumbo, que ha decepcionado. La ceguera es simétrica.
La verdad incómoda es que Petro no gobierna con la nariz, sino con la cabeza. Y lo grave no es lo que se mete, sino lo que tiene en la cabeza: una ideología cerrada, que lo explica todo, que no oye, no duda, no corrige. Eso —no ninguna sustancia— es lo que ha hecho fracasar su gobierno.
Y si algún día se demuestra que Petro ha consumido cocaína —cosa que por ahora nadie ha demostrado—, la pregunta seguirá siendo la misma: ¿eso lo ha hecho gobernar peor? Porque, en política, el problema no es lo que uno se mete, sino lo que uno le mete al país.
Le recomendamos: La comunicación del presidente Petro o el descuido de las convenciones y las formas
Acerca del autor
Hernando Gómez Buendía
* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
15 comentarios





Excelente escrito , un profundo análisis de la esencia política del presidente Petro, y nuestra realidad política
Hernando Gomez B, un fracaso en todos los sentidos y que no lo ven y no lo escriben ustedes los periodistas que no USAN SUSTANCIAS INMORALES, que no comparto su uso es la codicia y la barbarie disfrazada democracia que nos han vendido por años. Un saqueo permanente a ECOPETROL, desaparecieron el ISS, el mejor sistema de salud que conocí y que todo lo hacia. Por ejemplo en odontología nunca pague por una recuperación dental, ni una radiografía que ahora ademas del coopago debo pagar las panorámicas, negocio de un profesional ascrito a la EPS y/o a la IPS…. un sistema de salud con sitas odontologías a 3 y 4 meses y miserables todo el sistema periodista que no investiga no le importa por que solo viven del chisme y de los programas basuras.
No sé que edad tengas pero me tocó sufrir con mi mamá el pésimo servicio del antiguo ISS, la indolencia de sus empleados que se asemeja mucho a lo que tenemos desde hace meses, petro acabó con un muy buen sistema de salud al negarse a pagar lo que les debe!
Que Petro acabo, con un buen sistema de salud?. El sistema de salud ,ya venía mal , toda la corrupción a nivel de las EPS , es terrible. Hace años,más exactamente ,antes del 2007 , mi tía tuvo que interponer más de 7 tutelas ,para que la EPS, cumpliera con su obligación, y usted se atreve a escribir , que el sistema de salud es bueno..
La razón de no votar por Petro por su pasado también es una falacia , y estás hablando de falacias. Venías bien pero te cargas de juicios de valor. Así pierdes objetividad .
Nunca has visto las razones de las luchas o rebeliones en el país, me extraña tu posición frente a las causas endogenas de los movimientos revolucionarios, cuando tú sabes cuáles son: una corrupción endémica de la política y desigualdad e inequidad social en el país.
El presidente Petro es el resultado de la realidad política y los que votamos por él sabíamos que no iba a resolver todos los problemas causados por más de 200 años, pero nos iba a encaminar a una solución duradera; algo que no esperábamos de los mismos en el poder
Desde México un saludo al autor de este análisis. Me hubiera gustado votar por Gustavo Petro Urrego, a quien considero un Buen Presidente. No pude hacerlo porque en el Consulado exigían pasaporte colombiano y estaba altamente costoso. Intenté convencer a paisanas y paisanos colombianos residentes en México, que si tenían su respectivo pasaporte, de votar por él. Invité a 26 personas a votar por el cambio y de ellas, 19, que fueron ocho mujeres y once hombres votaron por Petro. La vida privada del presidente no me parece que hay que ventilarla a nivel nacional e internacional para culpar a su gobierno. Encuentro mucho de resentimiento entre quieren que Colombia continúe siendo un País Clasista, Racista, casi Fascista, como lo sueña Álvaro Uribe Vélez y genocida como el Estado Sionista de Israel. Con sus defectos, como los tenemos todos los seres humanos, prefiero a Gustavo Petro Urrego, como presidente y no a los arrodillados a Estados Unidos que ha tenido Colombia, con honrosas excepciones, durante los recientes 70 años. ¡Viva el Gobierno del Cambio! Fernando Acosta Riveros, lector de Semanario VOZ y EL ESPECTADOR desde el año 1974.
Lo único claro que deja su escrito es que es una narrativa como tantas otras, de las huérfanas del poder. Su pesada carga ideológica lo enceguece y se confunde de dónde y que es exactamente lo que sale y lo que entra. Lo único cierto es que Un Solo Hombre, desde que hizo su aparición en el escenario público y político los ha combatido y ha develado a los ojos de toda la sociedad la miseria y ruindad que a usted y los de su clase les caracteriza y que mantuvieron escondida y maquillada durante tanto tiempo. Seguirán rumiando su derrota y su horfandad!!!
Como siempre, mentira tras mentira, chismes que en el momento de a publicación en su pasquín ya están desmentidos. Qué
vergűenza!
Gracias por su columna que dice verdades que se reafirman con los comentarios de los lectores, la ceguera de los petristas es tan grande como decir que el antiguo ISS era bueno!
Señor Gómez Buendía respecto a su nota, olvida usted varias cosas importantes, una la mezquindad con la cual ha actuado la clase política enquistada en el Congreso, al desaprobar todas las propuestas del gobierno y obstaculizar la gestión del Estado y el papel tan precario cumplido por los medios de comunicación que a todas luces han sido injustos y desproporcionados con lo que hace el gobierno y vilipendiando e insultando al presidente permanentemente, aumentando con ello la polarización y el desencanto político para crear percepciones inducidas de desesperanza.
Nunca en la historia del país, los colombianos habíamos asistido a un espectáculo tan grotesco y sumado a ello una oposición nada propositiva con un discurso pobre y absolutamente distante de los problemas reales de los colombianos.
Quiero referirme, de manera puntual, a la frase “ los medios dejan de ser fiscalizadores”
Sin entrar en reduccionismos , el periodismo se considera de manera universal como la actividad profesional de obtener, recopilar, analizar, crear, tratar, presentar y distribuir noticias e información. Además, el periodismo es el producto de todas estas actividades en conjunto”.
Estando de acuerdo con gran parte de su articulo, controvierto que atribuirle al periodismo la actividad fiscalizadora es tan perjudicial y corrosivo como auspiciarle libertad de acción a un antisocial.
Los medios, en una equivocada interpretación del principio de libertad de prensa se pervierten al abrogarse funciones de investigación, fiscalización y juzgamiento, propias de la justicia. Cuando la información se confronta con lo que usted acertadamente califica del “ejercicio con base en el rumor y no en la prueba” y, si esta fuese la base cierta de la información, los medios quedarían inmersos en un delito como cómplices al no denunciar ante las autoridades competentes, tal como nos obliga a todos el artículo 67 del Código de Procedimiento Penal. De lo contrario en el de injuria y calumnia.
Por defecto, con su afirmación usted estaría validando la dicha práctica haciéndole un flaco favor a los “periodistas y medios de comunicación”. Esa práctica especulativa en todos los órdenes de la información periodística relacionada con las presuntas conductas inmorales de las personas no deja de ser invitación al despliegue de una absurda cacería de brujas donde los incitadores enardecen mostrando la hoguera.
Los hechos y acontecimientos deben ser imparcialmente informados sin el adendo de juicios de valor, y en caso de tratarse de presuntos hechos inmorales o delictivos, ser puestos en manos de quien corresponda y, ¡ojo!, no quedar, por inconstitucionalidad ( violación del principio de la presunción de inocencia), en las manos de los pontífices de los medios y de sus asesores cuyos egos ciegan y obnubilan la razón .
Por favor reflexione sobre las funciones del periodismo y ayude a enderezar el camino. Hay que redirigir esos tribunales mal llamados programas de opinión. Así como los medios exigen de los gobernantes la sujeción a las normas superiores, en la misma medida deberían ser respetuosos de los principios constitucionales individuales y del derecho a una información veraz e imparcial ( art. 20 de la CP). Solo eso: ni fiscales ni jueces, lo cual ayudaría a una sana convivencia ciudadana mermando la polarización que a diario los medíos se solazan en agudizar.
No más opinión directa (medios) o por interpuestas personas (entrevistados) bajo la droga del odio y la vara del sesgo.
Es el peor presidente de la historia empezando que es un criminal pero a la gente se le olvida el holocausto del palacio de justicia el asesinato de Gloria Lara de Echeverry de José Raquel Mercado del dueño de fácil de la toma de la embajada Dominicana
Excelente columna. Quizás algunos no la supieron leer y se cegaron o se sesgaron. Su columna invita a la objetividad, no a la crítica por gusto de criticar.
No apoyó a Petro, pero si apoyó a Uribe, aquí en este punto su gran disertación , perdió el rumbo. Su mirada periferica quedó en tiniemblas.