La paz de los mercaderes
Foto: PXHere

La paz de los mercaderes

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De Irán a Venezuela, pasando por Ucrania, Gaza y Cuba, el nuevo orden mundial ya no gira alrededor de ideologías ni del derecho internacional sino de mercaderes en busca de petróleo, minerales y territorios convertidos en precio de la paz.

La muerte de la metafísica y las leyes

Hace apenas ocho días, el mundo cambió de piel. El estallido de la Operación “Furia Épica” contra las instalaciones nucleares y militares de Irán no fue, como pretenden los comunicados del Pentágono, el comienzo de una cruzada por la libertad del pueblo persa.

Fue una guerra de agresión que aprovecha la debilidad militar de Irán. Y fue el disparo de salida para una operación comercial ejecutada con bombarderos. En este marzo de 2026, la política internacional ha abandonado definitivamente su fachada legal y su pretensión metafísica: ya no respeta el derecho internacional ni se lucha por «ismos», sino por inventarios.

Desde Bogotá, solemos observar estos sismos globales con una mezcla de parroquialismo y fascinación. Sin embargo, lo que ocurre hoy en el Golfo Pérsico, lo que ocurre en Ucrania, lo que ocurre en Cuba, lo que ocurre en Gaza y lo que se acabó de cocinar hace semanas en el Palacio de Miraflores son cinco caras de la misma moneda.

Estamos ante el reemplazo cínico del derecho y de las ideologías por un negocio entre mercaderes donde el garrote se usa para fijar el precio de la sumisión.

Venezuela: el laboratorio del nuevo orden

Para entender el destino de Irán, de Gaza, de Cuba o de Ucrania, hay que mirar el espejo de Venezuela. 

El país vecino ha sido el laboratorio de este nuevo orden cínico. Lo que vimos el año pasado fue la violación descarada del derecho internacional con asesinatos en alta mar, seguidos por el bombardeo de las bases militares y el secuestro del dictador Maduro. Pero no fue la transición democrática que esperaban los ilusos seguidores de María Corina Machado. No hubo el «día D» de la liberalización que soñaban los opositores al tirano, sino un pacto de trastienda desprovisto de moral.

Donald Trump, fiel a su instinto de negociante, comprendió que derrocar al chavismo era un negocio costoso y de incierto futuro. En su lugar, optó por un pacto mafioso: un acuerdo de convivencia con la facción más eficiente y pragmática del régimen, encabezada por Jorge y Delcy Rodríguez.

El pacto es de una crudeza que asusta: Washington acepta la permanencia del régimen y tolera su aparato represivo a cambio de que Venezuela vuelva a convertirse en una concesión minera y petrolera. Delcy y Jorge Rodríguez entendieron que en la era Trump la democracia es una consigna vacía y aceptaron el papel de mayordomos. Hoy, el petróleo, el litio y las tierras raras del Arco Minero empiezan a fluir hacia el Norte bajo condiciones de remate, mientras el régimen conserva el derecho a silenciar a la disidencia sin temor a sanciones.

En Venezuela, la ideología no fue derrotada por las ideas; fue simplemente olvidada a cambio de un soborno.

Irán: encontrar al bombero

El escenario en Teherán sigue hoy un guion similar, aunque escrito con más bombas todavía.

El asesinato de la cúpula clerical y el desmantelamiento de la Guardia Revolucionaria han dejado al país en un vacío de consecuencias impredecibles. Al régimen iraní, hoy acorralado, solo le quedan tres salidas, y ninguna de ellas ofrece esperanza para la sociedad civil:

  • Un Estado búnker. Repliegue hacia una autarquía miserable, donde el régimen intenta sobrevivir devorando lo que queda de su propia nación, aislado y paranoico.
  • La «Salida Rodríguez». Un Irán que conserva sus turbantes y su retórica para el consumo interno, pero que entrega el subsuelo y la soberanía energética a cambio de que los misiles dejen de caer. Es la paz comprada con el patrimonio de las generaciones futuras.

Irán ya ha comenzado a responder al ataque con bombardeos sobre bases militares estadounidenses distribuidas en varios países árabes de la región (Qatar, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Jordania, Arabia Saudita, Omán, Chipre, Azerbaiyán y Turquía). La guerra se extiende a través de un arco de instalaciones militares que va desde el Golfo hasta el Mediterráneo, y cada nuevo golpe añade incertidumbre sobre el suministro energético mundial. Los mercados reaccionan con la única señal que entienden: el petróleo vuelve a subir y ronda ya los 95 dólares por barril, recordando hasta qué punto el equilibrio político del Medio Oriente sigue siendo un asunto de precios antes que de principios.

  • La tercera salida es la más temida por los mercados: la fragmentación. El colapso del Estado central en una anarquía de milicias rivales que convertirían a Irán en una versión ampliada de la Siria de la última década. Un escenario de guerra prolongada, territorios fragmentados y poderes armados compitiendo por el control de regiones enteras. Ese riesgo de desestabilización es precisamente lo que el mundo no puede permitirse. Un Irán “sirianizado” sería un pésimo negocio para la estabilidad del mercado petrolero y para los planes estratégicos de Arabia Saudita y su programa Vision 2030.

Por eso, la urgencia de la Casa Blanca no es instaurar una democracia en Teherán, sino encontrar a un bombero. Un interlocutor que, tras haber sentido el rigor del bombardeo, esté dispuesto a apagar el incendio nuclear a cambio de un contrato de supervivencia.
Este «bombero» iraní será, muy probablemente, una versión persa de los hermanos Rodríguez: pragmáticos surgidos de las cenizas del régimen que acepte desmantelar la capacidad ofensiva del país a cambio de que les permitan seguir gobernando sobre las ruinas. 

La guerra de 2026 es, en esencia, un proceso de selección de personal para el cargo de capataz de Irán.

La misión es simple: garantizar que el 20% del petróleo mundial que pasa por el Estrecho de Ormuz no se detenga, y acabar de destruir la capacidad militar de Irán para que Netanyahu y su proyecto expansionista puedan mantenerse en el poder.

Foto: NRC

Gaza: el resort del Oriente

El caso más grotesco de esta nueva lógica se discute hoy sobre las ruinas de Gaza.
Entre los planes de reconstrucción circula la idea —defendida por el yerno de Trump y por fondos de inversión del Golfo— de transformar la franja en un enclave turístico del Mediterráneo oriental.

La propuesta habla de puertos deportivos, hoteles, zonas francas y complejos inmobiliarios destinados a inversionistas extranjeros. En otras palabras: convertir el territorio devastado por la guerra en un resort internacional.

La tragedia humanitaria —cerca de 40 mil civiles muertos— se traduce así en una oportunidad inmobiliaria.

Ucrania: minerales para la reconstrucción

Después de dos años de guerra devastadora, la discusión sobre la paz, la tregua o la eventual   reconstrucción de Ucrania se desplazó bajo el gobierno Trump hacia el subsuelo.


Las negociaciones entre Kiev, Washington y Bruselas giran alrededor del acceso a los minerales estratégicos del país: litio, titanio, grafito y tierras raras indispensables para la industria digital, los vehículos eléctricos y el armamento de precisión. En público se habla de reconstrucción, seguridad y defensa de la soberanía. En privado se discuten concesiones mineras, contratos de extracción y garantías para inversionistas occidentales.


Esta guerra criminal de Putin para recuperar un territorio que dice ser parte de Rusia se ha convertido gracias a Trump en una disputa por controlar una de las reservas minerales más valiosas de Europa. En un mundo donde China domina las tierras raras y Washington busca desesperadamente nuevos yacimientos, cada mina se convierte en otra pieza del tablero.

Cuba: el castigo perfecto

Cuba ilustra otra variante del mismo sistema.

La isla depende del petróleo subsidiado de Venezuela para mantener encendidos sus bombillos, pero Caracas ya no puede enviarle petróleo; el propio México tuvo que suspender sus “exportaciones humanitarias” a la isla ante el chantaje abierto de Trump y sus aranceles. 

El resultado es un país que pasa días y noches enteras en apagón, con fábricas detenidas, transporte reducido al mínimo y una economía que sobrevive con remesas y turismo intermitente.

La isla no ha sido derrotada por una invasión ni por una insurrección interna, sino por una forma más silenciosa de guerra: la exclusión prolongada de los circuitos del comercio mundial. En el nuevo orden internacional, el castigo económico puede durar décadas sin producir democracia. Produce algo distinto: una sociedad exhausta y una economía que sobrevive a base de nostalgia y remesas…

Y que, gracias al cubanoamericano Marco Rubio, ya no tendrá petróleo para seguir cultivando su azúcar. 

El club de la infamia: la paz como franquicia

Durante ocho décadas, el mundo había fingido que los conflictos internacionales se resuelven en nombre de principios universales. La Organización de las Naciones Unidas nació para eso: convertir la fuerza en derecho, el veto en excepción y la guerra en último recurso. Hoy, ese pacto está siendo reemplazado por algo mucho más simple —y más peligroso—: un club privado de matones poderosos.

La creación del llamado Board of Peace (Junta de la Paz) por parte de Donald Trump es el síntoma más nítido del paso de un orden internacional basado en reglas imperfectas a un sistema de acuerdos personales, pagos de entrada y servilismo político. Formalmente, el Board se presenta como un mecanismo para administrar la posguerra en Gaza; en la práctica, funcionará como un sustituto de la ONU que no depende de la Asamblea General, no responde a tratados internacionales, no tiene control judicial ni rendición de cuentas.

Su carta constitutiva nombra a una sola persona con poder decisorio pleno y vitalicio: el propio Trump. Los miembros permanentes deben aportar mil millones de dólares a un fondo bajo control del presidente del Board; quienes no paguen, acceden a un asiento temporal. No se trata de compromisos jurídicos sino de un negocio: acceso a la mesa a cambio de dinero o lealtad. La paz como franquicia.

Entre quienes han aceptado la invitación se destacan Lukashenko (Bielorrusia), Aliyev (Azerbaiyán), Orbán (Hungría), Tokayev (Kazajistán) y Mirziyoyev (Uzbekistán), dictadores de extrema derecha; junto a ellos aparecen potencias menores con intereses específicos en protección por parte de Estados Unidos como bin Zayed (Emiratos Árabes), Phú Trng (Vietnam), Al Khalifa (Bárin) o Mohammed VI (Marruecos); aliados ideológicos periféricos que buscan visibilidad, como Milei (Argentina), Peña (Paraguay) o Rama (Albania), más el yerno de Trump y otros funcionarios suyos.

El propósito de esta nueva ONU no es defender el derecho internacional ni mediar entre los países en conflicto, sino operar un sistema donde la legitimidad se compra, la lealtad se transa y la fuerza sustituye a las reglas. Por eso mismo, son personajes poderosos y oscuros quienes están dispuestos a participar. No porque crean en la legitimidad del Board, sino porque entienden que el mundo ya no se rige por principios ni por leyes, sino por dólares y fuerza militar.

La lección para Colombia

Para nosotros, en una Colombia que todavía se desgarra en debates bizantinos sobre si somos de «izquierda» o de «derecha», la lección es brutal. Estamos en un mundo donde la legitimidad ya no se busca en las urnas, en los códigos, ni en los libros sagrados, sino en la capacidad de asegurar el suministro de energía y minerales estratégicos.

El pacto sucio en Venezuela nos deja con un vecino que ya no tiene que fingir que le importa la democracia, porque tiene el aval del comprador principal en Washington. Y la guerra en Irán, que hoy dispara el petróleo, no es una bonanza para nosotros, sino un recordatorio de que somos simples espectadores en una subasta global de soberanías.

La «verdad» que se está procesando hoy en el Golfo, en Kiev, en Cuba, en Gaza y en Miraflores es que los principios son materiales negociables. Gobernarse, en este 2026, se ha convertido en el arte de negociar la entrega de los recursos para conservar la cabeza.

Al final, la paz de los mercaderes no es una paz duradera, sino un pliego de condiciones. El destino de Irán, Venezuela, Cuba, Gaza o Ucrania nos enseña que, cuando la ley y las ideologías han sido borradas del juego, el único fundamento que queda es el contrato extractivo. Y en ese mercado de la sumisión, la dignidad es el único recurso que ya nadie está interesado en comprar.

Y cuando la dignidad desaparece del mercado, lo único que queda por negociar es la guerra.

Le recomendamos: Un nuevo aniversario de una guerra interminable

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Hernando Gómez Buendía
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