Verdad y posverdad: ¿cómo es posible el debate ciudadano? - Razón Pública

Verdad y posverdad: ¿cómo es posible el debate ciudadano?

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La posverdad y la verdad, un asunto filosófico. Marcha del Clima

Hernando Gómez BuendíaLa posverdad no es más que una mentira que sirve para algo en la era digital. Pero también la verdad sirve para algo: ¿cuál es la diferencia? Un asunto “puramente filosófico” que sin embargo es crucial para la democracia.  

Hernando Gómez Buendía*

Verdad

Las redes viven llenas de rumores que -aunque a menudo parecen inocentes- en efecto perjudican a alguien y por ende benefician a alguien (o a la inversa). Por eso importa tanto saber si esos rumores son verdades o mentiras, o si no importa que sean verdades o mentiras.

Y esto a su vez implica decidir si la verdad existe, si importa que ella exista y si nos es posible conocerla. Es una discusión tan vieja (y tan compleja) como la humanidad, y por eso los relativistas desde siempre han dicho que nadie sabe la verdad o que nunca podremos conocerla.

Pero sin duda sabemos las cosas esenciales: sabemos sobre todo que sí existe la verdad. Mejor dicho las verdades, porque hay un número infinito de hechos que son verdaderos, o cuya veracidad “no tenemos más remedio que aceptar” (la expresión es de Huxley): que dos más dos son cuatro, que China es un país de Asia, que Usted está leyendo esta frase…

Puede ser que esos hechos existan independientemente de la mente humana – y es lo que creemos los objetivistas-. Pero aunque el mundo externo no existiera o no pudiésemos conocerlo, la verdad existiría en el sentido de que todos percibimos esos “hechos” de una manera idéntica. Es la verdad como inter-subjetividad, el que todos los seres humanos tengamos unas formas de percibir y unas “categorías” para procesar las percepciones que nos llevan a concluir que China es un país de Asia, que ahora esté lloviendo, que dos más dos son cuatro…

Este fue el argumento riguroso de Kant, que por eso es el fiósofo de la modernidad y de la ciencia. Y esta es la conclusión asombrosa de Noam Chomsky, cuando demostró que existe una “gramática universal” o que las categorías básicas del lenguaje son independientes de la cultura donde nace cada niño. 

Sin adentrarme en el oceáno de la epistemología, de lo dicho hasta aquí me interesa destacar dos puntos capitales:

  • Por una parte el argumento duro de los relativistas (incluidos los posmodernos) es la imposibilidad de demostrar que el mundo existe independientemente de nosotros o que podamos conocerlo como es “en realidad”. Pero este argumento deja intacta la verdad como inter-subjetividad.
  • Pero por otra parte la inter-subjetividad no significa que la verdad sea caprichosa en el sentido de que baste con que diez personas o diez mil millones de personas estén de acuerdo en algo para que sea cierto (que es lo que opinan los posmodernos al insistir en que no hay sino “relatos”): es la mente humana como tal la que percibe que dos más dos son cuatro o que la lluvia es causa de humedad.

Es más, la ciencia ha demostrado que todas nuestras pecepciones son interpretaciones, y que aun entonces el cerebro humano comete errores sistemáticos en la percepción y en el razonamiento.  Pero podemos saber exactamente cuáles son esos errores y cómo corregirlos. En cuanto a la percepción, baste con aludir al ejemplo de las “ilusiones ópticas”. En cuanto a los errores en el razonamiento que cometemos todos los humanos, remito a los interesados al catálogo magistral de Daniel Kanheman en su Pensar Rápido, Pensar Despacio.                

¿Para qué sirve la verdad?

Sabemos algo: La verdad, o infinitas verdades sí existen
Sabemos algo: La verdad, o infinitas verdades sí existen
Foto: Wikimedia Commons

Otra cosa que sabemos es que la especie humana es fruto de la evolución y que su inteligencia está al servicio de la supervivencia. O sea que las cosas que pensamos nos sirven para algo y que “la verdad por la verdad” es un invento de los intelectuales (o más precisamente, un lujo de las sociedades que necesitan de verdades impersonales).

Todas nuestras ideas nos sirven para algo, pero no todas sirven para las mismas cosas.  Las ideas verdaderas nos sirven para estar y para actuar sobre el mundo que está hecho de verdades: si no admito la ley de gravedad no puedo caminar, si dudo de que dos más dos son cuatro me pueden estafar, y si no parto de mi realidad (“soy ingeniera, vivo en Chía, tengo una cita…”) no puedo funcionar en mi vida real.

Lo mismo vale para las sociedades. Como advierte Harry Frankfurt en un librito delicioso (On Bulshit” -literamente, “ Sobre hablar paja”), sin la verdad sobre cosas como las causas de las epidemias o los principios de la ingeniería ninguna comunidad humana puede prosperar. O como dijo Gorbachov en relación con el fracaso palpable del socialismo en la Unión Soviética, ¨mientras más tarda un pueblo en admitir la verdad, más sufre¨. 

La ventaja apabullante de la especie humana en ese mundo real es el lenguaje y la capacidad de acumular las verdades que encontraron nuestros antecesores a lo largo de unos 1.600 siglos. Sin verdades acumuladas no seríamos el Homo Sapiens Sapiens. 

Y de su parte las ideas que no son verdades pueden servir para otras varias cosas:  

  • Para creer que sabemos la verdad y así poder actuar sobre el mundo real (aunque ese mundo nos cobre las consecuencias): así pasó con la idea de que la peste bubónica era obra de las brujas, o pasaría con la idea de que yo soy Napoleón. 
  • Para vivir nuestras vidas interiores, que al fin y al cabo están hechas de interpretaciones íntimas sobre “los hechos reales”, o de las “ilusiones escogidas” que bellamente pintó Durrell en “El Cuarteto de Alejandría”. Son el tipo de creencias que destapa el psiconálisis – y sin embargo son las que le dan sentido a nuestro estar-en-el-mundo y a nuestro paso por el mundo-.    
  • Para que otras personas crean en cosas que nos convienen, independientemente de si son o no verdades. Y en este punto entran los hallazgos fascinantes de las ciencias sociales sobre cómo y por qué distintas culturas, tipos de personalidad o posiciones de clase tienden a ver (o a ignorar) ciertas verdades, a emitir juicios de valor muy diferentes sobre ellas, y a formular versiones o “relatos” distintos u opuestos sobre lo que pasa y debería pasar en el mundo (y aquí sí tienen razón los posmodernos).  

Todo lo cual nos pone en la antesala de las “ideologías” y de la “posverdad”. Pero antes debo repetir que las verdades existen, que importa mucho que ellas sean verdades, y que la coexistencia o competencia entre conjuntos de verdades es un rasgo esencial e inalterable de la especie humana.

Ideología

En la vida social esos relatos basados en verdades y sin embargo opuestos son conocidos como “ideologías”. Todos usamos lentes ideológicos para mirar la vida colectiva, aunque todos creemos que son los adversarios quienes usan gafas que distorsionan la realidad.  

Las ideologías son inevitables por otros dos rasgos de la mente humana:

  • Por la imposibilidad – es más: por la irracionalidad– de conocer o de comprobar personalmente las muchísmas verdades que sustentan la trama de una sociedad compleja. Nadie puede ser experto en salud, aviación, el Catatumbo y el derecho civil al mismo tiempo, de modo que las ideologías se encargan de pintar resúmenes al alcance de quienquiera.
  • Por la necesidad de coherencia o de evitar insumos contradictorios que confundan y paralicen a las personas. Al ofrecer una guía anticipada y consistente sobre las siempre complejas realidades sociales, la ideología nos ayuda a evitar las dolorosas  “disonancias cognitivas” (y es que otra vez, la ciencia ha demostrado que estas disonancias producen estrés, que en casos graves pueden llegar a las úlceras, las explosiones violentas, o aún a los suicidios). 

Al igual que la verdad y de manera todavía más palpable, las ideologías sirven para evitar daños y lograr beneficios – esta vez en la esfera social o colectiva-. Por eso son “relatos” o interpretaciones que se basan, escogen o acentúan ciertas verdades o aspectos de verdades complejas, que ignoran otras verdades o aspectos de la verdad, que evalúan los hechos a la luz de intereses y valores diferentes, y que por todo eso son aceptadas y patrocinadas por sectores sociales en conflicto.

Posverdad

La posverdad es una falsedad consentida, puesta al servicio de la ideología y potenciada por las redes virtuales
La posverdad es una falsedad consentida, puesta al servicio de la ideología y potenciada por las redes virtuales
Foto: Wikimedia Commons

Todo eso ha sido así desde al menos la Revolución Francesa, cuando Destutt de Tracy acuñó la palabra “ideología”.

Pero las cosas se fueron agravando, hasta llegar a un clímax en esta época de las redes sociales digitales. Desde ángulos diversos se fueron conjugando varios factores que brevemente cabe describir así:  

  1. La vida pública se fue haciendo más compleja, más sectorizada, más técnica, más impersonal, más globalizada, y por lo mismo más necesitada de la simplificación ideológica.
  2. Esta fue una tarea del aparato cutural de masas, y en especial de los medios de comunicación, donde desde un principio coexistieron y también compitieron la información “objetiva” (la noticia) con el discurso ideológico abierto o encubierto.
  3. Esos medios ya de por sí llevaban las semillas de la “posverdad”. El periódico, la radio, la televisión y el internet fueron pasándonos a un mundo de noticias e imágenes cada vez más incoherentes, menos relevantes para nuestra vida cotidiana y acerca de la cuales no podemos hacer nada. Como Neil Postman notó con agudeza, los medios nos llevaron de la información – cuya utilidad depende de su veracidad- al entretenimiento – que  de por sí no tiene necesidad de la verdad-.
  4. Por ese mismo camino la política se convirtió en espectáculo, sus candidatos en actores de teatro, sus programas en eslóganes, sus argumentos en manejo de emociones, sus campañas en operativos digitales, y el gobierno en un arte publicitario.
  5. También así llegamos a la era digital y a lo que Jayson Harsin denomina "régimen de posverdad", donde convergen el mercadeo electoral con neurociencia y “microtargeting”, la fragmentación de las audiencias que viven cada cual en su burbuja, la competencia feroz por la atención (que es en efecto la base y la moneda de la nueva economía), los motores de búsqueda que retransmiten lo que suponen que el usuario ya cree, y en medio de todo eso la pérdida de confianza en los medios que antes furon referentes indiscutidos (como decir El Tiempo entre nosotros).

Ya no hay verdad. Hay versiones y hay mundos autocontenidos, tribus que creen o no creen en el cambio climático, en la “ideología de género” o en el “castrochavismo”.

Tan vieja como la aldea primitiva y tan nueva como el rumor que hoy corre por las redes, la “posverdad” no es en efecto una mentira que pasa por verdad sino una afirmación cuya verdad o falsedad no le interesan al que quiere creerla.

Ya Baruch Spinoza en 1677 y Schopenhauer en 1818 habían entendido que el error no es producto de la mente sino de la voluntad. Por eso Usted y yo estamos pre-dispuestos a “creer” todo lo que confirme nuestra visión del mundo, todo lo bueno que se diga sobre los que amamos, todo lo malo que se diga sobre los que aborrecemos. No es tanto que uno lo crea verdaderamente, sino que eso reconfirma lo que uno quiere creeer y ya creía.  

La posverdad de ahora es esa misma falsedad consentida, aunque esta vez dignificada por el diccionario, puesta al servicio de la ideología, blindada por la pasión, potenciada por las redes virtuales y asordinada por la cacofonía propia de la “era de la información” – y de la informática-.

Pero a diferencia del escepticismo, del relativismo y del posmodernismo, la posverdad de ahora ni siquiera intenta ser una teoría sobre la mente humana, porque después de todo se queda en la vulgaridad de que una mentira dirigida puede funcionar mejor que una verdad a secas.

Así que al final de cuentas, la verdad – las verdades- siguen siendo verdades y no pierden nada con la posverdad.

  • Los que perdemos somos los humanos, porque las personas y las sociedades que se resisten a admitir la verdad se autocondenan a sufrir las consecuencias.
  • Los que perdemos somos los ciudadanos, porque hace tiempo quedó dicho que ¨solo la verdad os hará libres¨ (Juan 8:32): y Hannah Arendt escribió siglos después que los tiranos odian la verdad porque es tan poderosa que ellos tampoco tienen más remedio que saberla.  

 

* Director y editor general de Razón Pública. Par ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

 

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