Este domingo perdió Colombia | Hernando Gomez Buendía
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Este domingo perdió Colombia

Escrito por Hernando Gómez Buendía
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Colombia no podía seguir como estaba, pero las vías de cambio entre las que escogimos están equivocadas. Lo lamento.

Hernando Gómez Buendía*

Excelente noticia

Hoy tuvimos una noticia de veras excelente: que el candidato perdedor reconoció su derrota dos horas y 22 minutos después del cierre de las urnas.

Con esto se despejó el peligro inmediato que teníamos: que las encuestas hubieran acertado. Si en lugar de los 714.513 votos de diferencia se hubiera dado un margen suficientemente estrecho para que el perdedor pusiera en duda el resultado, estaríamos al borde de estallidos de violencia cuyas derivaciones habrían sido graves.

Y esta noticia merece especial celebración, porque viene después de los  errores de conteo en las elecciones del 13 de marzo, de la incompetencia del Registrador, de la irresponsabilidad de dos expresidentes que insistieron en que la oposición se iba a robar las elecciones (sería el único país del mundo), de la irresponsabilidad del hoy elegido presidente que hace apenas dos años llamó a desconocer la elección de Iván Duque, de las suspicacias que sembraron las campañas, de los cargos y rumores infundados que transmitieron los medios y las redes, de la advertencia del Departamento de Estado a sus conciudadanos en Colombia. Una elección reñida habría sido desastrosa.

Cuatro males

Pero, aunque Petro ganó por muchísimos votos, a Colombia le esperan la polarización, la desilusión, la ingobernabilidad y un alto riesgo para la democracia.

Petro y Hernández son muy diferentes, pero por motivos, en plazos y por caminos diferentes cualquiera de los dos nos hubiera conducido a los mismos cuatro males.

¿Polarización o acuerdo nacional?

Ambos candidatos hablaron de unidad nacional, de reconciliación, de entierro de los odios. Ambos fueron sinceros en su deseo. Pero cada uno pensaba que el acuerdo nacional debe basarse en lo que él cree, en acabar la corrupción (Hernández) o en acabar la injusticia (Petro).

Y aquí empieza el problema. El único acuerdo nacional necesario en Colombia es el acuerdo sobre cómo estar en desacuerdo. Este es el gran descubrimiento de la humanidad, esta es la base del Estado de derecho, esta es la esencia del liberalismo. Pero ni Hernández ni Petro son liberales, no fueron educados como liberales, no entienden, no se resignan a que las reglas son más importantes que los resultados.

Petro es un intelectual que por eso reconoce la complejidad de los problemas, que tiene su propio diagnóstico sobre cada problema del país, que es o intenta ser coherente, y que tiene una solución más o menos convincente para cada problema.

Casi nadie lo entiende de veras en Colombia, y es por eso que estamos como estamos. En las últimas horas se había levantado un verdadero coro nacional llamando al acuerdo nacional sobre “lo fundamental”, es decir sobre la paz, o la inclusión social, o acabar la corrupción, o respetar la protesta ciudadana, o la sostenibilidad medioambiental, o la implementación del Acuerdo de La Habana…o añada usted lo que crea que es fundamental. No lo digo en broma: lo digo porque cada quién piensa en el acuerdo nacional consiste en que los demás le den la razón a uno.

El propio presidente electo zanjó la discusión con su llamado a un “gran acuerdo nacional”, y reiteró sus principales contenidos. El suyo será “el gobierno del amor”; está dispuesto a dialogar con Hernández y aún con Uribe; el acuerdo se hará con el pueblo colombiano; se basará en acuerdos regionales obligantes para las autoridades; su objetivo será garantizar los derechos constitucionales para lograr la paz, porque la paz no es posible sin justicia social.

Todo esto suena muy bien, pero no aguanta el análisis:

  • Lo del amor es una frase;
  • Dialogar con la oposición es una cortesía que no tiene por qué llegar a acuerdos;
  • Imposible un acuerdo conversado con millones de personas (sabemos que esto equivale a “la voz del pueblo soy yo”);
  • Los acuerdos regionales suenan muy parecido a los “consejos comunitarios” de hace unos años;
  • Satisfacer los derechos constitucionales que interesan sobre todo a los pobres – empleo, salud, educación, seguridad social– no es posible porque no alcanza la plata.
  • Si la paz dependiera de la justicia social, los países de América Latina, los de África y prácticamente todos los del mundo estarían llenos de guerrillas.

Repito.  El único acuerdo nacional que necesita Colombia es el acuerdo sobre cómo estar en desacuerdo. Ese acuerdo ya está inventado en el mundo y se llama respeto sin excusas, sin peros, sin matices por las reglas del juego democrático: Estado de derecho, elecciones  periódicas y limpias, separación de poderes, garantías para la oposición, no auto-reelección del presidente…Son las reglas que establece la Constitución, las que  han establecido todas las constituciones de Colombia…y las que ahora van a quedar o vuelven a quedar en entredicho (como hizo Uribe al auto-reelegirse).

Desilusión

Tanto Petro como Hernández prometieron lo que no pueden cumplir. Y no es porque así se hagan todas las campañas en el mundo, sino porque ambos parten de ignorar la realidad.

La fórmula de Hernández era bastante ramplona: basta con no nombrar políticos para tener el país que deseamos. Pero resulta que no todos los corruptos son políticos, o sea que con Rodolfo habríamos cambiado de ladrones.

El presidente electo es mucho más sofisticado. Petro es un intelectual que por eso reconoce la complejidad de los problemas, que tiene su propio diagnóstico sobre cada problema del país, que es o intenta ser coherente, y que tiene una solución más o menos convincente para cada problema. Esos problemas en su opinión son muy profundos y por eso no se pueden arreglar con retoques: Petro prometió y hará o tratará de hacer cambios de fondo. Las realidades que Petro en general tiende a no ver son el grado de resistencia y las dificultades grandes que implican estas reformas, precisamente porque son estructurales.

Para decirlo de manera más concreta: la bandera de campaña del presidente electo, su mantra, su convicción arraigada, su fórmula repetida muchas veces es la de hacer realidad la Constitución de 1991 (nadie le ha dicho a él –ni al país– que la nuestra es una “Constitución para ángeles”, como dicen que dijo Víctor Hugo a los autores de la Constitución de Rionegro). O para no complicarnos: el Producto Nacional de Colombia no alcanza, ni de lejos, para garantizar a todos esos derechos, y la reforma tributaria progresista que sin duda necesita el erario tampoco alcanzará para pagarlos, porque así es la aritmética.

Ingobernabilidad

Esto se puede explicar más brevemente:

  • Hernández no tenía ni un solo congresista.
  • Petro en cambio tiene una bancada y también puede sumar congresistas, pero tendrá la resistencia de todas las personas que creen o que tienen algo que perder, una gran parte de los 10,5 millones que votaron por Hernández y que, en su mayoría, lo sabemos, no votaron por él sino por miedo a Petro.

A lo cual se le añade la resistencia sorda o franca de los que no han dejado hacer esas reformas: los dueños del país, el ejército, los medios y los gringos.

 

Democracia en peligro

  • No era solo por la ignorancia de Hernández: era porque sin el Congreso y sin las cortes su gobierno habría tenido que apoyarse en los militares.
  • Y no es solo por el pasado de Petro: es porque su programa necesita mucho más de cuatro años. El petrismo se aferrará al poder.

Petro en cambio tiene una bancada y también puede sumar congresistas, pero tendrá la resistencia de todas las personas que creen o que tienen algo que perder.

Muchos esperan o dicen que Petro se ha moderado, que lo acompañan personas de centroizquierda (e inclusive santistas), que su proyecto es “socialdemócrata” o en el estilo tal vez de Lula y Rouseff en Brasil, de Kirchner y Fernández en Argentina, de Correa en Ecuador o, más dudosamente, de Evo en Bolivia… Me agregan, con razón, que un proyecto político tiene todo el derecho de aspirar a seguir gobernando, y que el petrismo devolverá el poder si pierde las elecciones del 2026. Ojalá que así sea lo primero y así sea lo segundo.

Pero me quedan reservas sobre este punto crítico:

  • Si Petro se modera, si concilia con el centro (no digo con la derecha para no remover lo del acuerdo “nacional”), corre el riesgo de frustrar a muchos de los once millones de votantes que esperan mejoras perceptibles en su nivel de vida.
  • Además, e incluso antes, que los liberales, santistas o centristas que venían con él o se le están sumando, dentro del Pacto Histórico hay otros más radicales o con visiones más antisistema (la vicepresidenta electa puede ser un ejemplo). Y un Petro “derechizado” tendría este lio interno.
  • Más de fondo. Resulta que los avances sociales de la “nueva izquierda latinoamericana” (Lula, Correa, Evo y Chávez) fueron posibles gracias a la bonanza energética, minera y de granos que empujó China, que se acabó hace años…y que por eso acabaron de los modos que acabaron. Para Colombia también pasó la bonanza, y este primer gobierno del petrismo no tendrá entonces mucho que mostrar.
  • Y más de fondo. Petro cree, ya dije, que los problemas de Colombia son varios, que son de fondo, que necesitan reformas estructurales. Su programa de gobierno, “Colombia, potencia mundial de la vida” es, para decir lo menos, ambicioso, o en todo caso implica el fin del orden conservador que hemos tenido durante más de un siglo. Hacer, no una, sino varias reformas estructurales de manera simultánea…es lo que un científico social y una persona del común coinciden en llamar revolución. Yo no conozco proyectos revolucionarios que devuelvan el poder por las buenas.

Por eso tengo que concluir como empecé. Colombia no podía seguir como estaba, pero las dos vías de cambio que encontramos están equivocadas. Lo lamento.

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