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Las curiosas elecciones colombianas

Escrito por Hernando Gómez Buendía
las Elecciones partidos en Colombia 2022

Cómo y por qué llegamos a un sistema de elegir a un presidente que no podrá cumplir sus promesas.

Hernando Gómez Buendía*

El proceso que vivimos es el fruto de una serie de accidentes, que por puro rebote están desembocando en unas elecciones más o menos ordenadas y con alta intervención de los votantes.

El primero de esos accidentes fue la consulta popular para escoger al candidato de un partido, inventada por el liberalismo en 1990 para darle cabida a Luis Carlos Galán, que amenazaba con repetir la división que causó la derrota de López Michelsen en 1982.

Las elecciones son para que los partidos compitan entre sí, no para que la ciudadanía les resuelva sus problemas.

Con el cuento de democratizar los partidos, la figura se elevó al rango constitucional y se fue ampliando a las llamadas consultas interpartidistas. El absurdo se fue haciendo más absurdo; primero, porque ese invento liberó a los partidos de su función o deber más elemental: postular a sus propios candidatos; segundo, porque la democracia dentro del partido consiste en que los militantes escojan a sus representantes, no en que terceras personas opinen sobre el asunto; tercero, porque las elecciones son para que los partidos compitan entre sí, no para que la ciudadanía les resuelva sus problemas.

El segundo accidente fue la doble vuelta en la elección presidencial, que se inventaron los constituyentes del 91 para destruir el bipartidismo y darles peso a los terceros partidos. Pues aunque los presidentes (salvo Uribe) hayan sido elegidos en segunda vuelta, los terceros partidos han sido incapaces de endosar —y de cobrar— sus votos en la segunda vuelta. En vez de una coalición organizada para gobernar, en la segunda vuelta la gente escoge al que cree menor entre dos males.

El tercer accidente fue la obsesión de los constituyentes contra los dos partidos tradicionales, que se tradujo en extrema laxitud para crear partidos, en su fragmentación hasta más de medio centenar entre 1991 y 2002, en la reinvención posterior de partidos hechizos (la U, o Cambio Radical, o Justos y Libres, o la Colombia Humana…) y en la feria de vanidades que hace unos meses comenzamos a vivir con la auto postulación de cuando menos 52 candidatos de distintos tamaños o pelambres y casi todos ellos en representación de nadie sabe quién.

Fueron meses de caos y confusión de la ciudadanía, cuando detrás de bambalinas se estaban afinando los cálculos y cocinando los acuerdos que al final nos dejaron con tres eliminatorias (mal llamadas “consultas interpartidistas”), más otros tres aspirantes que seguirán solos hasta primera vuelta.

Lo curioso del sistema colombiano es que acabó siendo una elección a tres vueltas: consultas del 13 de marzo para escoger a los representantes de las grandes corrientes de opinión (izquierda, centro, derecha); medición entre unos pocos aspirantes entre los más de cincuenta que empezaron el proceso (primera vuelta, 29 de mayo); y escogencia final del ganador con la mitad más uno de los votos (segunda vuelta, 19 de junio).

El panorama acabó por despejarse y las opciones se han ido decantando hasta decir que hoy compiten la izquierda, el centro y la derecha dividida en tres fracciones.

Lo bueno de las consultas es que por puro accidente reemplazaron los partidos. Lo bueno de la doble vuelta es elegir al presidente que asuste menos al electorado.

Y lo malo del curioso sistema colombiano son dos cosas. La primera es que introduce mucho ruido, incertidumbre y desigualdades arbitrarias entre los precandidatos. La segunda es que el presidente elegido no tendrá mayoría en el Congreso porque no existen partidos ni coaliciones serias de gobierno: las promesas de campaña no podrán ser cumplidas y el próximo gobierno será otra desilusión para los electores.

(Para ahondar en esta historia, les invito a leer Entre la Independencia y la Pandemia, Colombia 1810-2020).

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