¿Para dónde va Estados Unidos?
Foto: White-House-Hernando

¿Para dónde va Estados Unidos?

Compartir:

Un intento abreviado de poner la elección de Donald Trump en perspectiva.

Las dos brechas

Las elecciones del martes pasado fueron un punto de inflexión en el proceso más profundo de cambios en la sociedad norteamericana. 

La fase más reciente del proceso comenzó en 2016, pero los cambios subyacentes se remontan cuando menos a las últimas décadas, y podrían describirse como el tránsito hacia una democracia postindustrial y multicultural. 

De aquí resultan, respectivamente, la brecha económica y la brecha cultural que polarizan de manera creciente a los americanos. La brecha económica concierne a las diferencias en el nivel de ingreso en un país donde la desigualdad viene en aumento; la brecha cultural se refiere a los valores o a las identidades étnicas, religiosas y de género que compiten en la posmodernidad.

El Partido Republicano representa en principio los valores tradicionales y los estratos altos de la sociedad; el Partido Demócrata representaba a los estratos populares y a la diversidad cultural. Pero estas dos brechas tienden a dejar de coincidir, y la competencia electoral se ha concentrado en las personas que tienen “lealtades cruzadas”, es decir, que deberían votar con los demócratas en términos de clase y con los republicanos en términos culturales (por ejemplo, un obrero blanco, una mujer rica o un machista pobre).

De aquí que las elecciones sean decididas por grupos relativamente pequeños de votantes en determinados estados o categorías demográficas, y que las campañas sean cada vez más focalizadas.

De aquí, ante todo, que el resultado dependa en gran medida de cuál brecha predomine. En estas elecciones predominó la brecha económica, es decir, que esas personas votaron con sus bolsillos en lugar de votar con sus identidades, y esto inclinó la balanza hacia Trump.

Sociedad posindustrial 

Hasta finales de los años setenta, Estados Unidos era la principal potencia industrial del mundo, el fabricante de los artículos de consumo masivo que hoy en cambio se producen en China y en muchos otros países. Los trabajadores de estas industrias, blancos, evangélicos, sindicalizados y muy bien remunerados eran la sólida clase media —y la espina dorsal del Partido Demócrata—.

Pero entonces llegaron “la era de la información” y la “economía del conocimiento”, las industrias de alta tecnología y los servicios sofisticados cuyos trabajadores necesitan formación universitaria. Las fábricas se fueron para China o para México, la vieja clase media fue abandonada por el Partido Demócrata…y se sembró la bomba que habría de explotar Trump con el discurso de que los migrantes les habían quitado sus puestos de trabajo.  

De aquí el papel decisivo que los obreros industriales han tenido en las tres últimas elecciones, un hecho que se aprecia especialmente en la batalla por los tres estados que integran (o integraban) la “muralla azul” (blue wall) —Michigan, Pennsylvania y Wisconsin—, donde la vieja industria tiene asiento. Algo así como el 70% del tiempo de los candidatos y un porcentaje similar de los gastos de campaña se dedicaron a estos tres estados, porque esta era la pieza principal de la disputa. Hillary Clinton perdió las elecciones por unos pocos votos en cada uno de los tres estados; Biden era la “carta demócrata” con indudables credenciales en el sindicalismo y por eso venció a Trump en la muralla azul, Harris perdió – con agravantes—en estos tres estados decisivos. 

Democracia multicultural 

Ningún otro país tiene migrantes de origen tan diverso como Estados Unidos, y esto plantea en su máxima extensión el reto de construir una democracia genuinamente multicultural.

De aquí resulta la puja de creciente intensidad entre el universalismo y el nativismo, una puja que en las últimas décadas se ha ido distorsionando de lado y lado: el nativismo de hoy es la nostalgia de los hombres, blancos, evangélicos, sin educación, campesinos u obreros que antes gozaban de excelentes salarios; el universalismo de hoy es la defensa de los educados y de las minorías excluidas (afros, latinos…), como también de minorías minúsculas (por ejemplo, los trans), lo políticamente correcto y la policía del lenguaje. 

En el año 2011 empezaron a nacer más niños negros y latinos que niños blancos en Estados Unidos; es una forma de ilustrar la transición demográfica que está viviendo el país, y el motivo por el cual la balanza se inclina más y más hacia el multiculturalismo. El Partido Demócrata es la opción preferida de estos grupos, y por eso llevaba ventaja entre las minorías culturales (afros, latinos, asiáticos, mujeres, jóvenes, personas con formación universitaria…). 

El Partido Republicano, por su parte, era y es el partido de los campesinos, los empresarios tradicionales, los evangélicos, los militares, los conservadores…un número bastante de votantes para “tener segura” la victoria en unos veinte estados del Sur y del Oeste, estados que a su vez le aseguran cerca del 40% del colegio electoral. Este era el partido de Reagan o de Bush, el partido del cual se adueñó Trump gracias a unas primarias donde votan los más radicales. Un partido minoritario que por lo tanto no puede acceder al poder en ausencia de Trump —y cuyos jefes, por eso, se arrodillan ante Trump—.   

Es la carrera entre demografía y añoranza, que en estos años atraviesa el punto crítico y en el mediano plazo inclinará la balanza en favor de los Demócratas; esto lo saben los republicanos, y por eso su batalla es a muerte.    

Las votaciones

Cada partido se aferró a su esquina, y tuvimos las tres elecciones más polarizadas del último siglo: Trump derrotó a Hillary Clinton con la bandera del nativismo — más la fuerza soterrada del machismo—, Biden venció a Trump con el apoyo de los sindicatos…y entregó la antorcha a una mujer, negra por si faltara…

En 2024 se revolvieron las dos brechas, con predominio de la brecha económica: el número suficiente de electores votó con el bolsillo, así que en los distintos grupos Harris obtuvo menos y Trump obtuvo más de lo esperado. El alto costo de la vida y el temor a los migrantes pudieron más que la defensa de las instituciones, la democracia, el derecho de la mujer sobre su cuerpo o el cambio climático.  

Una alianza fatal 

El resultado neto de estas elecciones fue entregar el poder —presidencia, Congreso y Corte Suprema— a una extraña coalición entre pobres y ricos: los pobres blancos, no los pobres de verdad, y los ricos de verdad tipo Elon Musk.

Por sus propios y enredados caminos, la primera potencia del mundo terminó en manos de una coalición que, bien mirada, no es tan extraña como vengo de decir: la coalición que recoge banderas culturales de la base y en efecto gobierna para los ricos; la coalición que, con rigor histórico, ha sido en todas partes la receta del fascismo.

Patria, familia, raza y religión en el discurso; desmonte de las regulaciones, impuestos rebajados y contratos jugosos en los hechos. Es la fórmula de Orbán, o Bolsonaro, o Perón, o Mussolini, o Putin, la que Trump practicó durante su mandato y que se propone redoblar ahora con más ganas.

Lo que viene

Los fascismos también se parecen en ser un culto a la personalidad. Trump es un narcisista declarado y en cada cosa hace lo que se le antoja; este, curiosamente, es un consuelo de sus defensores: con Trump no habrá fascismo sino improvisación, o sea caos (y así lo vimos en sus años de gobierno). El mismo dice ser maestro de la negociación (el título de su libro), y en la vida real negocia sin principios: un gobierno que no podrá apelar al ángel que hay en cada uno de nosotros. 

Y a esto se suma la esperanza inverosímil de que el candidato no cumpla sus promesas: deportar once millones de personas, arrestar a todos los habitantes de la calle, cerrar el ministerio de Educación, entregarle la salud a un loco (J. F. Kennedy), usar la fuerza contra el “enemigo interno”, un arancel del “100%, 200%, 400%” sobre las importaciones, pena de muerte para quien venda drogas, nuevo retiro del Tratado sobre Cambio Climático… Quienes seguimos las noticias de cerca, vimos a expertos y seguidores de a pie repetir muchas veces que a los discursos de Trump  no hay que creerles.  

O sea que, en el peor de los casos, tendremos un gobierno fascista y en el mejor de los casos vendrán cuatro años de caos. 

Será otra prueba de fuego para el Estado de derecho en la primera potencia del mundo, cuatro años en el intento de regresar al pasado (cuando “América fue grande”), cuatro años de unilateralismo en la geopolítica mundial en lo que puede ser el final del orden americano. 

Le recomendamos: Harris, Trump y nosotros

Acerca del autor

Hernando Gómez Buendía
hergomez@razonpublica.org.co |  + posts

* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.

2 comentarios

Hernando Gómez Buendía

Escrito por:

Hernando Gómez Buendía

* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.

2 comentarios de “¿Para dónde va Estados Unidos?

  1. Trump ganó la elección presidencial del 2020. A tal punto que aumentó su caudal de voto popular en 4 millones de votantes más respecto a la elección del 2016, aumento que ningún Presidente-candidato hacía mucho tiempo que no lograba. La mafia Demócrata le robó su reelección con el fraude del voto por correo, fraude que ejecutaron muy fácil porque Trump, en el 2020, no tuvo vigilantes en los centros de recogida, control y conteo de ese clase de votos. Pruebas de fraude hubo por miles, pero las Altas Cortes se acobardaron y terminaron ignorándolas, para evitar así una polarización aún mayor. La vigilancia sobre el voto, tanto presencial como por correo, sí se ejerció en estas últimas elecciones, por lo que esa «jugadita» los Demócratas no la pudieron implementar.
    El voto por Trump fue transversal, porque el ciudadano común, que ya no cree en los grandes medios de comunicación, constató en su propio pellejo, la enorme diferencia entre la prosperidad y la seguridad que les trajo la administración Trump y el retroceso que le provocaron Biden y la mafia Demócrata. Además: 1) ya la opinión pública, en su gran mayoría, se hastió de la contra-cultura wokista, feminazi y totalitaria, y 2) la persecución judicial contra el magnate neoyorquino, por parte de ciertos jueces y fiscales, todos ellos liberales sectáreos, fue un boomerang que desenmascaró la corrupción del viejo establishment politiquero republicano-demócrata, convirtiendo a Trump en una víctima ante los ojos de la inmensa mayoría del electorado norteamericano.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

Francisco_Bautista_RazonPublica
Internacional

Desde Managua: el derecho se debe respetar

Internacional

El incierto futuro político de Israel

ruben Martnez Dalmau
Internacional

El constitucionalismo «sin padres» y el proyecto de Constitución de Ecuador

Internacional

¿Por qué todos están contra el Estado Islámico?

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.