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Por qué votar en blanco

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Voto.

Voto.

Hernando Gomez BuendiaEl voto en blanco es malo, pero esta vez se trata de escoger entre tres males. Si Usted tiene la paciencia de leerme, le prometo además una sonrisa.

   Hernando Gómez Buendía* 

Entre tres males

Comienzo por lo obvio: votar en blanco es renunciar a la función principal del voto, y eso no es bueno ni recomendable. Pero esta opción puede ser menos mala que las otras, y mi argumento se limita estrictamente a esto.

Parto por tanto de que Duque y Petro son dos males porque proponen las dos peores soluciones, porque abanderan las dos ideologías que han fracasado en América Latina, y porque el triunfo de uno u otro implicará cuatro años de conflictos destructivos o de un gobierno completamente inútil.    

Por supuesto que el que escoge entre males debe vivir con las consecuencias (más o menos) previsibles de su decisión. Pero esto vale por igual para duquistas, petristas, “blanquistas” y abstencionistas.

También debo decir, por transparencia, que en mi caso personal el voto en blanco surge primeramente de una postura ética muy anterior a estas elecciones: que el perdón de verdad es necesario, pero esta guerra fue ilegitima y los dirigentes –más que nadie- deben responder por las consecuencias  –en  este caso  obvias e inmediatas- de sus propias decisiones: por eso no votaré por un autor o por el alter ego de un autor del desangre de Colombia.  

Pero esta razón ética no entrará para nada en mi argumento.              

En síntesis    

Los que crean que Duque es mejor o que Petro es mejor, votarán con alegría. Pero el que dude y ande buscando al “menos peor”, no debería contemplar apenas dos, sino tres malas opciones: Duque, Petro y voto en blanco (la abstención es lo “más peor”).     

El voto tiene funciones expresivas que son fundamentales en una democracia.

¿Por qué votar en blanco? Porque:

  • Además de ayudar a escoger al ganador (función electoral), el voto tiene funciones expresivas que son fundamentales en una democracia.
  • Quienes voten por Duque o por Petro están pensando –con todo su derecho- en los efectos o consecuencias inmediatas de su voto; pero el voto también tiene consecuencias importantes de más largo plazo.
  • Los dos argumentos anteriores tienen un peso especial en la segunda vuelta porque:
  1. Hoy es más grande la necesidad de preservar el espacio de las minorías y las opciones políticas futuras, más allá de quién sea elegido presidente;
  2. La diferencia “cantada” entre los dos candidatos es tan grande que debilita la función electoral (el voto individual pesa poco en escoger al ganador).            

Como se ve, la defensa del voto en blanco (VB) es compleja y por eso en lo que sigue trataré de aligerarla.

Voto inútil y difícil

Pigasus capturado, Chicago 1968.
Pigasus capturado, Chicago 1968.  
Foto: Actipedia
  • Las personas que se inclinan por Petro dicen que cada VB será un voto por Duque.  
  • Las personas que se inclinan por Duque dicen que cada VB será un voto por Petro.  

¿Quién tiene la razón? La respuesta es extraña: ninguno de los dos tiene razón, y sin embargo ambos la tienen.

  • Ninguno de los dos tiene razón porque votar en blanco no es votar por Duque ni es votar por Petro. Votar en blanco es votar en blanco.
  • Y ambos -mejor dicho, uno de ellos- tiene la razón, pero esto apenas podrá saberse a posteriori: esos votos solo habrían sido importantes para el perdedor y si las elecciones se deciden por un margen mínimo.            

O sea que el VB no pretende cambiar el resultado de las votaciones, y su único efecto electoral es ayudar a legitimarlas (en tanto aumenta la tasa de participación).

El negarse a escoger entre dos males es una decisión de conciencia -tan de conciencia como debería ser el voto por cualquier candidato-. Y es una decisión especialmente difícil porque:

  • Supone mucha deliberación interna –y por eso suele ser un voto muy consciente-;
  • Implica renunciar al uso principal del voto, que sin duda es ayudar a escoger al presidente.     

Sin negar esa dificultad, hay sin embargo dos razones que ofrecen cierto alivio. 

  • La primera es de principio: nadie tiene el deber de calcular su voto, ni de anticipar cuál de dos gobernantes sería “más desastroso”.
  • La segunda es matemática: aunque Usted hubiera votado por X (o por Z), el conjunto de los VB casi que con seguridad se habría distribuido entre X y Z en las mismas proporciones que obtuvieron en las urnas. Esto resulta  de la “ley de los grandes números”, que está en la base de la ciencia estadística.     

Dos lógicas, dos éticas

Prometo que adelante vendrá el humor que anuncié, pero por ahora debo añadir otro ladrillo: el de la lógica y la ética que sirven de sustento a esas dos posiciones.

1.  Quienes votan por Petro o por Duque usan la lógica y la ética del pragmatismo:

  • En el plano de la lógica, la perfecta expresión del pragmatismo la debemos tal vez a los teóricos de los viajes espaciales: no importa cómo llegó Usted a U387, solo importa pasar a U388. No importa cómo llegamos a estos dos candidatos finalistas: lo que importa es escoger entre ellos.

(Esta es una lógica sabia para la vida -no importa cómo llegó uno “a la olla”, ni qué  tanto camino le haga falta: lo que importa es el próximo paso-. Y es una lógica sabia para los negocios: es la idea que dio origen a la “programación dinámica”, un método matemático que revolucionó la toma de decisiones).

  • Quienes voten por Duque o por Petro están usando la ética del pragmatismo es decir, la que atiende a los efectos o consecuencias prácticas de cada decisión. Pero votar en blanco no necesariamente contradice el pragmatismo porque el voto también puede tener consecuencias futuras e importantes (por ejemplo, presionar la reforma del sistema electoral o preservar una identidad política).

2. La lógica de quienes optan por el VB es la de examinar el proceso en su conjunto, y su ética es la de los principios – que por lo mismo anteceden a las consecuencias del voto-. 

  • La mejor expresión de esa lógica se refiere cabalmente al proceso electoral y se conoce bajo el difícil nombre de “teorema de imposibilidad de Arrow”: cuando existen más de tres candidatos, ningún sistema de votación puede lograr que todos los votantes tengan el mismo peso.

Pues lo que pasó en Colombia fue muchísimo peor, y esto se entiende mejor en lenguaje coloquial: con 29 aspirantes que pararon en cinco candidatos y un relajo de consultas, con “accidentes” como el del 11 de marzo, y, de remate, con elección a dos vueltas…nadie sabe si los dos que llegaron eran o no los que habrían quedado de primeros en una única votación abierta.  Nadie sabe tampoco si su voto en una o más de esas escogencias anteriores acabó por empujar – o por frenar- al candidato que quería.       

  • Como ética de principios, el VB es una forma de protesta contra un proceso  electoral que distorsiona de ese modo la “voluntad popular” y que al final nos dejó entre las dos peores opciones.

Y en este momento de transición política, el VB es sobre todo la manera de afirmar el espacio de una minoría que tiene todo el derecho de existir –y es crucial para el futuro de Colombia-.          

Para qué sirve el voto

Por supuesto que el voto se hizo para escoger, y esta sin duda es su función principal.  

Pero con esa esa lógica habría sido irracional votar en la primera vuelta por un candidato que no tenía “chance” de ganar: los que en efecto escogen al presidente son las personas que votaron por él; los votos por los otros candidatos “no sirvieron para nada” (salvo para disminuir la abstención).

Incluso se da el caso de que el voto sirva para no escoger a ninguno de los candidatos. Es lo que dice el artículo 258 de la Constitución, precisamente hablado del VB: “las elecciones deben repetirse cuando los VB constituyan la mayoría”.

Más al punto: fuera de escoger al funcionario del caso, el voto en una democracia tiene funciones expresivas –que cabalmente se hacen más importantes cuando el resultado principal de las elecciones está tan “cantado” como en estas que vienen-.

Esas funciones expresivas pueden ser de protesta o de representación.

El voto como protesta

Ex-candidatos presidenciales, Sergio Fajardo y Humberto de la Calle.
Ex-candidatos presidenciales, Sergio Fajardo y Humberto de la Calle. 
Foto: Elaboración Propia 

Quemar las urnas o decretar un “paro armado” son maneras ilegítimas de protestar contra unas elecciones. También se dice que la abstención es una forma de expresar el descontento,  pero ésta se limita a mostrar indiferencia –que es  muy distinta de la desilusión activa de quien vota en blanco-.       

La intención de protestar es visible sobre todo cuando existe una campaña organizada por el VB (como existe, más o menos, para la segunda vuelta). A veces la protesta tiene efectos jurídicos tangibles, como ha ocurrido en muchos países, incluida Colombia (en unos veinte municipios donde las elecciones han tendido que repetirse, o en la circunscripción indígena el pasado 11 de marzo).  

A veces la protesta puede hacerse más punzante con un poco de ese humor que se ha usado para inscribir y votar por candidatos inusuales, por ejemplo:

  • Los mexicanos del municipio de Xalapa que en 2013 postularon al gato “Morris” (7.500 votos) porque como buen político “se la pasa durmiendo y no hace nada”. El gato “Stubbs” que lleva 16 años como alcalde de un pueblito de Alaska donde hay felicidad por el “no intervencionismo” del burgomaestre. O está el felino “Comandante Chispas”, que en 2017  aspiró a presidente de Ecuador, con promesas como la de “poner fin a la epidemia de desapariciones que recorre el mundo”.  
  • Hay caninos, como “Lucy Lou”, que le ganó a otros dos perros, una chucha y un humano en un pueblo de Kentucky, y aspiró a la presidencia en 2016. Hay cerdos como “Pegaso”, que el partido de los yippies inscribió contra Nixon en protesta por la Guerra de Vietnam y fue arrestado por “chillar en público” (los yippies llamaban cerdos –“pigs”- a los policías, pero aclaro que “cerdito” no figuró en el lenguaje político de la época). Y hay el gorila “Coloso” que se inscribió porque la Constitución de Estados Unidos “no especifica que el presidente sea humano”. 
  • Está el rinoceronte “Cacareco” (“basura”) que obtuvo cien mil votos en Sao Paulo porque igual que los políticos “tiene la piel gruesa, se mueve despacio y no es muy inteligente, pero corre rapidísimo cuando huele el peligro”. Cacareco inspiró la fundación del Partido Rinoceronte en Canadá (el único del mundo que tiene la honradez de prometer que “incumplirá todas sus promesas”).   
  • Hay mulas, como  la que ganó la elección del candidato republicano en un pueblo de Missouri por 51 votos contra cero. Y por supuesto está Incitatus, el caballo que le sirvió al emperador Calígula para probar que “hasta un animal puede ser cónsul”. 
  • O está, para no alargarme, el talco “Pulvapies” cuya publicidad fue tan exitosa que  acabó como alcalde de Picoazá, Ecuador.

Como quien dice: es lástima que en marzo no resultara elegido el veterinario cuya valla anunciaba -no sé si en broma o en serio- que “por fin los animales hablarán en el Congreso de Colombia”.  

Pero vuelvo al tono serio. El VB puede tener la hondura que Saramago captó magistralmente en el Ensayo sobre la Lucidez: un país democrático donde el 73 por ciento de la gente votó en blanco, de manera que el Gobierno convoca a otras elecciones donde esos votos ascienden a 89 por ciento… la gente se ha resistido democráticamente a la forma de democracia que le ofrecen.

lo que soñamos ocurre también”.

Siguen 184 páginas deliciosas y factibles sobre rumores, decretos, atentados, marchas callejeras y declaraciones (Primer Ministro: “el voto en blanco es el regreso pernicioso de la ceguera – la del otro Ensayo alucinante de Saramago, “somos ciegos que pueden ver, pero que no miran” -; ministro de  Justicia: “Eso. O puede ser otra forma de la lucidez. Renuncio”). Y hacia el final del Ensayo, esa frase de la mujer del médico al policía: “lo que soñamos ocurre también”.

En Colombia no hay que llegar por supuesto a estos extremos que bordean el anarquismo (en el poema de Brecht, “La Solución”, si la gente ha perdido la confianza en el Gobierno ¿no es más lógico que en vez de disolverse, el Gobierno disuelva a la gente y elija otra distinta?).

Pero sin duda hemos tenido suficientes dosis de promesas incumplidas, mentiras descaradas, confusión, corrupción y maniobras en las urnas como para que por una vez uno proteste sin dejar de cumplir su deber de ciudadano. Y que lo haga a través de  un voto que es ciudadano por antonomasia.      

Un voto por el futuro

La democracia es “representativa” y por lo tanto el voto tiene también la función de representar.

Pero en estas selecciones, algunos, creo que muchos colombianos, no nos sentimos representados por Iván Duque ni por Gustavo Petro. Las discrepancias con uno y otro candidato no son menores ni secundarias sino que -en el caso de quienes estamos de veras “en el centro”- aluden a la separación de poderes, a la relación entre mercado y Estado, y al lugar de la razón en la vida colectiva: los tres pilares que no son renunciables para el futuro del país que queremos.

Las minorías también tienen un papel, a  veces esencial, en la política, y es lo que creo que intentan preservar Fajardo y De la Calle con su decisión de votar en blanco. Decisión por supuesto personal y respetuosa: “Yo, Sergio Fajardo, voy a votar en blanco… Quienes votaron por nosotros son ciudadanos libres, serenos, atentos, pensantes, críticos. No siguen simplemente órdenes. Para nosotros el voto no es una obligación, es una convicción”.       

Mi convicción de ciudadano libre, pero no menos personal y respetuosa, es votar en blanco.

*Director y editor general de  Razón Pública.  Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.  

  

 

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