In Memoriam Luis Carlos Galán
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Discurso de Orden durante el Coloquio de profesores de la Universidad Javeriana: “El pensamiento de Galán- 5 lustros después”
Hernando Gómez Buendía
Bogotá, Agosto 19 de 1024
Reverendo Padre Jorge Humberto Peláez, Rector de la Universidad Javeriana
Señora doña Gloria Pachón de Galán, presidente honoraria de la Fundación Luis Carlos Galán
Señoras y señores
Agradezco la honrosa invitación del claustro javeriano en este día, para concelebrar la vida y obra de ese colombiano inmenso que se llamó Luis Carlos Galán Sarmiento, para rememorar el tramo hermoso y al tiempo doloroso que él marcó en nuestra historia, y para reafirmar los valores javerianos que tanto hicieron por él y por nosotros.
Hace ya medio siglo (bueno, hace poco más de medio siglo) me encontré con Luis Carlos en el segundo piso del Edificio Central – hoy Edificio Emilio Arango-, donde por ese tiempo funcionaba la Facultad de Ciencias Jurídicas y Socio-Económicas, bajo la guía tan severa como ecuánime del orgullosamente jesuita padre Gabriel Giraldo.
Era un tiempo, como pocos, de ideologías simplistas o de utopías sin tope que recorrían las aulas de América Latina. Y aunque tal vez no lo entendimos entonces, la Javeriana nos libró de los extremos, nos enseñó a diferir sin amarguras y a estudiar como hermanos el código civil de don Andrés Bello, la Constitución de Núñez y de Caro, o el “Curso de Economía Moderna” del profesor Paul Samuelson (que por supuesto pronunciábamos Pol Samuelson).
Un par de años mayor que yo, Luis Carlos había llegado de un colegio oficial, de aquella recia cultura santandereana, y del hogar sin esguinces que formaron doña Cecilia Sarmiento y el doctor Mario Galán Gómez, por muchos años presidente de Ecopetrol.
En tercero de carrera Luis Carlos intentó la aventura, como siempre improbable, de una revista estudiantil que bautizó “Vértice” y de la cual recuerdo que alcanzaron a salir varios números.
Los suficientes – y suficientemente liberales- para captar la atención de Eduardo Santos, director-propietario de El Tiempo, que lo llevó a trabajar por las tardes en ese diario de gran circulación.
Luis Carlos estuvo a la altura de tamaño desafío, y sobre todo encontró allí a su novia, su compañera y su báculo incansable, la también javeriana doña Gloria Pachón Castro – quien ha escogido regresar en este vigesimoquinto aniversario a su Alma Mater, porque aquí nació el sendero que los vio caminar juntos.
Las columnas de El Tiempo le fueron granjeando a Luis Carlos la admiración y el afecto de Carlos Lleras Restrepo, un estadista y un jefe que, más allá de toda controversia, fue el constructor de muchas de las instituciones públicas de Colombia y un promotor incansable del talento como razón del ascenso.
Aquel encuentro, creo yo, fue decisivo, porque ahondó en Luis Carlos las huellas paralelas del sentido de lo público y el rechazo vertical de lo que entonces llamábamos, “los vicios de la clase política”, esa manía- tan extendida antes como ahora- de servirse de lo público so pretexto de servir al público.
Por mediación de Carlos Lleras, el presidente Misael Pastrana designó a Galán como Ministro de Educación cuando tenía 26 años, siendo tan joven que algún periódico afirmó que el mismo había firmado su diploma de abogado.
Joven- en efecto- y soñador – porque Galán fue, sobre todo, soñador- el ministro propuso un revolcón educativo de padre y señor mío, que pisó muchos callos y que acabó en bochinches cuyos ecos, recuerdo, provocaron incluso la primera y creo que única huelga estudiantil en los 410 años de esta, digamos, recatada, universidad javeriana.
Desde entonces las altas y las bajas de Luis Carlos Galán se hicieron parte – como lo merecían- de la prensa cotidiana y los anales de la historia oficial.
No voy a repetirlas. Evocaré la creación del “Nuevo Liberalismo”, aquel esfuerzo y aquel sueño de construir un proyecto liberal sin los amarres y atajos que se resumen bajo el mote “clientelismo” – un esfuerzo y un sueño donde lo acompañaron javerianos por formación o por dedicación, como Gabriel Rosas Vega, Alberto Villamizar, María Cristina Ocampo o Alfonso Valdivieso, entre los nombres más próximos a mi propia memoria.
Vinieron luego los años de trabajo y debates desde el Congreso, de recorrer sin cansancio las ciudades y los pueblos, exponiendo y defendiendo el ideario que en buena hora se ha venido re-editando en estos días, despertando entusiasmos y esperanzas en todos los rincones, sumando simpatías y adhesiones hasta forzar al Partido Liberal – ese gran elector que para entonces yo, aunque en escala por supuesto modestísima, trataba de modernizar desde adentro- forzarlo digo a que la candidatura presidencial para las elecciones de 1990 fuera escogida por el voto popular.
Galán iba a ser presidente de Colombia. Y en ese punto sobrevino la tragedia. De modo excepcional -y literalmente heroico- Luis Carlos, a sabiendas, escogió decir “no” a lo que tantos otros decían “si” y a los silencios o paráfrasis que les dictaban a los demás políticos la amenaza mortal del narcotráfico o el canto seductor de su riqueza sin cuento.
Ese, queridos estudiantes, señoras y señores, ese era y este es el cáncer de Colombia: el medio Estado o el pedazo de Estado criminal que forma parte del Estado colombiano. No son los actos de corrupción grande y pequeña, no son los delincuentes que de cuando en vez acceden a altos cargos públicos, no es ni siquiera la penetración parcial u ocasional del Estado que describen los textos de teoría política. Es la existencia duradera de focos y entidades oficiales que “desde adentro” y “desde arriba” se dedican a cometer delitos contra la vida y los bienes de los ciudadanos.
En la vida y la muerte de Galán fue el todopoderoso cartel de Medellín, el narcotráfico instalado en las cúpulas del partido político mayoritario y de los cuerpos de seguridad del Estado. Recordar hoy el nombre de sus asesinos o los pormenores de su perfidia sería profanar el nombre de Luis Carlos.
Pero no puedo dejar de recordar que en estos cinco lustros transcurridos desde aquel día aciago, la vida pública y el Estado colombiano siguieron infectados por la criminalidad organizada, la que ha causado 220 mil muertos en medio siglo, la que nos dio la cárcel de La Catedral y el proceso 8 mil en los años 90, o los 172 parlamentarios, gobernadores y alcaldes de ciudades mayores que en los últimos años han sido sindicados por complicidad con los masacradores.
El cáncer que padecemos, señoras y señores, sigue estando muy arriba y muy adentro de la política y del Estado colombianos.
Somos gotas en el rio de la historia, y la obra de Galán, como todas las obras de los hombres, todavía necesita completarse. Esa obra, en lo esencial, es la afirmación o el rescate de lo público, algo tan elemental y tan definitivo como que el patrimonio público es para uso exclusivo del público y que las decisiones públicas deben ser fruto de la conversación pública, no de la coacción o la violencia.
La obra de Galán sigue inconclusa, pero su espíritu, su ejemplo y su acicate siguen aquí para decirnos que nuestra gran tarea y nuestro compromiso de ciudadanos y patriotas de veras, es recuperar lo público para el bien público.
En efecto: la historia de Colombia, la parte más hermosa y más terrible, es ese choque tan peculiar de nosotros entre el medio país de la narco-violento-cliento-corrupción y el otro medio país del Estado de derecho, el argumento racional y el trabajo como escalera hacia el éxito.
La vida de Luis Carlos Galán fue la gran eclosión de este país mejor.
Su muerte fue el coletazo de ese país peor.
Más que su programa político y sus muchas propuestas de gobierno, creo yo que la impronta de Galán, lo que la hace grande, y única, y heroica, es su legado ético: lo público es sagrado y hay límites que ningún dirigente puede transgredir aún a costa de su propia vida.
En un país que sigue estando enfermo, como el nuestro, esa lección heroica es la gran enseñanza que nosotros y ustedes, javerianos, tenemos que aprender y transmitir a los que siguen.
Haber sido testigo de la saga de Luis Carlos Galán fue sin duda un regalo de mi vida y una de las tristezas hondas de mi vida.
Sic tibi terra levis, Luis Carlos, el compañero, el amigo, el javeriano, el estadista y el ejemplo irrevocable. Que la tierra, Luis Carlos, esa tierra colombiana que tu amaste y por la cual entregaste tu vida joven a las manos que sabías asesinas, que esta tierra, Luis Carlos, te siga siendo leve, te celebre, te recuerde y te prolongue en cada uno de los estudiantes que esta universidad tuya y nuestra entrega cada día al sueño y la esperanza de la mejor Colombia.
Muchas gracias.
Acerca del autor
Hernando Gómez Buendía
* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
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