¿Por qué estamos cansados con la paz? (Y cómo sin embargo votaremos sobre ella) - Razón Pública
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¿Por qué estamos cansados con la paz? (Y cómo sin embargo votaremos sobre ella)

Escrito por Hernando Gómez Buendía

Firma de los Acuerdos de paz con las FARC

Hernando Gómez BuendíaEl gobierno, los medios y los políticos insisten en que esta es la prioridad del país, pero los colombianos creemos otra cosa. Esta rara situación se debe a que el Acuerdo no afecta a la mayoría de la gente, la que se ve afectada tiene mucha rabia, y los candidatos aún no encuentran otro tema para movilizar masivamente a los votantes.        

Hernando Gómez Buendía*

No es nuestra prioridad

Una imagen dice más que mil palabras, y la gráfica siguiente muestra cuáles son los problemas que hoy la gente considera prioritarios: 

¿Cuál es el principal problema que debe ser resuelto por el próximo Presidente de Colombia?

Problema próximo presidente

Fuente: Invamer, Elecciones 2018, página 77 -muestra de cobertura nacional (1.200 personas encuestadas entre el 6 y el 11 de mayo de 2017).

Pues resulta que el Acuerdo de la Habana está en octavo lugar, que es mucho menos importante que el desempleo, la salud o la corrupción, y que aun sumándole las otras dos facetas del conflicto armado (ELN y desplazados), apenas cinco de cada cien  personas lo ven como el problema principal de Colombia.

Otras encuestas no preguntan específicamente por las FARC, pero una de ellas permite examinar cómo se ha movido el tema del conflicto en los últimos años: 

En su concepto, ¿cuál es el principal problema que tiene Colombia en estos momentos?

Fuente: Gallup Poll Colombia #218 (Abril de 2017, página 8)- muestras de residentes en las grandes ciudades, serie histórica.

 

El orden público (línea verde) fue el tema más preocupante desde el comienzo del actual gobierno (agosto de 2014), y esta preocupación llegó a su máximo hacia mayo del 2015. Pero desde entonces ha bajado de manera sostenida, y hoy por hoy es el problema que menos preocupa a la opinión.

La explicación de este hecho es muy sencilla. Según el propio Humberto De la Calle, el proceso de paz tuvo “su peor crisis” en mayo-junio de 2015, cuando las FARC asesinaron 11 soldados en el Cauca y Santos reanudó los bombardeos aéreos. Pero el 20 de julio revivió  la tregua, Enrique Santos pactó con “Timochenko” la no cárcel para los guerrilleros, y el 23 de septiembre el presidente viajo a Cuba para firmar el respectivo acuerdo. Desde entonces el proceso ha fluido sin más choques militares ni matanzas. 

¿Por qué no hay  interés?

O más precisamente, según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac),   “entre el 20 de julio de 2015 y el 20 de enero de 2016 se redujeron en 97% las acciones ofensivas de las Farc y bajó en un 73% el número de combates con la Fuerza Pública…Desde hace 51 años no se presentaba una reducción tan grande del conflicto armado”.

Y según el informe más reciente del mismo observatorio, hasta el pasado 2 de mayo no se habían registrado sino dos violaciones “no deliberadas” del cese al fuego y sin “víctimas mortales o heridos de la población civil o de la Fuerza Pública.”

Dicho de modo simple: el problema de las FARC ya se acabó. Este conflicto lleva casi dos años de des-escalonamiento pronunciado, y hace nueve meses que el presidente ordenó el cese definitivo de las operaciones militares. O sea que el Acuerdo de La Habana ya cumplió su propósito concreto, tangible y  principal para la gran mayoría de los colombianos: que se acabara la violencia de las FARC.  

Pero también por eso, para la mayoría de la gente en las ciudades y hasta en los campos de Colombia, el Acuerdo con las FARC es cosa del pasado: ahora hay que ocuparse de los problemas reales, como el empleo, la corrupción o la salud.    

Y, para completar, el interés popular había venido disminuyendo a lo largo del proceso de negociación. Este desinterés fue surgiendo de una combinación de factores de forma y de fondo, saludables o desafortunados, evitables e inevitables, así:

  • Entre el comienzo oficial de las negociaciones y la firma del Acuerdo del Colón pasaron cuatro años y tres meses. Esta no es una duración excesiva para un proceso de paz (por ejemplo el de Irlanda tomó 21 años), pero 57 meses –incluyendo los seis que llevamos de “implementación”-es demasiado tiempo para mantener el interés de las audiencias.

El cansancio es entonces la segunda y muy simple explicación de por qué el tema de las FARC perdió vigencia.  

  • El proceso no produjo todo el torrente de noticias –es decir de escándalos, de crisis, de filtraciones, de hechos impactantes – que habrían querido los medios de comunicación para mantener el interés en esta época de inmediatez e intensa competencia.
  • Las partes acordaron negociar en secreto, y este sin duda fue una clave de su éxito (baste evocar aquí el circo de El Caguán). Pero con esto mermaron las noticias y no ayudaron al trabajo de los periodistas.
  • La agenda extensa y complicada, los documentos insufriblemente largos, los discursos pesados de guerrilleros viejos y funcionarios sosos, los tecnicismos en cada punto serio, las maromas jurídicas en cada punto negro, solos y juntos convirtieron el proceso en un arcano que ni siquiera los más interesados hemos logrado seguir ni digerir del todo.
  • Y aún entonces, en pleno siglo XXI, la Mesa no contó con estrategias ni asesorías  en comunicaciones. El gobierno emprendió un plan tardío de “pedagogía”, y solo uno de cada 7 encuestados dijo estar “bien enterado” de lo que íbamos a decidir en el plebiscito.   
  • Se negoció fuera del país – y esto también fue clave para llegar al Acuerdo-. Pero  esto partió el proceso en dos relatos: lo que pasaba calladamente en La Habana y lo que pasaba ruidosamente en Colombia, las negociaciones cerradas allá, la discusión política aquí, la puja entre De la Calle e Iván Márquez por un lado, la pelea de Santos con Uribe y Ordóñez por el otro.

Diría incluso que hubo dos Acuerdos, y que el tratar de juntarlos en el plebiscito sólo produjo confusión y “fake news” por todas partes.      

La gran asimetría

Presidente Juan Manuel Santos junto al Senador Álvaro Uribe.
Presidente Juan Manuel Santos junto al Senador Álvaro Uribe. 
Foto: Presidencia de la República

Pero el desinterés de casi todos los colombianos en la paz tiene un motivo todavía más profundo.

En efecto: el interés popular en un conflicto armado depende de qué tanto la gente se sienta representada por las partes; y el interés en una paz negociada depende de qué tanto las afecte la violencia.

Lo peculiar del conflicto con las FARC es que apenas algunos campesinos en regiones apartadas y activistas políticos se han sentido representados por ellas, pero muchas personas en el campo han padecido la violencia asociada con este largo conflicto, y  muchos residentes en ciudades medias y grandes capitales han sido víctimas directas o indirectas, amenazados o perturbados por esa violencia.

La siguiente relación de experiencias en otros países ilustra la rareza del caso colombiano: 

Principales conflictos armados internos que fueron resueltos por la vía negociada

País                             Período           Motivo de fondo

   Irlanda del Norte         1987-2008        Autogobierno

    Indonesia (Aceh)        2000-2005        Autogobierno

   Sudán del Sur             1998-2005        Autogobierno

                        Angola                        1998-2002       Reparto del poder político

                        Burundi                      1998-2008        Reparto del poder político

                        Sierra Leona               1994-2002       Reparto del poder político

                        Tayikistán                   1992-1997        Reparto del poder político

                        El Salvador                 1984-1994       Democratización del país

                        Guatemala                  1985-1996       Democratización del país

                        Nepal                          2002-2006        Democratización del país

                        Sudáfrica                     1989-1994        Democratización del país

Fuente: Escola de Cultura de Pau, Procesos de Paz Comparados,  Cuadernos de Paz 14, página 5.

En los conflictos de secesión (“autogobierno”), una región del país exige su independencia y la guerrilla representa a los separatistas. En los conflictos de base étnica, la nacionalidad  o minoría excluida exige y logra que el poder se distribuya. En los conflictos socio-políticos (“democratización del país”), hay una base de desigualdad o exclusión social, pero además hay una dictadura contra la cual el pueblo se levanta (el apartheid en Sudáfrica, la monarquía en Nepal, la Junta Militar en Salvador, el régimen racista en Guatemala…).   

Colombia tiene la desigualdad pero no la dictadura, y por eso la guerrilla nunca logró un alzamiento popular contra el gobierno. En cambio la dispersión territorial y la ausencia de Estado permitieron que las FARC agrandaran su aparato militar y tuvieran en jaque al Ejército durante muchos años, de modo que los dueños de la tierra respondieron con el paramilitarismo.

Un resultado neto fue la guerra degradada de medio siglo.  Otro resultado fue una guerrilla con fuerza militar y sin apoyo popular extendido. Y el resultado más reciente fue la necesidad de una embestida militar a toda costa (Uribe) para poder negociar con la guerrilla (Santos).

Pero esta negociación implicaba reconocerles u otorgarles a las FARC alguna legitimidad o alguna representatividad política, y por eso en la mesa de La Habana la guerrilla se tomó la vocería de los campesinos, los cocaleros, los movimientos sociopolíticos de base, y hasta las víctimas del Estado y el paramilitarismo.   

El cruci-cruce

Y así llegamos a la extraña geometría que hoy tenemos:   

  • El Acuerdo del Colón son dos acuerdos. Uno muy detallado y generoso para los guerrilleros que solo así renuncian a su fuerza militar (justicia “transicional”, garantías políticas, logística de reincorporación, blindaje jurídico) y otro menos preciso y menos exigente para los cuatro grupos que las FARC “representaron”.               
  • Para la gran mayoría de la gente, el Acuerdo Final es sobre todo lo primero:

-Las FARC para esta mayoría son simplemente una amenaza militar o, más exactamente, criminal, por sus muchos horrores en la guerra.

-Por lo tanto para esa mayoría, el único objetivo del Acuerdo era acabar con las acciones armadas de las FARC. Son muy pocos los colombianos que creen en los demás presuntos  objetivos:  

         ¿Cree usted, sí o no, que con el acuerdo entre el Gobierno y las Farc se logrará alcanzar lo siguiente en Colombia?

Fuente: Invamer, Elecciones 2018, página 86 -muestra de cobertura nacional (1.200 personas encuestadas entre el 6 y el 11 de mayo de 2017).
 

 

-Pero además para aquella mayoría, el precio de poner fin a la violencia de las FARC fue la impunidad más o menos disfrazada. Y aquí encontramos la polarización intensa entre

  • Los colombianos que se resignaron a pagar el precio (los del “Sí”) y para quienes el Acuerdo es página doblada.
  • Los que no se han resignado con el precio (los del “No”) e insisten en el castigo de los guerrilleros. Aquí se encuentra más de la mitad de la ciudadanía, y el porcentaje en efecto ha aumentado después del plebiscito y de la firma del Acuerdo del Colón en noviembre pasado: 

Está usted de acuerdo/desacuerdo con: ¿Sacrificar parte de justicia por negociar la paz?

Fuente: Gallup Poll Colombia #218 (Abril de 2017, página 80)- muestras de residentes en las grandes ciudades, serie histórica.

  • Y para dos minorías importantes, el Acuerdo del Colón también son las reformas sociales:

-En la derecha dura son los que ven el fantasma del “castro-chavismo” y se oponen del tajo a los acuerdos en materia de tierras, de drogas o de apertura política.     

-Hacia la izquierda están los activistas y los ilusos que luchan o que sueñan con aprovechar la firma del Acuerdo para llevar a cabo esas reformas.      

Jorge Enrique Robledo, precandidato presidencial. Junto con Claudia López y Sergio Fajardo están en la coalición de defensa de los Acuerdos.
Jorge Enrique Robledo, precandidato presidencial. Junto con Claudia López y Sergio Fajardo están en la coalición de
defensa de los Acuerdos. 
Foto: Congreso de la República de Colombia

Los pobres candidatos

En medio de esa rara geometría hay unos veinte precandidatos, posibles e imposibles, que están acomodados o hacen piruetas para “posicionarse” en el lugar no equivocado.

A falta de otro tema, el eje principal de la campaña es y seguirá siendo la “implementación del Acuerdo de la Habana”, y cada candidato se define primero por su posición respecto de este asunto.

El escenario más probable entonces es la segunda vuelta donde la coalición del “sí” (Santos, la izquierda y los independientes) se enfrente con la del “no” (Uribe con sus socios). Esto sería el plebiscito “bis” o Santos-Zuluaga II, un déjà vu que aunque parezca inverosímil tiene el poder de reunir el mayor número de votos:

  • Por un lado los muchos colombianos que a falta de otro tema votarían de nuevo por el “sí”.            
  • Por otro lado los muchos que rechazan el Acuerdo y quieren castigar a los “narcoterroristas” aunque para entonces ya estén vestidos de civiles. 

Y yo además me temo lo que mostró la Gráfica anterior: que esa sed de castigo tendría el poder bastante para forzarnos a volver al pasado.

Aunque muchos prefieren no acordarse, el único “proyecto nacional” que ha tenido Colombia en más de un siglo fue el de acabar con las FARC –el proyecto de Uribe-. Y no en vano pasamos medio siglo de realidades y discursos que convirtieron a las FARC en el gran enemigo de los colombianos.

Lo raro no fue el triunfo del “no” en el plebiscito. Lo raro ha sido que la contra-propaganda de los últimos años haya logrado que el rechazo de las FARC disminuyera un poco (y de manera vacilante):     

Tiene usted una opinión favorable o desfavorable de Las FARC

Fuente: Gallup Poll Colombia #218 (Abril de 2017, página 109)- muestras de residentes en las grandes ciudades, serie histórica.

Por todo lo anterior y si las cosas siguen como van, lo más probable es que en mayo del otro año los colombianos decidan “hacer trizas” el Acuerdo cuya firma costó tanto trabajo y tanto tiempo: ¡bienvenidos al pasado!   

La pregunta del millón es entonces si algo o alguien logra cambiar el tema principal de la campaña:

  • Hay el tema posible de la anti-corrupción, que tiene un obvio potencial electoral y donde el trío López-Fajardo-Robledo está buscando sitio. Pero esta alianza es muy difícil de lograr, y aun entonces su candidato no tendría el carisma suficiente para arrastrar masivamente a los votantes (algo que ni siquiera logró Mockus, no obstante sus quilates y títulos tan nítidos en cuanto a transparencia).
  • Hay el tema posible de la pobreza o la desigualdad, que en efecto padecen las mayorías y donde podría prosperar la izquierda – o por mejor decir, alguna variedad de (¿Petro?) populismo en el estilo de nuestros vecinos latinoamericanos-.

Este escenario no se ha asomado aún en las encuestas, aunque tal vez vendrá cuando Colombia haya dejado de ser el país raro donde las guerrillas logran que se estigmaticen las protestas sociales y donde la gente – por lo tanto- vota sin motivo.

Porque Colombia sin las FARC –y sin el odio a las FARC- es simplemente otro país  de América Latina: ¡bienvenidos al futuro!   ​

 

*Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

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