Gaza: menos peor el exilio que el genocidio | Razón Pública 2025
Foto: Jaber Jehad Badwan y flickr: Trump White House Archived

Gaza: menos peor el exilio que el genocidio

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La propuesta de Trump de convertir Gaza en un paraíso turístico a cambio del exilio palestino es escandalosa. Pero también es la versión más cruda del brutal realismo que ha guiado este conflicto desde 1948.

La propuesta 

Donald Trump no tiene filtros, ni los necesita. Mientras otros líderes maquillan la crueldad con eufemismos, él dice las cosas como son, con una brutalidad que escandaliza.

Su propuesta para resolver el conflicto entre Israel y Palestina no es la excepción a esa regla: convertir Gaza en «la Riviera del Medio Oriente«, expulsar a sus habitantes y ofrecerles como consuelo una compensación económica.

En cualquier boca sensata, esta propuesta sería una ofensa. Pero cuando uno la examina con frialdad, lo que asusta no es que sea delirante: es que sea la formulación más sincera de lo que otros han hecho sin decirlo. Porque desde 1948, la existencia del Estado de Israel ha implicado la supresión política, territorial o física del pueblo palestino.

El Estado o el otro

Cuando Israel proclamó su independencia en 1948, el nuevo Estado necesitaba dos cosas: una mayoría judía y un territorio viable.

Ninguna de las dos condiciones se cumplía en el mapa que aprobó la ONU, que preveía un Israel fragmentado, imposible de defender militarmente: Israel fue creado por iniciativa del movimiento sionista en 1948 y se legitimó ante el mundo como única manera de evitar otro Holocausto, y sin embargo su creación implicaba un genocidio, o un exilio masivo, o un régimen de apartheid para los palestinos. 

Por eso la guerra que siguió —la «guerra de independencia» para unos, la «Nakba» o catástrofe para otros— fue la primera etapa de un proceso irreversible: Israel se expandió hasta controlar el 77 % del territorio del Mandato Británico de Palestina, incluida la mayor parte de Jerusalén, y más de la mitad de la población árabe fue expropiada o huyó del territorio.

En la Guerra de los Seis Días (1967), Israel ocupó Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este —los territorios que la ONU había reservado para un futuro Estado Palestino—. Aunque más tarde retiró sus tropas de Gaza y desmilitarizó parcialmente Cisjordania, Israel anexó Jerusalén Este y estableció unos 140 asentamientos ilegales, donde hoy viven cerca de 600.000 colonos israelíes, una cifra que aumenta cada día. Es decir, el proceso de expansión continúa —con soldados, con bulldozers, con diplomacia— sin que el derecho internacional (decenas de resoluciones de la ONU) sea capaz de detenerlo.

La tragedia 

Lo que está sucediendo entre Israel y Gaza pone a temblar los fundamentos mismos de la civilización (y esta no es apenas una frase altisonante).     

En efecto: el edificio entero de la civilización se levanta sobre la base de unos supuestos que son falsos y sabemos que son falsos, pero son necesarios para la convivencia. Basta desnudar estos supuestos para que retrocedamos a la barbarie, o más precisamente, a la brutalidad.     

A partir del siglo XVII, el orden internacional se ha basado en la figura del Estado-nación soberano, cuyo supuesto es que la comunidad que ocupa un territorio tiene el derecho de ocuparlo y defenderlo de invasores extranjeros. El problema con este supuesto es que todos los pueblos, desde la prehistoria, se han desplazado a tierras que no eran suyas o que otros también reclamaban, de manera que tuvimos que escoger un momento arbitrario, una especie de “año cero”, a partir del cual se estableció quién era el dueño legítimo del respectivo territorio. 

De esta manera, a partir de 1947, el supuesto moderno de que cada Estado tiene un territorio legítimo se convirtió en la esencia de un conflicto donde Israel invoca o niega la historia según le convenga. Dice que el pueblo judío siempre estuvo en Israel, aunque en su mayoría fue expulsado por los romanos en el año 70 y durante diecinueve siglos fue mayormente poblado por los palestinos. Pero Israel excomulga al secretario general y anuncia que negará visas a funcionarios de la ONU cuando éste dice con timidez que los “ataques brutales de Hamás no surgieron de la nada”, en obligada referencia a los 56 años de ocupación que ha sufrido el pueblo palestino.

Y sin embargo, el conflicto básico entre demografía y soberanía sigue ahí: no puede haber un Estado judío seguro mientras existan millones de palestinos dentro y fuera de Gaza que reclaman esas mismas tierras.

La otra solución desesperada que algunos han propuesto es reunir a judíos y palestinos bajo un solo Estado que ocuparía todo el territorio. Pero la demografía sigue ahí: la mayoría de los habitantes de este Estado serían árabes y —– salvo que se extreme el apartheid que ahora existe en Israel— ese Estado ya no sería judío, ya no sería Israel.  

Foto: World Food Programe USA

De Oslo al 7 de octubre

Durante siete décadas se ha mantenido viva la ficción de “dos Estados”, una ficción que llegó a su punto máximo con los acuerdos de Oslo de 1993 y 1995. 

Pero el proceso de Oslo desembocó en un cuasi Estado palestino sin ejército, sin control de fronteras, sin soberanía internacional ni reconocimiento pleno, vigilado por Israel y administrado por la Autoridad Palestina. Arafat se resignó, pero no logró convencer a los nacionalistas palestinos de que esa rendición era un final aceptable para su historia milenaria.

Desde 2007, Gaza es la cárcel más grande del mundo. En 2023, antes del 7 de octubre, habían muerto más de 200 palestinos bajo fuego israelí, entre ellos 38 niños. Y así, entre humillación y desesperanza, resurgió el terrorismo como recurso de última instancia —y por supuesto del todo inaceptable—. 

Y entonces vino el 7 de octubre: brutal ataque terrorista de Hamás, que dejó 1.213 muertos y más de 250 secuestrados israelíes. Desde entonces han pasado veinte meses de liberación gota a gota de los sobrevivientes. Hoy quedarían 58 rehenes. 

Netanyahu y la gran mayoría de los israelíes exigen la devolución de estos rehenes para poner fin a los ataques, ocupación y bloqueo de alimentos que amenaza con matar a los 2,1 millones de palestinos en Gaza. Pero sucede que esos rehenes son la única y criminal defensa que le queda a Hamás, y por eso los hipócritas esfuerzos de paz de Estados Unidos, Egipto y Qatar no llevan a ninguna parte.

Limpieza étnica con visa americana

La historia está llena de expulsiones masivas justificadas por razones de Estado: los chechenos o los tártaros desplazados por Stalin, los alemanes de los Sudetes tras la Segunda Guerra Mundial, los armenios del Imperio otomano, los musulmanes de la India, los hindúes del Punjab, la Campaña del Desierto en Argentina, la Pacificación de la Araucanía en Chile,

el genocidio maya en Guatemala…Algunas se sellaron con tratados; otras, con balas. 

Lo que propone Trump —y apoyan muchos israelíes en público o en privado — es una limpieza étnica con visa americana, indemnizada y sin vergüenza. En sus propias palabras: “Vamos a sacar a los palestinos, darles dinero, y convertir Gaza en un resort”. La frase ofende, pero es más honesta que el discurso occidental de la “solución de dos Estados”, esa ficción que nadie cree, pero todos repiten.

Porque no hay dos Estados ni hay camino hacia ellos. Lo que hay es un Estado poderoso, armado y reconocido (Israel), y un pueblo confinado, dividido y despojado (Palestina). Y lo que hoy está sobre la mesa son estas tres iniciativas: 

-La reactivación eventual del proceso y los acuerdos “de Abraham” auspiciados por el primer gobierno de Trump para reconciliar los países del Golfo con Israel —–que viene a ser el último tornillo en el ataúd del pueblo palestino abandonado por sus hermanos árabes —. 

-El “plan de posguerra” de Netanyahu, que incluye demolición masiva, control absoluto de tierra, mar y aire, policía desarmada, escuelas con “desradicalización”, fronteras selladas, reconstrucción financiada por otros, sin palestinos armados, sin autonomía y sin historia. Una ocupación disfrazada de administración tecnocrática.

-79 días de bloqueo revivido que deja sin agua, luz, medicinas o alimentos a la franja de Gaza, finalmente seguidos por una “intervención humanitaria” auspiciada por Estados Unidos e Israel con abierta oposición de Naciones Unidas porque viola los principios de independencia e imparcialidad de la ayuda, es decir que disfraza una operación armada en contra de Hamás.     

¿Genocidio o exilio?

Una injusticia no justifica otra injusticia. Este es el principio fundamental de la moral y del derecho, porque de otra manera, en lugar de moral y de derecho, tendríamos la guerra de todos contra todos. Y la ley del más fuerte. 

Por eso, los crímenes atroces de Hamás no justifican los crímenes aún más atroces de Israel. Si pensamos solamente en los sucesos recientes, hablamos de decenas de miles de muertos palestinos y millones al borde de la inanición, frente a los 1.213 muertos y 250 rehenes israelíes.

Aquí es donde la brutalidad de Trump toca una fibra moral más incómoda. Si la supervivencia del Estado de Israel implica el fin de Palestina, ¿qué es preferible? ¿El genocidio que hoy estamos presenciando en Gaza, con más de treinta cinco mil muertos, incluyendo más de diez mil niños, 1,8 millones de desplazados, hospitales bombardeados, hambruna acelerada? ¿O una salida pactada —aunque humillante— con pasaporte y cheques de por medio?

No se trata de justificar lo inaceptable, sino de reconocer la lógica que lo produce. Trump no inventó esa lógica; se limitó a enunciarla sin adornos—y a extremar la complicidad de su país con el gobierno de Israel—. 

Mientras tanto los demás líderes internacionales condenan las bombas, pero aprueban los fondos; llaman a la paz, pero bloquean la justicia. Trump, al menos, no pretende engañarnos.

¿Y los palestinos?

La cínica propuesta de Trump olvida que los palestinos no son piezas en un tablero geopolítico, sino personas con historia, identidad y dignidad (aunque algunos sionistas —incluyendo al actual embajador de Estados Unidos en Jerusalén— llegan al extremo de negar la existencia del pueblo palestino). 

No todos estos palestinos quieren irse. Muchas familias han vivido desde hace siglos en Gaza.  Pero después de tantos años —y tantos meses— de guerra, desplazamientos, hambre y muerte, ¿cuántos se negarían a aceptar el exilio como un mal menor? ¿Cuántos lo han hecho ya, sin necesidad de la oferta de Trump?

Lo que está en juego no es apenas una tierra, sino el derecho a existir en ella. Ese derecho ha sido sistemáticamente negado: y esto —más allá del tono ofensivo de Trump— es lo verdaderamente escandaloso de su cínica propuesta.

Una verdad incómoda

En resumen: lo que Trump propone es obsceno, pero es coherente. Coherente con la historia del conflicto, con la política de ocupación, con el racismo implícito y explícito que ha guiado la relación entre Israel y los palestinos. Es, paradójicamente, una solución menos inhumana que el exterminio por goteo que estamos viendo cada día.

Esa es la paradoja del realismo: cuando se despoja de hipocresía, revela verdades insoportables. 

Lo que ofende no es tanto lo que Trump dice, sino que tenga razón en lo que dice.

Le recomendamos: Guerra en Gaza: el camino de la autodefensa hacia la represalia

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Hernando Gómez Buendía
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* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.

1 comentarios

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Comentarios de “Gaza: menos peor el exilio que el genocidio”

  1. Hernando Gómez se pone un ropaje de realismo para que aceptemos un resultado que sólo lo dicta la impotencia: que Israel se salga con la suya llevando a cabo, a la vista de todo el mundo, una limpieza étnica, como la que han hecho otros pueblos a lo largo de la historia. Esta es, sin duda, una de sus peores columnas.

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