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Elecciones, de dónde y hacia dónde

Escrito por Hernando Gómez Buendía

hernando gomez buendiaUn análisis comprensivo y resumido de la transición que estamos presenciando y de las fuerzas que estarían explicando los cambios de tendencia en las encuestas. 

Hernando Gómez Buendía *

Una carrera de fondo y agitada

Entre el pasado 26 de febrero y el 20 de junio próximo -en menos de cuatro meses- los colombianos estaremos decidiendo si se mantiene o no el proyecto de país o el modelo político, económico y social que con carácter hegemónico nos ha regido durante ocho años. En virtud de este hecho:  

  • No nos hallamos ante unas elecciones de rutina o de simple rotación de funcionarios, sino ante la eventualidad de un quiebre histórico. Al fin y al cabo está en juego la continuidad o el desmonte del proyecto de sociedad más coherente y más radical que recuerden los votantes en Colombia.  
  • La proximidad de las elecciones irá intensificando y acelerando la carrera entre un impulso de apertura o deshiele que tiende a alejarnos del uribismo y las fuerzas potentes de contención que buscan mantener su vigencia. La cuestión es cuán cerca o cuán lejos del uribismo puro será el "aterrizaje", y qué tan suave o duramente aterricemos.      
  • La situación es de suma fluidez y las tendencias cambian rápidamente, lo cual por una parte aumenta la tensión y por la otra parte aumenta la incertidumbre.    

No es por lo tanto fácil -ni es mi intención- predecir los resultados de la primera o la segunda vuelta en la elección presidencial. Pero el proceso mismo está mostrando facetas sorprendentes de nuestra vida política y en mi opinión está sacando a luz ciertas verdades hondas o de "Colombia profunda". Por eso arriesgo aquí algunas hipótesis sobre el qué y el porqué de lo que está pasando, que en todo caso espero que ayuden a entendernos.    

Carrera en cinco etapas

Para apreciar mejor el ritmo y los sentidos de la transición entre Uribe y su sucesor es bueno examinar por separado las cinco decisiones sucesivas que integran el proceso electoral. Cada una de las cinco decisiones ha tenido o ha de tener un efecto diferencial decisivo sobre las etapas subsiguientes y sobre el resultado final del proceso. Los momentos en cuestión por supuesto corresponden a:

  • El fallo de la Corte Constitucional del 26 de febrero que declaró inexequible la ley 1354 de 2009, convocatoria del referendo para autorizar la segunda reelección del Presidente Uribe;
  • Las elecciones parlamentarias del pasado 14 de marzo;
  • Las consultas del mismo 14 de marzo para escoger los candidatos del Partido Conservador y del Partido Verde;
  • La primera vuelta presidencial del próximo 30 de mayo, y
  • (si fuera necesaria) la segunda vuelta presidencial del 20 de junio.

Banderazo imprevisto

La Corte Constitucional a mi manera de ver tuvo razón al declarar inexequible la ley de referendo por motivos de fondo y por vicios de procedimiento insubsanables. La arquitectura conceptual del fallo del 26 de febrero es impecable y su contundencia se vio reforzada tanto por el margen de la votación (7 contra 2) como por el voto concordante de la doctora María Victoria Calle, uno de los tres magistrados que fueran postulados por el propio presidente Álvaro Uribe.

Pero a nadie se escapa que la Corte Constitucional habría podido inclinarse en sentido contrario y adoptar, por ejemplo, los argumentos a favor del referendo que esgrimió el Procurador en su concepto tan extenso como bien documentado. Más aún, cabe decir que la Corte actuó de manera inconsecuente porque las mismas razones de fondo que impidieron la segunda reelección impedían la primera, y sin embargo en su fallo de entonces (sentencia 1040 de 2005) el alto tribunal rechazó ese argumento. O en todo caso -e independientemente de qué tan sólido fue el fallo en términos jurídicos- el politólogo y el historiador no pueden dejar de notar que la sentencia se produjo después de ocho años y numerosos episodios de confrontación abierta y estridente entre las altas cortes y el Presidente en ejercicio.

El punto que acá importa destacar es otro: con razón o sin ella (y afectados o no por las tensiones con el Presidente) fueron los jueces quienes pusieron punto final al intento de reelegir a Uribe para un tercer período. Ni Álvaro Uribe ni el uribismo fueron o han sido derrotados políticamente y no fueron los partidos políticos, ni el Congreso, ni los candidatos de oposición, ni las peleas internas del oficialismo, ni los medios masivos de comunicación, ni los cuatro "cacaos", ni los gringos, ni la opinión pública quienes frustraron la reelección de Álvaro Uribe. Muy al contrario: todo apuntaba hacia la aprobación popular del referendo y la victoria del actual Presidente en la primera vuelta del 30 de mayo.  

La gran mayoría de los colombianos dábamos pues por hecho que Uribe Vélez seguiría gobernando por otros cuatro años, de modo que el fallo de la Corte nos cayó de sopetón y dejó a sus amigos y adversarios en un despiste parecido al que uno siente al salir de matinée. El 27 de febrero comenzamos a restregarnos los ojos y la campaña electoral, que hasta entonces parecía surrealista y hueca porque "no estaba el que era", comenzó a despegar y la gente de repente descubrió que los candidatos eran de verdad los candidatos. 

Uribismo sin Uribe

Negada la reelección en un país abrumadoramente uribista, parecía obvio que el próximo Presidente tendría que ser el candidato señalado por Uribe. Pero el todo suele ser más que la suma de las partes, y sin Uribe el uribismo se redujo a sus partes. En otras palabras: las razones de popularidad del Presidente Uribe, que nadie habría separado si el candidato fuera el mismo Uribe, empezaron a contar y a jugar por separado, con lo cual se produjo un primer movimiento de deshiele.

Retrospectivamente surge entonces la pregunta de qué es "el uribismo" o de cuáles resortes sociales o simbólicos viene la fuerza enorme de este proyecto político. Echando mano de la literatura técnica, arriesgo acá la conjetura de que el arrastre electoral del uribismo se debe en parte a sus realizaciones y a sus "ofertas creíbles", en parte a los recursos de poder que acumula, y en otra parte a sus raíces en la psicología colectiva[1].

Hechos y ofertas. El Presidente lo repite hasta el cansancio: "seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social". Estos tres -aunque en orden descendente- son los logros tangibles de Uribe-Presidente en ocho años, y por lo mismo son las ofertas creíbles que Uribe-candidato habría encarnado. Pero en primer lugar y por razones obvias, estas ofertas son menos creíbles en boca de cualquiera que no sea Álvaro Uribe. En segundo lugar, ya sin Uribe, los precandidatos del oficialismo compiten por apropiarse de cada bandera (algo así como Vargas-seguridad o Arias-seguridad, Santos-inversión, Noemí-cohesión) y se descalifican recíprocamente para desconcierto del elector  raso. Y en tercer lugar -tal vez más importante- las tres banderas no necesariamente mantienen la vigencia que tuvieron hace cuatro o hace ocho años.

La última consideración se aplica de manera especial e importantísima a la consiga-eje del uribismo y a su motor emocional indiscutido: la "seguridad democrática" o más precisamente, el odio visceral hacia las FARC. Los colombianos seguimos odiando a la guerrilla, pero a estas alturas no es posible elegir a un nuevo presidente sobre la base de la rabia o el miedo a un enemigo que -tras ocho años de uribismo implacable- se encuentra o en todo caso tendría que encontrarse en un franco proceso de extinción.

Recursos de poder. El uribismo cuenta con tres fuentes principales de poder para llevar los votantes a las urnas:

  • En primer lugar y por supuesto cuenta con los poderes que Álvaro Uribe tiene como presidente y cuya concentración ha sido tan marcada en estos años (remito aquí a la enumeración que hace algún tiempo hizo Jorge Bustamante en Razón Pública). Estos recursos jugarán a favor del candidato final del uribismo, pero no tanto como lo habrían hecho por Uribe, por pudor, por la Ley de Garantías, porque podría ser que Uribe no confíe del todo en "su" candidato, o simplemente porque esta vez habrá dos caras en la escena. 
  • En segundo lugar está la fuerza de las maquinarias o el aparato electoral de los partidos uribistas, que sin duda y de lejos son capaces de movilizar más votantes que sus competidores dispersos o sumados. Y sin embargo el fragor de la campaña entre precandidatos o candidatos uribistas puede estar dejando heridas que implicarían menos entusiasmo del que las maquinarias habrían tenido para elegir a Uribe.
  • En tercer lugar está el apoyo decisivo de los grandes empresarios urbanos y rurales que han recibido tantos favores del gobierno y que seguramente endosarán al candidato del oficialismo. Pero lo harán entretanto y en tanto crean que ese candidato ganará las elecciones, porque los negocios son eso -los negocios.

Arraigo en la cultura. El uribismo como proyecto político tiene además sus códigos simbólicos y sus formas peculiares de operación, como decir el estilo frentero, el pragmatismo a rajatabla, la descalificación del adversario, el paternalismo, o la apelación al complejo pre-moderno que se resume en el eslogan patria, familia, religión y propiedad. Esta matriz de valores corresponde y se apoya sobre la mezcla de "materialismo atávico" y "tradicionalismo religioso" que predomina entre los colombianos (en especial los más viejos y los oriundos de ciertas regiones) y que hace un par de semanas analizó Jorge Gaitán en Razón Pública. Con esto quiero indicar que el uribismo tiene raíces hondas  en la psique colombiana y que por eso su vigencia no se reduce al carisma ni a la mezcla peculiar de virtudes y defectos que ha mostrado el señor Álvaro Uribe.

Pero ese mismo sustrato de valores sin duda pone al uribismo en tensión con otras vetas de la psicología colombiana y con grupos sociales más o menos bien definidos y extendidos. Esto a mi juicio explica por qué el debate de la sucesión se ha ido concentrado e incluso reduciendo a la cultura, y por qué quedan de lado los asuntos más mundanos y al menos en apariencia más urgentes o "importantes" de la agenda colombiana. Como Gramsci observó desde hace tiempo, la hegemonía o el ocaso de un proyecto social se deciden primera y quizás finalmente en el plano "inmaterial" de la cultura.

En este plano residiría pues la fortaleza principal, pero también la principal debilidad del  uribismo. La punta del iceberg en este caso han sido las prácticas non sanctas o francamente oscuras que -sin obstar las negativas, explicaciones, contradenuncias y pataletas del alto gobierno- se han venido filtrando a la opinión y han ido carcomiendo su reputación con la insistencia lenta de la gota de agua. Los ires y venires de Ralito y el proceso de "justicia y paz", las peripecias de la parapolítica, la "yidispolítica", los mal llamados "falsos positivos", las peleas estridentes con los jueces, los negocios de Jerónimo y Tomás, los cargos o condenas de parientes o allegados del jefe de Estado, los regalos de AIS, las historias de INCODER y las "chuzadas" del DAS son demasiado recurrentes y demasiado graves en sí mismas como para que todo mundo siga creyendo todo durante todo el tiempo.

Ayudados por el fallo de la Corte, los dudosos dieron paso a sus dudas y empezaron a oír las minorías morales que desde siempre y con vigor nos negamos a ignorar o a excusar los horrores anexos al proyecto uribista porque eran simples "gajes", "daños colaterales" o costos tolerables ante el imperativo de acabar con las FARC.          

Por todo lo anterior, el 27 de febrero muchos sentimos que un pedazo de hielo se había desprendido del uribismo duro y que este cuerpo empezaba a flotar a la deriva. Pero nadie sabía ni podía calcular la magnitud del desprendimiento, ni su profundidad, ni sobre todo la dirección que iría tomando con el paso de los días.

La elección del Congreso

A sólo dos semanas de caído el referendo, los colombianos elegimos al nuevo Congreso. El resultado principal fue la victoria nítida del uribismo, que acaparó las dos terceras partes de los votos (gráfico 1). La explicación más sencilla de semejante triunfo fue la inercia, o sea que -a pocos días de salir del matinée– los caciques y activistas políticos siguieron apostándole, como acostumbran, al caballo ganador, que entonces era (y sigue siendo) el candidato del oficialismo. Es más: los antiuribistas declarados -el Polo y el Partido Liberal- perdieron tres renglones de Senado y casi un sexto de su fuerza en las urnas. Y sin embargo también el uribismo (suma de la U, conservadores, Cambio Radical y PIN) registró algún desgaste (tres puntos porcentuales por debajo de las parlamentarias anteriores) y el Partido Verde -los independientes- se quedó con los cinco senadores que perdieron el uribismo y el antiuribismo. Era el saludo inicial de la opinión a una propuesta cultural alternativa.

                Gráfico 1. Composición por tendencias: Ganó el uribismo de hoy, ¿y mañana?

senado_2006
 

senado_2010

Las consultas

Creímos muchos (e incluso escribí yo) que la consulta "interna" del conservatismo  vendría a ser el evento crucial de la campaña, porque por ese tiempo Noemí parecía "la única  capaz de derrotar a Santos"[2]. Pero la cosa resultó más complicada debido a que Sanín ganó pero perdió en la consulta:

  • Ya de por sí la estrategia electoral de Noemí Sanín era (y seguiría siendo) bastante alrevesada, porque se basa en una especie de uribismo mendicante, de presentarse como triple A cuando Uribe la trata como B. Una victoria clara en la consulta habría sin embargo  mejorado la posición de Sanín y habría ampliado su margen de maniobra.
  • Pero los incidentes durante la consulta acabaron de enredarla. Por una parte al competir con Arias -el candidato in pectore de Uribe y el que le daba mejores garantías en el terreno personal y político (por eso es "Uribito")- la candidata tuvo que moverse a la derecha, en una contorsión adicional que dificulta su llamado eventual al uribismo moderado y a los no uribistas en la primera y en la segunda vuelta frente a Santos. Por otra parte su pelea tan ácida con Arias, el torpedeo desde Casa de Nariño, las demoras de la Registraduría y los informes oscilantes de los medios la dejaron debilitada tanto ante la opinión como entre la maquinaria de su propio partido.

En cambio la consulta que parecía menos importante acabó siendo el punto de inflexión en estas elecciones. Por ese entonces nadie daba un peso por un gobierno Verde y a duras penas se esperaba que Fajardo diera la cara por los independientes. Y sin embargo se abrió una ventana para los "tres tenores": el prestigio sumado de sus alcaldías y el ejemplo -¡por fin!- de un trabajo en equipo, atrajeron a 1,8 millones de personas a una consulta donde podían votar sin perjuicio de sus propios partidos y darle la bienvenida a una propuesta de carácter "cívico". En una campaña caballerosa y sin maquinarias, Mockus logró imponerse  por un margen amplio, tal vez por ser el que aparece como más "anti-político", tal vez porque se ubica a la derecha de Lucho Garzón pero a la izquierda de Enrique Peñalosa.   

¿Santos contra quién?

Desde que la campaña comenzó hacia octubre o noviembre del año pasado, el segundo lugar en las encuestas ha sido ocupado sucesivamente por Fajardo, por Sanín y por Mockus. Pero Juan Manuel Santos se ha mantenido en el primer lugar desde un comienzo y a estas alturas sigue siendo el más probable sucesor de Álvaro Uribe. La explicación es obvia: Santos aguantó más que Vargas y más que Noemí, Santos tiene más trayectoria que "Uribito", y Santos es un Santos. Candidato por exclusión o por querer de las alturas, su campaña se reduce a lograr que la gente lo confunda con Uribe, su estrategia consiste en que Uribe (y no él) aparezca en TV, y su única tarea es evitar que esa enorme mayoría de uribistas se esfume en la abstención o se pase a otras toldas. Si a esto se añade la falta de carisma, se entiende por qué Santos concentra su campaña en tejer tratos con los que ponen votos y en almorzar a solas con los grandes empresarios.

Una vez definido el "sucesor natural" de Álvaro Uribe, la pregunta vino a ser contra quién se enfrentaría y el interés se desplazó a la competencia por el segundo lugar en la primera vuelta electoral (los cambios en el ranking pueden verse en el gráfico 2):

                    Gráfico 2. Evolución de la intención de voto por cada candidato

                              resultado

  • En un país polarizado tan intensamente, la ortodoxia indicaba que el contra-candidato debería provenir de la oposición, y que Petro o Pardo eran los indicados para el segundo lugar. Pero la fuerza del uribismo y el prestigio de Uribe son tan grandes que quien base su campaña en atacarlos de frente y por sistema pierde en vez de avanzar. En un hecho notable y paradójico, el "campo" anti-uribista se ha estrechado tanto que el Polo y el liberalismo retrocedieron en las parlamentarias, y que sus candidatos tienen aún menos apoyo en las encuestas del que sus partidos tuvieron en las urnas.
  • La alternativa, por demás extraña, pasó a ser pues que el contra-candidato surgiera desde el propio uribismo y que pudiera ser más atractivo que Santos para los uribistas tibios y los antiuribistas. Esta fue "la carta" Noemí Sanín, que en efecto se sostuvo en el segundo lugar durante un tiempo y que como vimos acabó enredada en sus extrañas contorsiones.
  • Quedaba la opción de los independientes, de los uribistas que sin embargo son radicalmente anti-uribistas en el plano medular de la cultura y de la ética política; de los anti-uribistas que sin embargo son radicalmente uribistas en entender que los colombianos aspiran en primer lugar y sobre todo al orden. En la oferta de cambiar la búsqueda del orden por la fuerza y a las malas por una búsqueda de orden por la ley y a las buenas, radica en mi opinión el secreto de la "ola Verde" que  recorre al país a partir de los jóvenes, de las ciudades y de los más educados. Fue la opción que al principio entrevió Sergio Fajardo y que le mereció su buen comienzo en las encuestas. La opción que de manera más creíble, mejor articulada y más organizada encarna Mockus, y que lo ha hecho saltar en las encuestas de 9 a 29 puntos porcentuales en un par de semanas.  

 Y aquí vamos: luego de una serie de "ensayos y errores", el candidato capaz de disputar con Santos el segundo o hasta el primer lugar en la primera vuelta electoral casi seguramente se llama Antanas Mockus.

La recta final

Podría ocurrir que ante la alarma Uribe meta baza y que mueva sus fichas para que Santos repunte o incluso gane en la primera vuelta. Podría ocurrir que Santos, al revés, se desplome, y que la "ola Verde" elija a Mockus este 30 de mayo. Pero estos dos impulsos tienden a cancelarle mutuamente y hay además otros cuatro candidatos con partido -Conservador, Liberal, Polo y Cambio Radical- que por ser de partido (y porque deben plata) no pueden retirarse antes de la primera vuelta electoral y captarán algo así como una tercera parte de los votos. O sea que muy probablemente habrá que ir a la segunda vuelta.

El favorito en la segunda vuelta también sería Santos, y así lo confirman las dos encuestas de esta misma semana (IPSOS-Napoleón Franco: Santos 45%, Mockus 37%; Datexco-CMI: Santos 49%, Mockus 44%).  Este favoritismo se basa en dos razones simples: que Santos va punteando en los sondeos, y que en segunda vuelta recogería en principio a todo el uribismo. Por esto mismo una victoria de Mockus no es posible sin que logre atraer a un buen número de votantes uribistas, lo cual implica que el final de esta historia va a depender de qué tanto haya sido el desencanto de los propios ciudadanos uribistas con esas "prácticas non sanctas o francamente oscuras" del uribismo al través de los años.

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

 Notas de pie de página


[1] El peso relativo de estos factores es por supuesto debatible y cambiante, pero el de cada uno ha sido bien documentado. Ver por ejemplo y respectivamente los trabajos de J. M. Enelow y Michael C. Munger (1993): "The elements of candidate reputation: The effect of record and credibility", Public Choice, 77, 4: 757-772; D.M. Bernhardt y D.E. Ingberman (1985):"Candidate reputations and the incumbency effect", Journal of Public Economics, 27: 47-67, y T. Brader (2006):Campaigning for hearts and minds: how emotional appeals in political ads work, University of Chicago Press. 

 [2] ¿Qué se decide hoy? Encuéntrelo en Razón Pública   

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