
La reforma del Código Penal
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La cárcel es el infierno, y por eso el ministro de justicia quiere hacerlo más humano. Pero la cuestión de fondo es quiénes van a ese infierno.
Hernando Gómez Buendía*
Basta leer alguna crónica periodística o visitar una cárcel para captar la magnitud de la tragedia: decenas de personas enjauladas en celdas o apiñadas en patios de cemento, que pasan el día sin hacer nada, no tienen privacidad, comen pésimamente, usan baños nauseabundos, tienen que pagarle al guardia para usar un celular y están expuestas a la brutalidad de los matones de turno.
Con variaciones de grado, esa es la vida diaria de 97.840 hombres o mujeres detenidos en centros penitenciarios, y la de otras 21.000 personas que hoy se encuentran en las URI (Unidades de Reacción Inmediata). Teóricamente hay “cupo” (camarote en una celda) para 82.232 reclusos, o sea que entre 15 y 35 mil personas no tienen ni siquiera espacio físico.
Basta leer alguna crónica periodística o visitar una cárcel para captar la magnitud de la tragedia: decenas de personas enjauladas en celdas o apiñadas en patios de cemento, que pasan el día sin hacer nada, no tienen privacidad, comen pésimamente, usan baños nauseabundos, tienen que pagarle al guardia para usar un celular y están expuestas a la brutalidad de los matones de turno.
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Estas reformas se basan en dos tipos de argumentos que no es bueno confundir. Por una parte y ante todo se trata de la ideología de “mano blanda” frente a la ideología de “mano dura” en materia penal: hay quienes piensan en los derechos humanos del encarcelado y hay quienes piensan en el daño a las víctimas del crimen. A esto, infortunadamente, se ha reducido el debate sobre el proyecto del ministro Osuna, como sugiere por ejemplo la “movilización contra la impunidad” que convocó Claudia López en protesta por la idea del gobierno.
Y mientras tanto queda la cuestión de fondo. La cárcel es un horror en todas partes de mundo, es el infierno de cada sociedad (basta verlo en las películas), que por eso no reeduca ni tampoco reconcilia; bien está pues que el ministro quiera aliviar nuestro infierno. Pero, igual, la cárcel es la obscena consecuencia de que haya criminales que merecen el castigo o son un peligro público; por eso la cuestión esencial es la de quién va a la cárcel.
Y mientras tanto queda la cuestión de fondo. La cárcel es un horror en todas partes de mundo, es el infierno de cada sociedad (basta verlo en las películas), que por eso no reeduca ni tampoco reconcilia; bien está pues que el ministro quiera aliviar nuestro infierno. Pero, igual, la cárcel es la obscena consecuencia de que haya criminales que merecen el castigo o son un peligro público; por eso la cuestión esencial es la de quién va a la cárcel.
En un país donde nueve de cada diez delitos se quedan en el oscuro, donde el 40% de los presos no han sido sentenciados, donde la probabilidad de ser absuelto es 80% mayor si usted puede pagarse un abogado, donde las masacres y los secuestros y los falsos positivos no se castigan con cárcel…el proyecto de reforma y el debate que estamos presenciando es volver a discutir los problemas que no son y con los argumentos que no son.
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Acerca del autor
Hernando Gómez Buendía
* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
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