Viejos y nuevos partidos políticos: todo cambia para que nada cambie - Razón Pública
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Viejos y nuevos partidos políticos: todo cambia para que nada cambie

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendía

Hernando Gomez BuendíaU, Partido Liberal, Cambio Radical, Partido Conservador, PIN, Polo Democrático y Partido Verde son los nombres actuales de una historia larga de partidos que llegan al poder pero corrompen e intentos de partidos de opinión que no llegan al poder y se disuelven. Qué son, de dónde vienen, por qué prosperan, por qué fracasan y para dónde van los partidos uribistas, los santistas y los alternativos en Colombia.

Hernando Gómez Buendía

Doble fracaso

Colombia es un país de partidos. Pero los partidos viejos han fracasado estrepitosamente y los intentos de crear partidos nuevos siempre fracasan muy ruidosamente.

  Para decirlo de modo más sobrio y más preciso, los partidos de maquinarias tienen éxito porque llegan al poder, pero fracasan porque llegan corruptos. Y los partidos de opinión son refrescantes, pero desaparecen sin lograr casi nada.

  La historia de los partidos viejos y los muchos intentos de crear partidos nuevos es por supuesto larga y complicada. Por eso, a la manera de una simple hipótesis para entender mejor lo que está sucediendo en los partidos, comienzo por apretar en unas líneas las que podrían ser claves históricas sobre el origen, el papel y la dinámica de los partidos políticos en Colombia.

  La hipótesis

Diré pues que los partidos colombianos nacieron y han vivido sobretodo en función de las regiones. Su origen se remonta al siglo XIX –y a las guerras civiles del siglo XIX– cuando Colombia –una “nación a pesar de sí misma”– no era un país sino mejor una serie de regiones donde terratenientes y clases altas locales trataban de controlar y utilizar la mano de obra local, para lo cual entraban en alianzas con las élites de las otras regiones, armando dos coaliciones que habrían de llamarse los partidos.

  Cada coalición estaba dirigida por jefes regionales o caudillos militares que movilizaban a sus propios trabajadores y campesinos en los intentos pacíficos o violentos de acceder al gobierno central en la remota ciudad capital. De aquí viene el carácter “policlasista” de los partidos tradicionales de Colombia.

  El Estado central era débil por el regionalismo y porque a las elites regionales les interesaba que no fuera fuerte. El ejército nacional era igualmente débil, y las elites locales mantenían sus propios ejércitos. Por eso no hubo el pacto directo entre el Estado central y las clases populares, como se dio digamos en Argentina o en Francia. Aquí la relación entre el centro y las regiones fue intermediada o monopolizada por los dos partidos de gobierno.

  En homenaje a ellos hay que decir que los partidos de gobierno fueron –y todavía en algún grado siguen siendo– el mecanismo principal de la (precaria) unidad de Colombia. En contra de ellos hay que decir que esta unidad se basaba en repartir los recursos del centro, en el revuelto entre “inversiones regionales” y clientelismo raso que hicieron (y hacen) del Estado un botín a repartir entre los ganadores. No tuvimos –ni tenemos todavía– un Estado de lo público y ni siquiera de lo mayoritario.

  Las coaliciones enviaban sus representantes a Bogotá y por eso tenemos partidos de parlamentarios, mejor dicho los partidos de gobierno son esencialmente clubes de parlamentarios. Al mismo tiempo y sin embargo el presidente se fue volviendo más y más importante (Núñez marcó el punto de quiebre), de suerte que el mismo podía (y puede) ser un acto decisivo en la conformación o en la evolución de los partidos políticos.

  Como tal vez habrán notado los lectores, este cuadro no es muy distinto del actual – regiones, caciques, ejércitos privados, clientelismo, clubes parlamentarios, y presidente-jefe. Lo nuevo o más o menos nuevo es el peso creciente de las grandes ciudades, la clase media educada, los medios de comunicación masiva, o por mejor decir, de “la opinión”, que sin embargo ya existía y pesaba en el siglo XIX (por ejemplo en las Sociedades Democráticas de los artesanos que jugaron un papel decisivo en los 1850s), y que además sigue siendo muy minoritaria (digamos que en promedio, a la hora de votar en las presidenciales, las maquinarias aportan unos siete votos por cada tres que suma “la opinión”).

Cambio de nombres

En esta etapa de la historia colombiana, los partidos de gobierno son por supuesto aquellos que conforman la coalición de Unidad Nacional –la U, el Partido Conservador, el Partido Liberal y Cambio Radical–; y los partidos nuevos que están haciendo aguas son por su parte los Verdes y el Polo Democrático Alternativo.

  Los partidos de gobierno fueron antes el Liberal y el Conservador, que desde mediados del siglo XIX –desde los 1840s, según los estudiosos– y bajo nombres a veces diferentes (“radical”, “republicano”, “nacional”…) se disputaron, se turnaron o se repartieron el acceso al poder hasta hace apenas unos pocos años.

  La novedad principal de los últimos años ha consistido en otro cambio de nombre: el partido liberal pasó a llamarse “partido de la U”, y las facciones del liberalismo que siempre han existido (oficialismo, gaitanismo, turbayismo, Nuevo Liberalismo…) ahora se llaman la U, Cambio Radical, Partido de Integración Nacional (PIN) y, cómo no, Partido Liberal Colombiano (PLC- el de Gaviria y Rafael Pardo).

  Por vez primera en cosa de cien años, sucedió que la disidencia liberal (la de Uribe) se convirtió en mayoría, pero la minoría se quedó con el rótulo del PLC, con la casona de la Dirección Nacional y con la personería jurídica del partido.

  Dos partidos y un jefe

Esto se debió sin duda a que Uribe fue un terremoto político. Su dureza ante las FARC lo hizo ganar dos elecciones seguidas, por mayorías absolutas, y sin ser el candidato de un partido en el gobierno: barrió al Partido Liberal de Serpa en 2002 y en 2006, barrió aun más al Conservador con Juan Camilo Restrepo en 2002 y sin candidato oficial en 2006.

  Tanto así que esos dos partidos de gobierno –partidos que solamente existen y subsisten en tanto sean el gobierno– se plegaron mansamente al gobernante:

  -Los cuatro ex presidentes liberales pretendieron que Uribe se declarara jefe del Partido para poder seguir siendo el partido de gobierno. Al otro día del descalabro de Serpa, López Michelsen dijo socarronamente que las llaves de la Dirección Nacional había que entregárselas a Uribe; Turbay, el ultra-derechista, apoyó a Uribe contra Serpa en 2002 y lanzó el Movimiento Patria Nueva para apoyar su reelección en 2006; Samper, muy en carácter, fue al extremo de aceptar el sacrificio de la Embajada en París (su pupilo Horacio Serpa ya había aceptado la Embajada ante la OEA), y Gaviria le envió la Misión de la OEA para legitimar la hasta entonces mundialmente impotable negociación con los paramilitares[1]. Uribe sin embargo, los mandó cada vez al quinto infierno y los dos ex presidentes que aún viven, Samper y Gaviria, acabaron trasteando sus rencillas al interior del hoy disminuido Partido Liberal.

  -Y del Partido Conservador hay menos todavía que decir. En 2002 sus jefes regionales apoyaron a Uribe y le jugaron sucio a Juan Camilo; en 2006 se sumaron sin más al carro del gobierno para poder seguir estando en el gobierno. En su defensa habría que notar que Álvaro Uribe desde siempre había sido un liberal muy antiliberal y que ganó por ser conservador; en contra suya habría que añadir que ese apoyo no lo dieron por ideas sino para tener migajas del poder.

Uribe contra los partidos

No tengo mucha necesidad de ahondar en la antipatía del presidente Uribe hacia la idea misma del partido político. Esta hostilidad lo acompañó desde su tiempos incómodos como parte y no parte del oficialismo antioqueño que por entonces encabezaba el gran cacique liberal Bernardo Guerra Serna, hasta los tiempos gloriosos cuando otro, digamos, pensador antioqueño, acuñó para él la teoría del “Estado de opinión”.

  En el medio me bastará recordar su famoso discurso inaugural, nada menos que ante el Foro Interamericano de Partidos Políticos, reunido en Cartagena en noviembre de 2003, cuando dijo o casi dijo que “la democracia no necesitaba de partidos”[2] porque lo importante era la relación directa entre el pueblo y el gobernante o, usando un eufemismo que no lo hiciera sonar como Il Duce, que la democracia participativa es muy superior a la representativa. Mejor lo cito:

  “Los pueblos, en determinadas circunstancias, pueden vivir sin los partidos… La participación ciudadana directa puede darse por intermedio de los partidos y a través de todas las formas posibles y legítimas de organización como gremios, sindicatos, agrupaciones religiosas, ONGs y asociaciones en general… (En una democracia de partidos –y aquí Uribe cita con aprobación a Gustav Radbruch, el controvertido jurista alemán) ´los electores no son libres, no son personalidades individuales, sino miembros o seguidores de un partido… el diputado no es una personalidad solamente vinculada a su conciencia y sometida al mandato imperativo, sino que es un ejemplar del género partido…´. Para evitar el abuso que denuncia el filósofo y jurista, los partidos requieren estar integrados por seres humanos, pero que sean libres. Y para garantizar esa libertad el individuo debe disponer de la posibilidad de la militancia partidista o de la participación directa en las tareas públicas, de manera combinada o excluyente”.

  No era pues raro que Álvaro Uribe se abstuviera de crear un partido político que en una democracia de verdad es la única manera de apostarle a un proyecto de Nación, o aún de que la obra iniciada por el “hombre de las dificultades” (una expresión que él usó en referencia velada a sí mismo en el discurso que vengo de citar) se continúe tras la muerte del caudillo: Uribe se contentaba con la primera, la segunda reelección o tal vez la tercera porque su año-consigna por alguna razón era el 2019.

Los partidos uribistas y santistas

Pero si el jefe no creó partido, sus seguidores más ambiciosos aprovecharon la inmensa popularidad de Uribe para crear sus propios “partidos”, y los congresistas, esposas de congresistas e hijos de congresistas, casi todos liberales, se trastearon sin problemas ni reatos a las toldas del flamante Partido Social de Unidad Nacional (nombre que nadie conoce porque es la U por la “u” de… Usted sabe), a Cambio Radical y a otros de menos grata mención que se llamaron Convergencia Ciudadana, Colombia Democrática y Movimiento Colombia Viva, reconvertidos en la Alianza Democrática Nacional (ADN) que resultó ilegal y el Partido de Integración Nacional (PIN) que se sacó nada menos que 9 senadores o sea el tercer lugar en las votaciones del año pasado.

  El Partido Conservador, como dije, se trasteó al uribismo con sus ganas de puestos y sus pocas ideas –mejor dicho las (pocas) ideas de Uribe eran sin duda muy conservadoras; Alas Equipo Colombia fue una disidencia táctica mezclada entre el conservador Equipo Colombia del ex gobernador de Antioquia Alfredo Ramos y Alternativa Liberal de Avanzada (ALAS) de los emproblemados señores Araújo, que acabó por volver a las toldas azules.

  Y con esto concluyo la sopa de letras:

  • Tome usted los anteriores partidos uribistas;
  • Reste los que se disolvieron o perdieron la personería;
  • Saque (o medio saque, no sabemos) al PIN que es digno de esconder,
  • Y súmele el glorioso Partido Liberal,

para tener la Unidad Nacional y entender a las claras qué pasó, por qué pasó y cómo están jugando los partidos de gobierno, a medio andar entre la sombra de Uribe y el sol de Santos que ahora alumbra el horizonte.

  El futuro de estos partidos de gobierno es previsible: volverán a juntarse bajo el amplio paraguas del Partido Liberal, porque nacieron de él y porque les conviene. El presidente Santos tiene, claro, el problema de que él mismo inventó el partido de la U para llegar a ser el sucesor de Uribe; pero tiene un problema peor, que es Uribe, y la manera simple de acabar de quitárselo de encima es recibir las llaves de la casa de la Dirección Nacional que les están ofreciendo, porque Uribe no vuelve ni muerto a un partido, menos aún a uno que no quiere.

Mal partidos

Pero volvamos al punto de fondo. Los dos partidos viejos eran y siguen siendo los partidos de gobierno: ellos y solo ellos son capaces de reunir los votos necesarios para ganar las elecciones nacionales (en elecciones locales las cosas pueden ser distintas). Pero este éxito electoral es el anverso de una medalla cuya otra cara es la insufrible corrupción del sistema político –vale decir, es el fracaso estruendoso de Colombia.

  Estamos pues ante un contrasentido o cuando menos ante una extraña paradoja: la mayoría de la gente vota por partidos que se oponen y carcomen el interés mayoritario de la gente.

  La idea de los partidos –partes– precisamente significa lo contrario: para evitar los abusos de los elegidos, la sociedad se divide en partes o partidos que se vigilan y compiten por tener la mayoría –o sea por encarnar y defender el interés mayoritario de la gente.

  ¿Cómo explicar la rareza de Colombia? Creo yo que la clave está en la historia, o más concretamente, en la hipótesis que esbocé más arriba y cuyo punto nodal es la dificultad que han tenido los partidos para captar o reflejar las partes –quiero decir las grietas– verdaderas que objetiva y subjetivamente deberían expresarse y tramitarse mediante la política.

  Los colombianos estamos divididos en partidos, y eso es bueno; pero las divisiones no son las adecuadas, y es lo malo.

  Digamos, para el caso, que en otros muchos países, los partidos nacieron y siguen asociados con diferencias de clase, de etnia, de lengua, de adscripción religiosa, de cultura (moderna / anti-moderna) o de otras grietas sociales muy profundas –como sería hoy la que separa a amigos y adversarios de la globalización. Y digamos en cambio que en Colombia los partidos de gobierno –sobre todo el liberal, el mayor desde hace 70 años y el que sigue en el poder bajo otros nombres– es un ómnibus que carga o pretende cargar los pasajeros de ambos lados de todas esas grietas.

  El resultado es por supuesto que las grietas no quedan reflejadas por el sistema político y sus tensiones no pueden resolverse mediante la política (nuestra historia inveterada de violencia tiene mucho que ver con esto). En Colombia hace tiempo que existen elecciones (“la democracia más antigua y estable de América Latina”) pero nunca o casi nunca ha existido la política.

  Y la manera de ser un ómnibus es ocultar, o tratar de ocultar, o por lo menos dejar colgada a la entrada la identidad de los votantes en función de las grietas que sí importan: su clase social, su raza, su concepción moderna o anti-moderna del universo… En vez de ello los partidos de gobierno apelan al interés particular, concreto e inmediato del votante: es el contrato que llamamos “clientelismo”, que a menudo es más sutil de lo que dicen los medios, y que explica por qué solo el gran clientelismo puede ganar las grandes elecciones, como también por qué los grandes partidos de gobierno son intrínsecamente corruptos.

Los nuevos, también partidos

No todos los que votan azul o rojo son por supuesto fichas del clientelismo. Hay, calculé atrás, un 30 por ciento o cuando más, un 35 por ciento de votantes independientes o, mejor, “de opinión”, que se mueven por ideas, imágenes o emociones asociadas con su ubicación respecto de las grietas sociales más profundas (su clase social, su origen étnico, su visión del mundo…).  

Los candidatos de partidos de gobierno –Santos, Pastrana, Uribe claro está…– buscan y suelen arrastrar parte o mucha de esta franja de opinión, y sus victorias por eso pueden ser arrolladoras. Pero también por eso se vuelve aun más opaca la expresión de las grietas mediante la política.

  Lo cual por otro lado les recorta el espacio a los partidos que intentan apelar a esas grietas y que por eso mismo son minorías en Colombia:

  • un partido religioso como el Movimiento Político de Renovación Absoluta (MIRA),
  • un movimiento étnico como la Alianza Social Indígena (ASI –que en estos mismos días, y el cambio es elocuente, pasó de ser “indígena” a ser “independiente”),
  • un partido de clase como de alguna forma trató de ser el Polo, y
  • un partido de cultura como el Verde.​

Estos partidos o por mejor decir, intentos de partidos sin duda alguna refrescan la política, hacen salir a flote las identidades y nos dejan asomar a un proyecto de país alternativo.

  Pero no pueden llegar al poder, precisamente porque son minorías. Entonces optan, ora por quedarse en lo suyo (los partidos cristianos, los indígenas hasta el cambio de nombre, los partidos clasistas de la vieja izquierda tipo MOIR o Partido Comunista) ora por tratar de crecer mediante alianzas que a poco andar se rompen por hechizas:

  -Es el caso del Polo Democrático Alternativo, que intentó amalgamar la izquierda intelectual, la burocracia sindical y la ANAPO familiar- populista, para acabar en la ruptura lánguida que estamos presenciando.

  -Es igualmente el caso de los Verdes que sobre un dudoso aparato pre-existente, quisieron aunar las voces de la ciudad más moderna (cuatro ex alcaldes creativos), pero acabaron rotos ante el dilema de mantener la marca cultural que suscitó la “ola verde” en cabeza de Mockus o asegurarse una cuota de poder en alianza con los partidos de gobierno (Peñalosa).

  Y el futuro de los partidos de opinión es igualmente predecible: el Polo y el Verde dejarán de existir en unos años o quizá en unos meses, y otros partidos nuevos seguirán intentando enderezar, por fin, la historia de Colombia.

O sea, como dije, que afortunadamente somos un país de partidos pero infortunadamente de partidos fracasados.  

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

Notas de pie de página


[1] Misión creada el 6 de febrero de 2004 (http://www.cidh.oas.org/countryrep/Colombia04sp/informe.htm

[2] Así resume el discurso Juan Fernando Londoño en “Partidos Políticos: Más, Menos o Mejores”, Política Colombiana, Agosto-Septiembre de 2010, p. 9.

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