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Drogas: el confuso debate de la legalización

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

hernando gomez buendiaLa imprecisión del debate y la confusión entre tipos de drogas, etapas del proceso y formas de “legalizarlas”, pueden provocar efectos contrarios a los que buscan los progresistas: que la ortodoxia imperante se cierre a la banda y que crezca el mercado para bien de los capos. Falta estrategia y sobra ingenuidad.

Hernando Gómez Buendía

Una idea vaga

Pero “legalizar las drogas” es una idea tan vaga que no conduce a ninguna parte, y tan confusa que el tiro puede salirles por la culata a quienes piden el cambio de políticas. Por increíble que parezca, ni en las cumbres presidenciales ni en el debate que ha venido creciendo en estos días, se ha empezado por aclarar tres “detalles” esenciales.Que la prohibición solo ha servido para llenar de sangre y corrupción a los países productores. Que la guerra fracasó porque la gente sigue consumiendo drogas. Que el problema es de los gringos. Que cada quien puede hacer lo que quiera con su propio cuerpo… Son los argumentos progresistas, nacionalistas y bastante populares que en estos días se oyen en labios de presidentes, analistas y gente de la calle para pedir “la legalización de las drogas.”

Tres precisiones elementales

En primer lugar, de cuál o cuáles “drogas” estamos hablando. La lista de sustancias químicas que afectan la conducta, la percepción, el juicio o las emociones es bastante larga y bastante discutida. También lo es la lista de sustancias “narcóticas”, y tanto así que hoy dependemos de una clasificación arbitraria: en Occidente son legales el alcohol, el tabaco, estimulantes menores y otros fármacos (por ejemplo metadona) pero estos solo bajo prescripción médica; según las Convenciones mundiales por su parte, son ilegales todos los demás “estupefacientes” y en especial aquellos que se consideran “adictivos” (derivados del cannabis o del cáñamo, metanfetaminas, crack, heroína, morfina, éxtasis, LSD, hongos alucinógenos…).
Cada una de las sustancias actualmente prohibidas tiene (o parece tener, porque también hay controversias al respecto) efectos diferentes sobre la salud física y mental, tiene consumidores distintos y tiene países de origen distintos. Y bajo estas circunstancias legalizar, digamos, la marihuana, la cocaína, el opio o las anfetaminas no se parecen ni remotamente.

Pero “legalizar las drogas” es una idea tan vaga que no conduce a ninguna parte, y tan confusa que el tiro puede salirles por la culata a quienes piden el cambio de políticas.

En segundo lugar, de cuál fase del proceso se está hablando. En el caso de las sustancias de origen vegetal –que son las del problema para América Latina– una cosa son los cultivos de coca o de amapola (en el caso de México, también de marihuana), otra es la producción y exportación de cocaína o de heroína, otra distinta es el narco-menudeo, otra el consumo y aún otras son el tráfico de precursores o el lavado de activos.
Parte importante del absurdo en que nos encontramos es la incongruencia entre la idea del “adicto” —percibido más bien como un enfermo o una víctima— y la del criminal, que “se limita” a darle lo que el consumidor le pide; de esta manera un contrato de “ejecución inmediata y simultánea” (según dice el Derecho Civil) la compraventa de un “bareto” en Colombia al mismo tiempo es delito para uno y no les para el otro.

Y en caso del debate actual: ¿se trata de legalizar el consumo, la producción, el mercadeo, las siembras…?. No da lo mismo que en Estados Unidos (o en Colombia) se permita consumir cocaína a que los cultivadores del Putumayo puedan vender sin problemas sus cosechas, a que los capos guatemaltecos o mexicanos sean reemplazados por empresarios decentes, o que se establezca un corredor para el tránsito libre de cocaína entre el país productor y el país consumidor.

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El prohibicionismo de Estados Unidos es
más blando que el de la mayoría de los
países votantes: China, Rusia, los asiáticos,
los árabes, son todavía más intolerantes.
Foto: en.trend.az

En tercer lugar, la “legalización” podría significar tanto que el mercado sea libre, o todo lo contrario, que sea monopolio del Estado, o que la cárcel se cambie por terapias o la fumigación por desarrollo rural, o que los médicos puedan recetarla, o que se venda en expendios reservados… ¿de qué estamos hablando en este caso?
Cuando más cambios pequeños…y malos para nosotros

Ante tamañas indefiniciones, los “prohibicionistas” cierran filas alrededor de una idea sencilla: mejor no cambiar absolutamente nada. Mientras el presidente Santos habla tímidamente de “explorar escenarios”, y las salidas de Evo Morales o de Pérez Molina en Guatemala se descartan como “payasadas”, casi todos los miembros de la ONU (incluida Colombia) se atienen por entero al régimen ortodoxo vigente.

Cada una de las sustancias actualmente prohibidas tiene (o parece tener, porque también hay controversias al respecto) efectos diferentes sobre la salud física y mental. 

Es más: el prohibicionismo de Estados Unidos es más blando que el de la mayoría de los países votantes: China, Rusia, los asiáticos, los árabes, son todavía más intolerantes.

En este panorama congelado se ven apenas dos cambios en ciernes. 

Uno sería la despenalización del consumo y tal vez de las pequeñas siembras domésticas de marihuana en Estados Unidos (como han propuesto referéndums en Alaska, Nevada, Washington, Oregón y más famosamente California) o a lo mejor en Europa (hace apenas un mes que el pueblo de Resquera, en Tarragona, España, decidió por 308 votos contra 239 autorizar la siembra en gran escala del cannabis)
El otro es la extensión de los programas de tratamiento médico y reducción del daño para los adictos, al estilo de Holanda (los coffee shops de Amsterdam, el suministro médico de heroína la dicto, el reparto gratuito de jeringas para evitar el VIH…)
Estas medidas podrían tal vez aliviar la situación en los países consumidores y la de los consumidores en Colombia. Pero no tocarían el problema gordo de América Latina: la exportación de cocaína y el trágico dilema entre violencia y captura del Estado que nos tiene destruidos.

Peor todavía: la liberalización que se logre en Estados Unidos o en Europa si acaso aumentaría los despachos desde América Latina… y el dilema crecería. Por eso digo a los progresistas, que desde aquí reclaman la “legalización de las drogas”: el tiro bien podría salirles por la culata.
* El perfil del autor lo encuentra en este link.

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