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La batalla de Internet

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

hernando gomez buendiaPropiedad intelectual versus libertad de información. El dilema es decisivo pero está mal planteado porque no toma en cuenta los tres milagros grandes que hay en Internet: es descentralizado, es global y se reinventa por sí solo. Explicación sin tecnicismos sobre un proceso que a todos nos afecta más de lo que creemos.

Hernando Gómez Buendía *

Más que SOPA y que PIPA

Esta vez y por pura coincidencia, la noticia no sonaba tan exótica: “sopa” y “pipa” eran menos abstrusas que eso de Stop Online Piracy Act y Protect Intellectual Property Act. Pero aun así la noticia murió a los pocos días, porque el Congreso de Estados Unidos enterró los proyectos de ley que habían sido inscritos bajo esos dos acrónimos.

El problema sin embargo sigue vivo, y es la cuestión más importante de este siglo: ¿quién debe ser el dueño del saber, de las tecnologías, de las innovaciones, en fin, de las ideas que mejoran el mundo?

La pelea más intensa del momento se refiere a dos productos culturales – la música y el cine- por la buena razón de que cualquier persona puede “bajarlos” de la web y disfrutarlos sin ningún trabajo. De aquí que en SOPA y PIPA se enfrentarán dos bandos bien marcados: los artistas e “industrias del entretenimiento” contra las empresas y usuarios de Internet. De un lado las agremiaciones de autores, las disqueras y los estudios cinematográficos; del otro lado Google, Wikipedia y afines, más todos los blogueros del planeta.

Fue la punta del iceberg del conflicto entre los que viven de producir ideas y los que quieren usarlas sin pagar por usarlas. Es un conflicto viejo, que Internet ha reinventado de manera muy dramática, y que toca a la base verdadera de la riqueza y el bienestar humanos: las ideas aplicadas al progreso en todos los terrenos.

Valor del conocimiento

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Wikipedia fue uno de los portales que se
opuso a la regulación de Internet que se
discutía en Estados Unidos.

En este caso la razón está de un solo lado: el de los creadores de productos culturales.

Gracias a tres profesores laureados (Robert Solow, Robert Lucas y Paul Romer) hoy se sabe que la clave del crecimiento económico no es el ahorro, ni es la inversión, ni es la educación, sino las ideas nuevas aplicadas a producir cosas distintas o cosas mejores. La fuente principal de la riqueza no son objetos materiales sino códigos- recetas, marcas, métodos, diseños, procedimientos- que se usan para añadir valor a las cosas que existían [1]. Pues bien: desarrollar las ideas cuesta trabajo y dinero, de manera que sin respeto a la propiedad intelectual sencillamente no tendríamos progreso. Por eso existen los secretos industriales, las patentes y los derechos de autor.

El progreso, sin embargo, tampoco existiría si las nuevas ideas no pudieran circular, si las patentes fueran eternas, o si nuevos creadores no pudieran usar los hallazgos del pasado para idear cosas novedosas. El equilibrio entre incentivos a la innovación y prevención de monopolios del saber es hoy por hoy una cuestión decisiva de la política económica y ha sido objeto de complejas controversias [2].

En este caso, sin embargo, el argumento anti-monopolio no tiene asidero alguno, porque se trata de disfrutar de la música o del cine como consumidor final es decir, sin que el usuario contribuya nada a la producción de ideas nuevas, tecnologías o productos culturales.

Libertad de información

La mayoría de los opositores a SOPA y PIPA no apelaron sin embargo a un argumento económico sino a valores fundamentales de la democracia: la libertad de expresión y el derecho a la información. Pero tampoco tienen razón en esto:

  • La libertad de expresión en realidad no tiene nada que ver con el régimen de propiedad intelectual. Las ideas políticas o morales no tienen un valor económico privado, porque con ellas se trata- exactamente- de divulgarlas para convencer al mayor número posible de personas.
  • Y el derecho a la información se refiere a los asuntos y políticas públicas no, digamos, a secretos industriales, a grabar una canción o a “bajar” una película.

Mal remedio

Y sin embargo SOPA y PIPA eran proyectos nefastos porque usaban un remedio peor que la enfermedad.

Como no hay modo de evitar que yo le envíe a mi primo – o que cuelgue en mi blog- una canción de Juanes que tengo en mis archivos, los congresistas del cuento resolvieron castigar a la empresa que me provee Internet o que alberga mi blog. ¿Cuál You Tube, cuál Facebook o cuál Telmex, se arriesgaría entonces a seguir funcionando?

El problema verdadero

Y aquí damos por fin con la cuestión de fondo: la revolución del Internet consiste exactamente en reemplazar la comunicación desde un punto o un nódulo central por una red de múltiples emisores-receptores que intercambian todo tipo de mensajes en formatos o medios diferentes.

deada para asegurar que, en caso de una guerra nuclear, el presidente gringo pudiera comunicarse a través de un número indestructible de unidades que reciben y rebotan fragmentos del mensaje, la web llegó a convertirse en ese espacio mágico de diálogo donde todos cabemos sin barreras de tiempo o de distancia.

Esa tensión esencial entre un medio libérrimo y los intentos legítimos o ilegítimos de limitarlo es, creo yo, la batalla principal del nuevo siglo. Porque hay sin duda controles que deben establecerse, y sin duda hay abusos soterrados o abiertos del poder económico o político. Por ejemplo en estos mismos días se han producido:

  • El cierre merecido del sitio MegaUpload y la captura de sus propietarios por el delito probado de enriquecerse con propiedades registradas de otros, y – La censura indebida a las comunicaciones que Twitter aceptó para permanecer en China.  

Ya está reglamentado

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La mayoría de los opositores a SOPA y PIPA
apelaron a valores fundamentales de la
democracia: la libertad de expresión y el
derecho a la información.

Por eso el ciberderecho es una disciplina floreciente y para eso hay tratados internacionales detallados (el principal de los cuales es el de la Organización Mundial de Propiedad Intelectual de 1996).

En efecto (y contra lo que suelen suponer los des-informadores) la propiedad intelectual ya está protegida en Internet. Y hay además otros límites que no defienden a los ricos o a los poderosos, sino a los simples usuarios de la web: las regulaciones sobre el derecho a la intimidad, sobre la seguridad de los pagos electrónicos o sobre la venta de productos farmacéuticos.

Tanto así que, volviendo a la noticia, PIPA y SOPA pretendían que las empresas de Internet en otras partes del mundo respetaran los derechos de autor de la misma manera que hoy se hace en Estados Unidos. En esencia estos proyectos permitían que el Departamento de Justicia o los autores afectados pudieran demandar o bloquear al proveedor – y hasta negarse a conceder un “dominio” o una “dirección IP” que usted y yo necesitamos para existir en la web. Otra cosa es saber si estos proyectos en efecto se ajustaban o contradecían los tratados vigentes (y por eso la Unión Europea se opuso en forma tajante).

Gobierno mundial

Y esto me trae al segundo milagro de Internet: en un mundo partido en Estados soberanos, es lo más parecido que tenemos al gobierno planetario de los sabios –la administración de los “dominios” no depende de ningún gobierno y los servidores madre se encuentran sí en Estados Unidos, pero también en Japón, Inglaterra y Suecia.

Por su origen medio hippie y medio nerd, la web nació rebelde a los gobiernos y a toda forma de apropiación privada o nacional. Y los intentos de control – legítimos o ilegítimos- se encuentran con el detalle de que no todos los Estados cumplen los tratados que firman, o de que tienen interpretaciones, legislaciones y costumbres bastante diferentes entre sí.

Baste aquí con recordar a WikiLeaks para ilustrar esta segunda tensión entre la web y la idea del Estado nacional.

Una pelea larga

Por todo eso la batalla de Internet está apenas comenzando:

  • Los ciber-entusiastas tememos con frecuencia que se impongan los controladores; la censura de Estado o, con más facilidad, los monopolios que a su tiempo se robaron las promesas de la televisión, la radio, la prensa escrita, el teléfono y el telégrafo.
  • Los científicos y los trabajadores de la cultura al contrario tememos que sean los piratas de la red quienes asfixien la creatividad y detengan el progreso.

Esta es la trama detrás de las sopas y las pipas y los uploads y los twitts y los leaks que salpican las noticias y al otro día dejan de ser noticia.

Previsiones y sorpresas

Pero esa trama no se reduce a blanco o negro, a libertad o mordaza ni a piratas versus creadores. La realidad es a la vez más compleja y más interesante, es un entretejido de procesos donde convergen, se acaballan y discrepan fuerzas que halan en direcciones parecidas u opuestas, ninguna de las cuales debería quedarse sola y dominando el campo (ninguna de estas fuerzas podría imponerse tampoco -u ojalá que así sea-).

Pienso, claro, en las fuerzas evidentes:

  • En los Estados que tienen el deber y el derecho de que los comunicadores grandes o pequeños no violen la intimidad, la honra o el genuino interés público (y pienso en los gobiernos que tienen interés y el poder para esconder la verdad y silenciar a los que la defienden).
  • En los científicos, los artistas y las empresas que invierten sumas pequeñas o enormes en buscar innovaciones (y también en los rentistas del saber o en monopolios que roban al amparo de patentes).
  • En las ciberempresas que cada día nacen con la ilusión de emularles los pasos a Steve Jobs o a Bill Gates (y también en las jugadas menos santas de los Jobs y los Gates).
  • En los ya varios miles de millones de usuarios que trabajamos y nos divertimos y nos comunicamos a través de la web: es el impulso que parece y ojalá sea imparable hacia la universalización de la voz y del saber y de la información, que es la promesa más hermosa de Internet.

Pienso además en la fuerza de la imaginación y en la capacidad formidable de la web para inventarse y reinventarse a sí misma. Aún en medio de los cuernos del dilema entre derechos de autor y democratización de la cultura empiezan ya a insinuarse alternativas: de un lado, por ejemplo, los artistas que se regalan en la web para ser conocidos y elevar sus tarifas por conciertos; del otro lado, por ejemplo, los usuarios que voluntariamente pagan para que ciertas emisoras operen en la red.

Y es porque este continuo correrse de los límites es el tercer milagro de Internet.

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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