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Elecciones en Estados Unidos: impacto planetario, sociedad dividida

Escrito por Hernando Gómez Buendía
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hernando gomez buendiaLa votación en el único país-mundo no despejó el empate de poderes y sin embargo anuncia una nueva sociedad: la coalición de los excluidos derrotó a la alianza entre la clase alta transnacional y los blancos pobres pero fundamentalistas.

Hernando Gómez Buendía*

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Sucede, que al lobo disfrazado se le vieron las orejas: la gente no le creyó a Romney.
Foto: Facebook de Mitt Romney

Gente como uno

It´s the economy, stupid! Fue James Carville— el gran cerebro electoral de Clinton — quien volvió a descubrir, tras la revolución conservadora de Reagan en los años 80, que los norteamericanos votan con el bolsillo. Y esta vez, según las encuestas a boca de urna, la economía fue el factor decisivo para 83 de cada cien votantes [1].

Por eso mismo, es muy raro que hubiera ganado Obama: con 23 millones de desempleados (casi 8 por ciento de desocupación abierta y otros varios millones de desalentados que dejaron de buscar empleo), y con 47 millones de personas en pobreza, el candidato Romney ha debido barrer con su promesa de 12 millones de empleos y un paraíso de pequeños empresarios.

Sucede, sin embargo, que al lobo disfrazado se le vieron las orejas: la gente no le creyó a Romney, por todo lo que es, por lo que representa, por lo que dijo sin querer queriendo, y porque la mayoría de los encuestados sabía que Obama “entiende mejor los problemas de la gente como uno”.

Fin del American Dream

Y es que “la gente como uno” no es tan boba: aunque los candidatos no lo dijeron ni podían decirlo en público, los electores sabían que ya no es posible sostener el nivel de vida de la mayor parte de los estadounidenses. Ese fue el núcleo y la clave de esta historia.

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La globalización se fue llevando los
empleos: primero a Japón, después a los “tigres” asiáticos, y ahora a China e India

Foto: techjunkeez.com
 

En un país tan extendido, con recursos naturales abundantes, aislado por dos océanos, con vocación tecnológica e innovación permanente, la economía creaba más y más empleos, los salarios aumentaban de modo sostenido y el american dream era posible para los hijos y los hijos de los hijos. Pero la globalización se fue llevando los empleos: primero Japón, después los “tigres” asiáticos, y ahora China e India se quedaron con la industria manufacturera, porque compiten con mano de obra más barata.

En Estados Unidos el declive comenzó hace medio siglo, pero se aceleró en estos últimos años: entre 2000 y 2010 se perdió el 34 por ciento del empleo manufacturero [2], y el ingreso del hogar típico de clase media disminuyó en 7 por ciento [3].

El remedio ha consistido en atenuar (artificiosamente) la caída. El precio cada vez más bajo de los productos de consumo masivo (¡gracias, China!) y la triplicación del crédito por parte del señor Greenspan sostuvieron la “larga prosperidad” que habría de naufragar en la crisis de las hipotecas y la mega–recesión de hace cuatro años, y que Obama sigue tratando de superar a brazo partido.

Su método no podía ser otro que ejecutar los salvamentos billonarios y disparar el gasto público, de suerte que hoy la deuda representa un 105 por ciento del producto nacional [4]: Grecia está en 137 por ciento, y si no fuera porque no hay justicia en esta vida, el Fondo Monetario Internacional estaría imponiendo un “programa de ajuste” parecido al que nos ha clavado varias veces en América Latina.

La clase alta transnacional

Pero, a diferencia de América Latina, la globalización o exportación de puestos de trabajo corre por cuenta de los ricos de Estados Unidos: son capitales norteamericanos los que han llenado al mundo de maquilas y los que hicieron posible el milagro de China o de la India (veo en The Wall Steet Journal que en estos dos años las “35 grandes” han creado tres veces más empleos fuera que dentro del territorio norteamericano). Para ser más precisos: la globalización creó una clase alta internacional que vive principalmente en Estados Unidos y cuyos intereses pasan por Estados Unidos: esta es la otra clave del asunto.

Las clases altas – y los fondos de pensiones – del mundo entero tienen sus inversiones en Estados Unidos, o sea que Estados Unidos es en efecto la patria de los ricos del planeta. China, la potencia retadora y emergente, es de hecho la primera interesada en la prosperidad de su rival: es el destino principal de sus exportaciones y es titular del 32 por ciento de su deuda, representada en bonos del Tesoro [5]. Los jeques árabes y los magnates de todos los colores necesitan evitar que Estados Unidos fracase: este seguro le sirve a Wall Street para seguir con sus maromas financieras.

Es parte de lo que Joseph Nye llamó “poder suave” [6] — la capacidad de dominar, no por la fuerza, sino porque al otro le conviene que yo gane — un poder que distingue a Estados Unidos de los imperios que le precedieron y que lo induce -o habría de inducirlo- a actuar como un poder benévolo.

Pero la clase alta mundial — que es sobre todo la clase alta estadounidense — se ha distanciado vertiginosamente del resto del país: la totalidad de la riqueza nueva que se creó entre 1980 y 2010 quedó en manos del 30 por ciento más rico de los estadounidenses, y la tajada para el 1 por ciento de súper-ricos pasó ¡de 11,3 a 32,9 por ciento! de la riqueza nacional [7].

En La Ruptura, el bestseller de Charles Murray [8], se retratan los dos países crecientemente opuestos en sus maneras de vivir o de comer o de bailar o de reír o de lavar la ropa: “América está rota”.

Entre modernidad y fanatismo

Y llegan las elecciones. Si los pobres votaran como deberían votar, en Estados Unidos habría habido una revolución contra los súper-ricos: el 70 por ciento de los que no han ganado nada de la riqueza creada en estos 30 años desandarían el camino que comenzó Reagan, y el presidente sería algún demócrata a la izquierda de Obama.

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Estados Unidos es en efecto la patria de los ricos del planeta.
Foto: palmspringslife.com
 

¿Cómo explicar entonces una elección tan reñida y el centrismo que Obama ha mantenido tan cuidadosamente? La respuesta cortica es que los súper–ricos se las han arreglado para que los pobres no voten con el bolsillo, sino con el fanatismo.

Es el otro secreto de aquella sociedad tan peculiar, que está a la punta de la modernidad y donde sin embargo la religión sigue mezclada con la vida pública.

Desde la fundación de Estados Unidos y a lo largo de dos siglos, los movimientos revivalistas han estado recorriendo las praderas – incluyendo aquí al mormón, la muy extraña religión de la cual Romney es obispo (religión que por ejemplo enseña que Dios reside en el planeta Kola), y el no menos extraño Tea Party (que no cree en la evolución, ni en el cambio climático, ni en que la violación pueda producir embarazo).

En fin, el hecho fue evidente: en los suburbios, donde viven los ricos, ganaron Romney y Ryan 3 a 1; en el campo, donde viven los pobres que votan por motivos religiosos, ganaron 2 a 1; en las ciudades, donde vive los blancos y los negros que votan por razones de este mundo, Obama y Biden se impusieron 3 a 1.

Lo malo de esta historia es que se mantienen el empate de poderes y el bloqueo del sistema político:

  • Obama es presidente por clara mayoría en el colegio electoral pero por un estrecho margen en el voto popular.
  • En el Senado no hay la mayoría de 60 demócratas que se necesita para decidir – como consecuencia de un reglamento tramposo. Me refiero a la cloture (en español tal vez sería la moción de suficiente información) que necesita las tres quintas partes de los votos, y sin la cual la minoría puede demorar indefinidamente la decisión del Senado; esta demora se denomina “filibuster”, y los republicanos la usaron 168 veces durante la legislatura pasada.
  • En la Cámara aumentó la mayoría republicana, gracias al diseño amañado de los distritos electorales, que reparte los votos geográficamente (es el llamado “gerrymandering”).

Por eso la primera potencia del mundo – y el único “país indispensable” – va a seguir atascada entre dos rutas que en teoría podrían volver a enderezarla, pero que se oponen y obstaculizan mutuamente:

  • Habría la ruta de bajar los impuestos a los ricos, con la esperanza (ilusa, creo yo) de que dejen su plata en Estados Unidos y creen los empleos bien pagados que mantengan el sueño americano.
  • Habría la ruta de que el Estado invierta en ciencia, educación e industrias verdes para crear empleos mejores que los de China.

Y sin embargo, con cicatrices abiertas — y un “abismo fiscal” a la vuelta de la esquina —nos irá bien si la economía de Estados Unidos sigue avanzando aunque sea a tropezones, con el mundo a rastras.

Coalición de excluidos

Pero en un plano que en realidad podría ser el decisivo, sí se produjo un cambio de gran calado:

  • El voto blanco bajó de 88 a 72 por ciento en esta década,
  • Romney tuvo el 61 por ciento del voto de los blancos,
  • Obama obtuvo el 97 por ciento de los votos negros,
  • el 73 por ciento de los latinos,
  • el 68 por ciento de los asiáticos.

Romney ganó entre los hombres, pero perdió por 28 puntos entre las mujeres – y por 38 puntos entre las solteras. Los menores de 29 años votaron nítidamente por Obama y los mayores de 65 lo hicieron por Mitt Romney.

Tres Estados aprobaron el matrimonio entre homosexuales, otros dos legalizaron el uso recreacional de la marihuana, y las enmiendas anti–abortistas fueron muy limpiamente derrotadas, junto con los candidatos al Senado que las promovieron.

En ese país–mundo donde pasan las cosas que sí importan, está pues emergiendo la coalición de los que no cabían.

Y ese país–imperio amado y detestado con pasión, está volviendo a ser lo mejor de sí mismo, “la nación de naciones” que celebró Walt Whitman, “el lugar donde todos tenemos un hogar”, un pedazo de historia, un pariente cercano, la ilusión de una visa, la ciencia que aprendimos, la música o el cine que se nos fue pegando desde niños o desde el tiempo de añoranza en que la vida fue mejor.

País–mundo y elecciones planetarias.
 

* El perfil del autor lo encuentra en este link.

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