Inicio TemasPolítica y Gobierno Los avales y las firmas: ¿qué pasa con los partidos?

Los avales y las firmas: ¿qué pasa con los partidos?

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Sede de la Registraduría Nacional del Estado Civil en Bogotá.

Sede de la Registraduría Nacional del Estado Civil en Bogotá.

Hernando Gomez BuendiaUna mirada fresca y urticante sobre lo secretos e intríngulis de la política en Colombia. Tenemos una democracia vibrante pero inútil: la explicación son los partidos-no partidos.      

Hernando Gómez Buendía*

La democracia vibrante

La semana pasada venció el plazo para inscribir candidatos a las elecciones del próximo 25 de octubre. Según información de la Registraduría se inscribieron 114.936 aspirantes, distribuidos así: 

  • 157 candidatos para las 32 gobernaciones del país;
  • 3.553 personas, en un total de 319 listas, para las asambleas departamentales;
  • 4.733 candidatos para alrededor de 1.100 alcaldías;
  • 91.925 ciudadanos, en 7.362 listas, para otros tantos concejos municipales;
  • 14.567 candidatos, en 2.576 listas, para las 697 juntas administradoras de comunas, localidades o corregimientos de 84 municipios.
  • Hubo además cuatro grupos promotores del voto en blanco para igual número de alcaldías, y otro más para una gobernación.

De los 4.890 candidatos a cargos unipersonales, 82 aspirantes a gobernaciones y 12 a las alcaldías fueron inscritos por “grupos significativos de ciudadanos”; también con firmas se inscribieron tres listas para asambleas departamentales, 134 para concejos municipales y 39 para juntas locales.

Los otros 4.796 aspirantes a gobernaciones y alcaldías, igual que las 9.987 listas restantes fueron inscritos por los nueve partidos políticos (Liberal, Conservador, “de la U”, Cambio Radical, Centro Democrático, Alianza Verde, Polo Democrático, Unión Patriótica y Opción Ciudadana) y por los cuatro movimientos (Autoridades Indígenas, Alianza Social Independiente, Alternativo Indígena y Social, y MIRA) que tienen personería jurídica. 

A la rara situación de que los partidos necesiten de los candidatos más de lo que los candidatos necesitan de partidos. 

Leídas en su versión más optimista, estas cifras transmiten un mensaje sencillo y confortante: tenemos una democracia competitiva y vibrante donde se conjugan,

  • Un pluripartidismo con partidos de alcance nacional que cubren todo el espectro ideológico, y aproximadamente se diría que en tres bloques ordenados así: desde la derecha, Opción Ciudadana, Centro Democrático y Conservador; en el centro, Cambio Radical, “la U” y Liberal; y hacia la izquierda, Alianza Verde, Polo y UP.  
  • Un espacio importante para las minorías identitarias (tres movimientos indígenas y un movimiento religioso).
  • Otro espacio considerable para los independientes, alternativos o movimientos cívicos que no caben en las burocracias partidistas.
  • Bajo estas circunstancias, los electores tienen un abanico realmente amplio de dónde escoger: de entre un promedio de cinco candidatos para cada gobernación, de cuatro candidatos para cada alcaldía municipal, de diez listas para asambleas departamentales, de siete listas para los concejos, y de cuatro listas para las juntas administradoras.

Las confusas elecciones

Escrutinio de votos durante las pasadas consultas electorales de los partidos políticos.
Escrutinio de votos durante las pasadas consultas electorales de los partidos políticos.
Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil

Pero esa gran cantidad de candidatos no es tan democrática como parece.

Y es porque, de entrada, los estudios sobre el consumidor enseñan que un exceso de alternativas no aumenta el discernimiento ni amplía el rango de escogencia, sino que crea confusión e induce al retraimiento: es el supermercado con 50 marcas y 80 sabores de mermelada, donde los clientes no saben qué escoger y donde muchos optan por no comprar ninguna.

Pues en el bazar de las elecciones colombianas, para la inmensa mayoría de los ciudadanos, en cada uno de los departamentos, municipios o localidades, es prácticamente imposible decir quiénes son, qué representan, qué proponen en concreto, en qué serían diferentes, o cómo les afectaría a ellos realmente la escogencia de alguno de los cinco aspirantes a gobernador, de los cuatro a la alcaldía, o de los varios integrantes de cada una de las 21 listas de diputados, concejales o ediles que cada votante tiene para escoger (en promedio).

Esto lo sabe cualquiera que se haya enfrentado al tarjetón electoral. Y semejante   confusión  del elector sencillamente significa que los partidos, movimientos  y “grupos significativos”  no están cumpliendo su función más elemental: la de agrupar bajo unas pocas “marcas” bien diferenciadas a los muchos candidatos a ocupar los cargos electivos.

Los partidos que no parten

Efectivamente, en una democracia con millones de habitantes, se plantea el problema de cómo escoger a unos pocos funcionarios para que tomen las decisiones colectivas en representación de todos los ciudadanos. Por eso una democracia no puede funcionar sin partidos u otras agremiaciones que sean o se perciban como voceros de aquellas identidades, valores e intereses diferentes, como “representantes" de aquellos grupos diversificados.   

Por supuesto que la “representación” es un asunto complejo y una cuestión de grados.  Cada votante tiene varias identidades (mujer, cristiana, de clase media…), intereses dispersos y creencias desintegradas; las diferencias entre grupos sociales no son nítidas, los temas de controversia política cambian continuamente, y los partidos utilizan estrategias distintas para “comercializar su marca”. Incluso en muchas democracias existen los partidos “escoba” o “atrapa-todo”, que se dedican precisamente a buscar votos de muy distintos colores.

Se ha escrito mucho sobre el tipo de partidos que tenemos en Colombia, aunque en resumen diría yo que pasamos de los dos viejos “partidos de notables” (o “clubes de parlamentarios”), al predominio actual de partidos “escoba”, con algunos más “ideológicos” (la UP) o más “identitarios” (como el MIRA). Pero, más que su tipo, acá importa el sistema de partidos y en especial el grado de diferenciación – ideológica o de cualquier otra índole- que los votantes perciban entre ellos.

Lo peculiar de Colombia es esa falta de diferenciación, pues en otras democracias -y aun cuando sean tipo “escoba”- los partidos se distinguen con bastante nitidez. Es el caso de los sistemas bipartidistas, como Estados Unidos o Colombia hasta 1991 (así acá los dos partidos fueran apenas dos “odios heredados”); y es el caso de sistemas pluripartidistas como los europeos, donde cada partido tiene una larga tradición que le da identidad.

Pero hoy por hoy en Colombia tenemos solo una sopa de letras entre los cinco o seis partidos que captan algo así como el 80 por ciento de la votación (es más: la situación fue peor hasta la reforma de 2003, pues en 2002 tuvimos 62 partidos o movimientos con personería jurídica).

Lo formal y lo real

Todo lo cual es otro modo de decir que la política en Colombia es excepcionalmente personalista.

Aún el partido que parece más “ideológico” es el más caudillista (el CD), el principal de la izquierda (PDA) es una coalición entre jefes variopintos (del MOIR, de la ANAPO,  de FECODE…), y los cinco oficialistas (Liberal, Conservador, U, Cambio Radical, Alianza Verde) se diferencian bastante más por los rostros de sus jefes que por sus tesis o sus ejecutorias.

Con los partidos se cumple, de manera especial, lo que muchos creemos es el secreto profundo de Colombia: la coexistencia esquizoide entre un “país formal” y un “país real”, entre un mundo de símbolos y leyes que parecen modernos, democráticos, universalistas, y otro mundo de relaciones cotidianas pre-modernas, excluyentes y personalistas.

Tenemos, como dije, partidos que parecen ser partidos, que aparentan cubrir el espectro ideológico, representar intereses contrapuestos, organizar el mapa mental de los votantes  (tenemos inclusive reformas, como la del 2002, que aparentan fortalecer los partidos: el umbral, las bancadas, la financiación estatal, el poder de dar avales…), pero en la vida real lo que tenemos es un mar de candidatos que luchan por venderse cada uno como puede y que acaban por convertir las elecciones en un galimatías.            

Cómo se arman las listas

 Ciudadano durante las pasadas elecciones electorales.
Ciudadano durante las pasadas elecciones electorales.
Foto: Globovisión

Un modo de saldar la distancia entre los dos países es pasar del plano de los discursos –el del país formal- al plano de los incentivos concretos que los actores reciben del sistema-   los motivos reales de la gente para actuar de determinadas maneras-.

Para entender cómo funcionan las listas, pensemos pues en un candidato X que necesita diferenciarse de los otros para atraer suficientes votantes. Igual que ocurre en el mercado laboral, donde la hoja de vida es un conjunto de señales que buscan atraer al mejor empleador (una idea que mereció el Nobel de economía para Michel Spence), el candidato X echa mano de señales que pueden incluir su filiación partidista, su programa, su figura personal, sus cuñas publicitarias, sus padrinos, sus promesas y otras más; el ejercicio consiste en encontrar señales lo bastante poderosas para captar el mayor número de votos.

Pertenecer a un partido o movimiento con amplia base popular, prestigio, organización y recursos es por supuesto la señal más potente. Un partido de este tipo supone sin embargo tradición, identidad percibida por los electores, disciplina de equipo y competencia interna para ser candidato. Pero a medida que nos alejamos de este ideal – partidos de votación incierta, desprestigiados, desorganizados, recién inventados, sin raíz emocional, sin reglas claras – la carta partidista se va volviendo menos eficaz.  

Hasta llegar, en el caso colombiano, a la rara situación de que los partidos necesiten de los candidatos más de lo que los candidatos necesitan de partidos. Es lo que vemos cada  vez que nuestros directorios se dedican a seducir personalidades y a celebrar los matrimonios más extraños (lo cual aumenta la confusión del electorado). Las vedettes -o aspirantes con mayor potencial personal de votación-  copan así los primeros renglones, sus rencillas se convierten en las marcas del partido  (y por eso en el país formal esos partidos dan la impresión de cubrir el espectro ideológico), y con sus votos el partido recibe una patente (personería jurídica) que le da financiación, acceso a la publicidad y potestad para expedir avales.

Lo fascinante del país formal no es que difiera del país real, sino que sirve para esconderlo.

El directorio entonces comienza a negociar con aspirantes de segundo nivel, en una feria más o menos descarada entre oferentes que a su vez le reporten el mayor número posible de votos al partido. Es un cálculo puramente numérico, donde el directorio prefiere al aspirante con más votos y trata de ofrecerle un renglón poco “elegible”, mientras que el aspirante trata de inflar su potencial y de quedarse con un buen renglón, en una especie de pulso donde la información –para agravar las cosas- es muy poco confiable o transparente. 

No es ni siquiera falta de pudor que el candidato (aun cuando sea prestante y conocido) negocie con distintos partidos, o que los directorios recorran distintas oficinas. Tener algún aval es una buena cosa porque ahorra trabajo y es contratar una empresa que se encarga de conseguir anticipos y arrimar algunos votos, aunque puede espantar otros votantes o no darle al aspirante el renglón que pretendía.

Pero si no se llega a un buen acuerdo, o si X tiene la prensa o el dinero suficientes, queda la opción de salir a buscar firmas, como intentaron nada menos que 810 “comités promotores” registrados para inscribir candidatos a las elecciones de este octubre (265 de los cuales lograron reunir la cantidad exigida). Y de nuevo se alimenta el circuito de la confusión: según mostró Javier Duque en esta misma revista, el votante se queda sin saber si estos candidatos son “independientes, cívicos, alternativos, políticos en apuros, tránsfugas, oportunistas o pescadores de incautos”.

Los verdaderos fantasmas

Lo fascinante del país formal no es que difiera del país real, sino que sirve para esconderlo. Por eso existe la ilusión de que hay partidos y no apenas políticos – buenos, regulares o malos, conocidos o poco conocidos-. Por eso creemos que hay política, cuando  en la realidad no existen sino las elecciones. Por eso creen muchos que cambiando la legislación es posible cambiar los partidos.

Y mientras tanto, en el país real, la personalización de la política seguirá perpetuando sus pecados de fondo. Enumero un par de ellos:

  • A falta de otras señales contundentes, las ofertas contantes y sonantes son el mejor anzuelo electoral. Es lo que aquí llamamos “clientelismo”, y que en efecto es la señal irresistible de contratos del Estado para los de arriba, “puesticos” del Estado para los del medio y limosnas del Estado para los de abajo.   
  • Nuestros extraños “partidos- no partidos” parecen ideados para que las mafias que controlan el poder  militar y económico en las regiones y barriadas de Colombia se vistan de políticos y accedan al corazón del Estado (al Congreso, a los departamentos, a los gobiernos de pueblos y ciudades…).    

Es la gangrena que devora a Colombia, y que no se curará con discursos, con reformas legales ni con denuncias piadosas sobre los “140 candidatos cuestionados”.    

 

*Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

 

Artículos Relacionados

Dejar un comentario

*Al usar este formulario de comentarios, usted acepta el almacenamiento y manejo de sus datos por este sitio web, según nuestro Aviso de privacidad

Este sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Leer políticas Aceptar

Política de privacidad y cookies