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Foto: Facebook: Iván Duque - El uso de la violencia para impedir la participación política durante el conflicto armado puso en riesgo a muchos hombres y mujeres líderes.

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El autointerés de las grandes empresas y los demás agentes económicos es cabalmente lo que podrá salvarnos.

Hernando Gómez Buendía*

El presidente Duque lo dijo en muy buen inglés: Colombia se compromete a reducir a la mitad sus emisiones de gases con efecto invernadero en 2030 y a ser carbono-neutral en el 2050.

Para lograrlo su gobierno tiene un plan de transición energética que se apoya en ideas novedosas —como la economía circular o las “biodiverciudades”— y está tramitando un préstamo de 500 millones de dólares para enfrentar el cambio climático.

Duque además firmó el acuerdo para acabar la deforestación en 2030 y fue premiado con la inclusión de Colombia en el grupo encargado del Balance Mundial sobre el avance en cumplir los compromisos nacionales que se han venido anunciando.

Yo me sentí en Disneylandia. En ocho años no habrá coca, ni colonos, ni criminales que destruyan nuestros bosques, tendremos varios millones de vehículos eléctricos, y al cabo de otros veinte años las ciudades serán verdes. Ya inclusive tenemos palabreada una platica para hacerlo, y lo hacemos tan bien que podemos vigilar a los demás países en el mundo.

Después oí a Bolsonaro y a Putin diciendo que sus países no tumbarían más árboles, y empecé a desconsolarme. La economía circular me sonó parecido a la naranja, caí en cuenta de que 500 millones no alcanzan, recordé que Colombia vive de exportar el petróleo y el carbón, y me sentí estafado al descubrir que el pobre señor Duque no ha logrado cumplir nada ni puede prometer nada.

El desconsuelo se convirtió en pánico al oír a los otros presidentes: más de cien personajes en inglés mal pronunciado que se quejan, se disculpan, y proponen y prometen muchas cosas referentes  a la descarbonización del planeta, las energías alternativas, la protección de los mares, los suelos y los aires, las donaciones billonarias a los países más pobres, la adaptación tecnológica y otras lindezas que, no se preocupen, evitarán que la temperatura aumente más de 1,5 grados y la pesadilla que ya estamos viviendo se convierta de veras en el Apocalipsis.

Todo eso me pasó por no fijarme en el título de la reunión en Glasgow: COP26.  El espectáculo anual comenzó antes de que naciera Greta Thunberg y mucho antes de que nacieran mis nietos: 25 años de un largo y repetido blablablá o de engañarnos los unos a los otros con el relato de lo mucho que estamos haciendo en vez de ver lo mucho más que hemos de hacer para evitar la extinción de la especie.

En cada año, por supuesto, hay novedades. Esta COP26 tiene lugar después de la pandemia, con Estados Unidos de regreso al rebaño, con China y Rusia ausentes, India diciendo que no es justo que los pobres hagan lo que no hicieron los ricos, una escasez de carbón y de petróleo que tiene disparados los precios y las exploraciones, a cinco años del Acuerdo de París o en el momento de renovar las “contribuciones nacionales” que siguen siendo voluntarias…y los científicos diciendo que a este paso la probabilidad es 95% de que en 2050 nos hayamos calentando más de 2,0 grados centígrados.

Bajo estas circunstancias, lo menos malo que puede suceder es que los 40 mil delegados de más de cien países no emitan una declaración final ni firmen un nuevo acuerdo. Así al menos sabríamos qué los gobiernos simplemente fracasaron, que el futuro depende de nosotros, que el medio ambiente no es una causa romántica y que el autointerés de las grandes empresas, las ciudades y las economías nacionales es la mejor carta que nos queda para seguir viviendo en el planeta.

Ahondo este argumento en Entre la Independencia y la Pandemia, Colombia 1810 a 2020.

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* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.

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