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El Problema del Mal

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

hernando gomez buendia¿Quiénes son los autores de masacres y atrocidades semejantes? ¿Por qué tantos en Colombia y por tanto tiempo? Una reflexión necesaria e inquietante desde la filosofía moral, la psicología y la sociología, que se asoma a la desesperación y reafirma la apuesta por una ética.**

Hernando Gómez Buendía *

Lo horrendo

0172Pensando en este 11 de septiembre y en las cosas que pasan en Colombia –en tantas cosas que pasan en Colombia– creí bueno escribir esta notita sobre un asunto que ha ocupado muchísimos volúmenes en las historias de la filosofía moral, de las religiones, de las ciencias sociales y por supuesto, de la historia a secas: ¿por qué personas comunes y corrientes acaban perpetrando masacres o asesinando a sangre fría o torturando de maneras refinadas?

Es el problema del mal. No en el sentido común y vago de mal como algo opuesto de algún modo al bien, sino del Mal como la decisión voluntaria de practicar un acto tan horrendo que ningún ser humano “normal” o “decente” pensaría siquiera en cometer.

Más que ningunas otras, esas acciones horrendas hacen abominable la condición humana y ponen en entredicho nuestra razón de ser. La presencia del Mal en nuestro mundo también hace imposible la existencia de Dios: si Él es el bueno y si Él lo sabe todo y si Él lo puede todo, no pudo por supuesto crear al Hombre que practica el Mal. Es la cuestión que a lo largo de los siglos atormentó a las religiones y a las filosofías morales, desde Zoroastro y Confucio hasta Kant o hasta Kierkegaard, pasando por San Ireneo, San Agustín y Lutero.

Pero esta notita no es el lugar para entrar en las honduras de la teodicea es decir de la ciencia o la presunta ciencia que se ocupa cabal y largamente de reconciliar o intentar reconciliar la existencia de Dios con la existencia del Mal.

Ellos, los malos

Y vuelvo a lo mundano. Cuando aludí de entrada a las “personas comunes y corrientes” que acaban perpetrando esos horrores, ya estaba yo tocando el fondo del asunto: la mayoría de los perpetradores del Mal –de genocidios, masacres y torturas– no son enfermos mentales, ni nacieron perversos, ni son “degenerados”. Son personas comunes y corrientes, personas como Usted y como yo.

  • Cierto que hay monstruos (no sé cómo llamarlos) como Pablo Escobar o como Garavito el que mató 172 niños en ciudades y campos, o como el sueco que no hace mucho asesinó 76 personas al azar, o como tal vez la nuera de Gadafi que en estos días supimos que amarraba a la niñera de sus hijos y le echaba agua hirviendo.
  • Cierto además que cada uno de nosotros piensa que las personas son buenas o son malas, y que uno mismo es por supuesto de las buenas.
  • Y cierto que los medios y algunos congresistas que hasta pasan por verdes o que posan de verdes pintan así a la gente, en blanco y negro, para pedir a gritos la cadena perpetua y de paso volverse populares.

Banalidad del Mal

Pero la cosa es todavía más terrible que los “monstruos”, y que buenos-o-malos, y que la demagogia de los medios o de los congresistas.

Hannah Arendt fue una mujer fascinante, filósofa y judía que quiso comprender el por qué del Holocausto y fue a Jerusalén para el juicio de Eichmann. Esperaba encontrarse con el monstruo o el enfermo mental que organizó y disfrutó el mayor genocidio de la historia; vio en cambio a un hombrecillo que en otras condiciones habría sido quizás cajero de algún banco, y publicó su libro Banalidad del Mal, con esta conclusión espeluznante: “ellos (los criminales nazis) somos nosotros bajo otras circunstancias”.

El Mal –o como dijo Nietzsche, “las acciones humanas que hacen tambalear la confianza en el mundo”– no es algo excepcional sino el producto, finalmente in-mundo, de una cadena de sucesos mundanos y cotidianos. Cualquiera –casi cualquiera– de nosotros puede ser parte de las peores atrocidades y así, para desdicha nuestra, lo han comprobado los experimentos.

Está comprobado

Algunos de los experimentos son famosos. Precisamente a raíz del Holocausto, el profesor Stanley Milgram escogió mil personas al azar y les puso la tarea de “enseñar” matemáticas a una serie de actores entrenados para fingir distintos grados de dolor. Las respuestas erróneas merecían choques eléctricos de intensidad creciente a medida que ocurrían los errores. Pues ¡oh desilusión! más del 90 por ciento de los “maestros” superaran el “umbral del sadismo”, y muchos provocaron convulsiones o desmayos en sus “alumnos”.

Otro psicólogo simuló una prisión en un sótano de la universidad de Stanford, donde los “reos” eran humillados y después maltratados por los “guardianes” escogidos al azar, hasta llegar a los actos más atroces. Los presos aprendieron la obediencia abyecta y torturaron a sus compañeros con tanta o más sevicia que sus guardias. El propio “superintendente” de la prisión –el profesor que diseñó el experimento– acabó por tolerar los abusos y tuvo que abortar el estudio después de tan solo ¡seis días!

Anatomía del Mal

Esos experimentos, con sus muchas variantes, más el estudio de casos reales (tipo lo acontecido en la prisión de Abu Grahib) han ayudado a entender en detalle cómo y por qué la gente buena acaba haciendo las cosas más horribles. Se sabe bien, por ejemplo, que estas acciones comienzan por algo pequeño y van rápido in crescendo, y se sabe que los seres humanos practicamos el horror con mayor intensidad o decisión: 

  • Cuando podemos esconder nuestra identidad (por eso los torturadores prefieren usar máscaras).
  • Cuando el “superior” dice que asume la responsabilidad por lo actuado (por eso las organizaciones más autoritarias o menos deliberantes –un ejército en medio de la guerra, un Estado totalitario, una secta irredenta– cometen la peores atrocidades).
  • Cuando vemos que otras personas lo hacen (por eso los departamentos de policía más civilizados del mundo evitan el patrullaje en grupos o en patotas).
  • Cuando creemos que la víctima es inferior o no es humana (como el judío o el negro o el gitano –o como el campesino o el indígena en Colombia), o
  • Cuando nos dan el poder pero no nos supervisan –y por eso el poder es peligroso– cualquier poder –e irremediablemente– es peligroso.

Queda probado pues que ellos somos nosotros bajo otras circunstancias.

La situación

Algunas de esas otras circunstancias son rasgos de la personalidad que –en efecto– “predisponen” al mal (digamos que es el caso de Escobar o Garavito). Pero tener esos rasgos psicológicos no es una condición necesaria para que uno decida practicar actos horrendos. Y en cambio hay otros factores que de por sí producen las conductas horrendas y que dependen de la situación –o de las circunstancias en que nos encontremos. En el laboratorio, la situación es el diseño del experimento (imaginarse que uno es el “maestro” o el “guardián”) pero en el mundo real la situación es el contexto social es decir: son las normas explícitas o implícitas que guían las conductas de los hombres.

La enfermedad de Colombia

Y aquí viene lo malo de Colombia. Que no se trata –o no se trata sólo– de Garavitos y ni siquiera de Escobares, como los suele haber en todo el mundo. Se trata de que durante tantos años tantos grupos organizados diferentes y motivados por razones políticas –es decir por el deseo o el deseo presunto de cambiar las normas por otra normas mejores– hayan cometido tantas y tan horrendas acciones como las perpetradas en una seguidilla inacabable por los viejos y los nuevos –o sea por los eternos– señores de la guerra.

Muchos llevamos muchos años intentando encontrar la explicación. Desde los “atavismos” de la raza o el embrutecimiento de la chicha, pasando por la desigualdad extrema o la exclusión brutal, el sectarismo religioso o político, los monopolios de poder o los círculos viciosos de venganzas, hasta las más refinadas o más abstractas hipótesis del tipo “negociación del orden” (María Teresa Uribe) o “cultura mafiosa” (Luis Jorge Garay) o “país fragmentado” (Emilio Yunis) o “franja amarilla” (William Ospina) o “cultura de atajo” en la obra de Mockus, o mi propia y modesta tesis del “almendrón”.

Como quiera que sea, algo hay profundamente equivocado en una sociedad donde tantas personas durante tanto tiempo han demostrado tanta voluntad para el Mal.

Libertad, instituciones

Y aquí regreso a los experimentos. Si la situación explica las conductas, no hay lugar alguno para el libre albedrío: los seres humanos somos marionetas de las circunstancias, y ni la libertad, ni la responsabilidad, ni la misericordia tienen cabida en el universo. El Mal no es solo la negación de Dios: también –si fuera inexorable– el Mal haría imposible la ética y haría imposible el derecho.

Por eso vuelvo a los experimentos. No todos los “maestros” del estudio de Milgram atravesaron el umbral del sadismo, ni todos los guardianes de la cárcel de Stanford torturaron a los “prisioneros”.

Ni todos los nazis o aún los SS participaron en el Holocausto. En un examen cuidadoso de las memorias, a duras penas rescatadas, de los guardianes de campos de concentración que se negaron a sumarse al horror, el filósofo McNeill creyó encontrar esta pista formidable: las personas excepcionales –los verdaderos héroes morales de la historia– son aquellas que no se ponen orejeras, que miran al conjunto, que entienden sus acciones como parte de una cadena o un sistema que es abominable y por lo tanto se rebelan en su contra.

Sea esa o sea otra su razón, lo que aquí nos importa es la existencia de estas excepciones: los seres humanos podemos no ser “ellos bajo otras circunstancias”, y este sencillo hecho restablece la confianza en el mundo porque, después de todo, ese hecho es la prueba – y es la única prueba– de que sí somos libres.

O por lo menos, como dijo Marx, “el ser humano es libre, pero es libre en circunstancias que no son de su elección”. Las circunstancias las crea cada sociedad y Colombia, por alguna razón, crea un exceso de malas circunstancias.

Tal vez entonces, después de tanto siglos, haríamos bien en volver a Aristóteles, porque él lo vio con más claridad que nadie: el “carácter” de un hombre –o su capacidad para escoger el bien en vez del mal– no puede provenir de la naturaleza sino de “la política” es decir, de las instituciones sociales que promuevan el respeto a sí mismo y ese mismo respeto a los demás.

Para que el Mal no se siga ensañando con Colombia –para que no tambalee la confianza de nuestros hijos y nietos en el mundo– sería pues necesario que descubriéramos la política y nos pusiéramos a la obra de construir instituciones.

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

** Nota: Una versión inicial de este análisis fue publicada originalmente en forma de columna en algunos medios impresos, y en El Malpensante.

 

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