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¿Comisión de la verdad, o comisión de las verdades?

Escrito por Hernando Gómez Buendía
Hernando Gomez Buendia

No basta con oír a los actores. O a las víctimas. Encontrar la verdad es explicarnos por qué pasó lo que pasó y quiénes fueron los culpables del desangre.

Hernando Gómez Buendía*

Su tarea es imposible, pero su obligación es hacerla tan bien como es posible.

¿Cuál es entonces la verdad que los colombianos tenemos el derecho de esperar de nuestra Comisión de la Verdad?

Las señales, hasta ahora, no son muy alentadoras. A pocos días de concluir su mandato, la Comisión concentró los reflectores sobre los testimonios de los expresidentes y comandantes de los grupos armados que ocasionaron el desangre de Colombia: las versiones de Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe, Santos, Londoño y Mancuso han copado hasta ahora la atención de los medios.

Es evidente que esos personajes tienen mucho que decir, pero no es menos evidente que ellos son los portavoces de las visiones opuestas que motivaron y sostuvieron el conflicto. En el mejor de los casos, la verdad que nos dijeron no puede ser más que su verdad, es decir, su sincera convicción acerca de las cosas que pasaron y las razones que tuvieron para actuar como actuaron.

Digo en el mejor de los casos, porque la Comisión no se tomó el trabajo de controvertir, aclarar o precisar ningún detalle, incidente o decisión del personaje. Es más: esta tarea habría implicado un interrogatorio casi judicial (que no está en el mandato de la Comisión), habría tomado días o hasta meses enteros, y —sobre todo —no nos habría llevado a la verdad: aún suponiendo que el personaje no quiso engañarnos, su versión es la lectura de los hechos que justifica su actuación en el conflicto.

La verdad tampoco puede reducirse al intento de conciliar esas varias versiones, o de darle a cada una un pedazo de razón: nada impide que unos actores estuvieran más equivocados que otros, o que algunos estuvieran del todo equivocados. La idea piadosa de que la verdad nos llevará a la “reconciliación nacional” es una insensatez: la verdad sobre ese horror tiene que ser amarga, y mucho más amarga para quienes tuvieron la culpa del desangre.

La verdad tampoco puede provenir de las víctimas. Un muestreo o una antología de las tragedias personales y comunitarias no sería la verdad que buscamos. Primero, porque esos testimonios ya existen y —más aún—han sido en muchos casos comprobados por los jueces. Segundo y —sobre todo— porque las víctimas no tienen por qué entender las razones y sinrazones profundas de quienes nos lanzaron a esta guerra.

La verdad que esperamos no puede limitarse a repetir que cada bando cometió muchos crímenes: eso ya lo sabemos. La verdad que hace falta es la de quiénes fueron los culpables de la guerra: ¿había o no había razones valederas para alzarse en armas contra las autoridades?; ¿había o no razones válidas para la “autodefensa” y el paramilitarismo?; ¿fueron justas o injustas las acciones armadas del Estado?

Las versiones de los actores y las victimas no son la verdad. Son apenas la materia prima para que la Comisión encuentre la verdad, es decir, la explicación completa y fría de los hechos, así esa explicación coincida o no coincida con aquellas versiones y así guste o disguste a los interesados.

La tarea es muy difícil, y sin embargo es la que asume el historiador de cualquier proceso sobre el cual existan versiones encontradas. Es la tarea que en el caso concreto del mal o bien llamado “conflicto armado interno” he asumido yo mismo con rigor en mi libro  Entre la Independencia y la Pandemia, Colombia 1810 a 2020. Por eso insisto en invitar a mis lectores.

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