
Después de Maduro: el vacío
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La captura de Nicolás Maduro no abrió una transición, sino una disputa entre tres proyectos incompatibles. Sin monopolio de la fuerza ni autoridad dominante, el escenario más probable es la violencia fragmentada y persistente.
El error inicial
El régimen venezolano fue leído durante años como una dictadura personalista, torpe y aislada, sostenida por un líder sin talento. Un régimen similar al de Fulgencio Batista en Cuba, Anastasio Somoza en Nicaragua o Manuel Antonio Noriega en Panamá, una simple “cleptocracia” o “narcocracia” dedicada a enriquecer al presidente y su familia, sin apoyo efectivo de ningún sector social, de un partido político o de las fuerzas armadas.
Pero esa lectura ignoró la transformación profunda del Estado venezolano después de la muerte de Chávez en 2013 y el final de la bonanza petrolera en 2014: la conversión del poder en una red dispersa, donde lo decisivo no es la jerarquía formal, sino el control de grupos o redes sociales, de partes del territorio, de las rentas ilegales y, sobre todo, de las fuerzas militares dispersas.
En el núcleo oficial se encuentran la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional Bolivariana y sus unidades especiales —como las FAES—, junto con los aparatos de inteligencia política y militar, el SEBIN y la DGCIM. A su alrededor operan fuerzas paraestatales creadas o toleradas por el régimen, como la Milicia Nacional Bolivariana y los colectivos chavistas, entre ellos La Piedrita y el Colectivo Tupamaro, con control efectivo de barrios y funciones de intimidación política. También actúan las organizaciones criminales autónomas, desde megabandas urbanas y “pranes” o jefes carcelarios, hasta organizaciones de alcance transnacional como el Tren de Aragua (sin siquiera mencionar al ELN o a las disidencias de las FARC). Ninguno de estos actores domina por completo a los demás; todos dependen de equilibrios precarios, pactos tácitos y rentas ilegales compartidas, lo que convierte la fragmentación armada en el modo ordinario de funcionamiento del poder en la Venezuela actual.
Maduro no gobernaba porque concentrara el poder, sino porque arbitraba equilibrios entre actores que se necesitaban y se temían mutuamente. Su función principal no era mandar, sino evitar que el sistema se rompiera. Al desaparecer el árbitro sin desmontar la estructura, lo que está emergiendo no es un nuevo orden, sino la ruptura del viejo orden.
Ese error explica buena parte de lo que vino después: expectativas irreales, declaraciones grandilocuentes y una intervención que abrió el tablero sin cerrarlo.
El chavismo como régimen visual
El chavismo nunca fue apenas un proyecto ideológico; fue, sobre todo, un régimen de imágenes, donde los íconos, las fotografías, las escenografías y los gestos cumplían una función política precisa: mostrar quién manda sin necesidad de decirlo.
Tras la captura de Maduro, ese lenguaje ha vuelto a ocupar el centro de la escena.
La juramentación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada del país y de su hermano Jorge Rodríguez como presidente de la Asamblea Nacional no fue una ceremonia triunfal. Fue un acto grave, casi fúnebre. Las cámaras captaron un detalle que no pasó desapercibido: Diosdado Cabello, figura central del ala militar del chavismo, asistió con el ceño fruncido, distante, sin convalidar emocionalmente el relevo.
Horas antes, una fotografía difundida por Miraflores mostraba a Delcy Rodríguez presidiendo el Consejo de ministros. A su derecha, el jefe del Ejército, Vladimir Padrino López. A su izquierda, Cabello, con una gorra negra que llevaba una consigna inequívoca: “Dudar es traición”. No era un detalle menor: era una advertencia interna.
Esa misma noche, Cabello encabezó un recorrido por las calles de Caracas acompañado por uniformados armados. No habló de cooperación internacional ni de transición. Habló de soberanía, de resistencia y de defensa frente a la “invasión del imperio”. El mensaje fue claro: frente a los pactistas, la fuerza seguía en manos del bloque armado.
El proyecto “imperial” de Trump y la ilusión del control sin tropas
Bajo estas circunstancias, el primer proyecto en disputa es el impulsado por Donald Trump.
Tras la captura de Maduro, Trump presentó la operación como una victoria que permitiría a Estados Unidos “administrar” Venezuela durante una transición, sin necesidad de una ocupación militar tradicional. Según sus declaraciones, Washington estaría en capacidad de supervisar el proceso político, garantizar un mínimo de orden y reactivar la industria petrolera venezolana bajo liderazgo de empresas estadounidenses. Su secretario de Estado, Marco Rubio, anunció un plan de tres fases —“estabilización, recuperación y transición”—, pero no fijó plazos y advirtió de inmediato que mantendrían la presión militar y financiera para “evitar que Venezuela se hunda en el caos”.
Este proyecto se apoya en dos ideas centrales. La primera es que el mundo se ordena por la voluntad de hombres fuertes, como el propio Trump y sus interlocutores favoritos —Putin, Xi Jinping, Netanyahu…—: basta con doblegar personalmente al líder rival para triunfar en la arena internacional. La segunda es que Estados Unidos puede ejercer control efectivo sin pagar el costo de una ocupación, trasladando la carga del orden a actores internos supuestamente dispuestos a obedecer.
Aquí aparece la primera gran contradicción. El proyecto supone la sumisión de la dispersa cúpula venezolana a una autoridad externa. Pero esa sumisión no se ha producido. Ni Rodríguez ni los mandos chavistas han aceptado públicamente un papel subordinado ante Washington. Por el contrario, han denunciado “el secuestro” de Maduro como una agresión y han reivindicado la soberanía nacional, como lo hizo el embajador de Venezuela ante la ONU durante la sesión del Consejo de Seguridad o la propia Rodríguez en sus declaraciones públicas y sus conversaciones con los presidentes de México, Brasil y Colombia.
La segunda contradicción es interna. Enviar tropas sería un suicidio político para Trump. Su base electoral es la que pone los muertos en las guerras extranjeras, y por eso una nueva aventura militar tendría repercusiones catastróficas en las elecciones de este mismo año.
Esta aversión a la ocupación no es circunstancial. Trump lleva décadas oponiéndose a las guerras largas porque sabe quién paga sus costos: sus propios votantes. Campesinos, obreros y veteranos son quienes ponen los muertos en las aventuras exteriores, mientras las élites políticas y económicas recogen beneficios inciertos. Por eso Trump se distanció desde hace cuarenta años de los “halcones” del Partido Republicano y criticó duramente las guerras de ocupación en Iraq o en Afganistán: no por pacifismo, sino por cálculo político.
Venezuela reproduce ese dilema en estado puro: una ocupación implicaría muertos norteamericanos, administración prolongada y desgaste electoral. Sin tropas, el proyecto carece de fuerza; con tropas, se vuelve políticamente inviable.

La oposición democrática y el poder que no tiene
El segundo proyecto es el de la oposición democrática, encabezada por María Corina Machado, con Edmundo González Urrutia como figura formal de la presidencia reclamada. Este proyecto aspira a que la captura de Maduro permita restaurar el mandato popular expresado en las elecciones de 2024 y abrir una transición democrática plena.
Desde el punto de vista normativo, es el proyecto más legítimo: elecciones libres, restitución de derechos, separación de poderes y reconstrucción institucional. Cuenta además con respaldo político y simbólico de gobiernos europeos y latinoamericanos, que han reiterado su apoyo a la democracia venezolana, aunque sin involucrarse directamente en la intervención estadounidense. Ese respaldo tiene un efecto colateral: los “demócratas” del mundo se lavan las manos ante la violación flagrante del derecho internacional por parte de Estados Unidos.
Pero este proyecto enfrenta límites decisivos. Trump señaló explícitamente que no considera que María Corina Machado tenga el “respeto” o el apoyo interno necesario para gobernar Venezuela tras la captura de Maduro, y ha preferido respaldar a Delcy Rodríguez como figura de transición, a pesar de su pasado chavista y de que Rodríguez misma ha rechazado cualquier subordinación a Washington.
Esa falta de respaldo de Estados Unidos refleja el gran problema de la oposición: Edmundo González no cuenta con el reconocimiento efectivo de las fuerzas armadas venezolanas ni de los aparatos coercitivos del Estado. Sin control del Ejército, de la policía o de los servicios de seguridad, la oposición puede tener legitimidad, pero no tiene la capacidad para gobernar ni para imponer un traspaso de poder.
La alternativa sería enviar miles de soldados norteamericanos para proteger al nuevo presidente y asegurar el cumplimiento de sus órdenes. Así, la oposición queda atrapada en una paradoja: sin fuerza propia no puede gobernar; con fuerza extranjera corre el riesgo de perder autonomía, legitimidad y apoyo popular.
El chavismo sin Maduro y la resistencia prolongada
El tercer proyecto es el más enraizado en el territorio: el del chavismo sin Maduro. Tras la captura del dictador, Delcy Rodríguez fue juramentada como presidenta encargada y asumió un discurso dual. Por un lado, denunció la agresión estadounidense y apeló al nacionalismo. Por otro, dejó abierta la puerta a una cooperación vaga con “otros países, incluido Estados Unidos”.
Ese doble lenguaje no es contradicción; es estrategia. El chavismo residual no busca una transición democrática ni una confrontación frontal con Estados Unidos. Busca ganar tiempo, reorganizar fuerzas y prolongar la agonía del país bajo un estado de emergencia permanente.
Las supuestas “negociaciones” de Delcy Rodríguez con Estados Unidos tampoco ofrecen una salida clara. Trump ya había ensayado acuerdos parciales con Maduro en el pasado —licencias para Chevron, retorno de deportados venezolanos— que no produjeron apertura política alguna, pero sí oxígeno económico para el régimen. Hoy ocurre algo similar: anuncios de inversiones petroleras masivas que las propias empresas estadounidenses consideran ilusorias, exigencias de seguridad que nadie puede garantizar y promesas de cooperación que no se traducen en compromisos reales. A ello se suma un dato clave: la Asamblea elegida en 2024 inauguró formalmente un periodo de cinco años, lo que permite al chavismo alegar continuidad institucional y ganar tiempo. En este marco, negociar no es transitar; es congelar el conflicto.
Este proyecto se ve favorecido por dos factores. El primero es el nacionalismo, activado por la intervención extranjera, que permite presentar cualquier oposición interna como traición. El segundo es el estado de emergencia, que legitima la militarización de la vida cotidiana y el despliegue de colectivos armados.
En Caracas y otras ciudades, grupos armados afines al chavismo han asumido funciones de control territorial: levantan retenes, restringen horarios y vigilan barrios populares. No se trata de restaurar el autoritarismo de Maduro, sino de administrar un poder fragmentado, donde distintas facciones controlan distintos espacios.
Este proyecto no ofrece salida alguna. Su objetivo no es resolver la crisis, sino sobrevivir dentro de ella.
La violencia, el escenario más probable
Los tres proyectos se bloquean mutuamente. Ninguno puede imponerse sin recurrir a la fuerza, y ninguno dispone de la fuerza suficiente para imponerse.
- El proyecto de Trump supone sumisión sin tropas.
- El proyecto opositor supone transición sin Ejército.
- El proyecto chavista supone resistencia sin legitimidad.
Cuando la política no puede decidir, decide la fuerza. Pero esa fuerza está fragmentada. El resultado no es una guerra civil clásica, sino violencia intermitente, localizada y administrada: choques entre facciones, represión selectiva, control armado de territorios y criminalización de la disidencia.
La captura de Maduro no resolvió la crisis venezolana porque no tocó su raíz. Trump creyó que bastaba un golpe audaz. La oposición creyó que la legitimidad bastaba. El chavismo cree que resistir es gobernar. Ninguno tiene razón.
Entre esos errores cruzados, la violencia aparece como el único lenguaje común.
Ese es hoy el escenario más probable para Venezuela. No porque alguien lo haya elegido, sino porque no manda nadie pero todos pueden hacer daño.
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Acerca del autor
Hernando Gómez Buendía
* Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.
3 comentarios






Muy interesante análisis. Cuando se habla de «chavismo», hay que formular una aclaración. He hablado con muchos venezolanos, y muchos de ellos admiraron y apoyaron a Chávez, pero ni apoyan ni están de acuerdo don Maduro. Lo que pasa es que, hasta dónde yo sé, ese «chavismo» sin Maduro no tiene expresión política concreta, sino es un sentir de una buena franja de la población venezolana, sin representación concreta, y por lo tanto no es visible, pero podría ser parte de la solución.
Les pido el favor a los Administradores de la página que corrijan un error de digitación de mi comentario anterior, que no es «de acuerdo don Maduro», sino «de acuerdo con Maduro».
Quiero hacerles una sugerencia. Pasado un tiempo prudencial después de la publicación de un artículo, sería interesante que, a modo de conclusión, el autor del artículo comentara los comentarios de los lectores.