Ronal Rodríguez, autor en Razón Pública
Foto: Facebook: Nicolás Maduro

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Aunque Maduro intente nuevas formas de chantajear a la población, el apoyo popular se le está agotando. Acorralado por la impopularidad, podría dar el paso definitivo hacia la dictadura.

Ronal F. Rodríguez*

Urnas ganadas, legitimidad perdida

El régimen de Nicolás Maduro sabe que no puede enfrentar a María Corina Machado, o a ningún opositor real en las urnas; la derrota es inminente, incluso en un escenario de elecciones poco competitivas.

El chavismo hace años perdió el apoyo popular, y las tácticas de extorsión electoral de la era Maduro no garantizan un resultado medianamente presentable.

Ni los puntos rojos ni el carné de la patria ni los bonos contra la guerra económica: la incapacidad del madurismo para chantajear y reprimir a la población le dificultan celebrar unas elecciones con las que pueda fingir legitimidad.

De Chávez a Maduro (1998-2018)

El madurismo de hoy dista mucho del chavismo de los primeros años, que alegaba un gran apoyo y usaba los certámenes electorales como herramienta de movilización, disfrazando sus pretensiones autoritarias en su “gran apoyo electoral”.

En las elecciones presidenciales de 1998, Chávez se alzó por primera vez con una victoria del 56 %, contra el 39 % de Henrique Salas Römer; la abstención fue del 36 %.

En el referendo de 1999 para convocar una asamblea constituyente —la gran promesa de Chávez—, el oficialismo logró una victoria en la primera pregunta del 87 % y en la segunda pregunta del 81 %; sin embargo, la abstención fue del 62 % —una de las más altas en la historia de Venezuela—.

En el referendo de aprobación de la nueva Constitución en 1999, el “Sí” ganó con el 54 %, y la abstención disminuyó al 30 %.

Los primeros años cerraron con las elecciones de reafirmación presidencial del 2000, después del cambio constitucional: Chávez ganó con el 59 %, contra el 37 % de Francisco Arias Cárdenas; pero nuevamente subió la abstención: llegó al 43 %.

Aun así, y después del descalabro del gobierno interino, el pueblo venezolano parece hoy más convencido que nunca de que la salida es electoral. Independientemente de si son elecciones competitivas, transparentes, justas o con acompañamiento internacional, el pueblo venezolano está presionando para que haya elecciones.

Estas son altas votaciones en favor del comandante Chávez; pero, igualmente, una alta abstención, lo que agravó la crisis del sistema político venezolano.

Se supone que los números de Nicolás Maduro son incluso mejores que los de Chávez: supuestamente, Maduro ganó con el 67 % contra Henri Falcón, quien solo logró el 20 % de los votos en 2018; este certamen se caracterizó por una abstención del 53 %.

Maduro superó el 62 % que logró en 2006 el comandante Chávez; sin embargo, la mayor votación por el “presidente obrero” —como se hace llamar Maduro— ha sido de 7.587.579 votos, cuando casi pierde —con apenas el 50,61 %— contra Henrique Capriles en 2013. Está lejos de los 8.191.132 votos por el comandante en 2012, cuando ganó con el 55 % de los votos contra el mismo Capriles.

Foto: Facebook: María Corina Machado - A diferencia de los pasados liderazgos, María Corina Machado considera que no se puede rescatar nada del chavismo.

Puede Leer: Venezuela y Guyana: un panorama difícil para Maduro

La farsa electoral del autoritarismo

Desde la llegada de Nicolás Maduro a la cabeza del oficialismo, el apoyo popular se ha ido difuminando. Sus once años en el poder se caracterizan por el ascenso y consolidación de un modelo dictatorial que vació de contenido los certámenes electorales.

En las elecciones locales de finales del 2013 chantajeó con el famoso “dakazo”: rematando electrodomésticos de línea blanca (neveras, estufas y aires acondicionados), compró el apoyo electoral en una campaña; pero perdió importantes bastiones como la Alcaldía Metropolitana de Caracas.

Ante esta derrota, el oficialismo creó la figura del “protector”: un funcionario designado por el presidente a quien asignaron el presupuesto y funciones del alcalde metropolitano, con lo que usurparon el poder real que había ganado electoralmente la oposición.

El chavismo perdió la Asamblea Nacional en las elecciones de 2015. En consecuencia, sumaron todas las estrategias posibles para desconocer que el poder legislativo había quedado en manos de la oposición: desde la inhabilitación y las querellas judiciales en tribunales menores contra la elección de diferentes asambleístas —para desbaratar la mayoría calificada que conquistó la oposición— hasta la creación de la Asamblea Nacional Constituyente de 2017 —que, para muchos, pasó de un modelo de “autoritarismo competitivo” a la “dictadura” en Venezuela—.

En las locales de finales de 2017, se exigió que las nuevas autoridades locales se juramentaran ante la Asamblea Nacional Constituyente. Se desconoció la elección de quienes no lo hicieron —como el gobernador electo por el estado Zulia, Juan Pablo Guanipa—. Otros perdieron su autoridad aunque se sometieran a la juramentación ante la Asamblea Nacional Constituyente de Maduro: por ejemplo, Laidy Gómez Flórez —gobernadora del Táchira— tuvo a Freddy Bernal como “protector”, que saqueó el presupuesto y las funciones de la gobernación.

En la elección presidencial de 2018, Maduro se impuso por un supuesto amplio margen; pero todo fue tan arbitrario y tan poco transparente que muchos países —entre ellos Colombia— no reconocieron la reelección de Maduro como legítima: una elección anticipada, con todo el aparato estatal al servicio del candidato del oficialismo; pocas garantías para la oposición; sin un verdadero acompañamiento internacional, más allá de los aliados del régimen, que gozaron del turismo revolucionario a cambio de rimbombantes declaraciones para tratar de disfrazar de legítimas unas elecciones que se caracterizaron por su turbiedad.

Pero Henri Falcón —el contendor de Maduro— sí representaba a un pequeño sector de la oposición que, a pesar de las adversidades, seguía apostándole a una salida electoral de la crisis política e institucional en la que el chavismo-madurismo había hundido a Venezuela. Es decir que, aunque las elecciones no eran competitivas ni transparentes y aunque no contaban con un acompañamiento internacional calificado, seguían apostando por una salida electoral.

Con los certámenes electorales de 2023, el régimen de Maduro sabe que no puede exponerse ni siquiera a un escenario parecido al de 2018. Las elecciones primarias de la oposición sorprendieron al chavismo: creía a la oposición dividida y menguada, y que nunca se decantaría por apoyar a una figura radical y de derecha como la de María Corina Machado. A pesar de que el régimen venezolano siempre ha calificado la oposición como de derecha, la verdad es que a lo largo de estos 25 años el liderazgo opositor siempre ha estado en manos de la centroizquierda.

Oposición radical y desesperación populista

María Corina Machado es una mujer de filosofía y principios conservadores, liberal en materia económica y radicalmente antichavista: para ella no hay posibilidad de negociar una salida para los esbirros del madurismo más allá de la cárcel. Y, a diferencia de los pasados liderazgos opositores, para ella no hay nada que rescatar del chavismo, ni siquiera la Constitución de 1999.

El apoyo de los 2.253.825 votos a favor de Machado —que superan los 1.923.524 votos que logró Henrique Capriles en 2012— es un mensaje muy claro para el oficialismo: hoy la población que se identifica como opositora considera que el cuarto de siglo de la Revolución Bolivariana fue un fracaso.

El 3 de diciembre, el chavismo intentó movilizar a la nación con la disputa con Guyana por el Esequibo: un tema que mueve las fibras del pueblo, a quienes les han enseñado desde el colegio que Venezuela fue víctima de los intereses territoriales de las grandes potencias que, amangualados con sus vecinos Guyana, pero también Colombia, despojaron de sus derechos a la tierra de Bolívar. Una lectura patriotera, hinchada de nacionalismo y uno de los pocos temas que logra unir a todos los venezolanos.

Ni los puntos rojos ni el carné de la patria ni los bonos contra la guerra económica: la incapacidad del madurismo para chantajear y reprimir a la población le dificultan celebrar unas elecciones con las que pueda fingir legitimidad.

Usufructuando el argumento nacionalista, el chavismo buscaba movilizar al pueblo venezolano, lo cual no sucedió. El oficialismo argumenta que participaron más de 10 millones, pero la mentira se cae por su peso. Ni usando un asunto extremadamente sensible para los venezolanos, el chavismo logró movilizar al pueblo o a sus bases, y lo saben.

Entre la dictadura y el retorno de la institucionalidad

En los últimos años, el grupo de Maduro ha tratado de quitarle valor, sentido y poder a la participación electoral: han hecho trampa, intimidado, desconocido resultados, inhabilitado candidatos, proscrito y suplantado partidos.

Aun así, y después del descalabro del gobierno interino, el pueblo venezolano parece hoy más convencido que nunca de que la salida es electoral. Independientemente de si son elecciones competitivas, transparentes, justas o con acompañamiento internacional, el pueblo venezolano está presionando para que haya elecciones.

El régimen tiene la obligación de celebrar dichas elecciones presidenciales, y le es muy difícil obviarlas. Las posibilidades para el régimen son limitadas: es difícil que los llamados “opositores alacranes” sean creíbles en un certamen electoral; en especial, a los gobiernos vecinos como Colombia y Brasil se les dificultaría justificar o avalar un estropicio de esa dimensión, aunque puedan simpatizar con el chavismo.

Tampoco se puede arriesgar a repetir la fórmula de las presidenciales de 2018, y no tiene la capacidad de extorsionar a la población como en las elecciones de Asamblea Nacional de 2020: es muy poco lo que puede ofrecer a cambio del voto. Pero un régimen acorralado, sin posibilidad para legitimarse electoralmente, puede dar el paso definitivo en dirección a la consolidación como dictadura.

Lea en Razón Pública: Venezuela en 2024: entre contradicciones y desafíos

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Ronal Rodríguez

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Ronal Rodríguez

Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

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Aunque a Maduro no le ha ido mal en los últimos años, el conflicto con Guayana muestra que su gobierno puede estar en peligro. ¿Qué hay detrás del diferendo? ¿Cómo afecta él a Colombia?

Ronal F. Rodríguez*

25 años de chavismo

Este 6 de diciembre se cumplieron 25 años del ascenso al poder de la Revolución Bolivariana en Venezuela. Hugo Chávez ganó la elección presidencial con un 56 % de los votos y prometió un cambio constitucional y la refundación de la “patria”. Hoy, un cuarto de siglo después, la crisis venezolana parece estabilizarse y finalmente ha tocado fondo.

Las malas decisiones políticas, económicas y sociales tomadas por Chávez y Maduro, su ungido sucesor, han convertido a Venezuela en un país pobre del que han salido, en los últimos ocho años, más del 22,9 % de su población, unas 7 722 579 personas, según los datos de la plataforma multiagencial R4V.

En un contexto democrático, con elecciones libres y competitivas sería poco probable la continuidad del proyecto político que empobreció al país. Sin embargo, el consolidado régimen de Maduro está haciendo todo lo necesario para permanecer en el poder.

Si Maduro se enfrentara a María Corina Machado en unas elecciones democráticas y competitivas no tendría posibilidades de ganar.

Hace apenas tres meses parecía inevitable la continuación de la dictadura venezolana, y si bien aún no hay nada que permita decir que se romperá el statu quo, se han dado cambios notables que hacen más complicado el escenario para el régimen.

Un escenario favorable

El escenario regional se tornó favorable para Nicolás Maduro. Las llegadas de Gustavo Petro a la presidencia de Colombia y de Luiz Inácio Lula da Silva a la de Brasil rompieron el aislamiento al que fue sometido por la violación de los derechos humanos. A esto se sumó el relajamiento de la posición de Estados Unidos, que cambió su estrategia y abordó la situación venezolana con más permisividad, ante el cambio geopolítico en Ucrania, primero, y ahora en Israel, así como el peso de la migración venezolana en la política interna.

En parte gracias al presidente colombiano y su gestión internacional en favor de la Revolución Bolivariana, Maduro logró imponer la narrativa según la cual la causa de la crisis venezolana son las sanciones unilaterales y coercitivas impuestas por Estados Unidos y otros países occidentales, y que estás a su vez, eran la causa de la migración. Igualmente, el chavismo posicionó la idea de que Venezuela se estaba recuperando y que los venezolanos de la diáspora regresaban a su país.

La situación interna también parecía favorable para Maduro. La oposición carecía de liderazgo y las bancadas estaban fragmentadas, los ciudadanos rechazaban todo lo que tuviera que ver con política, la economía dolarizada dependiente de las remesas de los migrantes disminuyó la escasez de bienes y servicios, pero mostró la precariedad y pobreza.

El régimen se sintió con el viento a favor, con aliados en la región y los Estados Unidos preocupados por el panorama energético cambiante y con necesidad de regresar a los miles de venezolanos que llegan a sus fronteras. En estas condiciones Maduro, la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, y el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, subestimaron las elecciones primarias de la oposición y aceptaron el Acuerdo de Barbados pocos días antes.

Foto: Facebook: Nicolás Maduro - Ante los resultados de la oposición en las primarias, Maduro usó el argumento territorial nacionalista mediante el diferendo sobre el Esequibo.

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Un cambio inesperado

Pero las cosas cambiaron. La nutrida participación de los sectores opositores en las primarias tomó al régimen por sorpresa. María Corina Machado fue elegida como candidata opositora en las presidenciales de 2024 y ademá1 como cabeza indiscutible de la oposición.

Con 2 253 825 votos, Machado superó los 1 923 524 votos que había logrado Henrique Capriles en las últimas elecciones primarias de la oposición en 2012. Una victoria robusta con el 93,35 % a favor, muy por encima del 64,33 % del candidato de la Mesa de Unidad Democrática que enfrentó a Chávez en 2012 y casi derrota a Maduro en 2013.

Si Maduro se enfrentara a María Corina Machado en unas elecciones democráticas y competitivas no tendría posibilidades de ganar. Fue inevitable hacer el símil de las primarias de la oposición venezolana con el proceso chileno que desencadenó la salida de la dictadura de Augusto Pinochet. Maduro y los hermanos Rodríguez subestimaron la capacidad movilizadora de la oposición y el liderazgo de María Corina Machado, quizás la opositora más adversa a la Revolución Bolivariana.

Ante esta situación el régimen de Maduro se la jugó por el argumento territorial nacionalista. En ese sentido, conviene hacer el símil con la guerra a la que la dictadura argentina empujó al país por las Islas Malvina (Falkland), lo que a su vez  desencadenó la caída de los militares que sacrificaron una generación de argentinos para permanecer en el poder.

El chavismo esperaba promover una movilización masiva alrededor del referendo consultivo del pasado 3 de diciembre. Para muchos venezolanos, las marrullas de sus vecinos en tribunales de arbitramento les han arrebatado miles de kilómetros cuadrados, y ahora Guyana amenaza la histórica posición venezolana porque logró con éxito llevar a Venezuela ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) para resolver el diferendo territorial por los 159 500 kilómetros cuadrados del territorio del Esequibo.

Convocar al pueblo y preguntarle por el diferendo sobre el Esequibo, intentando legitimar una posición contra Guyana, pese a que la consulta no es vinculante internacionalmente, es una fórmula segura para congregar a la nación venezolana. Pero se pone en duda si existió tal nivel de participación de los supuestos 10 554 320 votos que se obtuvieron según el Consejo Nacional Electoral (CNE) en la jornada. Los datos del régimen contrastan con lo que se vio en las calles venezolanas ese día.

Maduro rápidamente anexionó el territorio en disputa al mapa oficial de Venezuela, expidió decretos para otorgar concesiones de exploración y explotación de los recursos del área, nombró una autoridad militar e impulsó una Ley Orgánica para la creación del estado número 24 de Venezuela. Según él, todas estas decisiones están en concordancia con las cinco preguntas del referendo consultivo, aunque la CIJ se pronunció el viernes 1 de diciembre y solicitó al Estado venezolano abstenerse de cualquier acción que modifique la situación actual del Esequibo.

La difícil situación con Guyana

El proceder de Maduro socava su relación con sus aliados en la región.

Brasil respondió rápida y firmemente para evitar una escalada que afecte la paz. No se puede pasar por alto que las fronteras de Brasil y de Colombia se consolidaron en tribunales de arbitramento que se decidieron en función de la documentación y pruebas presentadas por las partes. Desconocer o tomar medidas unilaterales contra dichos fallos arbitrales es una amenaza para la región que construyó sus fronteras desde el derecho y no por las acciones de fuerza.

La tradición venezolana evita la jurisdicción de tribunales y cortes internacionales por los malos resultados que ha tenido ante dichas instancias. En cambio, ha preferido la negociación directa con la contraparte. Pero es poco probable que Guyana quiera negociar directamente con Venezuela, si ya hay competencia de la CIJ para resolver el diferendo.

Es importante recordar que, mientras que Venezuela se ha empobrecido, Guyana hoy goza de un crecimiento económico sin precedentes. En 2022, su PIB creció un 57,8 %, en 2021 un 20,1 %, en 2020 el año de la pandemia un 43,5 %y en 2019 un 5,4 %, según el Banco Mundial.

Se espera pronto el diálogo de alto nivel entre Venezuela y Guyana alentado por Brasil el próximo jueves. Sin embargo, es poco probable que Guyana quiera salir de la jurisdicción de la Corte Internacional para negociar directamente con Venezuela.

En otras palabras, un país con una población de 808 726 personas, la población de Soacha en Colombia, tiene un PIB per cápita de 18 989 dólares para 2022. Colombia en el mismo año tuvo una un PIB per cápita de 6.630 dólares, según el Banco Mundial, mientras que de Venezuela no se tienen datos por la falta de transparencia de sus instituciones.

Los recursos de Guyana, que van más allá del territorio del Esequibo, lo harán uno de los países más ricos de la región en los próximos años. Aunque Venezuela tiene las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo, la incompetencia de la Revolución Bolivariana en la administración de los recursos lo han hecho un país pobre.

Así mismo, se debe tener presente que el referendo adelantado por el régimen de Maduro también es un instrumento para tratar de reconstruir el prestigio de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y blindar posibles fracturas entre los militares. Para ningún otro sector de Venezuela el tema territorial es tan sensible como para los cuerpos armados.

La Revolución Bolivariana ha socavado el respeto por la institución. Hoy los militares son considerados responsables junto al chavismo del empobrecimiento del país, el abultado número de generales es para muchos sinónimo de corrupción e incluso está en duda la capacidad de los militares venezolanos para enfrascarse en una confrontación internacional. El referendo y la posición firme de los militares en el diferendo territorial es una de las pocas cosas que puede devolverles el respeto de la población.

Se espera pronto el diálogo de alto nivel entre Venezuela y Guyana alentado por Brasil el próximo jueves. Sin embargo, es poco probable que Guyana quiera salir de la jurisdicción de la Corte Internacional para negociar directamente con Venezuela. Por otra parte, Maduro ha invocado el sentimiento nacional venezolano y tratará de instrumentalizar la situación para evitar unas elecciones competitivas.

Estados Unidos se ha acercado a Guyana porque puede llegar a ser un proveedor de petróleo más confiable que Venezuela en la actual coyuntura energética, y donde las inversiones tienen una mayor seguridad jurídica a largo plazo.

Entre tanto las autoridades colombianas deben ser muy responsables en sus declaraciones, sin poner en riesgo los intereses territoriales aún en disputa con Venezuela por las zonas marinas y submarinas del Golfo de Coquivacoa, también llamado Golfo de Venezuela.

Lea en Razón Pública: Venezuela: los acuerdos entre gobierno y oposición

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Ronal Rodríguez

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Ronal Rodríguez

Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

Foto: Presidencia

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Tras 24 años de chavismo, la relación con Venezuela ha pasado de un extremo —la obediencia a Estados Unidos hasta el gobierno Duque— al otro extremo —la simpatía de Petro con el régimen—. Aun así, estos cambios pueden beneficiar a Colombia.

Ronal Rodríguez*

193 años de historia

Desde la separación de la República de Colombia —tradicionalmente denominada la Gran Colombia para diferenciarla de la actual república— ha sido difícil la relación entre Colombia y Venezuela.

Esa relación ha estado marcada por los altibajos: momentos de sinergia y cooperación, alternados con momentos de desconfianza e inquietud, que son de esperar entre vecinos tan interdependientes.

Pero entre esos 193 años de encuentros y desencuentros, los 24 años de gobiernos chavistas son un capítulo aparte.

Le recomendamos: Maduró la dictadura en Venezuela: una década en el poder

Chávez, el mejor para Colombia

Paradójicamente, en algunos momentos Hugo Chávez fue el mejor presidente para los intereses colombianos:

  • Bajo los gobiernos de la revolución bolivariana, se regularizó masivamente a los colombianos en Venezuela, en el marco de la Misión Identidad;
  • Se produjo el mayor intercambio comercial en la historia de los dos países;
  • Sin la participación decidida de Venezuela, no se habría logrado el acuerdo de paz con las FARC.

Agresiones reciprocas

Por otro lado, los gobiernos de la revolución bolivariana —de Chávez y de su heredero político Nicolás Maduro—, han cometido las peores agresiones contra el Estado colombiano, sus autoridades y sus ciudadanos: desde los insultos, señalamientos y amenazas hasta la persecución y expulsión de más de 32.000 compatriotas en la zona de frontera en agosto de 2015 —la mayor agresión del Estado venezolano contra Colombia y los colombianos—.

no es clara la manera precisa como la defensa de un régimen autoritario que ha producido una tragedia humanitaria ayudaría a la ya de por sí controversial política de “Paz Total” del presidente Petro.

La percepción chavista de las autoridades colombianas no es menos compleja:

  • El gobierno de Andrés Pastrana fue uno de los tres que reconocieron a Pedro Carmona después del golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002;
  • El gobierno de Álvaro Uribe siguió la misma línea;
  • El chavismo sintió la mayor amenaza de una intervención extranjera cuando el gobierno Duque apoyó el ingreso de la “ayuda humanitaria” coordinada por USAID y por sectores de la oposición, la mayor agresión del Estado colombiano contra la Revolución Bolivariana.

El chavismo de Petro

Con la llegada del presidente Gustavo Petro, se abrió un nuevo escenario en la relación colombo-venezolana.

Ningún presidente colombiano ha defendido tan decididamente las narrativas chavistas en escenarios internacionales: Petro concuerda con Maduro en que las causas de la crisis venezolana son las sanciones internacionales, y relativiza la emigración de ese país — a pesar de que la diáspora ya llega a los 7,7 millones—.

Aunque el gobierno Duque fue irresponsable en su gestión con Venezuela, también lo ha sido el cambio de actitud de las autoridades colombianas al promover las narrativas chavistas.

Esa falta de equilibrio y ponderación amenaza a largo plazo las relaciones con Venezuela. Se podría argumentar que la actitud del presidente, el canciller y las autoridades colombianas hacen parte de una estrategia de construcción de confianza con el chavismo después de años de confrontación, o que se antepone la participación efectiva del gobierno de Nicolás Maduro en la “paz total” con el ELN y las disidencias de las FARC a cambio de mejorar la imagen del régimen venezolano.

Eventualmente, el apoyo a las narrativas chavistas podría ser una estrategia más elaborada para favorecer los intereses colombianos. Pero no es clara la manera precisa como la defensa de un régimen autoritario que ha producido una tragedia humanitaria ayudaría a la ya de por sí controversial política de “Paz Total” del presidente Petro.

Las sanciones y el comercio

En momentos de desaceleración de la economía colombiana, la recuperación del mercado venezolano sería de altísima utilidad, sobre todo en la zona de frontera.

Aun así, el comercio se estanca por las sanciones sectoriales que pesan sobre Venezuela; los exportadores colombianos temen a las autoridades norteamericanas, y los costos operacionales más la difícil logística de pagos hacen menos atractivo y provechoso el intercambio comercial.

Así las cosas, cabría pensar que el gobierno colombiano no pide que se levanten las sanciones porque cree que ellas son la causa de la crisis venezolana, sino porque el comercio colombiano sería uno de los primeros beneficiados con ese levantamiento.

Al pedir que se levanten las sanciones, Colombia también mejoraría su posición ante las autoridades venezolanas en otros puntos de la agenda. Pero es poco probable que esa sea la estrategia.

El comercio bilateral cerró el 2022 por encima de los 700 millones de dólares y, según proyecciones para 2023, podría llegar a los 1000 millones. Sin sanciones sectoriales, las condiciones podrían seguir mejorando; pero nunca serán como a principios de siglo. Pese a la actualización del Acuerdo de Alcance Parcial número 28, la coyuntura económica y el contexto de la relación son muy diferentes.

Durante sus primeros meses de gobierno, Petro propuso el retorno de Venezuela a la Comunidad Andina de Naciones (CAN), que serviría como marco para el intercambio comercial.

Pero esto está prácticamente descartado: sin la aprobación de Perú, es imposible un retorno de Venezuela a la instancia regional. Mientras Petro sea presidente, Perú no va a apoyar ninguna iniciativa: aunque recuperamos la relación con Venezuela, la relación con Perú pasa por su peor momento en décadas.

Y además de las condiciones de intercambio, hay que tener en cuenta que el mercado venezolano es mucho menos promisorio de lo que fue en otra época:

  • Venezuela perdió entre el 21 % y 25 % de su población en los últimos ocho años
  • La capacidad adquisitiva de la mayoría de la población es muy limitada: los años del “está barato, dame dos” son cosa del pasado
  • La inflación en dólares, la desaparición del bolívar y una economía de burbujas desmiente la supuesta recuperación
  • En 2022, si bien la economía creció por encima del 17 %, contrasta con los años de contracción —que superaron el 30 %—; al cierre del primer semestre de 2023, la economía ya reporta un decrecimiento del 7 %

Hay que seguir trabajando por recuperar la relación comercial. Los esfuerzos de ProColombia y la CAF —ahora Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe— para recuperar el mercado apuntan en una buena dirección, pero no hay que hacerse falsas expectativas.

Las causas de la crisis económica en Venezuela se mantienen —y se agravan— con el paso del tiempo. La falta de inversión en educación y salud, y un sistema jurídico adversa al sector privado condenan a Venezuela a la pobreza. Aun si hoy se levantaran las sanciones sectoriales, la recuperación tardaría décadas.

Empeora la seguridad en la frontera

La reapertura y normalización de los pasos fronterizos es la acción más importante en este primer año de restablecimiento de relaciones.

Pero falta un plan de acción y manejo en los asuntos de seguridad: esto opaca los resultados a pesar de los cuatro encuentros presidenciales —seis si se cuentan los espacios multilaterales y los dos encuentros entre los ministros de Defensa—.

La coordinación no ha descendido a los territorios: son los grandes excluidos en la era Petro-Maduro.

Foto: Alcaldía de Bogotá - La migración venezolana es un tema que ha sido relativizado, pese a que la diáspora alcanza los 7,7 millones.

Las causas de la crisis económica en Venezuela se mantienen —y se agravan— con el paso del tiempo. La falta de inversión en educación y salud, y un sistema jurídico adversa al sector privado condenan a Venezuela a la pobreza.

Del lado venezolano, se impone un orden autoritario-criminal, en manos de Freddy Bernal —gobernador del estado Táchira—, quien balancea los intereses nacionales, regionales y de los actores criminales del área fronteriza con Norte de Santander. Es un orden cuestionable, pero al fin y al cabo, un orden.

Del lado colombiano, los departamentos del área fronteriza pasan por uno de sus peores momentos:

  • La violencia desatada por la reacomodación de actores colombianos y venezolanos que se disputan las rentas criminales —sobre todo el microtráfico, la trata de personas y el tráfico de migrantes—
  • Los tradicionales negocios del narcotráfico, el contrabando y el tráfico de armas han desatado una cruda violencia en las ciudades y municipios de frontera
  • No hay diálogo entre los cuerpos de seguridad en el terreno y las autoridades locales, que fueron cruciales para mantener los canales de comunicación durante los años de la ruptura de la relación

Más allá del presidente Petro

Nada indica que la situación venezolana cambiará en los próximos años; la consolidación y permanencia de Maduro no está en duda —como decía Chávez— “por ahora”.

En Colombia, de otra forma, lo más probable es que continué la alternancia política que ha caracterizado la última década y llegue al poder la centroderecha.

¿Cómo mantener una relación fluida con Venezuela, nuestro vecino más relevante, a pesar de las diferencias en los sistemas políticos y económicos?

¿Qué tanto está comprometiendo el presidente Petro al Estado colombiano en el mediano y en el largo plazo al repetir las narrativas del régimen venezolano?

¿Cómo va la recuperación de la infraestructura institucional entre los dos países, y porque tanta opacidad en los acuerdos a los que se está llegando?

Vea en Razón Pública: Venezuela: ¿Mejorará la situación política y social?

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Ronal Rodríguez

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Ronal Rodríguez

Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

Foto: Twitter: Nicolás Maduro

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Nicolás Maduro acaba de completar una década en el poder. ¿Qué hay detrás del telón de esta extraña dictadura, cómo y por qué se ha mantenido el dictador en medio de la crisis permanente?

Ronal F. Rodríguez*

El comienzo

El primero de mayo de 2017, en el acto del día del trabajo, el presidente Nicolás Maduro convocó a la Asamblea Nacional Constituyente. Con esto puso fin al proceso democratizador que comenzó el 23 de enero de 1958, cuando cayó la dictadura militar de Pérez Jiménez.

La convocatoria de la Constituyente se produjo después de que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) pretendió privar de sus funciones a la Asamblea Nacional, parlamento venezolano que para entonces tenía mayoría opositora. Fue el final de la democracia en Venezuela y el comienzo de la dictadura de Nicolás Maduro.

Lea en Razón Pública: El tratado bilateral de inversión entre Colombia y Venezuela

Los militares en la nueva dictadura

Este gobierno es distinto de las dictaduras militares del siglo XX en América Latina porque, aunque tiene presencia militar, el poder está en manos de civiles.

Además, las Fuerzas Armadas han tenido un gran cambio en su estructura, disciplina y jerarquía. Durante la última década se promovieron organismos como la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y la Policía Nacional Bolivariana (PNB) que, en sentido estricto, no son militares. También aparecieron grupos paralelos, como la Milicia Nacional Bolivariana (MNP): grupos de civiles con una ideología chavista, que recibieron adiestramiento militar y son tenidos como un componente de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

Maduro ha logrado atomizar la fuerza entre distintos actores legales e ilegales, aunque todos comparten una mutua dependencia con la figura de Maduro y el poder chavista. La descomposición del poder no perjudica a Maduro, quien ha logrado promover, degradar o neutralizar figuras a su antojo.

Paradójicamente, sin embargo, la creación de esos grupos armados fue acompañada por la pérdida del control territorial, debido a que las nuevas fuerzas son más permisivas y han dejado que grupos al margen de la ley se adueñen de parte del territorio. Muchas de las organizaciones creadas por la dictadura han protegido, apoyado y/o se han asociado con grupos ilegales existentes o bandas criminales que han surgido y se han posicionado. La asociación con grupos como la “Segunda Marquetalia” o con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) se ha extendido a gran parte del territorio venezolano.

A diferencia de la dictadura de Juan Vicente Gómez, quien concentró el poder en las manos de los militares en detrimento de los caudillos regionales, el gobierno de Maduro ha dado pie a la pérdida del monopolio de la fuerza y a la desinstitucionalización de las fuerzas armadas.

Ahora la fuerza venezolana actúa en función de intereses particulares, que ha hecho que el contrabando, el narcotráfico, el tráfico de armas, la minería ilegal, el tráfico y trata de migrantes sean prácticas normales.

Por otro lado, la esfera de acción de los militares se extendió a la explotación minera y petrolera, las comunicaciones, la construcción, las finanzas o la importación, comercialización y distribución de productos. Básicamente los militares participan en todos los sectores de la economía.

Asimismo, se permitió que actores paraestatales como los “colectivos sociales”, muchos de ellos asociados con la criminalidad, asumieran funciones estatales como la de repartir entre la población las denominadas “cajas” CLAP (Comité Local de Abastecimiento y Producción), estrategia para llevar bienes de primera necesidad a sectores empobrecidos de la sociedad.

Lo impensable

Se pensaría que la disgregación de la fuerza militar sería incompatible con un orden dictatorial, pero precisamente esta es la gran diferencia entre la dictadura de Maduro y las dictaduras del siglo pasado.

Maduro ha logrado atomizar la fuerza entre distintos actores legales e ilegales, aunque todos comparten una mutua dependencia con la figura de Maduro y el poder chavista. La descomposición del poder no perjudica a Maduro, quien ha logrado promover, degradar o neutralizar figuras a su antojo. Por ejemplo, en los casos del general Vladimir Padrino o el de Rafael Ramírez, o el de Diosdado Cabello, quien en su momento llegó a competir por el legado de Chávez.

Nicolás Maduro siempre fue subestimado por sus aliados y por sus enemigos, fomentó una imagen de ser bruto y carente de formación profesional, lo cual explica sus frecuentes salidas en falso y sus declaraciones desafortunadas. se presenta como un hombre primitivo, de creencias populares y gustos básicos.

A diferencia de su predecesor, Hugo Chávez sobre el que corrieron ríos de tinta apenas se conoce una biografía de Nicolás Maduro, la de Roger Santodomingo titulada De verde a Maduro: el sucesor de Hugo Chávez, de 2013, y no son muchos los estudios que analicen el gobierno y la forma de ejercer el poder de este extraño dictador.

En todo caso, y en contravía de lo que muchos creyeron, Nicolás Maduro acaba de completar una década en el poder y por el momento nada indica que se vaya a ir.

Una crisis perpetua

A diferencia de la dictadura de Pérez Jiménez que disfrutó de un aumento acelerado del ingreso nacional a mediados del siglo pasado, la dictadura de Maduro ha ocasiona el “decrecimiento” económico y social de los venezolanos.

Los resultados de la gestión no pueden ser peores: el 21,46 % de la población ha abandonado el país en los últimos años, es decir, unas 7.239.953 personas migrantes según la plataforma multiagencial R4V. A ellos hay que sumar alrededor de 950.000 colombianos que habían hecho de Venezuela su hogar y han retornado durante el mismo periodo. Una contracción demográfica sin precedentes en América Latina.

El régimen de Maduro responsabiliza de la crisis y exilio venezolano a las sanciones internacionales que se han impuesto. Pero esto también hace parte de una narrativa que pretende esconder la instrumentalización de la miseria y la pobreza como herramientas de poder.

Las sanciones internacionales han afectado la vida de los venezolanos, particularmente de la clase media. Esto es innegable, pero las sanciones no son las responsables de la crisis, son una causa más y no la más importante.

Durante años la Revolución Bolivariana puso en marcha medidas políticas, económicas y sociales que condujeron a la crisis multidimensional que hoy vive Venezuela y que se ha visto agravada por las sanciones internacionales.

El aumento de la inflación y la pobreza, las fallas en el sistema de servicios públicos, el colapso del sistema de asistencia social, particularmente en salud y educación, y la ruina de la industria petrolera, causarían la salida de cualquier gobierno democrático, pero no de una dictadura.

Por el contrario, la destrucción del Estado venezolano ha fortalecido el control que ejerce el régimen de Maduro, porque el ciudadano queda supeditado a la supervivencia, a resolver el día a día, a proveerse de agua potable y electricidad, a conseguir los recursos o depender de sus familiares o amigos en el exterior para pagar los altos costos de los productos de la canasta básica. Maduro ha sacrificado el bienestar de los venezolanos con tal de permanecer en el poder.

Foto: Personería de Floridablanca - Los resultados de la gestión de Nicolás Maduro son negativos y se reflejan en cifras como el 21 ,46 % de la población venezolana que ha abandonado el país en los últimos años.

El régimen de Maduro responsabiliza de la crisis y exilio venezolano a las sanciones internacionales que se han impuesto. Pero esto también hace parte de una narrativa que pretende esconder la instrumentalización de la miseria y la pobreza como herramientas de poder.

A diferencia de Pérez Jiménez, quien vivió un exilio dorado en España, Maduro y la camarilla chavista tienen menos posibilidades de lograr la impunidad y un otoño tranquilo, lo cual lamentablemente juega en contra de una salida y el retorno a la democracia.

Nicolás Maduro ha logrado consolidar la dictadura, derrotó el cerco diplomático — la torpe estrategia promovida por los expresidentes Trump, Duque y Bolsonaro—, hizo trizas la unidad opositora — que le había arrebatado el poder legislativo en 2015 —, y se posicionó como el líder absoluto de la Revolución Bolivariana pasando del chavismo al madurismo.

No obstante, el resultado adverso de Venezuela en la Corte Internacional de Justicia en el caso del Esequibo con Guyana y el ascenso de la izquierda democrática en el continente —en contraposición a la izquierda autoritaria que representa junto a Cuba y Nicaragua—, pueden socavar sus pretensiones de perpetuarse.

En teoría, la defensa, promoción y respeto de los derechos humanos es una de las principales banderas de la izquierda democrática latinoamericana, lo que termina cuestionando la dictadura de Nicolás Maduro Moros y la continuidad del madurismo en Venezuela.

Puede leer: Recuperando la relación con Venezuela

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Ronal Rodríguez

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Ronal Rodríguez

Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

Foto: Facebook: Gustavo Petro

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El encuentro entre Maduro y Petro marca un nuevo periodo en las relaciones entre Colombia y Venezuela que dependerá de los intereses actuales de ambos mandatarios más que de un genuino interés bilateral.

Ronal F. Rodríguez*

Una relación personalizada

Desde el comienzo de la Revolución Bolivariana en Venezuela, la relación bilateral con Colombia ha sido altamente dependiente de los presidentes.

Para Hugo Chávez era fundamental la internacionalización de su proyecto, de modo que el manejo de la política exterior fue una de sus prioridades. En parte, esto puede explicar por qué Nicolás Maduro fue elegido sucesor. La Revolución Bolivariana tenía una vocación internacional, la cual afectó la relación bilateral con Colombia.

Los encuentros presidenciales se convirtieron en el centro de la relación bilateral entre Colombia y Venezuela. Los espacios institucionalizados como las comisiones de frontera, la comisión de conciliación, la misión diplomática y consular, que fueron tan importantes en los años 90 y permitieron el desarrollo de una fluida relación comercial y de frontera, se fueron desvaneciendo en la dependencia de la relación bilateral de los encuentros presidenciales.

El espíritu refundacional de la Revolución Bolivariana se impuso sobre la relación bilateral. Chávez, tan dado a la grandilocuencia y a crear instituciones paralelas, transformó la Casa Amarilla, la Cancillería Venezolana y sacrificó varias generaciones de diplomáticos de carrera por personas que apoyaran la internacionalización de su proyecto político.

Durante esos años no era necesario ser un diplomático o tener experiencia en relaciones internacionales, ni saber cuáles eran las prioridades del Estado venezolano: lo fundamentar era ser chavista y obedecer al presidente. Esta fue la fórmula que le permitió a Nicolás Maduro convertirse en el canciller más longevo y el eventual sucesor de Hugo Chávez.

En una agenda tan complicada como la que existe entre Colombia y Venezuela, caracterizada por un extenso temario técnico, territorial, de infraestructura, comercio y migración, las negociaciones y procesos de construcción de consensos binacionales quedaron paralizados por temas que eran prioritarios para los presidentes.

El encuentro

Desde entonces, la relación abandonó el abordaje institucional y dependió de la voluntad o del capricho de los presidentes. Quizás por eso, apenas después del encuentro entre Petro y Maduro se ha retomado el interés en una relación bilateral sobre bases que podrían ser más duraderas.

El encuentro entre los presidentes y el establecimiento de una agenda de trabajo marcan el camino para la recuperación de la relación, pero nuevamente ponen a depender a la relación bilateral del talante de los presidentes.

A diferencia de lo que ocurrió en 2010 cuando Santos y Chávez retomaron la relación después de los años de confrontación Uribe-Chávez, este nuevo encuentro se da a casi tres meses después de la posesión de Petro y transcurrido de manera más parca, estuvo lleno de lugares comunes sobre la hermandad binacional y promesas de recomposición y amistad.

El regreso a la CAN

En 2006, Hugo Chávez decidió retirar a Venezuela de la Comunidad Andina (CAN) con el argumento de que los tratados de libre comercio que por entonces estaban negociando Colombia y Perú con Estados Unidos afectaban los intereses de Venezuela.

La salida de Venezuela de la CAN afectó la Zona de Integración Fronteriza, entre Norte de Santander y Táchira, que ya estaba muy adelantada. Únicamente faltaban las notas reversales. Aunque el protocolo de salida de la CAN extendía las obligaciones de Venezuela durante cinco años, no fue posible negociar bilateralmente y lograr acuerdos satisfactorios en temas de transporte, comercio, frontera o migración.

La propuesta del presidente Petro para que Venezuela regrese en propiedad a la CAN y el interés que mostró Nicolás Maduro en acoger dicha propuesta es el principal resultado de la primera reunión presidencial. No obstante, hay muchos temas operativos y técnicos que resolver para llevar a cabo el regreso de Venezuela.

Foto: Flickr - La otra propuesta que llamó la atención fue la solicitud para que Venezuela regrese al Sistema Interamericano de Derechos Humanos.

Puede leer: Petro y Maduro: por qué restablecieron relaciones

Los Derechos Humanos importan

La otra propuesta que llamó la atención fue la solicitud para que Venezuela regrese al Sistema Interamericano de Derechos Humanos.

Si bien el presidente Maduro no negó esta posibilidad tajantemente y fue muy ambiguo en su respuesta, la verdad es que poco o ningún interés tiene el régimen venezolano en regresar al Sistema Interamericano. No ha cumplido las medidas, sentencias y fallos anteriores a su retiro, que es la condición básica para su regreso.

El regreso de Venezuela a la jurisdicción interamericana de derechos humanos es más una postura del presidente Petro, que parece desviar la atención frente a las graves acusaciones que enfrenta el régimen venezolano. Esta solicitud acalla las críticas que despierta el gobierno de Nicolás Maduro y se muestra como un esfuerzo del presidente colombiano para que regrese la democracia en Venezuela.

La “Paz Total” pasa por Venezuela

El ELN no se mencionó en la agenda pública ni en la declaración posterior, pero es poco probable que el tema no fuera abordado por los mandatarios.

La presencia del ELN en Venezuela ha aumentado durante los últimos cuatro años. En 2021 y 2022 se dieron confrontaciones entre cuerpos de seguridad venezolanos, el ELN y disidencias de las FARC en territorio venezolano que es ahora escenario del conflicto armado colombiano.

El ELN ha logrado control territorial y dominio social de importantes áreas del sur de Venezuela, ha desplazado a las organizaciones criminales y ha suplantado a las autoridades. Al igual que lo hicieron las guerrillas en Colombia, la ausencia de Estado y la convergencia de negocios de la ilegalidad —narcotráfico, contrabando, tráfico de armas, tráfico de migrantes, trata de personas y minería ilegal— se convirtieron en fuente de financiación y causa de expansión en Venezuela.

Ningún proceso de negociación para la “Paz Total” con el ELN o las disidencias de las FARC puede obviar la presencia de estos grupos en Venezuela. De hecho, a diferencia de la negociación de la Habana, en esta negociación, el régimen venezolano no sólo debe ser facilitador o garante sino que debe ser una de las partes en la negociación. De nada sirve desmontar el ELN o las disidencias en Colombia si si siguen en Venezuela.

“Re-institucionalizar” la relación

El presidente Petro ha hecho referencia en varias ocasiones a la necesidad de “re-institucionalizar” la relación, es decir, de recuperar los espacios de la misión diplomática y el papel de los consulados, así como los espacios de las comisiones de frontera y conciliación. Pero, aunque ha habido avances importantes en estos tres meses, aún hay mucho camino por recorrer.

Después del acto simbólico para la “normalización de la frontera”, el comercio y el paso fronterizo dependen de las trochas. Si no se dan cambios importantes en las autoridades venezolanas y se rompe el statu quo creado por la ilegalidad en la frontera, las promesas de campaña quedaran empantanadas.

El encuentro entre los presidentes y el establecimiento de una agenda de trabajo marcan el camino para la recuperación de la relación, pero nuevamente ponen a depender a la relación bilateral del talante de los presidentes.

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Ronal Rodríguez

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Ronal Rodríguez

Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

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Restablecer las relaciones entre Colombia y Venezuela será beneficioso para sus economías, pero el gobierno colombiano no debe sumarse al discurso de Maduro ni debe negar el fenómeno migratorio.

Ronal F. Rodríguez*

El paso más importante

Retomar relaciones bilaterales con el régimen de Maduro es quizás el reto diplomático más importante para el gobierno de Gustavo Petro.

Pero Venezuela y la revolución bolivariana no son las mismas de hace tres años, y sin embargo sigue siendo frágil el equilibrio necesario para convivir con un país con grandes diferencias en los modelos políticos y económicos.

Los cambios no se deben a la pequeña recuperación económica, a la consolidación del régimen o a la transformación demográfica —según la plataforma multi-agencial R4V, Venezuela perdió entre el 20,39 % y el 23,33 % de su población en los últimos años—. El régimen de Maduro cambió y el gobierno de Petro tiene que considerar su realidad actual para restablecer las relaciones.

Hoy se adelanta en Colombia un proceso de integración de la población migrante venezolana, a la par de la “Paz total”, que pretende negociar con los grupos armados que llevaron el conflicto colombiano a Venezuela.

Además, se avanza en una agenda bilateral que pasa por la reinstitucionalización diplomática, el comercio bilateral, la normalización de la frontera y la construcción de confianza entre las autoridades colombianas y venezolanas.

Estas agendas son un paso importante para que la transición diplomática beneficie a Colombia y sea lo más efectiva posible.

Un repunte, no tan grande, del comercio

La economía venezolana se está recuperando.

Ya no hay desabastecimiento y la economía se ha dolarizado de facto. Además, el gobierno chavista adopta medidas discrecionales de liberalización en importantes sectores económicos, y la recuperación del PIB podría llegar a los dos dígitos en 2022.

A pesar del denominado “cerco diplomático” y las sanciones de la comunidad internacional, el país vecino se adaptó a las difíciles condiciones y se estabiliza en la precariedad. La situación es mucho mejor que en 2018 y 2019, los peores años de le emergencia humanitaria, pero dista mucho de ser la recuperación que muestra el discurso oficialista venezolano.

La designación de Benedetti como embajador en Venezuela envía un mensaje implícito al régimen de Maduro y es que el responsable de la recuperación diplomática y comercial es alguien muy cercano al presidente de los colombianos. Dicha recuperación es una de las prioridades del nuevo embajador quién, en un trino, afirmó que llegarían a los diez mil millones de dólares en intercambio comercial.

El comercio bilateral cerró el año pasado con 391 millones de dólares, según información de la Cámara de Comercio Colombo-venezolana. En el primer semestre de 2022, se llegó a los 400 millones de dólares y este año se puede cerrar con más de 800 millones.

No obstante, si se logra la apertura de la frontera entre Norte de Santander y Táchira antes de noviembre para el paso de transporte de mercancías y personas, podría llegar a los mil millones de dólares.

En el mejor de los escenarios, las proyecciones indican que la relación comercial para finales de la administración Petro llegue a los 4.000 millones de dólares, lo que dista mucho de las declaraciones del nuevo embajador.

El mayor intercambio comercial entre Colombia y Venezuela fue de 7.221 millones de dólares en 2008, cuando Venezuela producía más de tres millones de barriles diarios de petróleo y el precio internacional era superior a los 110 dólares, llegando incluso a superar los 140 dólares.

Asimismo, a pesar del retiro de Venezuela de la CAN en 2006, aún nos cubría su estructura institucional en 2008, dado que el retiro sólo sería efectivo cinco años después. Era la época dorada de la Revolución Bolivariana.

El Embajador en Venezuela
Foto: Radio Nacional El Estado colombiano no puede sumarse al discurso del oficialismo venezolano.

Le recomendamos: La nueva relación entre Colombia y Venezuela

La precaria economía venezolana

Hoy Venezuela produce menos de 700 mil barriles diarios de petróleo y ha perdido más de la quinta parte de su población, lo que de facto significa una contracción de su mercado.

La infraestructura venezolana se ha deteriorado aceleradamente, sus carreteras necesitan grandes inversiones de mantenimiento y su parque automotor se ha reducido por la falta de repuestos, sin contar con los problemas de seguridad por la piratería terrestre que agravan esta situación.

El Estado colombiano no puede sumarse al discurso del oficialismo venezolano para reestablecer las relaciones comerciales y sacrificar siete años de política de solidaridad, recepción e integración migratoria.

Las sanciones norteamericanas dificultan el acceso a la inversión al régimen de Maduro, pero también de los privados. La sensibilidad del tema en el sector financiero internacional limita el acceso a servicios por temor al lavado y testaferrato del oficialismo.

Por otra parte, Colombia ha diversificado sus mercados. Algunos de los productos que se vendían en Venezuela hoy llegan a países de Centroamérica y a otras latitudes.

La débil industria venezolana tiene miedo de que los productos colombianos inunden el pequeño mercado y no ha tardado en proponer algunas medidas proteccionistas. Asimismo, varios de los jerarcas del chavismo están nerviosos por la formalización del comercio bilateral que, durante los últimos años, estuvo en manos de la ilegalidad, de quienes recibían porcentajes, participaciones o con quienes incluso estaban involucrados directamente.

Ganancias en la región fronteriza

Sin embargo, la reactivación del comercio seria fundamental para la región de los Santanderes.

Los productos de Norte de Santander tardan entre 12 y 14 horas para llegar al puerto de Barranquilla y entre 17 y 20 horas para llegar al puerto de Buenaventura si no se presenta ningún contratiempo en la vía.  En cambio, los mismos productos tardan entre 7 y 8 horas para llegar de Cúcuta al puerto de La Ceiba, en el estado de Trujillo de Venezuela, al sur del lago Maracaibo. Pero dicho puerto, como toda la cadena de transporte, requeriría una gran inversión venezolana.

La economía en Venezuela está mejorando marginalmente y los Santanderes podrían beneficiarse de ello puesto que podrían proveer eficientemente productos colombianos para la canasta básica. Pero existen redes de corrupción para la importación de alimentos en Venezuela que no les interesa afectar el actual estatus quo.

Seguridad energética

Venezuela no es un buen aliado en esta materia.

Los países que se beneficiaron de los suculentos acuerdos de Petrocaribe, pieza fundamental de la diplomacia petrolera que dirigió Maduro como canciller de Chávez, fueron los primeros afectados con la crisis venezolana.

Es ingenuo suponer que Venezuela es un proveedor fiable para el mercado colombiano porque tiene gas. Por una parte, como sucedió con los países de Petrocaribe, el régimen venezolano instrumentalizaría la dependencia energética. Por otra, la incompetencia del régimen pondría en riesgo la alimentación de los sectores más humildes de Colombia.

Además, los norteamericanos están dispuestos a levantar las sanciones para sus petroleras que tienen una capacidad instalada inoperante para el refinamiento del petróleo pesado y extrapesado de Venezuela. Pero levantarlas para un acuerdo entre Colombia y Venezuela es otra cosa.

El gran error de Benedetti

El comercio puede ser un instrumento para construir confianza entre ambos países, pero la relación diplomática debe centrarse en el tema migratorio.

Nuestro nuevo embajador se alineó con la posición venezolana al decir que la migración está regresando a su país y que el supuesto “éxodo” no existe; y la desidia del gobierno Petro por el tema migratorio sólo es comparable con la desidia del gobierno Duque ante el Acuerdo de Paz. Pero Colombia es hoy un país en movilidad humana.

Hay más de 2,4 millones de venezolanos en Colombia y más de 3,4 millones de colombianos en Venezuela. Más de 12 millones de personas conviven en los 2219 kilómetros de frontera por el que cruzan entre 20 y 50 mil personas diariamente. Si se recupera el transporte público entre Norte de Santander y Táchira, esa cifra podría llegar a las 70 mil personas.

El Estado colombiano no puede sumarse al discurso del oficialismo venezolano para reestablecer las relaciones comerciales y sacrificar siete años de política de solidaridad, recepción e integración migratoria.

Fue una torpeza de la anterior administración permitir la ruptura de relaciones diplomáticas, consulares y de todos los canales de comunicación, pero tampoco se pueden hacer valoraciones equivocadas y contrarias a los intereses de Colombia. Negar el fenómeno migratorio ha sido el peor error del embajador Benedetti.

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Ronal Rodríguez

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Ronal Rodríguez

Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

Foto: Flickr - Estados Unidos quiere retomar relaciones con Venezuela.

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Duque impulsó el “cerco diplomático” a Venezuela para que ese país volviera a la democracia. Pero esta estrategia ha producido daños en lugar de beneficios. Esto son los hechos, y estos los cambios requeridos.

Ronal Rodríguez*

El pasado fue mejor

La crisis de la Corbeta Caldas de 1987 fue quizás el momento más cercano a una guerra entre Colombia y Venezuela.

Dos presidentes nacidos en la frontera, Virgilio Barco en Cúcuta, y Carlos Andrés Pérez, de Rubio, Táchira, lograron pasar la página de la confrontación por el golfo de Coquivacoa, o golfo de Venezuela. Ambos hicieron del comercio bilateral el centro de la relación entre los dos países, retomaron las instituciones existentes y crearon nuevas instancias de diálogo para los temas fronterizos.

La década de 1990 fue el momento dorado de la relación bilateral. El comercio tradicional e informal de la frontera se fue formalizando y, a pesar de las crisis internas que atravesaron ambas naciones, se mantuvo el ambiente de confianza entre las autoridades.

De esta manera pasamos de los diplomáticos anti-colombianos y anti-venezolanos a una generación que fortaleció las relaciones institucionales e impulsaron espacios como la Comunidad Andina (CAN). Cuando Colombia y Venezuela colaboran, progresa toda la región andina.

El cerco diplomático

Hoy la relación bilateral se encuentra en su peor momento. El presidente Duque mantiene una querella personal con Maduro y ambos se acusan, se señalan, se descalifican y se insultan de una manera nunca vista entre dos jefes de Estado.

Debemos construir una relación bilateral centrada en los intereses de la población de frontera y de los Estados.

La relación entre Colombia y Venezuela se encuentra derruida. La Comisión permanente de conciliación y la Comisión presidencial para asuntos fronterizos, supra instancias que coordinaban la relación entre naciones hermanas y eran la ruta para resolver las diferencias en instancias consulares y diplomáticas, hoy son inoperantes.

En este escenario, el presidente Duque decidió sumarse y apostarle a una estrategia de “cerco diplomático” a Venezuela, aupado por un ambiente hemisférico hostil hacia la dictadura de Nicolás Maduro y apoyado en su momento por Donald Trump. Esto ocurrió en el peor momento de la emergencia humanitaria en la que se hundía Venezuela y con miles o millones de migrantes caminando por las carreteras de Suramérica.

Más que una estrategia, el “cerco” fue o es la sumatoria de acciones contra Maduro, sus esbirros y el Estado controlado por la Revolución Bolivariana. Se dieron además acusaciones en foros multilaterales como Naciones Unidas y la OEA y apoyo abierto a opositores del gobierno vecino, al antes llamado “gobierno de transición” hoy referido por el presidente colombiano como la “resistencia democrática”.

En la misma línea, se promovieron y aplicaron sanciones internacionales al régimen venezolano y se sembró la amenaza de que todas las alternativas estaban sobre la mesa (recuérdese que Trump varias veces habló de una eventual invasión de Venezuela).

El propósito del gobierno Duque era desencadenar una situación que llevara al país vecino hacia el restablecimiento de la democracia. Una apuesta que implicaba maximizar la presión sobre un régimen acorralado (e incluso la posibilidad de una intervención militar internacional, como dejó entrever el entonces vicepresidente Pence en su visita a Bogotá). Esta era una postura arriesgada porque podía implicar que Colombia entrara en guerra.

Colombia se quedó sola

Si bien el propósito era recuperar la democracia venezolana, Colombia, bajo la dirección de Duque, se jugó a fondo por una estrategia que fracasó rotundamente.

Por una parte, el contexto regional cambió: México con Obrador, Argentina con Fernández, Perú con Castillo, Chile con Boric y el inminente regreso de Lula en Brasil. Más allá de ser gobiernos de izquierda y la eventual tolerancia que puedan tener con Maduro y su régimen, están más preocupados por sus agendas domésticas en medio de la recuperación postpandemia.

Por otra parte, Estados Unidos ha cambiado de posición frente a Venezuela:

  • El cambio había comenzado con la molestia del gobierno Biden por la intromisión de dirigentes o ciudadanos colombianos al lado de opositores en las reñidas elecciones frente a Trump, particularmente en el estado de la Florida.
  • La administración Biden además se ha percatado de los malos resultados del “Cerco Diplomático”, que alejó a Venezuela de Occidente y la acercó a potencias extracontinentales que sacaron provecho de un régimen dispuesto a feriar sus recursos estratégicos con tal de mantenerse en el poder. Por esta razón Maduro se plegó a los intereses de Rusia, China, Irán y Turquía, comprometiendo el presente y el futuro de los venezolanos.
  • Hoy Estados Unidos parece más dispuesto a convivir con el madurismo. La invasión de Ucrania y la continuada migración venezolana cuando en Estados Unidos otra vez se vive una crisis migratoria, han venido a complicar un panorama que ya era muy difícil. La casi guerra entre Putin y la OTAN ha convertido el petróleo de Venezuela en un recurso de alto valor estratégico, y por eso el presidente Biden ha comenzado a dialogar con Maduro.

Puede leer: La complicada relación entre Colombia y Venezuela

Un tiro por la culata

El cerco diplomático se proponía el retorno de la democracia en Venezuela y logró consolidar su dictadura.

El siempre subestimado Nicolás Maduro logró tapar las desastrosas consecuencias económicas del chavismo, echándoles la culpa del hambre el pueblo venezolano a las sanciones internacionales, el “imperio” y la oposición.

La relación entre Colombia y Venezuela se encuentra derruida.

Maduro encontró además en Duque al sujeto perfecto para achacarle todas las conspiraciones, los supuestos intentos de magnicidio y las cosas que no funcionan en Venezuela: si falla el sistema eléctrico, es a causa de un plan orquestado desde Bogotá, si ocurre un accidente en una refinería fue un plan de Duque.

El proceso de “reinstitucionalización”

Independientemente de quien sea el próximo presidente de Colombia, es imposible sostener la estrategia del “Cerco Diplomático”. No sólo porque fracasó sino porque la interdependencia entre Colombia y Venezuela siempre la hicieron inviable.

Las consecuencias humanas del “cerco” fueron el desamparo de nuestra diáspora en Venezuela, dejar a millones de colombianos en manos de un régimen violador de los derechos humanos, poner en riesgo de apatridia a miles de niños venezolanos y colombianos retornados de segunda y tercera generación y perder la capacidad de hacer nuestra propia lectura de la situación venezolana.

Pero recuperar la relación bilateral no será fácil. Venezuela seguirá gobernada por la dictadura de Nicolás Maduro, no hay nada que permita prever un cambio en el corto o mediano plazo.

El proceso tardará varios años y debe ser orientado por la reinstitucionalización, a pesar de lo difícil que puede resultar con Maduro quien, como canciller, socavó todos los espacios diplomáticos bilaterales y ha pasado a la historia como el peor presidente de Venezuela para Colombia a pesar de ser hijo de una colombiana.

Algunos puntos para reinstitucionalizar la relación con Venezuela pueden ser:

  1. Nombrar un alto responsable del Estado colombiano para la relación bilateral con Venezuela.
  2. Levantar un diagnóstico de la situación de los colombianos en territorio venezolano y evaluar la pertinencia y ubicación de los consulados.
  3. Reimpulsar la comisión permanente de conciliación, como instancia de diálogo y negociación.
  4. Recuperar la comisión presidencial para asuntos fronterizos colombo-venezolanos, con la participación de la diplomacia local y ciudadana.
  5. Recuperar los consulados de Colombia en Venezuela.
  6. Recuperar y robustecer la misión diplomática de Colombia en Venezuela.
  7. Construir una agenda decenal colombo-venezolana con cuatro ejes principales: el fronterizo, el de movilidad humana, el de economía y comercio y el de la dimensión académica y cultural.
El fracaso del cerco diplomático a Venezuela
Foto: Facebook: President Joe Biden - La decisión de Estados Unidos sobre sus relaciones con Venezuela cambia el panorama para Colombia.

Le recomendamos: Colombia y Venezuela: una oportunidad inaplazable

Al igual que al comienzo de los años noventa, necesitamos pasar la página. Debemos construir una relación bilateral centrada en los intereses de la población de frontera y de los Estados, por encima de las diferencias entre los sistemas políticos y económicos, e inclusive de las diferencias personales entre los gobernantes.

En conclusión, Venezuela ya no es la misma. Esta es una oportunidad para el relacionamiento; por eso el próximo presidente de los colombianos tiene una gran responsabilidad.

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Ronal Rodríguez

Escrito por:

Ronal Rodríguez

Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

Foto: En una tarde de noviembre de 2007 el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se enteró que su homólogo colombiano, Álvaro Uribe, dio por terminada la mediación entre los dos países.

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A quince años de turbulencias en la relación colombo-venezolana se han sumado los efectos de la invasión de Ucrania y el cambio de posición de los Estados Unidos. Esta es la situación y estos son los desafíos para el próximo presidente de Colombia.

Ronal Rodríguez*

La relación Uribe-Chávez

Durante los últimos quince años la relación entre Colombia y Venezuela ha cambiado de manera radical.

En una tarde de noviembre de 2007 el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se enteró de que su homólogo colombiano, Álvaro Uribe, había dado por terminada la colaboración entre los dos países. Ese día Uribe descartó la mediación de Chávez en la liberación de secuestrados, pues este habría incumplido el compromiso de no hablar con los altos mandos militares. El evento marcó el final de la complicada relación entre la Seguridad Democrática y la Revolución Bolivariana.

Poco antes, en una prolongada reunión en Hato grande (la hacienda presidencial en la sabana de Bogotá), Uribe había dado su visto bueno para que el gobierno venezolano adelantara gestiones para liberar secuestrados en manos de las FARC. Esto, gracias a la intermediación de la senadora Piedad Córdoba.

A pesar de las evidentes diferencias, la relación entre ambos presidentes y sus proyectos políticos había sido fluida hasta ese momento. Algunos diplomáticos —como el embajador venezolano Pável Rondón— ayudaron a resolver incidentes entre los dos países y a aliviar las tensiones entre los dos gobernantes.

La paradójica relación Duque-Maduro

El gobierno Duque no reconoce a las autoridades que detentan el poder real y controlan el aparato del Estado venezolano; Duque, por el contrario, sostiene con obstinación la figura del interinato en cabeza de Juan Guaidó.

La política actual de Bogotá consiste en el llamado “cerco diplomático” para forzar el retorno a la democracia en Venezuela. Al mismo tiempo y sin embargo, el gobierno de Duque puso en marcha un proceso de acogida de inmigrantes sin igual en la historia de América Latina; pero el éxito de estas medidas ha ido acompañado por el fracaso de la estrategia de aislar a Venezuela.

Paradójico: el presidente colombiano que peor ha administrado la relación bilateral con el hermano país, es quien más apoya la diáspora venezolana.

Pero aún más paradójico es que Nicolás Maduro, el heredero político de Chávez e hijo de una mujer colombiana que migró a Venezuela, es ahora el peor presidente de Venezuela para los intereses colombianos. El actual presidente venezolano es quien peor ha agredido a nuestros nacionales en territorio venezolano.

Entre 2014 y 2015, el presidente venezolano argumentó que la inseguridad y la crisis económica en Venezuela se debían a los paramilitares colombianos y al contrabando de gasolina. Este discurso de odio se tradujo en las llamadas “operaciones para la liberación del pueblo”, que llegaron a las zonas de frontera en agosto de 2015. Según fuentes oficiales, con estas operaciones salieron del país más de 23.000 colombianos. Este episodio fue el comienzo de la crisis migratoria que hoy vive la región, donde más de 980.000 colombianos y 6.041.690 venezolanos han salido del hermano país.

El gobierno Duque no reconoce a las autoridades que detentan el poder real y controlan el aparato del Estado venezolano; Duque, por el contrario, sostiene con obstinación la figura del interinato en cabeza de Juan Guaidó.

En medio de la negociación entre las FARC y el gobierno colombiano —que no hubiese sido posible sin el concurso del régimen venezolano—, Maduro puso sobre la mesa algunas de las viejas rencillas entre los dos Estados. Desde el comienzo, parecía que Maduro estuviera intentando sentar antecedentes para futuras disputas territoriales.

Por ejemplo, en los primeros años del gobierno Maduro aumentaron las incursiones de militares venezolanos a territorio colombiano, la mayoría de ellas en áreas que requerían actualizar las líneas fronterizas en función de los cambios geográficos. Esta situación resultó en el decreto 1787 que establecía zonas administrativas de seguridad en Venezuela, pero que alteró las coordenadas de la frontera común. Ante la protesta colombiana, este decreto fue remplazado por otro que mantenía las coordenadas, aunque la cancillería venezolana nunca respondió a la nota colombiana.

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Cambio de contexto

Aunque nos encontramos en el peor momento de la relación bilateral —sin relaciones diplomáticas ni consulares—, los 12 millones de personas que habitan la zona de frontera son más conscientes de su interdependencia. Es más: a pesar de la pandemia y la ausencia de los gobiernos centrales, se han estrechado los vínculos entre gremios, autoridades locales y comunidades en la zona de frontera.

Igual que sucedió con la llegada de Santos a la Presidencia en 2010, podríamos estar cerca de un nuevo cambio de la relación bilateral. En aquel momento primó el proceso de diálogo con las FARC, en medio de un contexto regional que giraba a la derecha. Ahora, las condiciones geopolíticas globales han cambiado con la crisis ucraniana, y la región gira a la izquierda.

Por un lado, la crisis ucraniana hace a Colombia más dependiente de los recursos de cooperación provenientes de Estados Unidos. Con estos recursos Colombia atiende a los más de dos millones de migrantes venezolanos en territorio colombiano. Esta es una política de apoyo y asistencia a la diáspora venezolana que comenzó bajo Trump y que se ha mantenido durante el primer año del gobierno Biden. Pero el mayor temor de los norteamericanos es que los venezolanos se unan a las caravanas migrantes en Centro América; durante el último año aumentó el número de venezolanos que ingresaron irregularmente a los Estados Unidos.

Por el otro, para Estados Unidos es cada vez es más difícil seguir apoyando la figura simbólica de Juan Guaidó. El fracaso de la estrategia del interinato; los casos de corrupción asociados a la oposición y la intromisión de la política interna en los diferentes países de la región, obligaron a Estados Unidos a replantear esta estrategia.

Las sanciones norteamericanas al régimen venezolano lograron estrechar los vínculos de Maduro con Putin. El gobierno venezolano, más allá de las simpatías ideológicas, se convirtió en presa de los intereses de potencias extracontinentales. La razón: las potencias encontraron en Venezuela un gobierno dispuesto a feriar los recursos y la soberanía del país con tal de permanecer en el poder.

Por eso no sorprende que Estados Unidos esté explorando un replanteamiento de su relación con Venezuela. Actualmente, las autoridades norteamericanas y funcionarios del régimen de Maduro exploran las posibilidades de espacios de diálogo, inversión y alivio de sanciones. Y esto afectará colateralmente la relación entre Colombia y Venezuela.

la relación entre Colombia y Venezuela en 2022
Foto: Es poco probable que en los pocos meses que quedan de su gobierno Dique cambie la relación bilateral con Venezuela.

Puede leer: Colombia-Venezuela: a falta de gobiernos, responder las personas

Papa caliente para el próximo gobierno

El presidente Duque tiene el sol a la espalda. Es poco probable que en los pocos meses que quedan de su gobierno cambie la relación con Venezuela. La aversión que profesa hacia Maduro llega a lo personal. Esto nubla su capacidad de análisis y le impide emprender acciones en favor efectivo de los intereses nacionales.

Ahora bien, la mayoría de los candidatos a la presidencia reconocen la necesidad de replantear la relación con Venezuela, pero hasta el momento no hay una propuesta clara para abordar la relación con un vecino tan complicado.

Entonces no hay indicios de cambios efectivos en la relación colombo- venezolana en el corto o inclusive en el mediano plazo. El próximo presidente de Colombia tendrá que construir un espacio de convivencia con Maduro a pesar de las diferencias. Reconstruir la relación con la dictadura de Venezuela dependerá de las habilidades del nuevo presidente, y de la habilidad diplomática de su canciller.

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Ronal Rodríguez

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Ronal Rodríguez

Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

Foto: Flickr - La frontera sigue cerrada.

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Ronal Rodriguez

Debido a la desidia de Maduro y de Duque, las organizaciones civiles y los gobiernos locales han tendido que lidiar con la difícil situación de la frontera entre Colombia y Venezuela.

Ronal Rodríguez*

Dos gobiernos ineptos

Este es el peor momento de la relación bilateral entre Colombia y Venezuela.

Los pasos fronterizos están cerrados, las relaciones diplomáticas y consulares rotas, no hay canales de comunicación entre la Casa Amarilla (cancillería venezolana) y San Carlos (cancillería colombiana), y los presidentes de ambos países reducen sus relaciones a la “diplomacia del megáfono”: descalificativos, insultos, acusaciones mutuas y amenazas.

La mayor parte de la responsabilidad es de Nicolás Maduro, quien derrumbó las instituciones que conectaban a los dos Estados. Las comisiones y mecanismos bilaterales para resolver las diferencias y coordinar los asuntos de frontera desaparecieron en medio de una política exterior hiperideologizada.

Pero el gobierno de Colombia no se queda atrás. A menos de un año de concluir su gobierno, Duque nunca nombró un diplomático para abordar el tema de Venezuela, y Colombia pasó de tener 15 consulados más la embajada a tener apenas el escritorio de Venezuela en la Cancillería.

Y si bien desde marzo de 2017 no hay un embajador de Venezuela, el Estado colombiano bajo Duque tampoco ha hecho nada para cambiar la situación.

Las diferencias entre Bogotá y Caracas afectan seriamente la relación de estrecha   interdependencia entre los dos Estados: 2.219 kilómetros de frontera común, en donde habitan más de doce millones de personas, un número indeterminado de ellas con doble nacionalidad.

Las autoridades locales entendieron que se necesita una respuesta conjunta, pero los gobiernos nacionales no oyen. Cuando la diplomacia nacional deja de lado los intereses de la población, la diplomacia ciudadana y la local deben llenar el vacío.

En el estimativo más conservador, son unos diez millones las personas que se mueven cada año a través de la frontera. Hoy en Colombia tenemos 1,7 millones de migrantes venezolanos, más de 3,4 millones de colombianos permanecen en Venezuela, y se calculan otros 4,9 millones de migrantes pendulares en la zona de frontera.
Foto: Flickr - Hoy en Colombia tenemos 1,7 millones de migrantes venezolanos.

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Organizaciones civiles y universidades

La desidia de las autoridades nacionales hizo que las organizaciones de la sociedad civil y la academia trabajaran con más decisión para estrechar sus vínculos, establecer agendas, examinar alternativas de diálogo, hacer lobby y ejercer presión para normalizar la frontera.

Desde el comienzo de la crisis en agosto de 2015, cuando miles de colombianos fueron expulsados de Venezuela, las organizaciones de la sociedad civil intentaron llenar el espacio que dejaron las cancillerías y reconstruir la relación propia de una frontera.

Dichas organizaciones ayudaron a las personas que huían ante la persecución de las autoridades venezolanas, quienes demolían sus casas y los tachaban de criminales. Ante la llegada de las denominadas Operaciones para la Liberación del Pueblo (OLP), más de 32.000 personas fueron forzadas a escapar hacia la zona de frontera. Muchos de ellas eran desplazados que huían del conflicto armado y habían encontrado refugio en Venezuela.

Hoy, seis años después, las organizaciones de la sociedad civil colombianas y venezolanas son quienes insisten en la necesidad de recuperar la relación bilateral. Fueran ellas quienes durante la pandemia ayudaron a los migrantes y retornados provenientes de Venezuela y llevaron a cabo la mayor parte de la atención humanitaria.

Estas organizaciones son conscientes de los peligros de obligar a la población a cruzar por las trochas y son las únicas que entienden que la movilidad humana no es simplemente un puñado de datos y estadísticas que aumentan año a año.

Desde la academia también se insiste en la necesidad de recuperar las relaciones y la frontera. De hecho, las universidades y los equipos de investigación son fundamentales para comprender la migración, porque estudian y analizan el tema en tiempo real.

Profesores e investigadoras de ambos países discuten permanentemente sobre cómo cambia la frontera y los efectos de dichos cambios para ambos países, algo que los políticos y la población en general aún no comprenden.

Aunque Colombia diversificó sus mercados y la economía del vecino país se contrajo, la recuperación del mercado venezolano sería importante para el departamento de Norte de Santander.

Ejercicios como Puentes Ciudadanos Colombia-Venezuela (PCCV), que impulsa la profesora Socorro Ramírez, muestran un nuevo tejido social en la relación entre ambos Estados. Esta no es una aproximación desde el desconocimiento o desde la candidez; por el contrario, pocos conocen tanto el tema como los congregados en Puentes Ciudadanos.

Puede leer: La política internacional colombiana debe cambiar su rumbo

Gobiernos locales

Cuando las diferencias entre Colombia y Venezuela por el golfo de Coquivacoa, o golfo de Venezuela, provocaron una situación prebélica, fueron dos presidentes nacidos en la frontera, Virgilio Barco y Carlos Andrés Pérez, los encargados de construir una fructífera relación comercial para ambos Estados: de una situación limite se dio pasó a una relación comercial de casi 20 años.

En un contexto de desconfianza, los gremios y sus representantes en Norte de Santander y Táchira quieren impulsar nuevas relaciones comerciales entre los dos países. Para eso presionan por la reapertura de los puestos para el paso de ciudadanos y apoyan la recuperación de la relación comercial, aún más en medio de la reactivación económica.

Aunque Colombia diversificó sus mercados y la economía del vecino país se contrajo, la recuperación del mercado venezolano sería importante para el departamento de Norte de Santander.

Ante la presión social, los gobiernos de Norte de Santander y Táchira comenzaron una concertación para atender el día a día de la frontera y las contingencias de la pandemia. Además llegaron a un acuerdo mínimo para asegurar las relaciones.

Esta es la respuesta a las demandas de una población que no entiende cómo sus gobiernos insisten en mantener la frontera cerrada y en separar a una población que convive desde antes que surgieran las repúblicas y las constituciones.

La complicada relación bilateral entre Colombia y Venezuela va mucho más allá del ascenso de la Revolución Bolivariana y el establecimiento de un régimen dictatorial en el hermano país, más allá del conflicto colombiano, la construcción de un postconflicto y las afectaciones del narcotráfico.

Las autoridades locales entendieron que se necesita una respuesta conjunta, pero los gobiernos nacionales no oyen. Cuando la diplomacia nacional deja de lado los intereses de la población, la diplomacia ciudadana y la local deben llenar el vacío.

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Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

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Las prioridades en la relación Colombia-Venezuela no pasan por declararlos como soporte de terroristas. Por Ronal Rodríguez Continue reading «Las prioridades en la relación Colombia-Venezuela no pasan por declararlos como soporte de terroristas»

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Profesor e investigador del Observatorio de Venezuela de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario. @ronalfrodriguez

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