
David y Goliat: un nuevo enfoque para las relaciones con Estados Unidos
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Un gesto de Petro en la entrevista con Daniel Coronell condensó un mensaje profundo: Colombia, como parte del Sur global, puede convertir su desventaja frente a Estados Unidos en la oportunidad para ejercer un poder más inteligente.
El gesto
En la entrevista del presidente Petro con Daniel Coronell de esta semana hubo una escena más reveladora que cualquier discurso: al insinuar que Estados Unidos tenía la ventaja en la relación con Colombia, el mandatario levantó la muñeca y mostró una pequeña cruz.
Según explicó, era la cruz de San Francisco de Asís, con la letra final del alfabeto arameo: tau, símbolo de que “los últimos serán los primeros”. El gesto aludía al relato de David y Goliat, metáfora de los humildes que desafían a los poderosos. “Sabemos cómo empezamos —dijo Petro—, pero no quién llega primero a la meta”.
La escena permite plantear una pregunta más amplia: ¿puede Colombia —y con ella el Sur global— cambiar las reglas del juego frente a un Norte que durante siglos ha dictado las normas del poder mundial?
Malcolm Gladwell propuso en su libro David y Goliat: los desvalidos, los inadaptados y el arte de luchar contra gigantes (2013) que las debilidades pueden transformarse en palancas de poder. David venció no por milagro, sino porque cambió las reglas: rechazó la armadura, usó una honda y modificó la distancia del combate. Ganó con inteligencia, no con fuerza.
Gladwell ofrece otros ejemplos: estudiantes disléxicos que triunfan en los negocios gracias al pensamiento lateral; ejércitos improvisados que derrotan potencias por su agilidad; activistas que, sin recursos, cambian la política. Su tesis es que la escasez y la adversidad pueden ser fuentes de creatividad y resiliencia.
En geopolítica, los “pequeños” pueden ganar si comprenden mejor su posición y actúan con audacia. La desigualdad global no desaparecerá pronto, pero sí puede gestionarse de manera más equitativa si los países del Sur aprovechan sus nichos de poder: recursos naturales, juventud demográfica, potencial tecnológico o liderazgo moral. Los gigantes, en cambio, suelen repetir fórmulas caducas.
Gladwell resume su tesis en una frase: “El poder tiene límites, y el límite del poder es la rigidez”. En un mundo cambiante, la inteligencia adaptativa importa más que la fuerza bruta.
Del mito bíblico al mapa geopolítico
La historia de David y Goliat se refleja en las relaciones entre el Norte y el Sur global. Un lado concentra capital, tecnología y poder militar; el otro arrastra desigualdad y dependencia. Pero el poder no es absoluto, y los gigantes también tropiezan.
Las grandes potencias suelen quedar atrapadas en sus propias burocracias y en la ceguera ante los contextos locales. Los países del Sur, obligados a sobrevivir con menos, desarrollan lo que el antropólogo James Scott llama formas de resistencia discreta: adaptarse, innovar, improvisar. En esa flexibilidad radica su ventaja.
Ejemplos recientes lo confirman: la diplomacia climática africana que introdujo la justicia ambiental en la agenda global; los movimientos de descolonización digital; y en América Latina, los esfuerzos de cooperación regional que buscan convertirse en una herramienta de supervivencia.
Presidentes como Claudia Sheinbaum, Gabriel Boric o Luiz Inácio Lula da Silva han enfrentado a Donald Trump con una lógica parecida: sin confrontación abierta, pero con dignidad y creatividad diplomática. La meta no es derrotar al gigante, sino obligarlo a moverse fuera de su zona de comodidad.
El escenario internacional también cambia. Las guerras en Ucrania y Gaza, la rivalidad entre Estados Unidos y China y las tensiones por la energía verde han puesto en crisis la hegemonía del Norte. En respuesta, el Sur global empieza a actuar de forma coordinada: los BRICS, la Unión Africana, la CELAC y la ASEAN son plataformas que diversifican las alianzas y reclaman una voz común.
Gladwell diría que los países del Sur han aprendido a usar su honda: la cooperación entre iguales, la innovación política y la legitimidad moral.

Colombia y Estados Unidos: un vínculo desigual
Pocas relaciones expresan mejor esta dinámica que la de Colombia con Estados Unidos.
Durante más de medio siglo, Washington ha sido el socio dominante: principal aliado militar, financiero y político. Desde el Plan Colombia hasta los tratados de libre comercio, la balanza ha estado inclinada hacia el Norte.
Pero esa alianza tuvo costos. La dependencia en seguridad, la subordinación de la agenda nacional a la guerra contra las drogas y los efectos desiguales del libre comercio dejaron a Colombia en una posición ambigua: agradecida, pero incómoda.
Hoy el tablero mundial ofrece una oportunidad distinta. Colombia está lo bastante cerca de Estados Unidos para entender sus lógicas, y lo bastante latinoamericana para compartir las aspiraciones del Sur. Esa doble condición puede ser una carga o una ventaja.
De la dependencia a la corresponsabilidad
Colombia debe convertir sus aparentes desventajas en activos estratégicos. Su experiencia en procesos de paz, su biodiversidad, su posición geográfica y su papel en la protección de la Amazonía la colocan en el centro de debates globales sobre cambio climático, migración y transición energética.
En materia de drogas, el país ha comenzado a cuestionar el enfoque punitivo impuesto desde Washington y a proponer un enfoque de salud pública. “No somos los villanos de una historia ajena”, ha dicho el presidente. La frase sintetiza el espíritu de David: negarse a aceptar las reglas de Goliat.
Cada uno de estos temas abre una oportunidad para la diplomacia inteligente: no la que pide favores, sino la que ofrece soluciones.
- En materia de cambio climático, Colombia puede hablar desde la autoridad de quien preserva lo que otros destruyen.
- En migración, su experiencia la convierte en interlocutora regional.
- Y en política antidrogas, su conocimiento del fracaso del modelo punitivo la legitima como promotora de un cambio global de paradigma.
El tránsito de receptor pasivo a actor corresponsable requiere también un nuevo lenguaje. No se trata de antagonizar con Estados Unidos, sino de redefinir la relación en términos de conveniencia mutua. El país del Norte sigue siendo un aliado crucial, pero ya no el único. China, la Unión Europea y los vecinos latinoamericanos amplían el tablero.
Como David, Colombia puede usar su propia honda: diplomacia multilateral, cooperación ambiental y economía del conocimiento. Si mide su éxito por la cercanía al poder, seguirá siendo un peón. Si apuesta por la independencia de criterio, la articulación regional y la coherencia con su modelo, puede convertirse en mediador entre dos mundos.
El desafío no es vencer al gigante, sino demostrar que el gigante también puede aprender del pequeño. En un planeta que exige cooperación más que dominación, esa podría ser la gran lección de Colombia.
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Acerca del autor
Isabel Londoño Polo
*EdM PhD Harvard University, Directora Ejecutiva, Fundación Mujeres por Colombia, coach integral
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