
Los Comandos Conjuntos: sobrecarga de voltaje
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Ejército, marina y aviación, ¿cada uno por su lado? Es un debate que renace a raíz de la supresión de los Comandos Conjuntos y que debe amoldarse a las particularidades del país.
Dos formas de conjunción
Como parte del “remezón” en las Fuerzas Militares, el gobierno anunció la supresión de los Comandos Conjuntos; en este artículo trataré de explicar el por qué o el por qué no de estos comandos a la luz de la doctrina militar y la experiencia colombiana.
La primera baja que debe darse en este debate sobre la doctrina de la Operación Conjunta y su aplicación es Colombia, es lingüística: se trata de ese horrible neologismo (¿argentinismo?) la “conjuntez”. En castellano existe, y ya existía en latín, el sustantivo emparejado con el verbo conjuntar, la conjunción.
Pues bien, la doctrina de la Conjunción en las operaciones militares comenzó su andar en la segunda mitad del siglo pasado. No ha sido fácil ese camino. En las décadas finales del siglo XX “corrió la sangre” en las fuerzas armadas de los países ricos que comenzaron el proceso como parte de un conjunto de transformaciones modernizantes que hicieron necesarios los avances científico-tecnológicos, las tendencias nuevas de la demografía, las comunicaciones y el transporte, la letalidad creciente de los armamentos y, en fin, la aceleración de los cambios en todos los campos que hoy vivimos a velocidades de vértigo.
El proceso de la conjunción de las fuerzas en las operaciones militares se ha llevado a cabo de dos maneras:
- La primera es la imposición total de la modalidad en toda la organización militar (se salvan de todas maneras algunos cometidos estratégicos de cada fuerza que, por su naturaleza, no requieren el concurso de las otras). La organización de los Comandos que se reparten el globo en las fuerzas armadas de los Estados Unidos se acerca a esa unificación, justificada por el tipo de misiones previstas para la defensa y seguridad de esa nación.
- La otra es la de convivencia de las formas más tradicionales de segregación de las fuerzas, con algunas unidades de estructuras conjuntas adecuadas a necesidades operativas específicas que pudieran exigirla.
La decisión depende en buena parte de las metas que se tengan para la defensa en cada Estado o en cada alianza plural.
La traducción de la doctrina conjunta en una organización militar específica depende también del balance de poder y de tamaño que exista entre las tres fuerzas tradicionales. Para poner un ejemplo, una estructura compuesta por un Ejército de Tierra de gran tamaño y una Fuerza Aérea pequeña, en un país mediterráneo y, por lo tanto, sin Marina de Guerra, no necesita, ni resiste una organización conjunta. En la primera guerra mundial, las unidades aéreas formaban como parte de los Ejércitos, pero su rápido crecimiento y poder, llevó a la segregación como una fuerza aparte.
La diferencia: el conflicto interno
La operación conjunta se hace cada vez más necesaria por razón de los cambios en la espacialidad de los teatros de la guerra. La guerra se desarrolló en dos dimensiones durante la mayor parte de la historia. En el siglo pasado adquirió su carácter tridimensional actual, con la entrada en escena del poder aéreo y con la misma celeridad la necesidad de coordinación. Cada fuerza tiene misiones y teatros propios para efectos estratégicos, pero deben coordinarse para generar sinergias cuando se trate de aumentar el poder de combate.
La conjunción es, entonces, parte de los procesos de modernización militar que con velocidad creciente se adelantan en el mundo castrense. Una modernización militar implica lo mismo que una modernización industrial: más capital y menos mano de obra. Si alguien desea adentrarse en pormenores, se puede remitir a la modernización adelantada por Chile en la primera década del siglo en curso. Se redujo el personal del Ejército, se aumentó la movilidad y la potencia de fuego, y se introdujo tecnología de punta.
Las condiciones colombianas, país con conflictos armados internos, impide por ahora una modernización de ese tipo. En un conflicto armado interno es necesario mantener el control del territorio y dar soporte a las autoridades del Estado para mantenerles la credibilidad y la legitimidad. Como expliqué en esta revista, se necesita un gran número de tropas para controlar y para combatir al tiempo con algún grado de iniciativa
La doctrina de las operaciones conjuntas se puede y se debe poner en práctica en los conflictos de naturaleza dispersa como el colombiano. Pero la organización de las unidades que llevarían adelante el cometido en conjunción debe ser planeado cuidadosamente. Las variables principales serán la organización con que se cuenta, la concepción predominante del ejercicio del mando, la cultura organizacional y las tradiciones arraigadas, el equipo, las comunicaciones y las características de los teatros de operaciones posibles.
La experiencia colombiana
En los años finales del siglo pasado y comienzos del actual, se hizo el tránsito colombiano a la modalidad conjunta. Se hizo con el sello característico de la tradición del mando las fuerzas colombianas. “Orden y a la fila”. Rodaron cuatro cabezas en el generalato y no fue más lejos la guillotina por aquello del “cierren filas” y ¡el que se mueva no sale en la foto!
El resultado fue una convivencia forzada entre la estructura de mando tradicional en las fuerzas y los nuevos comandos conjuntos dependientes del Comando General de las Fuerzas Militares, una instancia que fue más de carácter administrativo en la etapa anterior y no de conducción de operaciones, puestas éstas en manos de los comandos de fuerza. El choque cultural fue fuerte. Los promotores extranjeros del experimento no alcanzaron a calibrar las diferencias con sus medios de origen que tenían una cultura de burocracia moderna mejor estructurada.
El resultado debió ser ajustado muy pronto. En un momento dado la mayor parte de las tropas estaba bajo un comando general que no había preparado sus estructuras para la tarea, y al tiempo, fuera de los mandos de fuerza que tampoco fueron rediseñados para cambiar su papel de conducción por el de apoyo principal.
El ajuste a las primeras experiencias fue la multiplicación de estructuras y no puede tampoco verse el proceso como fallido. Se ganó en agilidad, pero también se perdió muchas veces en cohesión y persistencia. Es aventurado intentar una conclusión sin un estudio profundo de las experiencias y eso implica experticias y cercanías. En todo caso, la experiencia valió la pena. Echando a pique se aprende, reza la sabiduría popular.
Un comandante colombiano no es el producto de una socialización fuerte en trabajo de Estado Mayor, vale decir, estructurado en toma de decisiones maduradas colectivamente. Nuestros Estados Mayores no son la cabeza de las fuerzas, sino instancias al servicio del comandante individual. Colombia recibió en su reforma militar, ya más que centenaria, un prusianismo de segunda mano que hace énfasis en la verticalidad absoluta del mando. Hoy, para operar en conjunción, para adaptar las comunicaciones a la horizontalidad y al tiempo real, para la secuenciación de las decisiones y su sincronización en la ejecución, el mando ultrapersonalizado no es funcional.
Imaginar la conducción de una operación multidominio, la última adaptación a la hibridación creciente de las guerra, con mandos que no estén culturalmente adaptados a los alcances del mando-misión, al combate en enjambres, a la transformación de las comunicaciones que ya no pueden ser verticales a rajatabla, sino horizontales entre iguales, con aprendizaje en tiempo real de las situaciones y con autonomías en los distintos niveles para la toma de decisiones que no resisten el tiempo de la consulta a las jerarquías, es una tarea que toma tiempo y exige condiciones nuevas de ciencia, tecnología, educación, logística, equipos y entrenamiento.
La operación conjunta es el futuro
Todavía no se conocen bien los alcances de las decisiones recientes. Por lo que se sabe, no se trata de una ruptura con la necesidad de las operaciones conjuntas. Al parecer se trata de una adaptación para simplificar procedimientos y fortalecer las instancias de mando más cercanas a los problemas reales del conflicto colombiano. Es posible que el control se fortalezca y el seguimiento a las experiencias sea más productivo.
En algo me atrevo a echar mi cuarto a espadas (literalmente a espadas en este caso) La doctrina de las operaciones conjuntas debe ser mantenida con vida y en acción, No serán tantos los niveles de las distintas formaciones conjuntas, pero algunas parecen esenciales y aptas para no permitir que se apague la idea. La hipótesis que se viene a la cabeza es que la organización para la ejecución de operaciones conjuntas sufrió un recalentamiento. El voltaje elevado produjo cortos circuitos y es necesario revisar cables, transformadores y motores de los equipos.
De una cosa si debemos estar seguros. La operación conjunta es el futuro. La senda ominosa que están tomando los conflictos desregulados de la actualidad, exige fuerzas que tomen la delantera en el diseño de los muros de contención necesarios para superar la crisis del mundo de hoy. El orden mundial no encuentra todavía una configuración estable y los conflictos armados, por su parte, se ven permeados por el crimen internacional y por toda suerte de métodos apartados del derecho. Queda la esperanza de un resurgir de las reservas morales de la humanidad y de la construcción de instancias internacionales de seguridad.
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Acerca del autor
Armando Borrero
Cofundador de Razón Pública.
Sociólogo, Especialista en Derecho Constitucional, Magíster en Defensa y Seguridad Nacional. Se ha desempeñado como Consejero Presidencial para la Defensa y Seguridad Nacional. Profesor de la Universidad Nacional de Colombia.
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