De la calle a La Casa de los Sueños

De la calle a La Casa de los Sueños: reconstruir lo que el desastre derribó

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Es un hogar profundamente digno al que acuden diariamente más de cien niños y niñas para recibir acompañamiento, alimento, clases y oportunidades, pero, sobre todo, amor y dignidad. Es un trabajo ejemplar del que todo el país debería sentirse orgulloso. Ahora que La Casa de los Sueños necesita volver a levantarse, ojalá seamos muchos los que podamos ayudarle.

Jimmy Abello habitó las calles desde muy niño. Recuerdo que una vez me contó que, en los días de lluvia, cuando estaba completamente empapado en su Pereira natal, buscaba una tractomula recién parqueada y se acostaba debajo de ella para que el calor del motor secara su ropa y, de alguna manera, le sirviera también de abrazo.

Conocí a Jimmy hace diez años. Para entonces llevaba ya una larga historia en los hogares del ICBF: primero como beneficiario y después como coordinador, acompañando los procesos de jóvenes que llegaban con una vida dolorosa a cuestas. Fue entonces cuando me habló de su deseo de dar vida a un proyecto propio, un lugar donde pudiera poner a prueba su manera particular de entender la atención a la niñez; donde el corazón fuera el poder de las artes y el afecto sincero y desinteresado, lejos de las limitaciones que las burocracias y el mismo sistema han impuesto tantas veces a la atención psicosocial que requieren con urgencia niños y niñas víctimas de explotación sexual y en condición de calle.

Fue así como nació, hace nueve años, Malabareando las Calles, inspirado en esa práctica cotidiana de tantos niños que, en las calles de Colombia, aprenden a sobrevivir literalmente haciendo malabares: jugando con las herramientas de la intuición y sorteando, entre el hambre y la necesidad, alguna oportunidad para existir. Un lugar en el centro de la ciudad de Pereira para ofrecerles las herramientas, el cuidado y las oportunidades que él, quizás, nunca tuvo.

La sede de Malabareando las Calles se llama La Casa de los Sueños. Y el nombre no podría ser más preciso.

Es un hogar profundamente digno al que acuden diariamente más de cien niños y niñas para recibir acompañamiento, alimento, clases y oportunidades, pero, sobre todo, amor y dignidad. Es un trabajo ejemplar del que todo el país debería sentirse orgulloso.

Este espacio ha resistido muchas pruebas difíciles: la indiferencia de las administraciones locales; la pandemia; la soberbia de algunos líderes sociales, políticos y empresariales. Ha resistido como resisten las cosas que nacen de una convicción verdadera. Pero hoy enfrenta quizá la prueba más dura de su historia: el terremoto del 10 de agosto.

El edificio, que era mucho más que un techo para tantas almas inocentes, quedó absolutamente inhabitable. Y con sus paredes heridas no solamente se perdió un lugar físico: muchos niños y niñas quedaron nuevamente expuestos a las dinámicas de la violencia, la explotación y la vulnerabilidad de las que, durante años, Jimmy y su equipo han intentado protegerlos.

Decidí dedicarle estas letras a Jimmy porque quisiera que encontrara, entre nuevos lectores, nuevas voces de apoyo y la fuerza necesaria para volver a levantarse. Para renacer, como el ave fénix, de entre los escombros que hoy parecen querer aplastar el sueño de esta casa.

Pero también escribo sobre él porque sigo creyendo profundamente en seres humanos como Jimmy.

Personas que, sin buscar protagonismo, han ofrendado su vida entera a una causa. Personas que casi nunca aparecen en las grandes noticias, que no esperan aplausos y que, mientras el país discute interminablemente sobre cómo debería ser el futuro, se levantan cada mañana y empiezan, silenciosamente, a construirlo.

Tal vez el país que perseguimos en cada nueva jornada ya existe en lugares como La Casa de los Sueños. Tal vez Colombia también se construye allí: en un plato de comida servido a tiempo, en una clase, en una puerta que permanece abierta, en un niño que descubre que su historia no está condenada a repetirse.

Y tal vez ahora nos corresponda a nosotros ayudar a levantar nuevamente esas paredes, a rearmar el nido, a reforzar los pilares del arte y del afecto, para que vuelvan a escucharse pronto las canciones cantadas en coro con las que tantas veces han conmovido a quienes han tenido el privilegio de conocerlos.

Jimmy, hermano, si me lees: gracias.

Alguna vez te dije que el verdadero sueño era que La Casa de los Sueños desapareciera porque ya no hubiera niños y niñas en las calles, a merced del abuso y la marginalidad. Pero mientras eso sucede —y parece que todavía se demora—, gracias por no abandonar tu lucha.

Gracias por cada oportunidad que has sembrado y cosechado para una nueva generación de jóvenes. Gracias por haber convertido aquel calor que alguna vez buscaste debajo del motor de una tractomula en un enorme abrazo para cientos de niños.

PD: llamen a Jimmy denle su saludo y ofrézcanle su corazón y sus manos. 3147268175

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César López
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