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Qué podemos esperar de la COP26

Escrito por Jorge Ivan Gonzalez y Paula Martinez
Paula Martínez
Jorge-Ivan-Gonzalez

Breve historia de los acuerdos ambientales y de por qué los líderes del mundo insisten en la necesidad de combatir la crisis, pero no toman las medidas necesarias para confrontarla*.

Paula Martínez ** y Jorge Iván González***

Reuniones fallidas

El rol de la estética y el arte en comunidades en transición política" - Facultad de Ciencias Sociales y Humanas

La Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021 (COP26, por sus siglas en inglés) es considerada la reunión más importante del año porque convoca a los principales líderes mundiales durante dos semanas para que discutan acciones concretas para luchar contra la crisis ambiental. Sin embargo, hasta ahora los discursos de los mandatarios no han cumplido con las expectativas que despierta el evento.

La COP26 es el órgano supremo de la Convención Marco de Naciones Unidas para el Cambio Climático (CMNUCC). Su principal objetivo es evaluar el progreso en materia ambiental de los países adscritos a la Convención y negociar nuevos acuerdos multilaterales.

Hasta el momento se han llevado a cabo 26 reuniones anuales. Sin embargo, desde 1995, cuando tuvo lugar el primer encuentro, ha habido pocos resultados. La brecha entre las buenas intenciones de los discursos y los logros alcanzados por los gobernantes es cada vez más evidente.

El primer acuerdo importante alcanzado por los representantes de la Conferencia fue el Protocolo de Kioto de 1997. Este acuerdo tenía buenas intenciones, pero no obligaba a las economías emergentes a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, China no participó y Estados Unidos no ratificó el documento. Sin duda, la fragilidad de la cooperación internacional es uno de los principales obstáculos para el éxito de los acuerdos.

Tras la decepción que dejó el Protocolo de Kioto, el optimismo renació con el Acuerdo de París firmado en la COP21 de 2015. En ese evento participaron casi 200 países –incluyendo a China y a Estados Unidos– que se comprometieron a mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2°C. Sin embargo, con el tiempo la esperanza se ha ido desvaneciendo, pues los gobiernos han sido incapaces de cumplir la ambiciosa promesa.

La brecha entre las buenas intenciones de los discursos y los logros alcanzados por los gobernantes es cada vez más evidente.

Según el Acuerdo de París, en 2021 los gobiernos deberán actualizar sus planes en materia ambiental, pero parece que los líderes políticos aún no se han tomado la agenda climática en serio. Mientras los ciudadanos protestan en las calles y exigen un acuerdo global para enfrentar el cambio climático, los líderes siguen dándole largas al asunto.

La falta de compromiso político

Los líderes políticos han sabido aprovechar la urgencia de la crisis climática. En sus discursos insisten en la importancia de reducir las emisiones de carbono y transitar hacia el uso de energías limpias, pero cuando llegan al poder no hacen nada para conseguir dichos objetivos.

La postura de las naciones más poderosas ha sido particularmente ambigua: Donald Trump se retiró formalmente del Acuerdo de París alegando que “no beneficiaba a sus ciudadanos” y Xi Jinping no asistió a Glasgow este año. El mandatario chino consideró suficiente enviar una delegación con una declaración escrita –sumamente plana– sin estrategias concretas ni nuevos compromisos.

Este año, China, India y Australia no se comprometieron a reducir el uso del carbón en sus actividades industriales y comerciales. Resulta sumamente preocupante que los países más contaminantes no se sumen a la lucha contra el cambio climático. Como manifestó  la oven activista Greta Thunberg, “los políticos solo dicen blablablá”. La cumbre de Glasgow ha fracasado.

Según un informe reciente de la ONU, es probable que en diez años las emisiones de gases de efecto invernadero sean 16 veces mayores que en 2010 y la temperatura global podría haber aumentado 3°C al final del siglo. Según la Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), en 2020 los combustibles fósiles representaban más del 80% de la matriz energética y esta situación ha empeorado por la crisis económica provocada por la pandemia. La IEA prevé que este año las emisiones globales aumentaran en 1.500 toneladas por el resurgimiento del uso del carbón. Para evitar este escenario sería preciso que los países efectivamente reduzcan las emisiones.

Foto: GlowBlog - Los gobiernos parecen incapaces de imponer reglas a las grandes industrias contaminantes.

Los límites del crecimiento

En 1972, antes de que las COP existieran, el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), publicó el estudio “Los Límites el Crecimiento” encargado por el Club de Roma. El diagnóstico del estudio es contundente: “Si se mantienen el aumento de la población mundial, la industrialización, la polución, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos, en el próximo siglo se alcanzarán los límites de crecimiento del planeta”.  Evidentemente, los autores tenían claro que, de no cambiar el rumbo, el crecimiento económico tendría graves consecuencias ambientales.

Los autores también presentaron las razones por las cuales los seres humanos no tomamos medidas radicales para avanzar en esa dirección. Si bien el asunto es sumamente complejo, ellos proponen tres grandes explicaciones a la pasividad humana: limitaciones, subjetivas, metodológicas y político-económicas.

China, India y Australia no se comprometieron a reducir el uso del carbón en sus actividades industriales y comerciales. Resulta sumamente preocupante que los países más contaminantes no se sumen a la lucha contra el cambio climático.

Las limitaciones subjetivas son producto de la incapacidad del cerebro humano para entender de manera integral la complejidad de los fenómenos ambientales. La racionalidad es limitada y lo sentimientos están sujetos a la cercanía afectiva y al horizonte temporal: nos preocupa la situación de nuestros seres queridos en el corto plazo, pero no el beneficio de los seres desconocidos que poblarán la tierra en 200 años. Por eso, no debemos esperar que las soluciones sean producto de acciones individuales, sino de políticas estatales.

Las ciencias naturales y sociales no cuentan con los instrumentos analíticos necesarios para entender lo que podría pasar en el próximo siglo. Como resultado, debemos tomar decisiones a tientas, sin saber qué va a pasar exactamente. Un buen ejemplo son los risibles modelos financieros que intentan hacer proyecciones de largo plazo.

La incertidumbre hace difícil esclarecer los pasos que debemos tomar para modificar la matriz energética y pese a que la ciencia ha avanzado considerablemente, las recomendaciones siguen siendo desordenadas. Sabemos que debemos reducir la dependencia del carbón y del petróleo, pero no sabemos cómo hacerlo y el progreso sigue dependiendo de las energías fósiles.

Finalmente, las presiones políticas y económicas son evidentes. Los gobiernos han demostrado que son incapaces de imponer reglas a las grandes industrias contaminantes. Por ejemplo, el impuesto al carbono debería ser de 50 dólares por tonelada, pero en Colombia es de apenas 5 dólares.

Parece que necesitamos una especie de gobierno planetario que le recuerde a Bolsonaro que el Amazonas no es solo de Brasil y que impida que en Colombia se siga deforestando a diestra y siniestra. Necesitamos políticos que dejen de decir “blablablá” y se comprometan de veras con la transformación energética.

** Este artículo hace parte de la alianza entre Razón Pública y la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor.

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