De la Espriella: posesionarse no es gobernar - Razón Pública
Foto: Wikimedia Commons

De la Espriella: posesionarse no es gobernar

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Los primeros días de Abelardo de la Espriella muestran un presidente empeñado en ejercer y representar el mando. La posesión, el terremoto y sus primeras decisiones ofrecen señales sobre el estilo del nuevo gobierno.

Posesionarse y posicionarse

Soy profesor universitario, y al dar mi clase tuve que escribir en el tablero: posesionarse ≠ posicionarse. 

Por si acaso no se entiende: son cosas diferentes. Pero en el camino de elaboración de este texto surgió la cuestión de que hay varios tipos de posesiones. Y de posiciones, también.

Sobre posesiones, hay que mencionar las relativas a asumir un cargo bajo unos protocolos y procedimientos. Como, por ejemplo, lo que sucedió el viernes 7 de agosto en Cali. Abelardo de la Espriella se posesionó como presidente de la República de Colombia hasta el 7 de agosto de 2030.

No obstante, hay otras posesiones. “Dos elementos constituyen la posesión —explica Tanquerey—: la presencia del demonio en el cuerpo del poseso, y el imperio que ejerce sobre el cuerpo y, por medio de este, en el alma”. La cuestión es si, en el caso colombiano, estamos en época de posesiones del segundo tipo.

Dicho lo anterior, echemos una mirada a lo sucedido desde el 6 de agosto hasta hoy, aunque todavía falta información de las periferias.

La posesión

Mientras las delegaciones de los países y de las distintas instancias del Estado colombiano fueron llegando al hotel Intercontinental de Cali —un referente que hace veinte años era de los Rodríguez Orejuela, pero que fue objeto de extinción de dominio—, los saludos, abrazos y besos se hicieron comunes.

En la noche, como era de esperarse, hubo celebración. Juiciosamente, los asistentes no filtraron videos y no hay escándalos, al menos entre lo que yo he visto. No lo afirmo con contundencia porque, en este mundo de hoy, puede que mi algoritmo no me haya traído tales informaciones. 

La buena noticia, aunque no me atreva a afirmarlo del todo, es que son colombianos rumberos. Nada cuestiona este tipo de comportamientos. Pueden estar bien o no, pero no están en disputa.

El viernes asistimos a la posesión del presidente De la Espriella. Interesante la especie de alfombra roja por la cual llegaron los invitados: exclusivos, algunos bien saludados y muchos ignorados por el presidente y el vicepresidente. Por cierto, queda pendiente un artículo comparando posesiones presidenciales. No de las otras.

Después de que Gustavo Petro abandonara la Casa de Nariño acompañado por dos de sus hijos, la narrativa quedó en manos de Abelardo.

La ceremonia marcó una ruptura clara con las formas de las élites andinas y cundiboyacenses, pero también con la expectativa de miles de personas para quienes la posesión debía darse, por sí o por no, entre el Congreso y la Plaza de Bolívar. Cali, mientras tanto, estaba llena de gente y con su economía reactivada. Hasta antes del terremoto.

Fue una posesión en una universidad privada, con una semialfombra roja, saludos, besos y manifestaciones propias de unos privilegiados del mundo del entretenimiento. Una ruptura clara con muchas posesiones previas y, sobre todo, con la de Petro, llena de gente del pueblo, como es el pueblo colombiano. Aquí no: aquí estaban los invitados exclusivos.

La sesión del Congreso se hizo a medias, aunque por fortuna con sus autoridades en primer plano. Se aceptó un numeral sin cumplir todos los requisitos. Y se hizo. La posesión se convirtió en show del presidente electo. Habrá que analizarlo.

Mientras las autoridades religiosas, sesgadamente incluidas, hablaban, el presidente desapareció del escenario para irse a una guarnición militar. El rabino, el pastor y el obispo daban el tinte religioso a la ceremonia cuando el presidente ya no estaba.

En la guarnición militar incurrió en varios despropósitos: el reiterado saludo militar, que a militares y policías les parece una afrenta; el fallido momento de la marcha, que mostró que el personaje no sabía dónde estaba parado, y la ausencia de la presencia que corresponde al jefe de Estado.

El presidente es el presidente

Desde entonces, De la Espriella, todo un showman, no se ha cansado de recordarnos que él es el presidente. Lo hace permanentemente en sus apariciones públicas. De allí sus exigencias con estar bien y verse bien. Es una vedette. Así lo fue en campaña y ahora comienza a mostrar cómo será en ejercicio. Tiene gestos y consignas y juiciosamente los repite.

La cuestión es que esto también se replica en los entornos de gobierno y gestión. El presidente requiere reiterar que él es el presidente. Que él es quien manda, ordena y nombra.

La posesión presidencial fue, en ese sentido, una verdadera imposición. Para sus invitados, para los militares y para quienes observaron la ceremonia. ¿Logró lo que quería? Ya lo veremos.

Las imágenes posteriores insisten en lo mismo: el presidente en la Feria de las Flores con gestos propios de los machos dominantes; el presidente de rumba, pidiendo que silencien celulares y cámaras; el presidente acicalándose más que cualquiera; el presidente adoptando comportamientos contra lo esperado. El presidente…

Mientras algunos politólogos piden que hagamos etnografía del Estado, aquí se imponen la semiótica y la lectura de los símbolos. Y la de las redes. Y uno tan ignorante…

Foto: Youtube: Presidencia de la República - Colombia

Las primeras decisiones

El presidente y su canciller han tomado decisiones que el país tendrá que discutir: reconocer el Golán como parte de Israel; reconocer el Sahara Occidental como parte de Marruecos, y aceptar acciones conjuntas en territorio colombiano. No es menor la cosa. Ya no somos el Caín de Suramérica; somos el Caín del mundo. ¿Exagero?

A esto se sumó la decisión inicial de considerar que Colombia podía sola frente al terremoto y el rechazo, aunque fuera velado, de la ayuda de países como México, que sin duda habrían podido contribuir a salvar vidas. Después vino la decisión de aceptar únicamente la ayuda de algunos países, con claras señales de preferencias políticas e ideológicas antes que técnicas: Estados Unidos, Ecuador, El Salvador…

En otros frentes, la ruta procedimental parece acertada y pertinente: del desastre a la emergencia económica y social. El Congreso y la Corte Constitucional harán su tarea.

Hay también decisiones equívocas en curso, como el decreto para obligar a los pensionados a dejar sus labores, una fijación del vicepresidente que puede contribuir a que el presidente se despeñe en favorabilidad.

Poco a poco se conocen más nombramientos. El único que nombra es el presidente. Está bien, está dentro de sus funciones. Solo que tiene implicaciones. Sus cercanos parecen contar poco, especialmente el vicepresidente y el ministro del Interior.

El presidente manda. El presidente se pone en la palestra. Ahí vamos.

El terremoto y el showman

Cuando el nuevo gobierno se aprestaba a dirigir e imponer, se le vino un terremoto encima. La tragedia hace difícil saber qué le corresponde al estilo de gobierno que empezaba a insinuarse y qué a la necesidad de responder a una crisis inesperada.

Cabe reconocer que, en poco tiempo, el presidente dio un primer mensaje y después ha suministrado información oficial que parece rigurosa. También ha señalado una ruta inicial para enfrentar la tragedia y ha tomado decisiones para nombrar funcionarios.

Pero ha tenido comportamientos y manifestaciones equívocas. Insistió en el grito y el movimiento del brazo derecho para el “Firmes por la patria”. Después llegó a una rueda de prensa lanzando besos, sonrisas y corazones cuando tenía que hablar de muertos, desaparecidos y destrucción. Se vio a un showman fuera de lugar y lejos de la empatía que exigía el momento.

En el tratamiento de la crisis todavía es temprano para hacer balances. No obstante, hay algunas señales preocupantes. Al rechazo inicial y caprichoso de la ayuda externa —“Colombia puede sola”— siguió una solución peculiar: Colombia puede sola con el apoyo de ciertos países.

Aunque los decretos expedidos parecen ir en la dirección correcta, todavía no hay claridad sobre el modelo para conducir un proceso tan complejo. Por ahora hemos dependido de la distribución que hizo el Gobierno Nacional de las visitas a las capitales afectadas y de las capacidades de las autoridades regionales y locales.

Y el tiempo no da tregua. Mientras disminuyen las esperanzas de encontrar sobrevivientes, vienen en catarata los efectos más complejos y desafiantes: salud, alimentación, vivienda, escombros y, por allá al final de la lista, reconstrucción.

Estamos a la espera de las decisiones.

Mandar y gobernar

En estos primeros días queda la sensación de que el presidente todavía no ha definido del todo cómo va a ejercer el gobierno. Para quienes piensan que este personaje está a tres Doritos de ser un genio, la fe los salva y los condena. El personaje actuará y decidirá, ojalá para bien. El riesgo es que el espectáculo termine ocupando el lugar del gobierno.

El presidente manda. En realidad, el presidente, llámese como se llame, quiere mandar. Y en ese proceso se actúa, se desactúa y se sobreactúa. Como todo lo sucedido viene atravesado por la tragedia del terremoto, todavía es difícil saber qué le corresponde a qué.

Superada la posesión —que, en verdad, permite las dos acepciones—, arrancó el gobierno del Tigre. Falta saber cómo se posicionará quien tanto se esfuerza por demostrar que ya está posesionado.

Le recomendamos: Abelardo: gobernanza, confesionalismo, seguridad y contrarrevolución cultural

Acerca del autor

Andrés Dávila
andresdavila@razonpublica.org.co |  + posts

*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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Andrés Dávila

*Politólogo, maestro y doctor en ciencias sociales de la FLACSO, México, profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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