
La IX Cumbre de la CELAC: ¿Es posible pasar de la aspiración a la acción?
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Esta semana, en medio de la incertidumbre mundial por las políticas comerciales de Estados Unidos, se celebra la IX Cumbre de jefes de Estado y Gobierno de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).
La CELAC es una organización regional fundada el 3 de diciembre de 2011 en Caracas, Venezuela, inspirada en esfuerzos previos como el Grupo de Río y la CALC (Cumbre de América Latina y el Caribe sobre Integración y Desarrollo). Se concibió como una plataforma para unir a los 33 países de América Latina y el Caribe en un foro común que permitiera superar las limitaciones de organismos como la OEA, percibida por muchos como demasiado alineada con los intereses de Estados Unidos.
Su creación fue celebrada como un paso hacia la consolidación de un espacio propio, sin la tutela de potencias extrarregionales, que permitiera a los países latinoamericanos y caribeños coordinar políticas, fortalecer la cooperación y, especialmente, promover el desarrollo económico mediante una mayor integración comercial. Un enfoque teórico que se encuadra dentro de la corriente de pensamiento del neo-estructuralismo surgida en la CEPAL en los años 90. Esta corriente propone superar la dependencia externa, y principalmente de los Estados Unidos, a través de la integración regional, la diversificación productiva y la construcción de autonomía relativa dentro del sistema capitalista. Proyectos como el UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) o el ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) se enmarcan en este enfoque. Sin embargo, aunque en ambos casos se intentó crear espacios regionales autónomos de coordinación política y económica, estos esfuerzos fueron de corta duración debido a cambios políticos en los países miembros, presiones externas, y dificultades económicas internas.
Desde 2013, y con la única excepción del 2022, los países miembros de la CELAC han celebrado cumbres anuales en varios lugares. En esta ocasión, en la cual Colombia asume la presidencia pro-tempore, el objetivo de la reunión es fortalecer la integración regional de América Latina y el Caribe, frente a desafíos globales como el cambio climático, el narcotráfico y la migración. Se espera que los estados aprueben la «Declaración de Tegucigalpa«, un documento que, se supone, definirá el rumbo de la integración política y económica en la región. El texto resume las acciones y acuerdos alcanzados durante las reuniones de mesas de trabajo del periodo 2024-2025.
Una declaración en este sentido es oportuna, pero podría quedarse sólo en palabras, como ha pasado antes.
A pesar de sucesivas declaraciones y planes de acción orientados a fortalecer el comercio intrarregional, hasta ahora la CELAC no ha logrado consolidarse como un actor económico relevante. No ha promovido acuerdos concretos ni ha creado mecanismos eficaces para la reducción de barreras comerciales, la armonización de normas o la facilitación del comercio entre sus miembros.
Las diferencias en las estrategias y visiones comerciales entre los diferentes países han jugado un papel debilitante. Mientras países como México y algunos de Centroamérica buscaban posicionarse como socios clave de EE. UU., otros —como Brasil, Argentina o Bolivia— se orientaron hacia modelos más autónomos o de diversificación de alianzas, incluso con China o Rusia. Esta heterogeneidad ha impedido que la CELAC actúe con una sola voz o que impulse una agenda económica compartida.
A esto se suman las diferencias ideológicas. Especialmente porque aparentemente los gobiernos que más han impulsado el crecimiento de la CELAC han sido los gobiernos calificados como progresistas y de izquierda de la región. Mientas que los gobiernos de derecha han respondido con indiferencia, recelo e incluso rechazo. En 2020, por ejemplo, el gobierno de Jair Bolsonaro decidió retirarse del acuerdo. Brasil retornó en el 2023 cuando el gobierno de Lula da Silva solicitó su reincorporación. Y, actualmente, el gobierno de Milei y el de Peña, Argentina y Uruguay respectivamente, se han alejado del grupo. Tanto que a la IX Cumbre asistieron muy pocos Jefes de Estado, entre los cuales se encuentran Lula da Silva (Brasil), Luis Arce (Bolivia), Leslie Voltaire (Haití), Claudia Sheinbaum (México), Gustavo Petro (Colombia), Bernardo Arévalo (Guatemala), Yamandú Orsi (Uruguay), Miguel Díaz-Canel (Cuba) y Xiomara Castro (Honduras). Los demás países enviaron representantes de alto nivel.
Todo esto ha llevado a que, hasta ahora, en el mejor de los casos, la CELAC opere más como un foro político y diplomático que como una herramienta de integración económica efectiva. Tal vez ha sido útil para promover el diálogo y posicionar a América Latina y el Caribe como una región con aspiraciones comunes, pero ha estado lejos de materializar esas aspiraciones en políticas concretas.
No obstante, en las actuales circunstancias, la CELAC no puede seguir siendo una institución aspiracional, limitada a comunicados y cumbres. Si América Latina y el Caribe desean ocupar un lugar relevante en el nuevo orden económico mundial, necesitan más que discursos: requieren una CELAC, o una organización similar, que sirva efectivamente al comercio regional, que promueva la integración productiva, y que fomente infraestructuras y normativas comunes.
Esto implica superar las diferencias políticas internas y construir consensos mínimos para avanzar en una agenda económica pragmática. El momento histórico exige acción, y la CELAC debe asumir el desafío de dejar atrás el simbolismo para convertirse en una herramienta real de desarrollo y cooperación económica.
Acerca del autor

Marcela Anzola
* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.
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