
El futuro de USAID: ¿el fin de una era de la política exterior de Estados Unidos?
Compartir:
Evaluación y ajuste de la ayuda exterior de Estados Unidos: el debate sobre el futuro de USAID
En las últimas semanas, ha surgido un debate sobre la suspensión de la ayuda exterior por parte de Estados Unidos y la posible disolución de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Esta discusión ha suscitado preocupaciones ante los posibles efectos que podría tener en diversas regiones del mundo.
USAID ha sido, durante décadas, una herramienta esencial de la política exterior estadounidense. Fue fundada el 3 de noviembre de 1961 por el presidente John F. Kennedy, mediante orden ejecutiva después de que el Congreso aprobó la Ley de Asistencia Exterior de 1961. Su creación se enmarcó en el contexto de la Guerra Fría, con la intención de proporcionar asistencia técnica y económica a los países en desarrollo, para fortalecer las relaciones diplomáticas y contrarrestar la influencia soviética. Tiene como misión principal promover el desarrollo económico y social en las naciones menos favorecidas. Sus objetivos específicos incluyen: reducir la pobreza extrema, mejorar la salud global, promover la educación, fortalecer la democracia y la gobernanza y asistir en situaciones de emergencia.
En los últimos años, USAID ha intensificado sus esfuerzos en áreas clave. Se destacan sus intervenciones durante la pandemia de COVID-19 y sus programas permanentes enfocados en el cambio climático, el empoderamiento de las mujeres y la crisis de refugiados y desplazados internos en zonas de conflicto.
A pesar del debate que ha suscitado la posible supresión de USAID, no se debe dejar de mencionar que la agencia también ha sido objeto de controversias en los países donde opera. En varias ocasiones, las actividades de USAID han sido percibidas con desconfianza, acusadas de influir en asuntos internos y de promover agendas políticas específicas bajo el pretexto de la ayuda al desarrollo.
Estas controversias han suscitado dudas sobre la efectividad y los objetivos de la asistencia internacional, y por ello es fundamental comprender cuál es la discusión sobre la misma, tanto desde la perspectiva del actual gobierno de Estados Unidos, como de la de los países receptores.
El nuevo enfoque de la política de ayuda exterior en Estados Unidos y las críticas del gobierno Trump a USAID
El 20 de enero, tras asumir la Presidencia, el presidente Trump firmó un conjunto de órdenes ejecutivas destinadas a implementar su programa de gobierno. Entre ellas, se destaca una orden para la “Reevaluación y reajuste de la ayuda exterior de los Estados Unidos”.
Según esta orden, la industria y la burocracia de la ayuda exterior de Estados Unidos no estarían alineadas con los intereses estadounidenses y, en muchos casos, serían contrarias a sus valores y, más bien, servirían para desestabilizar la paz mundial al promover en países extranjeros ideas que son directamente opuestas a las relaciones armoniosas y estables al interior de estos países, así como entre ellos (Artículo 1).
Por tal razón, en el artículo 2 se adopta como política no desembolsar más asistencia exterior si esta no está “(…) plenamente en consonancia con la política exterior del presidente de los Estados Unidos” (traducción de la autora).
La política exterior del actual presidente de Estados Unidos está basada en un modelo transaccional, “do ut des” (doy para que des), que fácilmente se podría interpretar como extorsiva. Un enfoque que ya ha comenzado a aplicar en las negociaciones de la ayuda militar a Ucrania. En el caso particular de los programas de ayuda para el desarrollo, implicaría que el apoyo y la asistencia proporcionados por Estados Unidos estarían condicionados a recibir algo a cambio, en forma ya sea de alianzas estratégicas, beneficios económicos o concesiones políticas.
Un primer paso para la implementación de este nuevo enfoque de política fue la suspensión por noventa días en la asistencia exterior de Estados Unidos para el desarrollo, a fin de evaluar la eficiencia de los programas y la coherencia con la política exterior de Estados Unidos (artículo 3). El 24 de enero de 2025, Trump ordenó una congelación casi total de la ayuda exterior. Acto seguido, decidió suspender las actividades de USAID, como parte de una iniciativa para reducir costos y reorganizar la asistencia exterior.
Posteriormente, el 3 de febrero de 2025, Elon Musk, director del Departamento de Eficiencia Gubernamental, anunció que tanto él como Trump estaban en proceso de cerrar USAID, y la calificó de “organización criminal” y “más allá de cualquier reparación”. Ese mismo día, el secretario de Estado, Marco Rubio, informó que había sido nombrado administrador interino de USAID y que la agencia sería fusionada con el Departamento de Estado.
El 23 de febrero el Gobierno les informó a casi todos los empleados de USAID que estaban de licencia a partir del lunes 24 y se notificó a 1 600 de los empleados con sede en Estados Unidos que estaban siendo despedidos. La medida se produjo después de que el juez federal de distrito Carl Nichols permitió el viernes que el Gobierno siguiera adelante con su plan de retirar a miles de empleados de USAID en Estados Unidos y en todo el mundo.
El 26 de febrero el Gobierno informó en un memorando interno que estaba eliminando más del 90 % de los contratos de ayuda exterior de USAID y US$60 000 millones en asistencia total de Estados Unidos en todo el mundo, siguiendo su plan de eliminar la mayor parte de la ayuda humanitaria y de desarrollo de Estados Unidos en el extranjero. Estas acciones reflejan la intención del gobierno de Trump de desmantelar USAID, argumentando ineficiencia y malversación de fondos en sus operaciones.
El mismo día, la Corte Suprema bloqueó temporalmente una orden judicial que requería que el Gobierno liberara miles de millones de dólares en ayuda externa antes de la medianoche.
Aunque estos eventos pueden parecer controversiales, no son nuevos ni tan ajenos a la posición sobre el tema de una buena parte de la opinión pública y académica en Estados Unidos. Algunos expertos y analistas han expresado su escepticismo respecto a la verdadera utilidad y los objetivos de estos programas. Es el caso, por ejemplo, de Hans Morgenthau (1904-1980), un destacado teórico de la política internacional y uno de los principales exponentes del realismo político en el siglo XX, quien hace varias décadas criticó la ayuda externa de manera contundente en los siguientes términos:
“De todas las innovaciones reales y aparentes que la era moderna ha introducido en el ejercicio de la política internacional, la ayuda exterior, tanto en su forma teórica como en su forma práctica, es la que ha resultado más incomprensible. En realidad, la misma idea de considerarla un instrumento de política exterior es muy controvertida. Por un lado, la controversia surge de la idea muy común de que la ayuda exterior es una finalidad en sí misma, que tiene su propia justificación, la cual trasciende y no depende de la política exterior. Desde este punto de vista, este tipo de ayuda se considera el cumplimiento de una obligación de unas pocas naciones ricas hacia otras muchas pobres. Por otro lado, no se ve la ayuda exterior como algo justificable en absoluto y, de hecho, se reputa un enorme despilfarro que no sirve ni los intereses de Estados Unidos ni los de las naciones que la reciben”.
A esto se suman, como ya se anotó, las críticas desde los países receptores. Las cuales han sido comunes y continuas, y resuenan con las preocupaciones de los críticos estadounidenses.

¿Cuáles son las críticas a USAID en los países donde opera?
La posición de los países receptores respecto a la ayuda de USAID es ambigua. Por un lado, valoran los beneficios tangibles que la asistencia ha traído a sus comunidades, como mejoras en infraestructuras, educación y salud. Sin embargo, algunos detractores se muestran recelosos frente a estos programas. Consideran que pueden estar más alineados con los intereses estratégicos de Estados Unidos que con sus propias prioridades y necesidades.
Se ha acusado a la agencia de imponer políticas y programas que no siempre se alinean con las prioridades internas de los países beneficiarios y que en ocasiones sirven a gobiernos o a políticas autoritarias. Por ejemplo, se menciona la presunta participación de USAID en el programa de esterilización forzosa en Perú durante el gobierno de Fujimori. Para algunos, la agencia jugó un papel importante en su implementación. Estos señalamientos se han fundado en la extensa participación de USAID en el programa de planificación familiar desarrollado en el país durante cinco décadas, aunque no es muy claro si la agencia realmente participó en el programa de esterilización forzosa.
La agencia también se ha visto envuelta en escándalos donde se le ha acusado de intervenir en la política interna de los países. Como ocurrió en el caso de Alan Gross, un contratista estadounidense de USAID que fue arrestado en Cuba en 2009 por distribuir equipos de comunicación secreta a grupos disidentes. En 2011, fue condenado por espionaje y actos contra el Estado cubano. Fue liberado en 2014 a cambio de tres espías cubanos. Mientras estaba en prisión, su esposa demandó por US$60 millones a USAID y a la compañía privada que lo había contratado. Posteriormente llegaron a una conciliación por una suma que no fue revelada.
La convicción de algunos países de que USAID representa un riesgo a su soberanía los ha llevado a expulsarla de su territorio: Venezuela en 2010 y 2019, Bolivia en 2013 y Ecuador en 2014.
Otra crítica frecuente es la falta de sostenibilidad a largo plazo de algunos proyectos, lo cual puede llevar a la dependencia de la ayuda externa en lugar de fomentar la autonomía y el desarrollo autosuficiente. Además, las implementaciones pueden tener efectos adversos, como la creación de mercados distorsionados o la competencia desleal con productores locales.
En algunos casos, se ha cuestionado la eficacia de los fondos destinados, al señalar que una parte significativa del presupuesto se puede perder en costos administrativos o en la burocracia, en lugar de llegar directamente a las comunidades que más lo necesitan. También ha habido denuncias sobre la falta de transparencia y rendición de cuentas en la ejecución de algunos proyectos.
De otra parte, en regiones afectadas por el conflicto, la presencia de USAID ha sido percibida como una extensión de la política exterior estadounidense, lo que puede generar suspicacias y rechazo entre ciertos sectores de la población local.
¿Cuáles serían las posibles consecuencias de este cambio de enfoque de la política de ayuda exterior de Estados Unidos?
Sin embargo, a pesar de las críticas de lado y lado, aunque algunas pueden ser infundadas, el cambio de orientación en la política de ayuda exterior de Estados Unidos es preocupante. Además del impacto económico y humanitario en las áreas donde desarrolla su actividad, esta nueva dirección podría tener implicaciones profundas y duraderas en el panorama global, lo que afecta tanto a los países receptores como a la propia imagen y posición de Estados Unidos en el mundo.
En primer lugar, podría alterar las dinámicas de las relaciones internacionales, ya que los países receptores podrían sentirse presionados a cumplir con las demandas de Estados Unidos para continuar recibiendo apoyo. Lo que a la postre se interpretaría como una limitación a su autonomía y capacidad de tomar decisiones soberanas.
En segundo lugar, la adopción de este modelo podría generar tensiones y desconfianza entre Estados Unidos y sus aliados tradicionales, que podrían percibir esta política como una forma de imposición y control.
Asimismo, otros actores globales podrían aprovechar esta situación para reforzar su influencia y presencia en regiones donde Estados Unidos reduzca su compromiso.
China, por ejemplo, ha incrementado significativamente su influencia global a través de su Iniciativa de la Franja y la Ruta, al invertir en infraestructura, educación y otros sectores clave en países en desarrollo.
Para 2024, la Iniciativa de la Franja y la Ruta tenía numerosos proyectos e inversiones en países de Asia, África, Europa y Suramérica. Países como Argentina, Brasil, Chile y Perú han recibido grandes inversiones en infraestructura, energía y transporte. Estas acciones buscan no solo fortalecer la infraestructura de estos países, sino también estrechar los lazos económicos y políticos entre Suramérica y China.
En definitiva, la redefinición de la política de ayuda exterior de Estados Unidos podría desencadenar una transformación sustancial en el entramado de relaciones internacionales y en el equilibrio de poder global. Estos cambios no solo influirán en la calidad de vida de las poblaciones más vulnerables, sino que también modelarán el panorama geopolítico contemporáneo. La asistencia al desarrollo es una herramienta poderosa para fomentar la estabilidad, consolidar alianzas estratégicas y promover relaciones internacionales más equitativas y justas. Cosa que no parece ofrecer este nuevo enfoque de política.
Le recomendamos: Trumponomics 2.0 contra el mundo
Acerca del autor

Marcela Anzola
* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.
0 comentarios





