Los mundiales como fotografía política de su tiempo
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Los mundiales como fotografía política de su tiempo

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Los mundiales no inventan las tensiones de su época, sino que las concentran, las hacen visibles y las proyectan sobre la pantalla más grande del planeta. Por eso vale la pena analizarlos.

Afirmar que los mundiales de fútbol están “politizados” suena razonable, pero, en el fondo, no dice casi nada. Sugiere que alguna vez existió un fútbol puro, intacto, ajeno al poder, y que la política vino después a contaminarlo. Nunca fue así. Desde su origen, los mundiales han sido mucho más que torneos; han funcionado como vitrinas ideológicas y escenarios en los que los Estados, los gobiernos y las élites proyectan su imagen ante el mundo.

Esto ocurre por razones estructurales. El fútbol, a diferencia de otros deportes, organiza identidades colectivas en torno a la nación. Cada selección es, en cierta medida, una proyección de su país. Cada victoria o derrota moviliza emociones que los gobiernos, históricamente, han intentado convertir en capital político. Además, la FIFA no es solo una federación deportiva.  Es una autoridad privada global que negocia directamente con Estados, impone condiciones soberanas sobre el territorio anfitrión, administra derechos televisivos y simbólicos, y distribuye recursos financieros que pueden transformar economías nacionales enteras.

Los mundiales no inventan las tensiones de su época, sino que las concentran, las hacen visibles y las proyectan sobre la pantalla más grande del planeta. Por eso vale la pena analizarlos. Lo que sigue es un recorrido por esa historia, más allá de los goles. 

El estadio como tribuna del régimen: Italia 1934 y Argentina 1978

El primer gran ejemplo de instrumentalización política de un Mundial ocurrió en Italia en 1934. Benito Mussolini comprendió, antes que la mayoría de los líderes de su tiempo, que el fútbol podía ser una herramienta de propaganda de masas de alcance extraordinario. El torneo sirvió para mostrar al mundo una Italia disciplinada, moderna y victoriosa, alineada con la narrativa fascista de la fortaleza nacional y la eficiencia estatal. Hoy se sabe que hubo presiones sobre los árbitros, expulsiones cuestionables y un clima de intimidación en los estadios. La victoria italiana fue presentada como un logro del régimen, no del deporte. 

Argentina 1978 fue una versión aún más brutal del mismo fenómeno. Bajo la Junta Militar, el Mundial sirvió para proyectar al exterior una imagen de normalidad y unidad nacional, mientras que, a pocas cuadras del estadio Monumental, la ESMA funcionaba como centro clandestino de detención, tortura y desaparición. Pero el torneo también provocó un efecto inverso. La atención internacional permitió a las Madres de Plaza de Mayo denunciar la represión y llevó a numerosos periodistas extranjeros a cubrir los casos de los desaparecidos. Así, Argentina 1978 visibilizó ante una audiencia global una dictadura respaldada por Occidente que ya no podía ocultar sus crímenes.

México 1986 y Francia 1998: nación, crisis y diversidad

México 1986 reflejó la historia de un país que, tras el terremoto de 1985 y en plena crisis de deuda, utilizó el Mundial para exhibir su capacidad de reconstrucción y legitimidad estatal, y la de un torneo cuyo significado político desbordó al anfitrión cuando Diego Maradona convirtió el partido contra Inglaterra, apenas cuatro años después de la guerra de las Malvinas, en una escena de reparación simbólica para amplios sectores de América Latina. Por eso, más que una simple competición, aquel Mundial mostró cómo el fútbol puede reunir en noventa minutos crisis, memoria, nación y geopolítica.

Francia, en 1998, convirtió la diversidad en una poderosa fuerza nacional. La selección campeona, celebrada como el equipo “black-blanc-beur”, fue leída como prueba de que la república podía reconocerse en la mezcla y transformar migraciones, periferias y herencias coloniales en un relato de integración. Pero aquella imagen también tuvo algo de espejismo. Con el tiempo, los debates sobre racismo, exclusión social y desigualdad revelaron que ese sueño de armonía era más frágil de lo que parecía. 

Del poder blando al lavado de imagen: Rusia 2018 y Qatar 2022

En Rusia de 2018, el Mundial operó como una estrategia de poder blando cuidadosamente gestionada por el Kremlin. Cuatro años después de la anexión de Crimea y en pleno deterioro de sus relaciones con Occidente, el torneo sirvió para exhibir eficiencia organizativa, modernidad urbana y hospitalidad, y durante unas semanas funcionó parcialmente, pues muchos aficionados regresaron con relatos que matizaban la imagen negativa del país en los medios occidentales. Pero ese éxito fue efímero ante la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, que desmontó el relato construido, hasta el punto de que hoy Rusia está suspendida de las competiciones de la FIFA. La imagen que dibujó en 2018 se evaporó.

Qatar 2022 llevó el debate a otro terreno con una crudeza inusual. Antes del primer partido ya pesaba sobre el torneo el escándalo masivo de que miles de trabajadores migrantes, sobre todo de Nepal, India, Bangladesh y otros países asiáticos, habían levantado los estadios en condiciones que vulneraban estándares laborales básicos.  Investigaciones de The Guardian estimaban más de 6.500 muertes entre 2010 y 2020, cifras que el gobierno qatarí discutió pero que resultaron imposibles de neutralizar en el debate público. A ello se sumaron la criminalización de las relaciones homosexuales, las restricciones a la libertad de expresión y la precariedad jurídica de gran parte de la población residente. En ese contexto, el concepto de “sportswashing”, o blanqueamiento deportivo, describió con precisión la lógica del torneo: usar el espectáculo para mejorar la reputación, atraer inversión y proyectar modernidad. Y, aparentemente, tuvo resultado porque el Mundial se jugó, los estadios se llenaron y las audiencias batieron récords. Pero no se resolvieron los problemas ni se atendieron las denuncias; se limitaron a convivir con la celebración del éxito del evento.

Foto: Wikimedia Commons

El Mundial 2026: la globalización con muros

El Mundial 2026 introdujo una novedad estructural sin precedentes. Se desarrolla simultáneamente en Estados Unidos, México y Canadá. Y cuenta con un mayor número de selecciones —pasó de 32 a 48—, para un total de 104 partidos. En apariencia, esa expansión sugiere una democratización del torneo —más confederaciones representadas, más historias incluidas y más mercados activados—, pero la forma como ese modelo se despliega sobre el mapa político revela tensiones que van mucho más allá del deporte.

El problema central es que la FIFA vende el torneo como un espacio global de celebración, pero ese espacio global está atravesado por tres soberanías distintas, cada una con sus propias reglas de acceso, políticas migratorias, criterios de seguridad y prioridades políticas. Para los aficionados latinoamericanos —que, en teoría, deberían ser los más entusiastas del torneo, dado que la región tiene una presencia histórica masiva en la Copa del Mundo—, el torneo no ha sido fácil de acceder. Para ver los partidos en suelo estadounidense, donde se desarrolla la mayor parte —el 75% del total—, necesitan visa, dinero, historial crediticio y, en algunos casos, pasar por procesos de entrevistas consulares en los que el sistema los presupone como sospechosos hasta que demuestren lo contrario.

Redadas de ICE, deportaciones, restricciones de visado y controles cada vez más duros convierten la promesa de un Mundial “global” en un filtro selectivo que deja fuera no solo a hinchas latinoamericanos, sino también a árbitros, delegaciones y aficionados de África, Asia y Medio Oriente.

Ya existen ejemplos concretos y recientes. En junio de 2026, el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, designado por la FIFA para el Mundial, fue rechazado en el aeropuerto de Miami y quedó fuera del torneo pese a formar parte de la nómina oficial. Algo parecido ocurrió con el equipo de Irán, cuya participación estuvo rodeada de incertidumbre hasta el último momento; aunque la selección recibió finalmente autorización para competir, persistieron trabas para parte de su personal de apoyo. 

Y, para los aficionados, el panorama tampoco ofrece garantías. El propio Departamento de Estado de Estados Unidos reconoce que quienes no pertenecen al programa de exención de visas necesitan un visado B1/B2, que la vía prioritaria solo existe para quienes compren entradas directamente a través de la FIFA y que incluso esa cita acelerada no garantiza la aprobación final. La retórica de la fiesta global convive así con un sistema que selecciona, filtra y encarece la movilidad según el pasaporte de origen. 

La FIFA, por su parte, ha emitido declaraciones genéricas sobre hospitalidad e inclusión, pero no cuenta con instrumentos para garantizar el acceso migratorio de los aficionados. No puede otorgar visas, no puede suspender operativos de control fronterizo ni garantizar que quien entre a ver un partido pueda salir sin consecuencias. 

En síntesis, organiza la fiesta, pero no controla la puerta.

La fotografía que nadie quiere mirar

A lo largo de casi un siglo, los mundiales han funcionado como una fotografía política de su tiempo. Condensan y exhiben con una claridad excepcional las tensiones del mundo. En cada evento se cruzan gobiernos, corporaciones, medios, ciudadanos y migrantes dentro de un espectáculo que se presenta como universal y apolítico, aunque en realidad está atravesado por relaciones de poder, controversias simbólicas y decisiones profundamente políticas.

Italia 1934 mostró el Mundial como propaganda fascista; Argentina 1978, como vitrina de una dictadura; México 1986, como escenario donde la crisis y la revancha simbólica se encontraron en la figura de Maradona; Francia 1998, como promesa efímera de integración; Rusia 2018, como ejercicio de poder blando; Qatar 2022, como emblema del sportswashing, y 2026, probablemente, como el torneo de la globalización con muros. Nunca ha sido solo fútbol. Cada edición revela quién tiene el poder de organizar, narrar y restringir la fiesta.

Por eso, la pregunta decisiva antes de cada Mundial no es si el fútbol se ha politizado demasiado, sino qué revela ese torneo sobre el mundo que lo hace posible. Si la respuesta no es agradable, no es culpa del balón, sino de la realidad que el espectáculo deja al descubierto.

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Acerca del autor

Marcela Anzola
marcelaanzola@razonpublica.org.co |  + posts

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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