Mas allá de las protestas: la importancia del diálogo
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Mas allá de las protestas: la importancia del diálogo

Escrito por Marcela Anzola

En las últimas semanas  se ha vuelto común que en los estadios se eleven protestas en contra de Petro. Sin hacer referencia a las políticas del gobierno o las causas del malestar, los protestantes se limitan a exigir la salida del Presidente, con un contundente “Fuera Petro”.  La primera vez que esto se presentó se pensó que se referían a la hija y esposa del mandatario, que estaban presentes en el estadio. Sin embargo, en ocasiones posteriores la conducta ha sido reiterativa, a pesar de que el Presidente ni los miembros de su familia se encontraban allí.

Estas protestas pueden interpretarse como una forma de manifestar el descontento con el actual mandatario y su gobierno.  Pero, a diferencia de las protestas tradicionales donde generalmente los manifestantes expresan su malestar por algo y se promueve un dialogo para obtener lo que se quiere, en éstas solo hay una exigencia unilateral: “Fuera Petro”. Cabe por tanto preguntarse ¿Cuál es el objeto de estas protestas? ¿Son eficaces para promover los intereses de los manifestantes? y finalmente, ¿Hay algo que se pueda hacer para disolver la tensión subyacente?

Como ya se anotó, en una democracia las protestas se caracterizan primordialmente por ser una forma de promover, y en muchos casos de exigir, un diálogo entre las partes interesadas para llegar a un acuerdo sobre un punto específico. Las protestas generalmente surgen cuando un grupo siente que no tiene voz o poder contra las prácticas de otro grupo y acude a esta herramienta para hacerse oír.

Las normas que protegen las protestas no asumen que los manifestantes tengan la razón. Pero, si reconocen que las protestas son un canal para expresar el descontento y evidenciar problemas y desacuerdos, y si el gobierno presta atención a estas advertencias puede tomar las medidas adecuadas para resolverlo, mitigarlo o al menos lograr un acercamiento con los manifestantes. Cuando el gobierno contra el que se protesta no presta atención a los manifestantes y a sus solicitudes, estos pueden escalar su protesta a acciones que pueden resultar violentas. Es el caso, por ejemplo, de las revoluciones de independencia que se dieron, por ejemplo, en las antiguas colonias europeas en diferentes épocas. Otro ejemplo, es el de los movimientos de derechos civiles en los Estados Unidos, donde la falta de diálogo ha llevado a la protesta violenta en varias ocasiones.

Cuando el  diálogo no es posible cada incidente tiene el potencial de desencadenar una nueva ronda de protestas y así sucesivamente. En estos casos, la posición de las partes en lugar de ceder se endurece y polariza.  Con cada nueva protesta aparecen nuevos incidentes que reafirman la posición de cada lado y la distancia entre las dos posiciones se hace cada vez más grande.

Esto se explica porque que las protestas rara vez son el resultado de un solo incidente. Surgen de una cadena de eventos en donde, tanto los manifestantes como los gobiernos contra los que se protesta, con razón o sin ella, perciben como un patrón. Por ejemplo, los manifestantes durante las protestas que se dieron en la pandemia en Colombia pueden estar de acuerdo en que fue inapropiado que los integrantes de la primera línea atacaran la policía y desobedecieran sus órdenes. Pero la imagen de las balas y la violencia empleada por la policía reforzó el imaginario de la represión y del autoritarismo injustificado en contra de las  minorías y los menos favorecidos.

Esta forma en que se escalan los conflictos puede ser el resultado de que todas las partes la ven desde una perspectiva micro, donde miran los eventos individualmente, y olvidan o dejan de lado el problema real.

Si no se cambia esta forma de entender las protestas, no se podrá resolver jamás la tensión, porque no hay posibilidad de un acercamiento al diálogo. El primer paso para crear un diálogo significativo es escuchar lo que la otra persona está diciendo. Esto no significa necesariamente estar de acuerdo con ella.  El poder existe en el mero hecho de entender lo que piensa. Escuchar es una calle de doble sentido. Las protestas tienen poco efecto si los manifestantes no escuchan a sus destinatarios. Una vez que las partes prestan atención al otro, dejan de ver al otro lado como un enemigo al que se odia y comienzan a verlo como un socio en la creación de una visión compartida. El diálogo es incómodo, pero el dolor de ignorarse mutuamente es mucho peor.

Colombia no puede seguir pasando por alto lo que los otros dicen. Es necesario entablar un diálogo, aun si la probabilidad de un resultado sea una utopía.  La actual oleada de protestas es una oportunidad para fortalecer la democracia. ¿Qué haremos para estar a la altura de este desafío?

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