La insoportable dificultad de aceptar los hechos - Razón Pública

La insoportable dificultad de aceptar los hechos

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Solemos atribuir los males de nuestra época a la posverdad, a las noticias falsas y a la manipulación digital. Esa explicación, sin embargo, es tan cómoda como falsa. Al convertir la crisis de la verdad en un problema técnico, nos estaríamos absolviendo de toda responsabilidad. Culpamos a los algoritmos, a las plataformas o a la inteligencia artificial, y evitamos mirar aquello que la filosofía ha señalado desde siempre, y, más recientemente, la psicología: nuestra dificultad para aceptar los hechos cuando contradicen lo que queremos creer.

Por eso conviene volver a una pregunta más antigua que nuestras tecnologías: qué entendemos por verdad y por qué nos cuesta tanto someternos a ella. La filosofía recuerda que esa inquietud no nació con las redes sociales ni con la inteligencia artificial; desde hace más de dos mil quinientos años acompaña la historia del pensamiento occidental.

Cuando Protágoras afirmó que «el hombre es la medida de todas las cosas», planteó una idea atractiva y peligrosa: la verdad dependería de quien la enuncia. Platón vio el riesgo: si toda opinión es verdadera solo porque alguien la sostiene, desaparece la diferencia entre saber y creer. Entonces, el diálogo deja de buscar la verdad y se convierte en una competencia retórica: gana quien convence, no quien tiene razón. 

La filosofía no cerró ese debate, pero dejó matices esenciales. Aristóteles vinculó la verdad con decir lo que es. Kant recordó que conocemos el mundo a través de la razón. Nietzsche sospechó que muchas verdades eran interpretaciones olvidadas. Kuhn mostró que la ciencia cambia de paradigmas ante nueva evidencia. Ninguno, sin embargo, sostuvo que toda afirmación valga lo mismo. Reconocer límites no implica aceptar que todas las opiniones sean igualmente válidas.

El punto decisivo no es, entonces, que la verdad sea inalcanzable, sino que con frecuencia preferimos acomodarla a nuestras creencias antes que cuestionarlas.

La psicología ayuda a explicar esta dificultad. El cerebro humano no siempre busca la verdad, también protege las convicciones. Festinger mostró cómo la disonancia cognitiva nos lleva a rechazar información incómoda. Kahneman explicó que preferimos las respuestas rápidas a los razonamientos lentos. Y el sesgo de confirmación completa el cuadro al mostrar que siempre buscamos pruebas para defender lo que ya creemos.

Muchas veces razonamos menos para descubrir la verdad que para justificar lo que ya creemos. La pandemia lo mostró con claridad: mientras la ciencia acumulaba evidencia sobre las vacunas, proliferaban teorías sobre experimentos secretos, microchips o planes de dominación, incluso cuando verificar los datos era más fácil que nunca.

Es cierto que las redes sociales y la inteligencia artificial han facilitado este escenario, pero culpar a las redes, a los algoritmos o a la inteligencia artificial de la crisis de la verdad evita asumir responsabilidad alguna. No cabe duda de que estas tecnologías producen y distribuyen contenido falso a una velocidad inédita; también es cierto que explotan nuestras emociones, premian la indignación y convierten la atención en un negocio. Sin embargo, ninguna de ellas nos obliga a suspender el juicio, a compartir sin verificar ni a creer solo en aquello que confirma nuestras sospechas. 

El problema no está en la máquina que fabrica la mentira, sino en la disposición humana a consumirla cuando resulta útil, cómoda o identitaria. Las plataformas amplifican el engaño, pero nosotros aportamos la credulidad, el resentimiento y, muchas veces, la voluntad de no saber.

Quizá el problema de nuestra época no sea el relativismo filosófico, sino el tribalismo. Ya no preguntamos si una afirmación es verdadera, sino si favorece a los nuestros. La verdad deja de corregir ideas y pasa a defender identidades.

Ninguna sociedad puede deliberar seriamente si renuncia a hechos verificables. La democracia admite desacuerdos, pero necesita una realidad común desde la cual discutir; de lo contrario, dejamos de debatir qué hacer frente a los hechos y pasamos a discutir si estos existen.

La verdad no es un lujo intelectual ni una obsesión académica. Es una condición práctica de la vida pública. Sin hechos compartidos de manera mínima, la conversación se degrada: las instituciones pierden legitimidad, el adversario se vuelve enemigo y cualquier evidencia puede ser descartada como propaganda. Una comunidad política puede sobrevivir a profundas diferencias ideológicas; lo que difícilmente puede soportar es la imposibilidad de reconocer una realidad común.

Por eso tal vez convenga aceptar que sabemos menos de lo que creemos saber. Reconocer los límites de nuestro conocimiento no nos condena al relativismo; al contrario, nos obliga a distinguir entre la duda razonable y la simple obstinación, entre la prudencia intelectual y la comodidad de llamar verdad a lo que solo confirma nuestras preferencias.

Después de todo, quizá la verdad no esté en crisis. Los que seguimos teniendo dificultades para convivir con ella somos nosotros.

Acerca del autor

Marcela Anzola
marcelaanzola@razonpublica.org.co |  + posts

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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Marcela Anzola

* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.

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