
Barcelona y la izquierda global: la IV Reunión en Defensa de la Democracia (2026)
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Más que una cumbre de compromisos legales, la reunión de Barcelona consolidó un bloque predominantemente iberoatlántico que disputa la narrativa global, aunque enfrenta el reto de superar su propia homogeneidad política.
La reunión
Entre el 15 y el 18 de abril, Barcelona acogió la IV Reunión en Defensa de la Democracia —foro creado en 2024 por España y Brasil—, celebrada simultáneamente con la Global Progressive Mobilisation (GPM), convocada por la Internacional Socialista, el Partido de los Socialistas Europeos y la Alianza Progresista.
La coincidencia deliberada de ambos eventos convirtió a la capital catalana en el escenario con la mayor concentración de líderes progresistas del mundo en lo que va de siglo. El encuentro reunió a más de 3.000 participantes de más de 40 países, entre ellos los presidentes de Brasil, México, Colombia, Uruguay y Sudáfrica, y el presidente del Consejo Europeo.
Este artículo examina qué ocurrió en ese foro: sus antecedentes históricos, la genealogía del ciclo de cumbres progresistas desde 2024, las diferencias y acuerdos expresados por sus participantes, la composición geográfica e ideológica de la concurrencia, y las tensiones que se revelan en relación con la democracia global.
Genealogía del foro: de Biden a Sánchez-Lula
La Reunión en Defensa de la Democracia de Barcelona no surgió de la nada. Es el cuarto eslabón de una cadena que se puede rastrear con precisión. Para entenderla, hay que distinguir entre dos genealogías: la de las cumbres formales auspiciadas por Estados Unidos y la de los foros progresistas informales impulsados por España y Brasil.
El antecedente institucional es la Summit for Democracy de Biden (2021–2024). El 9 y 10 de diciembre de 2021, la administración Biden organizó la primera Summit for Democracy de manera virtual, con la participación de más de 100 países. Sus tres ejes temáticos fueron la defensa frente al autoritarismo, la lucha anticorrupción y el avance de los derechos humanos.
La segunda edición, en marzo de 2023, fue coorganizada con Costa Rica, los Países Bajos, Corea del Sur y Zambia, e involucró a 120 países. Para entonces, los críticos ya habían formulado una paradoja que no ha dejado de señalarse: el evento incluía a países con serios problemas democráticos —India, Polonia, Israel— mientras excluía a rivales geopolíticas como China y Rusia, lo que le daba un carácter más geoestratégico que puramente normativo. La tercera edición, en 2024, se organizó en Corea del Sur y representó un paso más en la delegación de la convocatoria desde Washington a otros actores.
La victoria de Trump en noviembre de 2024 clausuró de facto ese ciclo. El regreso del republicano equivalió a retirar el principal patrocinio del foro y el espacio quedó vacante.
Previendo esto, durante la Reunión en Defensa de la Democracia de septiembre de 2024, en Nueva York, al margen de la 79.ª Asamblea General de la ONU, los presidentes Pedro Sánchez y Lula da Silva acordaron organizar una reunión con otros presidentes. Lula había propuesto públicamente en abril de ese año algo similar para definir una estrategia coordinada frente al crecimiento de la extrema derecha, y había sondeado el terreno con Sánchez y con el presidente francés Emmanuel Macron.
El 24 de septiembre de 2024, Sánchez y Lula coorganizaron en Nueva York el primer Encuentro ‘En defensa de la democracia’, con la participación del chileno Gabriel Boric, el francés Macron, el canadiense Justin Trudeau y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel. Sánchez fue explícito en su intención de organizar de manera sistemática otras reuniones. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 y el ataque de seguidores de Bolsonaro al Congreso brasileño en enero de 2023 figuraron en los discursos como referentes motivadores compartidos.
El segundo encuentro formal —conocido como ‘Democracia Siempre’— se celebró el 21 de julio de 2025 en el Palacio de La Moneda, en Santiago de Chile, bajo la presidencia de Gabriel Boric y con la participación de Sánchez, Lula, Gustavo Petro (Colombia) y Yamandú Orsi (Uruguay). La declaración conjunta abordó la lucha contra la desinformación, el uso malicioso de las tecnologías digitales, la desigualdad y el extremismo.
El 24 de septiembre de 2025, en el marco de la 80.ª Asamblea General de la ONU, tuvo lugar la segunda edición formal del encuentro en las Naciones Unidas, consolidando un patrón de doble sede: una cumbre de líderes en una capital latinoamericana o europea y una reunión de seguimiento en Nueva York. Esto apuntaba a una arquitectura institucional informal pero organizada.
¿Un foro iberoamericano?
Una de las preguntas centrales sobre este tipo de encuentros es su alcance geográfico real: ¿se trata de un foro iberoamericano con apellido global, o de una coalición genuinamente transregional? La respuesta es matizada.
La espina dorsal del foro la constituyen líderes iberoamericanos. Lula da Silva y Sánchez son los fundadores del formato. El presídium visible de Barcelona lo componían Lula, Claudia Sheinbaum (México), Gustavo Petro (Colombia) y Yamandú Orsi (Uruguay). Gabriel Boric participó como expresidente de Chile —su sucesor, el ultraderechista José Antonio Kast, había ganado las elecciones chilenas el mes anterior, lo que añadía una carga simbólica particular a su presencia.
La participación de Claudia Sheinbaum fue relevante, pues rompió con la tradición de viajes internacionales escasos de los presidentes mexicanos, lo que se interpretó como un paso para mejorar las relaciones entre México y España. Sheinbaum enfatizó que el encuentro no era una reunión contra Trump, sino un foro por la paz mundial. Además, propuso que México sea sede de la próxima edición en 2027 y sugirió una declaración conjunta contra una posible intervención militar estadounidense en Cuba.
La participación de Cyril Ramaphosa (Sudáfrica) constituye el elemento geográfico más significativo de la ruptura con el patrón iberoamericano. Sudáfrica no es un caso menor: Ramaphosa fue el principal impulsor de la denuncia contra el primer ministro israelí, Netanyahu, ante la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra —una denuncia a la que España se sumó—. Su presencia conecta el foro con la agenda del Sur Global y la política exterior de la Unión Africana.
En el flanco europeo, la participación fue diversa: Catherine Connolly (Irlanda), Inga Ruginiené (Lituania), Edi Rama (Albania), Mia Mottley (Barbados), José María Neves (Cabo Verde), y los vicecancilleres socialdemócratas de Alemania (Lars Klingbeil) y Austria (Andreas Babler). La presencia del presidente del Consejo Europeo, António Costa (Portugal), aportó una dimensión institucional comunitaria.

En total, el Encuentro en Defensa de la Democracia reunió a presidentes o primeros ministros de unos 20 países. El veredicto geográfico es: predominantemente iberoatlántico, con extensiones hacia África subsahariana, Europa central y el Caribe, pero con ausencias notables en Asia, Medio Oriente y África del Norte.
Acuerdos, tensiones y pronunciamientos
La democracia como equilibrio frágil: el único consenso sólido. El punto de mayor cohesión fue un diagnóstico compartido: la democracia no puede darse por garantizada. Sánchez lo formuló en el discurso inaugural. Lula había advertido meses antes que la pérdida de la democracia equivaldría a perder ‘la cosa más extraordinaria’ que permite el derecho a la huelga, a la manifestación y a ‘pensar distinto’. Esta coincidencia es, en términos políticos, el pegamento ideológico del grupo.
La agenda de los tres ejes: multilateralismo, gobernanza digital y desigualdad. Sánchez estructuró explícitamente el plenario en torno a tres áreas:
-La defensa del multilateralismo. El foro mostró una postura clara y unánime al rechazar la renegociación de aranceles por parte de Trump, así como la intervención militar de Estados Unidos e Israel en Irán.
-La gobernanza digital. Se identificaron como amenazas a la democracia la desinformación y el poder de las plataformas.
-El combate a la desigualdad. Se subrayó la necesidad de que la democracia aporte beneficios materiales reales, vinculando la legitimidad democrática con resultados concretos para la ciudadanía.
Las fricciones: Oriente Medio, Cuba y la sombra de Venezuela. No todo fue unanimidad. Las tensiones más visibles surgieron en torno a Oriente Medio y a la política exterior latinoamericana. Gustavo Petro reclamó un proceso de paz en Oriente Medio que ‘coloque sobre el tapete la cuestión de Palestina y la solución de los dos estados’. Sheinbaum, por su parte, propuso una declaración conjunta contra una posible intervención militar de Estados Unidos en Cuba.
¿Diplomacia ideológica o política exterior sustantiva?
El debate analítico más interesante sobre este tipo de foros no es si son útiles o inútiles —la pregunta es demasiado binaria— sino para qué son útiles y qué trade-offs generan.
En el haber, el foro cumplió eficazmente dos funciones:
-La primera es la construcción de narrativa: en un contexto de fragmentación informativa global, una cumbre de este perfil genera titulares que sitúan el debate democrático en la agenda pública de una decena de países simultáneamente.
-La segunda es la de networking político transnacional: las reuniones bilaterales al margen de los plenarios —como los 15 acuerdos firmados entre España y Brasil en la víspera— tienen consecuencias tangibles en la cooperación económica, tecnológica y social.
En el debe, los problemas estructurales son conocidos y no menores. Tan significativo como lo que se debatió es lo que quedó fuera o en segundo plano. El foro no produjo ningún compromiso jurídicamente vinculante. No hay un mecanismo de seguimiento formalizado ni criterios de adherencia que distingan las democracias de los regímenes cuestionados. La homogeneidad ideológica del grupo —todos los participantes del gobierno son de izquierda o centroizquierda— limita su capacidad para constituirse en un referente universal de la defensa democrática. La ausencia de Estados Unidos, la Unión Europea como institución colectiva, el mundo árabe, el sudeste asiático y —quizás más simbólicamente— de voces críticas internas al progresismo sobre la situación de la democracia en Venezuela, Nicaragua o Cuba, es quizás la mayor debilidad del encuentro.
Pero algo que sí es claro, es que “la democracia” que se debatió en Barcelona no es la misma que la que se debatió en las Cumbres de Biden. Es más ideológica, más iberoatlántica, más confrontacional ante el auge de la derecha radical y más honesta respecto de sus propias limitaciones.
Lo que distingue a este ciclo de foros de sus predecesores es su vocación ideológica explícita. No aspiran a la universalidad; aspiran a la eficacia política. Y en esa apuesta residen tanto su potencia como su límite: pueden articular coaliciones, definir narrativas y disputar el significado de la democracia en el siglo XXI, pero no pueden sustituir a las instituciones que producen normas vinculantes.
En síntesis, la IV Reunión en Defensa de la Democracia de Barcelona no será recordada por sus compromisos formales —no los tuvo en sentido jurídico— sino por lo que representó como fenómeno político. En el espacio de dos años, Sánchez y Lula construyeron, desde la informalidad, un formato que ya tiene itinerario fijo, rotación de sede confirmada hasta 2027 y una red de think tanks y de la sociedad civil que trabaja entre cumbres. Si eso es un avance o una reducción del horizonte democrático global, probablemente sea la pregunta que importa y que solo el tiempo permitirá responder.
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Acerca del autor

Marcela Anzola
* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.
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