
Los TLC, la competitividad y el desarrollo: ¿círculo virtuoso o vicioso?
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Hay quienes piensan que compiten las empresas y quienes piensan que compiten los países. Y esta distinción es crucial para evaluar la conveniencia de los TLC que Colombia ha venido firmando.
A pesar de las críticas
La controversia alrededor del tratado de libre comercio con Corea del Sur y su entierro cuando menos temporal en el Congreso, han revivido la discusión sobre la conveniencia de este tipo de acuerdos para Colombia.
Pese a que el país tiene una historia en materia de integración que se remonta a la década de los 60 cuando ingresamos al Pacto Andino (1969), y después (1980) a la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALAC, hoy ALADI o Asociación Latinoamericana de Integración), estos procesos no despertaron las reticencias que producen los actuales tratados de libre comercio.
Adopción generalizada de un “modelo” o enfoque de desarrollo económico donde la integración y la competitividad se refuerzan recíprocamente.
Las razones para oponerse a este tipo de acuerdos son variadas, no solo en Colombia sino en otras partes del mundo, incluidos Estados Unidos y Canadá. Se argumenta sobre todo que la apertura de mercados afecta tanto la industria como la agricultura, y que los compromisos en otras materias – inversión extranjera, medio ambiente, servicios y propiedad intelectual- limitan la soberanía del Estado e impiden adoptar políticas distintas de las que impliquen tales compromisos.
Sin entrar a analizar la validez de estos argumentos, cabe anotar que pese a ellos, la suscripción de TLC aumenta de manera continua. En efecto, según la Organización Mundial del Comercio (OMC) hasta el 31 de enero de 2014 se habían recibido 583 notificaciones de Acuerdos Comerciales Regionales (ACR), de los cuales el 90 por ciento correspondió a tratados de libre comercio (TLC) y acuerdos de alcance parcial, y el restante 10 por ciento a uniones aduaneras. Para Colombia el panorama es el siguiente:
Cuadro 1 – TLC en Colombia* | ||
Vigentes |
Suscritos |
En Negociación |
México Guatemala-Honduras-El Salvador Chile EFTA Canadá Estados Unidos Unión Europea | Corea Costa Rica Israel Panamá | Japón Turquía
|
Fuente: Mincit
*Esta lista, sin embargo, no incluye otras formas de integración como las Uniones Aduaneras (Comunidad Andina), y algunos acuerdos de alcance parcial (Mercosur, Caricom, Cuba) ni la Alianza del Pacifico.
¿Por qué entonces casi todos los países, incluida Colombia, siguen firmando TLC? En la práctica esto se debe a la adopción generalizada de un “modelo” o enfoque de desarrollo económico donde la integración y la competitividad se refuerzan recíprocamente. En lo que sigue analizaré este argumento y los problemas del mismo.
![]() El Plan de Desarrollo del período 2010-2014 vincula la agricultura como motor de crecimiento sostenible y competitividad. Foto: CIAT |
¿Por qué los TLC?
Estos acuerdos son parte de una política de la mayoría de los países miembros de la Organización Mundial de Comercio (OMC) amparados bajo el Articulo XXIV del Acuerdo General de Tarifas y Comercio (GATT, por su nombre en inglés) que permite excepciones al principio de “Nación más Favorecida”, o sea que permite acuerdos bilaterales para reducir o eliminar aranceles y obstáculos al comercio. Por este camino se ahorran las dificultades de una negociación multilateral y se avanza hacia los objetivos propuestos por la OMC.
La consecuencia de esa política ha sido fragmentar las reglas de comercio mundial, pues el ingreso de un mismo producto a distintos mercados puede variar sustancialmente según que existan o no los acuerdos comerciales con el país de origen. Y esto sin duda afecta la posibilidad de exportar, vale decir la competitividad de cada economía.
Esto sin embargo, lleva a preguntarse sobre el papel de la competitividad desde una perspectiva más amplia: ¿realmente qué tan importante es ella para el desarrollo económico de un país?
Colombia apuesta por la competitividad
Los gobiernos recientes de Colombia han coincidido en la importancia que se atribuye a la competitividad para alcanzar el desarrollo.
Este supuesto ha estado presente desde la década de los 90, y se refleja en los sucesivos planes de desarrollo. El plan del gobierno Samper (1994-1998) – El Salto Social– dedicó un capítulo entero al tema de la competitividad – “Competitividad para la Internacionalización”-. En de Andrés Pastrana (1998-2002) – Cambio para Construir la Paz – trató el tema en el capítulo 5 – “Las exportaciones como motor de crecimiento”-. El plan de desarrollo 2002-2006 – Hacia un Estado Comunitario – lo incluyó en su capítulo 6 bajo el título “Competitividad y Desarrollo” y el del 2006-2010 –Estado Comunitario: desarrollo para todos – lo amplió en su capítulo 4, dedicado al tema de crecimiento, donde plantea una estrategia de desarrollo a partir de unas líneas transversales de competitividad.
A preguntarse sobre el papel de la competitividad desde una perspectiva más amplia: ¿realmente qué tan importante es ella para el desarrollo económico de un país?
El plan de desarrollo 2010-2014 – Prosperidad para Todos– no solo le dedica un capítulo entero (“Crecimiento Sostenible y Competitividad”) sino que la vincula a la estrategia sectorial de las “ locomotoras”: innovación, sector agropecuario, vivienda, infraestructura y sector minero energético.
En términos generales, puede decirse pues que desde la década de los 90 se ha venido afirmando una estrategia de desarrollo basada en la competitividad, con dos pilares principales: la competencia por los mercados y la competencia por atraer inversiones nacionales o extranjeras.
![]() El Centre William Rappard en Ginebra, Suiza, es la sede de la Organización Mundial de Comercio. Foto: Wikimedia Commons |
Una visión limitada
Comúnmente se equipara la competitividad de un país con la competitividad de su sector productivo[1]; esta definición reduce el concepto a la capacidad de las empresas para penetrar los mercados internacionales. Pero deja por fuera el hecho de que cada economía nacional es un sistema complejo de decisiones e intereses económicos y políticos, y por eso hoy suelen incluirse criterios sociales e institucionales en la medición de la competitividad de los distintos países[2].
El país será competitivo si la economía es capaz de ofrecer a sus ciudadanos, de manera sostenida, la posibilidad de un empleo remunerado adecuadamente y los beneficios sociales (educación, salud y justicia), así como un entorno democrático. En este sentido la competitividad económica – entendida como la habilidad para exportar y atraer inversión – es solo un componente de la competitividad en un sentido más amplio.
Si bien es cierto que el comercio y la inversión extranjera pueden contribuir al crecimiento económico y a la competitividad entendida en su sentido reducido, no es automáticamente cierto que contribuyan a la competitividad en su sentido más amplio – ni, por lo mismo, al desarrollo integral del país-. Y esto por varias razones:
– Primera porque no se tiene en cuenta que parte de las ganancias percibidas pueden provenir de activos acumulados por las generaciones pasadas o de la explotación de recursos naturales no renovables[3], como ha sido el caso de Colombia. La competitividad se basa entonces en aprovechar activos pre-existentes, no en crear nuevos activos.
– Segunda porque, como sugerí arriba, el crecimiento económico no es lo mismo que el desarrollo. Basta mirar a los países que obtienen grandes ingresos de sus recursos naturales pero mantienen muy elevados niveles de pobreza, inequidad y debilidad en sus instituciones políticas. ¿Podría llamarse “competitivo” a un país con semejantes características?
– Tercera, porque en el caso específico de una política de competitividad que incluya en lugar destacado los acuerdos de integración, el problema puede agravarse si no se tiene en cuenta a los perdedores, especialmente cuando son sectores pobres o excluidos.
En síntesis, argumentar que el fortalecimiento de la competitividad empresarial y la integración económica son una estrategia para elevar el bienestar de la población, resultaría dudoso si las medidas no van acompañadas de reformas institucionales en el ámbito social.
* Abogada, LL.M., Lic.Oec.Int., Doctora en Estudios Políticos.
@marcelaanzola
Notas
[1] Michael Porter, The competitive Advantage of Nations, New York, The Free Press, a division of McMillan, 1990.
[2] Autores como Fagerberg, Trabold y Garelli son exponentes bastantes representativos de esta tendencia. Igualmente la definición del World Economic Forum sigue estos lineamientos al definir la competitividad de un país como “the ability of a nation’s economy to make rapid and sustained gains in living standards”.
[3] Garelli, S. “The Four Fundamental Forces of Competitiveness”, World Competitiveness Yearbook 1997., http/www.imd.ch/approach/fundamentals.html,
Acerca del autor

Marcela Anzola
* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.
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Hay quienes piensan que compiten las empresas y quienes piensan que compiten los países. Y esta distinción es crucial para evaluar la conveniencia de los TLC que Colombia ha venido firmando.




