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Entre Libertarios y Progresistas: ¿nuevas expresiones para el populismo y el autoritarismo?

Escrito por Marcela Anzola

En la arena política actual, las narrativas libertarias y progresistas han ganado terreno desplazando tanto los discursos de derecha o izquierda, como a los más tradicionales de carácter conservador o liberal.  Sin embargo, las características de las actuales narrativas libertarias y progresistas difieren de las originales en la medida en que suelen entrelazarse con discursos populistas y autoritarios. Esto da como resultado, que en una misma narrativa se mezclen posiciones muchas veces encontradas, que desdibujan el sentido original de lo que son las ideas libertarias o progresistas, y que en última instancia sirven para reforzar el profundo antagonismo que caracteriza la sociedad actual.

En sus formas más puras, tanto los libertarios como los progresistas buscan mejorar la sociedad, sin embargo, sus enfoques difieren en cuál debe ser el papel del estado, la igualdad y la justicia social.

Los libertarios fundamentan su filosofía en la  idea de que la libertad individual es el valor supremo, y por tanto, toda forma de regulación es vista como una amenaza.  Por ejemplo, cualquier tipo de regulación al aborto sería incompatible con esta visión, mientras que el libre porte armas sería perfectamente congruente.

Basados en este concepto de libertad individual, los libertarios, buscan disminuir la intervención del Estado a su más mínima expresión, y promueven una garantía irrestricta de la propiedad privada y la autodeterminación. Defienden a ultranza la libertad de mercado, la reducción de impuestos y de gastos gubernamentales. En el debate sobre la atención médica, por ejemplo, los libertarios tienden a favorecer un sistema de mercado donde las personas eligen libremente sus planes de salud y proveedores. En el ámbito de la justicia social, los libertarios pueden ver los esfuerzos por implementar políticas de discriminación positiva o cuotas como una interferencia injustificada en la propiedad privada y la libertad de asociación.

Los progresistas, por su parte, consideran que el estado debe  tener un rol central en la lucha contra la desigualdad, en la promoción de la justicia y los derechos sociales. De acuerdo con esto, el estado debe garantizar la igualdad de oportunidades, intervenir en la economía, regular las industrias y proporcionar servicios esenciales. Por ejemplo, son partidarios de un sistema de atención médica universal, financiado por el estado; y son más abiertos  a considerar las políticas de discriminación positiva o de cuotas como algo necesario para corregir desigualdades históricas y promover la igualdad de oportunidades. Mas recientemente, han incluido en su narrativa la igualdad de género, la diversidad, y la protección del medio ambiente.

En principio, estas diferencias  parecen insuperables, sin embargo, en un sistema democrático debe ser posible encontrar áreas de convergencia. Estas diferencias son solo el reflejo de la natural diversidad de opiniones que caracteriza a la democracia. Un dialogo “habermasiano” entre ambas corrientes, podría, por ejemplo, llevar a resolver la aparente contradicción entre derechos individuales y derechos sociales, o a soluciones de equilibrio entre la protección de los derechos individuales con la promoción de la igualdad y la justicia social.

No obstante, la manera como están concebidos los actuales discursos que se autodenominan como libertarios o progresistas, dependiendo de la orilla ideológica en que se encuentren, los hace irreconciliables. El uso de discursos populistas, que apelan a la defensa de las “personas comunes” en contra de las elites, llevan de entrada a una confrontación con todo aquello que implique instituciones estatales, grupos económicos o cualquier otro estamento que se identifique con la “elite tradicional” y opresora.  Esto impide cualquier posibilidad de diálogo, porque desde cualquier perspectiva, el otro siempre hará parte de aquello que se debe “exterminar” para el logro de los objetivos. Esta imposibilidad de diálogo termina en la práctica en un autoritarismo  rampante que no permite la existencia o la mera posibilidad de cualquier pensamiento alterno.

Las redes sociales y la sociedad de la desinformación en la que se mueven estas nuevas corrientes son el caldo de cultivo para una polarización irreconciliable, que acaba con cualquier atisbo de democracia. Un entorno en donde sólo aquellos que tengan la capacidad de entenderlo y utilizarlo, serán los únicos que podrán tener éxito, pero siempre para su beneficio personal. Mientras tanto, aquellos que los apoyan, los aparentemente redimidos, las llamadas “personas comunes”, quedaran rezagadas a un papel instrumental.

Mas allá del debate entre libertarios o progresistas, es necesario entender que el problema no son estas posiciones en sí mismas. En una sociedad democrática y compleja es natural  y sano que existan posiciones diversas de cómo abordar los problemas. Y que, en un entorno ideal, democrático, debería ser posible encontrar soluciones que promuevan el bien común. Sin embargo, cuando son los intereses particulares los que prevalecen, no habrá lugar a dialogo. Es crucial entender los desafíos y las implicaciones de este tipo de desarrollos. No se debe olvidar que la reflexión ética y el debate continuo son esenciales para encontrar un equilibrio adecuado entre la libertad individual y la responsabilidad social en una sociedad en constante evolución.

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