
Polymarket: ¿La nueva gramática de la democracia?
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Imagine un mundo —que ya no es del todo imaginario— en el que la democracia no solo se ejerce en las urnas, sino que también se negocia en mercados digitales; un mundo en el que el futuro político de un país se expresa en cifras que suben y bajan al ritmo de apuestas anónimas. En ese escenario, el voto deja de ser únicamente un acto ciudadano para convertirse también en un activo que sirve para especular en los mercados de apuestas, como el de Polymarket.
Al igual que otras plataformas similares, Polymarket funciona como un mercado de predicción en el que los usuarios compran y venden “acciones” sobre el resultado de eventos futuros utilizando criptomonedas. Cada opción (por ejemplo, que un candidato gane o pierda una elección) tiene un precio entre 0 y 1 dólar, que equivale a la probabilidad que el mercado le asigna a ese resultado (por ejemplo, 0,40 = 40%). Si el evento ocurre, quienes compraron esa opción reciben 1 dólar por acción; si no ocurre, pierden su inversión. El precio cambia según la oferta y la demanda y refleja en tiempo real las expectativas de los apostadores.
A 25 de marzo de 2026, por ejemplo, Polymarket ofrece una lectura interesante sobre las elecciones presidenciales en Colombia. Mientras Iván Cepeda Castro y Paloma Valencia aparecen empatados —ambos con un porcentaje cercano al 41%—, seguidos de Abelardo de la Espriella con un 14%, el resto de los candidatos está bastante lejos. Y cuando se pregunta quién será el ganador de la primera vuelta, el 73% apuesta por Iván Cepeda.
Sin embargo, no se trata de una predicción, sino de una fotografía en movimiento que cambia segundo a segundo. No anticipa el resultado, sino que resume expectativas cambiantes en tiempo real. La fotografía sugiere que dos candidatos concentran la mayor parte de la viabilidad percibida, pero no está en condiciones de anticipar quién ganará las elecciones.
Para entender estas limitaciones, basta con recordar lo ocurrido con los mercados de predicción en el pasado. En 2016, tanto las encuestas como las plataformas similares a Polymarket subestimaron la victoria de Donald Trump. Durante buena parte de la campaña, apostar por su triunfo parecía, en términos de mercado, una jugada marginal. Solo en las últimas horas, cuando ya era tarde, las probabilidades comenzaron a ajustarse. Algo similar ocurrió con el referendo sobre el Brexit: los mercados confiaban en la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, ignorando —como buena parte de las élites— la fuerza de un voto que no respondía a cálculos económicos, sino a impulsos identitarios y emocionales.
Estas experiencias revelan que, en el caso de los procesos electorales, los mercados de apuestas son buenos para agregar información, pero no necesariamente para captar lo inesperado. Funcionan mejor cuando el sistema político es estable, las preferencias son previsibles y la competencia se organiza en bloques claros. Fallan, en cambio, cuando irrumpe lo improbable, cuando aparece el votante silencioso o cuando una emoción colectiva desborda los modelos racionales. El mercado puede exagerar las narrativas o reaccionar a señales que, por ejemplo, no se traducen en votos, y puede ser manipulado por apuestas grandes o por factores externos, como denunció recientemente un periodista que fue amenazado por apostadores para que cambiara las noticias. En otras palabras, el mercado puede ser inteligente, pero no es inmune a las sorpresas.
En el caso colombiano, en particular, hay que interpretar Polymarket con cautela. Especialmente porque no refleja al electorado colombiano, pues sus usuarios suelen ser inversores con acceso a información digital y global.
No obstante, a pesar de estos problemas, puede ofrecer una visión útil de la opinión pública. Su principal virtud radica en mostrar cómo evoluciona la percepción de la contienda electoral. Es un indicador de la temperatura política en tiempo real, algo que ninguna encuesta puede ofrecer con la misma rapidez. No mide quién gusta más, sino quién parece más capaz de ganar. Y en sistemas de segunda vuelta, donde las coaliciones redefinen el tablero, esa distinción puede ser crucial.
Pero quizás la pregunta más interesante no sea quién va ganando en Polymarket, sino qué significa que miremos la política de esta manera. En últimas, lo que está en juego no es solo una herramienta nueva, sino una transformación cultural. Durante décadas, la política se pensó como el espacio de la deliberación: argumentos, ideologías, proyectos de país. Hoy, cada vez más, también se parece a un mercado de apuestas, donde lo importante no es quién sea más idóneo para garantizar la democracia, sino quién tiene mayores probabilidades de ganar. En ese tránsito, la democracia deja de ser únicamente un proceso de deliberación y se acerca peligrosamente a un juego de predicciones en el que, a veces, la expectativa puede moldear la realidad.
Acerca del autor

Marcela Anzola
* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.
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