
El inevitable choque entre la cultura woke y la libertad de expresión
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En los últimos años, la palabra woke, que en inglés significa literalmente “despierto” o “alerta”, ha irrumpido con fuerza en el debate público convirtiéndose en un símbolo tanto de activismo social como de controversia ideológica.
Aunque su origen está enraizado en movimientos por la justicia racial, hoy su significado y alcance son mucho más amplios —y también más debatidos. En 2014, el Oxford English Dictionary atribuyó a Melvin Kelley la acuñación del término político «woke», en un artículo del New York Times de 1962 titulado «If You’re Woke You Dig It; If You’re Woke You Dig It; No mickey mouse can be expected to follow today’s Negro idiom without a hip assist. If You’re Woke You Dig It”.
Mas recientemente el termino tuvo un resurgimiento, a partir del movimiento Black Lives Matter, que convirtió el hashtag #staywoke en su slogan. De allí evolucionó a un concepto más amplio para abarcar otras formas de desigualdad – de género, orientación sexual, clase social – así como los derechos de los inmigrantes, el cambio climático, entre otros temas.
Esto dio lugar a lo que se conoce como la cultura woke, que ha servido de contexto a importantes debates sobre equidad, diversidad y representación. Ser woke pasó a significar estar sensibilizado y comprometido con causas progresistas y con el respeto a la diversidad y la inclusión.
La cultura woke ha sido crucial para poner en la agenda temas que antes eran ignorados, pero su expansión también ha generado dudas sobre hasta dónde debe llegar su influencia. Uno de los puntos más controvertidos es cómo esta cultura se relaciona con la libertad de expresión. ¿La promueve o la limita? ¿Está empoderando voces silenciadas o creando nuevas formas de censura?
En principio, tanto la lucha woke como la libertad de expresión tienen objetivos nobles: una busca visibilizar y corregir desigualdades; la otra, proteger el derecho a hablar libremente sin temor a represalias del Estado o de la sociedad. Pero cuando entran en contacto, surgen tensiones.
Uno de los aspectos más polémicos del fenómeno woke es la llamada «cultura de la cancelación«, donde figuras públicas, empresas o incluso personas comunes son boicoteadas por comportamientos o comentarios considerados discriminatorios, ofensivos o inapropiados, incluso si ocurrieron hace muchos años.
Sus defensores la ven como una forma de rendición de cuentas: si alguien con poder dice o hace algo dañino, debe afrontar las consecuencias. Sus detractores, en cambio, la ven como una forma de censura social que genera autocensura, miedo a debatir y un ambiente de vigilancia ideológica. Para muchos, esto representa una forma de censura que socava el diálogo abierto y el derecho a equivocarse.
Una pregunta clave es: ¿debe protegerse el derecho a ofender? Para muchos defensores de la libertad de expresión, sí. Argumentan que proteger solo el discurso “aceptable” vacía de sentido ese derecho. En cambio, desde la óptica woke, no se trata de censurar opiniones, sino de poner límites al discurso que reproduce violencia simbólica, ya sea racista, sexista, homofóbico, etc. Aquí entra en juego la línea fina entre lo ofensivo y lo dañino. ¿Una broma puede ser solo una broma? ¿O perpetúa estereotipos?
Por esta razón, algunos críticos argumentan que la cultura woke no solo busca visibilizar injusticias, sino imponer una forma única de pensar, hablar y actuar. La presión social para adherirse a ciertos códigos de lenguaje inclusivo, por ejemplo, puede ser vista como coercitiva.
Otro motivo de crítica es lo que algunos consideran una obsesión por la corrección política, que puede llevar a evitar temas incómodos o a reformular obras culturales del pasado con estándares actuales, algo que muchos ven como revisionismo histórico o censura cultural.
En la práctica, tanto partidarios como detractores han instrumentalizado el término. Desde sectores conservadores, se ha usado «woke» como sinónimo de lo ridículamente progresista o incluso como insulto. En cambio, desde la izquierda, se lo defiende como sinónimo de compromiso ético y justicia social. Esta polarización ha amplificado el rechazo, especialmente cuando se percibe que la agenda woke invade ámbitos como el entretenimiento, la educación o el deporte.
Más allá de las controversias, la cultura woke representa un cambio de sensibilidad social. En esencia, busca reconocer y reparar desigualdades estructurales que han sido ignoradas o normalizadas durante mucho tiempo. La cultura woke no es un bloque monolítico ni una moda pasajera. Es el reflejo de una sociedad en transformación, donde los valores tradicionales se cuestionan y se busca dar voz a quienes históricamente han sido silenciados.
Como toda corriente social, su evolución dependerá de su capacidad de ser autocritica y de dialogar con el mundo que busca transformar. La libertad de expresión, por su parte, sigue siendo un pilar de la democracia, pero también necesita adaptarse a una sociedad más plural y consciente de sus heridas históricas.
Lo ideal no es una guerra entre woke y libertad de expresión, sino una convivencia tensa pero respetuosa. En este escenario, lo más desafiante —y quizás lo más necesario— es encontrar formas de disentir sin destruir, de hablar sin callar a otros, y de aprender a convivir en un mundo donde la sensibilidad y la libertad puedan coexistir.
Acerca del autor

Marcela Anzola
* Abogada de la Universidad Externado de Colombia, LL. M. de la Universidad de Heidelberg y de la Universidad de Miami, Lic. OEC. INT. de la Universidad de Konstanz, Ph. D en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia, consultora independiente.
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